sábado, 28 de diciembre de 2013

Leer en el mundo de las apariencias - Paolo Astorga

Leer en el mundo de las apariencias






El pensador francés Jean Baudrillard (1929-2007) decía que en un mundo posmoderno como el nuestro el problema con nuestro entorno social ya no estaba solo regido por los modos de producción, sino fundamentalmente por el consumo y sobre todo por el control de los códigos que permiten establecer relaciones significativas con los objetos de consumo. De esta manera este pensador nos mostraba las causas de un mundo que vertiginosamente se ha reducido a ser un coleccionista de objetos que en apariencia son muy importantes y útiles para nuestra vida, pero que desde un punto de vista más profundo, hemos sido nosotros mismos los que les hemos dado ese sitial trascendental en nuestra vida. Por ejemplo hoy la oferta de celulares inteligentes o Smartphones es tan grande y tan “necesaria” que el mensaje es claro en apariencia: “Si no tienes un celular inteligente, no estás conectado con el mundo o no lograrás un verdadero desarrollo humano”. Nada más cercano a nuestra triste realidad que interpretar un anuncio publicitario como si fuera una verdad irrefutable. Baudrillard tenía razón, nos hemos convertido en acumuladores de objetos simbólicos que nos dan algún valor aparente. En lo personal no encuentro ninguna diferencia sustancial entre la persona que tiene un celular inteligente y la que no, sin embargo, sí la encuentro entre dos usuarios del mismo objeto (el celular) en tanto su relación con el objeto: digamos, uno lo usa para contactar clientes, organizar documentos de trabajo y el otro solo para conectarse con sus amigos por Facebook. El uso de los objetos y nuestra relación con ellos van a determinar su valor simbólico y por ende su sitial en nuestra vida, creará un estatus, una diferencia y un modo de conectarnos con la realidad a partir, ya no de nuestras mismas capacidades innatas, sino a través de sus “potenciadores” (la tecnología como arma de doble filo).

Nos estamos enfrentando a una inminente involución porque se nos vuelve imperativo ya no ser solo seres humanos, sino que requerimos en apariencia la adquisición de “aparatos” anexos a nosotros, para comunicarnos, para trabajar, para amar, para distraernos, para crear y para destruir, en suma, para darle sentido a nuestra vida. Esta apariencia de progreso, de significación trucada y nebulosa, nos muestra su residuo: la superficialidad y banalidad de lo intrascendente. Los niños y las niñas han abandonado la creatividad y se esfuerzan hoy por consumir objetos que los han alienado o estancado en la pasividad. Y es que el código controlado y teledirigido es el de sentir “necesidad”  por consumir, por tener, por aglutinar la mayor cantidad de objetos con el fin de acrecentar nuestro valor, nuestro placer por el poder, por el confort de sentirnos mejor. Nuestra elección es libre aparentemente, pero la influencia cada día crece y crece hasta hacerse identidad y presionar cada vez más fuerte sobre nosotros.

Esta misma realidad sucede con la lectura y en esto es muy importante la primera vez. En un hogar donde la lectura como actividad simbólica resulta casi nula o llena de prejuicios ­­­-el libro es un objeto de lujo, inentendible y hasta una pérdida de tiempo-, obviamente el sitial simbólico de la lectura como “necesidad” estará muy por debajo dentro de las actividades familiares y será emocionalmente intrascendente y hasta negativo.

Sin embargo la lectura como actividad placentera y constructiva del pensamiento debería ser trascendental. Y digo debería porque es harto difícil vencer al código ya construido en esta sociedad hiperdistraída. La lectura es un proceso que exige concentración y una postura activa del receptor en tanto es él quien debe extraer, analizar y construir nuevos mensajes de la misma. Es triste pero real observar que en un hogar promedio la idea de lectura se  interpreta solo como una actividad académica y obligatoria en pos de conseguir algún fin “útil” como una nota en un examen de comprensión lectora, no obstante, la lectura no se traduce como una necesidad por conocer, por reflexionar, por crear, por desarrollar nuestra sensibilidad; solo es un tedioso estadio que se debe sortear para lograr un fin superfluo y fugaz. Está claro que no existe el afecto por la lectura y para explicar esto los ejemplos se cuentan por miles, sino pensemos un poco respecto a los medios de comunicación que de muchas maneras influyen en hábitos de consumo y a ciertas actitudes que homogenizan el pensamiento colectivo, ya que son los compañeros virtuales de nuestros hijos y el amigo inmediato del hombre melancólico y posmoderno. Vemos, por ejemplo, el valor simbólico que la familia le ha dado a la televisión por su facilidad para lograr el entretenimiento en tanto este se convierte en “pasividad” es decir en un narcótico que provee placer y relajación en un mundo donde la realidad no es para nada agradable. Tendemos a crear la idea de felicidad como indiferencia, como un estadio de “idiotez” al más puro estilo zombi. Hemos entregado nuestra actitud crítica a la risa fácil y al afecto simulado de una pantalla en HD. Hemos modificado nuestro código de valores y relación con los objetos. Ya no estamos “desnudos”, sino que nos hemos comprado la más variada cantidad de objetos que llenen un vacío que no está en nuestro espíritu, sino en nuestra voluntad de seres humanos. Nos gusta más hoy en día mantenernos en un estado de inercia y procrastinación que intentar construir una idea argumentada de lo que nos sucede, interpretar nuestra realidad, transformarla. Nos hemos acostumbrado a estar cómodamente indefensos.

Y aunque se nos presente que la tecnología y el conocimiento está accesible para todos (véase internet como una fuente de “conocimiento”) es simple pantomima. Acceder al verdadero conocimiento no consiste en leer un artículo de Wikipedia o figurarnos los más grandes investigadores cuando tecleamos nuestra búsqueda en Google. El conocimiento cada día está más lejos y mucho más lejos aún de internet. El conocimiento es un proceso no un fin. Un proceso que exige rigor, concentración, y voluntad -cosas muy contradictorias en el mundo hiperconectado de hoy-, una experiencia interactiva donde el receptor va a aprehender información para transformarla en conocimiento. Para lograr este “milagro” se debe, sin duda, aprender a leer y con aprender a leer no me refiero a coleccionar cáscaras del saber humano, sino a saber expresar nuestras ideas en forma de conocimiento, donde la gran motivación, se quiera o no, parte del afecto y de la responsabilidad con uno mismo. Para los que nos cuesta acceder al conocimiento y disfrute que nos da una buena lectura sabemos que leer es peligroso, porque nos crea un fuerte y auténtico compromiso con nosotros mismos y con nuestros actos. Al leer nos reconocemos humanos y sobre todo, nos reconciliamos con ese deseo por alcanzar una extraña satisfacción al modelar nuestro mundo con autonomía y creatividad. La lectura es un mundo por hacer, por eso, pocos se atreven a concebirla como una actividad factible, sin embargo para los que intentamos navegar por el placer que nos depara la lectura, esta se convierte en alimento que, en pocas palabras, nos permite vivir, sobrevivir.



Paolo Astorga

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