domingo, 20 de diciembre de 2015

La frustración en “Infértil” de Paolo Astorga - Nathaly Cuayla Huamán

La frustración en “Infértil” de Paolo Astorga

Escrito por: Nathaly Cuayla Huamán
Alumna de 4to de secundaria 
de la I.E.P. "Virgen de Fátima Milagrosa"



otra vez
intentado soñar
para no ser más tarde
lo que realmente apeste a podrido
Paolo Astorga



Qué se puede hacer cuando las cosas no funcionan de la manera en que lo deseas aun cuando te esfuerzas; seguir intentándolo naturalmente. Infértil de Paolo Astorga es un poemario que recoge sensaciones íntimas y a la vez que son muy comunes entre nosotros. Citando lo trágico, lo duro, lo real. Y es que los poemas están basados en el resultado de los problemas cotidianos: la rutina, el cansancio, la frustración.

Entonces mis palabras sobran y entiendo que esta mañana es
igual que la mañana
anterior

La frustración aparece cuando no se puede satisfacer un deseo, una necesidad, por tanto significa impotencia. Podría decir que los poemas son pesimistas por lo mismo que tratan sobre temas reales, aunque no cualquier tipo de pesimismo, sino uno especial, uno diferente; como si cada poema gritara solemnemente que el mundo está maltrecho y las cosas nunca salen como uno quiere, pero quedarse, quedarse y seguir luchando por la vida.

No tengo proporción ni coherencia
lo que digo es rabia
infidelidad de cerrojos oxidados
no tengo nada
murmullo advenedizo soy
todo va estallando tranquilamente
y en silencio

El poeta hace uso de muchas metáforas que podrían llegar a crear confusión, como si el verdadero mensaje estuviera oculto, protegido del ojo superficial. También podría asegurar que en estos poemas no existen los finales felices, los mundos perfectos; Infértil es el retrato fiel de la vida con todo lo que ella implica pero más que nada su furia y su abatimiento.

Y retrocedo
otra vez
revuelvo todo  incendio todo

Este poemario es una crítica hacia el mundo que a veces avanza sin sentido, con pocas expectativas o con sueños incumplidos. Donde el problema está dentro de uno pero que al mismo tiempo pertenece al resto.

y avanzamos débilmente entre la multitud
que ya nos traga de a pocos.

Resulta que este poemario me parece interesantísimo, ya que me vi obligada a poner toda mi atención al leerlo para no perder detalle o confundirme en medio de las metáforas empleadas, de las ideas combinadas, como si fueran un tejido en el que cada hilo tiene un diferente matiz y que juntos crean un contraste increíble.

como la vida que te devuelve al mundo siempre
al mismo día siempre
con el mismo nombre ya repuesto siempre
y allí la misma jaula
mientras algo se puede soñar
antes de ser aplastado por el universo
y sentirse un idiota
que nunca ganó nada.


domingo, 8 de noviembre de 2015

Una reflexión sobre heroísmo y el cuestionamiento de un estudiante mío - Paolo Astorga

Una reflexión sobre heroísmo y el cuestionamiento de un estudiante mío

Escrito por: Paolo Astorga


“No importa cambiar nada, pues, lo importante es tener para obtener. La indiferencia de sus padres, la violencia en la que los ojos del enemigo se confunden con afecto, la gran presión del grupo de ovejas; devienen en ese escapar que resulta para ellos, sin duda, danzar eternamente con Dorian Gray.”


En un interesante corto animado llamado El héroe del cineasta mexicano Carlos Carrera, se aprecia a un hombre desplazándose por la estación del metro tratando de llegar entre la multitud a su anden y zarpar hacia su destino. En el camino podemos ver la gran indiferencia de la sociedad que se mezcla con la violencia y la represión. El protagonista al ver estos actos se va convenciendo de lo absurdo que es el mundo y –a diferencia de un malestar o de una explosión de frustración- un bostezo, sí, un bostezo es la metáfora de su realidad. Todos en manada, todos apretujados y deseosos de estar en sus mundos felices sin salir, sin pensar, sin arriesgar. Pero esto no es lo más interesante del corto. Nuestro protagonista mientras espera el tren para que lo lleve a su destino se percata de una hermosa joven cuyo rostro denota tristeza y melancolía. El protagonista es la única persona que se percata de la profunda depresión de la joven y de sus intenciones de suicidio (ella intentará saltar a las vías del tren para ser atropellada por este). Es aquí donde nace “el héroe”. Nuestro protagonista intentará acercarse a la joven para que no se suicide. Sorteando a decenas de personas en la atiborrada estación logrará acercarse a la joven y ¡salvarla! de que se arroje al tren. No obstante esta pegará un tremendo grito y nuestro héroe será confundido como un delincuente. La policía lo atrapará y se lo llevará. En ese momento otro tren se aproximará a la estación y la joven dirá “idiota” y se arrojará al tren suicidándose. Fin del corto.

Este hermoso film se me quedó en la mente por un buen tiempo, pero no se hizo tan patente como lo que me pasó hace unas semanas: Andaba yo dictando una clase –al parecer muy aburrida- cuando de pronto salió de la boca de uno de mis alumnos una pregunta espontánea, pero muy certera: "¿Profe, por qué se esmera tanto en criticar que muchos de nosotros vayamos a eventos o de que vayamos de juerga o que cambiemos nuestra actitud y seamos más reflexivos, si como ve, muy pocos le hacemos caso? Es como hacer que los chanchos vuelen, ¿no lo ve?”.

La pregunta me dejó frío, apasionadamente, frío. El muchacho tenía absolutamente toda la razón. Mis palabras, mis torpes palabras, ahora eran tan eficaces como la del protagonista de El héroe, servían solo para abanicar el viento, pero no eran influyentes. La pregunta es ahora: ¿Sirve realmente la reflexión? A simple vista, pues no sirve para nada. El mundo de hoy es perfecto. No hay ningún problema, pues no hay término –en apariencia- para la diversión. Y es más, perder el respeto por lo serio, por lo reflexivo, es una norma. El alumno había vencido.

Pero ¿acaso vencer constituye una verdad? Obviamente no. No es para nadie un secreto que los jóvenes viven en esa finísima línea entre los deseos y las responsabilidades. Mi respuesta, no muy satisfactoria, fue la siguiente: Ir de juerga, emborracharse, fumar o tener sexo, no es una causa de nada, es una consecuencia y más aún es un acto que debería sopesarse, que debería ir acompañado de una profunda responsabilidad. Sin embargo, creo que mis queridos “suicidas” no han entendido la responsabilidad y conciencia de la joven del corto ya antes mencionado. Ellos no son suicidas, sino solo ratas dopadas con azúcar. Buscan el disfrute, pero se esconden en la oscuridad que le ofrece lo prohibido. La rebeldía de su generación hace tiempo que dejó de lado los ideales por la ostentación de la moda, de la imagen. No importa cambiar nada, pues, lo importante es tener para obtener. La indiferencia de sus padres, la violencia en la que los ojos del enemigo se confunden con afecto, la gran presión del grupo de ovejas; devienen en ese escapar que resulta para ellos, sin duda, danzar eternamente con Dorian Gray.

Ahora bien, es estúpido pensar en héroes en este siglo de relatos terminados y de sujetos sin estar sujetos a nada. No hay mayor propósito que la emocionalidad del sentir, del nivel más puro de confort y alejamiento de lo real. Todo debe ser un acto suicida, pero seguro y con cero daños. Darse al otro debe ser exitoso reality. Es una perpetua búsqueda del Soma, esa droga de la “felicidad” que Huxley nos ofrece en Un mundo feliz. El pensamiento, la reflexión o la crítica resultan ser como nuestro héroe: insuficientes, tontas e imposibles.

Entonces vuelvo a una incómoda pregunta: ¿Vale la pena pensar, reflexionar o criticar? La respuesta es, por supuesto que sí. No obstante, no se trata de ninguna manera del pensamiento como prohibición de lo que nos parece inadmisible. Pensar no es prohibir (que es lo que sintió mi alumno al cuestionar mis críticas a sus fiestas o eventos de fin de semana), sino hacer ver un punto de vista, cuestionar en profundo aquel mecanismo que se ofrece, pero sobre todo, aquel que se oculta o se hace “aparente”. ¿Por qué vas a esos eventos? ¿Por qué bebes si eres aún joven? ¿Por qué quieres estar con varias chicas? ¿Por qué quieres vestir con esa ropa que todos usan? Pensar, sin duda, es tremendamente incómodo y como lo es, le resulta imposible o tremendamente abrumador (por no decir aburrido o peligroso) al resto de seres que se han acostumbrado a copiar un estilo de vida que los ha hecho felices.

De esta manera vuelvo al corto animado: ¿Qué sería del mundo sin el héroe, por más insuficiente que resulte su trabajo? Aunque la muerte mueve al mundo, aunque la superficialidad y la opulencia lo doten de sentido, pensar es morir en nuestras ideas para trascender el absurdo que nos rodea. El alumno que me cuestionó, hizo aquello que muchas veces creyó despreciar: Pensó. Porque pensar no es tener una pose de intelectual, de sabelotodo. No. Este alumno pensó, porque estableció una relación con su vida y con su realidad y cuestionó lo que el otro decía como si fuera una única verdad. La pregunta que él lanzó, no solo generó un acalorado debate sobre ser y actuar, hizo que me formule más preguntas y que entienda un poco más la complejidad de nuestras acciones, pero también las profundas frustraciones en las que se ve sometida la juventud actual. El suicida de hoy ya no se mata, ya no busca la muerte como una salida, simplemente se hiperconecta, satura su tiempo y se embarca en ese tren de la distracción que lo mantiene en el siempre placentero stand by.

Un héroe, busquemos un héroe.


domingo, 25 de octubre de 2015

Un brevísimo comentario sobre la simbolización y el significado - Paolo Astorga

Un brevísimo comentario sobre la simbolización y el significado

Escrito por: Paolo Astorga


“Toda simbolización supone un estado de procesamiento y un anclaje. Anclarse no supone de ninguna manera lo inmóvil o formarse una idea, es sino, una interacción de sentidos, es en sí, formar los sentidos y tener el criterio necesario de la creación de los significados.”


No es una novedad que cada vez asistimos a la pérdida de la capacidad de simbolización, es decir, al deterioro de la capacidad de abstracción. En primer lugar porque no existe una necesidad de reconocer que el mundo es diverso. Simbolizar supone construir un sentido de lo que observamos, pero si hemos dejado de observar ya no podemos simbolizar.

Hemos encontrado el orden, sin embargo el orden no es estable si no que se lo puede destruir o deconstruir para lograr encontrar nuevas posibilidades de significación de abstracción.

¿Por qué ya no simbolizamos? Porque vivimos una dictadura del desnudo absoluto, del alejamiento del hombre con la magia de la creación. Aunque es la naturaleza un uno con nosotros, no reconocemos que tenemos la posibilidad de crear. El posmodernismo anula las ideas de concretar teoría o más bien busca solo la dictadura del uso. Si esto sirve para aquello, ya no necesario buscar otros sentidos.

Toda simbolización supone un estado de procesamiento y un anclaje. Anclarse no supone de ninguna manera lo inmóvil o formarse una idea, es sino, una interacción de sentidos, es en sí, formar los sentidos y tener el criterio necesario de la creación de los significados. El que simboliza aprehende la realidad. Un niño simboliza no solo al adquirir su lenguaje, sino al modificarlo, al destruirlo. Podemos entonces entender el aspecto creativo de toda simbolización: La formación de un ritual, de un medio pensado y constituido para generar significados. Por ejemplo: El amor no puede simplemente objetivarse. El amor, aunque nuestro sistema lo proponga como un objeto, no es un simple determinar, no es un objeto de unívoco significado. El amor es siempre símbolo, digamos abstracción. Es símbolo, es decir, posibilidad para ser y seguir siendo según la capacidad del lenguaje y su plasticidad. Es, en suma, una posibilidad que espera el ritual, el significado, pero también el movimiento de la riqueza significativa, un actuar, un pensar.

Y sin embargo, nuestra sociedad se enclaustra más en la técnica, en el manejo de los objetos frente a su simbolización. La técnica anula el sentido de la posibilidad y muchas veces reduce el significado de los símbolos a ser unívocos, atomizados y pensados con un fin homogeneizador. Por otro lado, la simbolización supone una actitud significadora. El objeto es símbolo si es que este se transforma en un relato, en un ser activo. Puede haber allí una puerta, tan común y corriente, y sin embargo, la puerta es mi salvación ante el tedio del hogar. La puerta me permite escapar de mis problemas. Es solo cuando la puerta es un relato, una narración, cuando es simbólica.

No obstante los objetos hoy no llevan nuestro sello, sino que son ellos los que nos definen. Ya no le doy un sentido personal a las cosas, sino son las cosas las que me dan a mí el sentido. Simbolizar para el hombre resulta, como vemos, problemático. Y es así, porque simbolizar es antes que todo encontrar un sentido y comprometerse con el mismo. Es lo histórico, la suma del movimiento que se acumula en memoria, en significatividad. No es solo un fluir, no es un estímulo. La simbolización es un verter de sentidos, un anclaje con lo significativo. No es raro, por eso, que la tarea de interpretar la profundidad de las cosas se vea cada vez más lejana. Nuestra sed por lo significativo se ha reducido a una simple técnica de extracción, a un estímulo dopamínico. El placer por el sentir ha anulado nuestra capacidad de entender. No obstante la capacidad de razonamiento no solo se estanca en la simbolización, sino en el compromiso con eso que nosotros mismos construimos como significativo.

No es un secreto entonces que nuestra sociedad del conocimiento, gran productora y consumidora de conocimiento a una velocidad que supera todo pensar, todo imaginar, la simbolización es el criterio que nos permite la profundidad, la reflexión frente a nuestros actos significativos. Nos permite tener el suficiente criterio para el compromiso y la humanización del hombre que cada vez niega más su libertad y se convierte en un perfecto objeto de consumo y disfrute. 

domingo, 11 de octubre de 2015

Las manzanas ajenas - Paolo Astorga

Las manzanas ajenas
 
Considerando en frío, imparcialmente,
que el hombre es triste, tose y, sin embargo,
se complace en su pecho colorado.
César Vallejo


Nos habíamos escapado del colegio, por donde siempre casi todos se escapaban, por un agujero en uno de los muros posteriores que gracias a la humedad, a la vejez de la construcción y también a la gran contribución de todos nosotros por agrandarlo, se había hecho tan enorme que fácilmente podía pasar un elefante por allí. Todos sabíamos de la salida secreta, pero menos nuestros profesores, el auxiliar o la directora. Si ellos lo descubrían, seríamos historia.

Como les digo, nos habíamos escapado del colegio. Era un día muy soleado y no había clases, sino una aburrida formación conmemorando el heroísmo de Andrés Avelino Cáceres, “El brujo de los Andes”. ¿Brujo de los Andes? ¿Por qué brujo? Mi profesora de Religión dice que los “brujos” son hijos del demonio y el de historia que “brujo” es una especie de mago que logra cosas milagrosas.

Pero mi profesora de Comunicación dice que tiene ese sobrenombre porque a los peruanos nos gusta la huachafería. ¿Y qué es huachafería? No sé, sólo sé que dicen que Andrés Avelino Cáceres les dio bien duro a los chilenos cuando estábamos en guerra con ellos, pero igual perdimos como diría mi profe de educación física después de las olimpiadas interdistritales “Jugando como nunca, perdiendo como siempre”. Si me preguntan por qué nos estábamos escapando, es porque no queremos estar en la formación, es porque es injusto lo que pasa allí y también porque es simplemente aburrida.

En este tipo de formaciones nosotros siempre nos quemamos bajo el sol bien parados y los profesores, como si con ellos no fuera la cosa, están bien resguardados a la sombra, en sus sillas bien desparramados allí, mirando con perversa alegría cómo el sol nos derrite como helados en el desierto. La cosa es que nos escapamos.

Miguel, aunque era dos años menor que nosotros, siempre se las ingeniaba para despertarnos la curiosidad. Alguien me dijo que en su casa no hay luz, ni tiene agua, ni —creo yo—, un televisor para ver las Aventuras de Gokú. Es que no hay plata pe’, siempre respondía mientras nos enseñaba a robar manzanas del mercado. “A tomar prestado sin que se den cuenta”, decía. Miguel nos enseñaba la técnica para coger manzanas sin que se den cuenta los vendedores: “Sácalas despacito, sin hacer ruido, sin que te miren, si es posible que El Mañuco distraiga al vendedor”. Pero no vayan a creer que Miguel era ratero, “no, yo no soy un ratero, lo hago porque tengo que hacerlo, sino ¿cuál sería el chiste de escaparse del colegio y no aventurarse a hacer una gran travesura?”. Él primero pedía por favor: “Señor, buenos días, ¿me puede regalar una manzana?

Aunque sea esa que ya está a punto de malograrse”. A lo que casi siempre le respondían: “No molestes mocoso, ¿acaso crees que yo sudo dinero para estar regalando lo de mi negocio?”. Miguel siempre robaba manzanas como si fuera un deporte común y corriente, robaba sólo manzanas, no otras frutas, pues las manzanas eran sus favoritas, su obsesión.

Él nos enseñó múltiples tácticas para robar manzanas del mercado, de diferentes puestos, pero nosotros lo hacíamos más por querer igualarlo y no por necesidad como él.

Lamentablemente ese día no sería un buen día para Miguel. Justo cuando estábamos a punto de robarnos no una, sino una docena de manzanas, el vigilante del mercado se dio cuenta de lo que estábamos haciendo y trató de atraparnos. Como era Miguel el que estaba tratando de coger las manzanas y nosotros sólo éramos los que cuidábamos que nadie lo vea, fue a él a quien atraparon rápidamente.

¿Qué es lo que hicimos? Nosotros, viendo que el vigilante venía corriendo para atraparnos, no pensamos más que en escapar de allí y dejar solo a Miguel, correr, correr y correr, lejos, lejos, muy lejos de allí. Miguel nos ve escapar y dejarlo solo, solo, inmensamente solo.

Seguramente a Miguel le iban a dar una paliza por ratero. Seguramente ya habrían llamado a su mamá. Seguramente él logró escapar. Seguramente el vendedor le regaló al final la manzana. O seguramente no. Seguramente le dieron una paliza no sólo el vigilante, sino el vendedor y cuando se enteró y vino su mamá también le dio una paliza. Nosotros corríamos, corríamos, corríamos asustados, como si hubiéramos visto un fantasma. Miré en mi mochila: tres manzanas bien rojas y una mordida. Ese Miguel siempre nos invitó las manzanas que robaba del mercado. ¿Acaso eso lo hacía por remordimiento? Quizá, pero nos sentimos tristes porque habíamos abandonado al camarada con el que juntos, desde primer grado, habíamos creado ese agujero para escapar del colegio. Éramos un equipo y ahora éramos traidores. Paramos de correr y nos refugiamos bajo la sombra de un árbol.

Empezamos a hablar de Miguel y nos íbamos convenciendo de nuestra buena suerte. “Qué tonto Miguel que se dejó atrapar”, dijo El Mañuco socarronamente. Sabíamos muy bien que a Miguel, aunque le den una reverenda paliza, siempre intrépidamente terco, volvería a las andadas, quizá ya no en aquel mercado, sino en otro.

En silencio, comíamos lo que habíamos robado y lo que nos invitó Miguel, disfrutando perversamente, la dulzura de esas manzanas ajenas.



© Paolo Astorga
De: 7 cuentos para volver (Ediciones Condorpasa, 2015)



domingo, 4 de octubre de 2015

El conocimiento prohibido - Paolo Astorga

El conocimiento prohibido
Una reflexión sobre un acto vergonzosamente cotidiano

Escrito por: Paolo Astorga


“Y es que el mundo de hoy no tiene ningún compromiso con lo que lo rodea. No le importa generar sus propias ideas, reflexionar y crear conocimiento. No le importa tampoco la conexión con la historia o la capacidad trascendental de simbolizar, de dotar de significado a su realidad. La vida misma es un discurrir mecánico donde lo importante es el tener, pero no preguntar la esencia, no cuestionar la misma realidad confortante y placentera.”


¿Hoy el conocimiento es prohibido? Me imagino que no, más bien hoy el conocimiento es apabullante. Todos producen “conocimiento” y este es difundido como cantidades ingentes de información. Tenemos, prácticamente, todos los medios para poder acceder al conocimiento, pero hay un problema que va más allá del mero acceso: La calidad de la información que manejamos. Quizás una de las primeras preguntas clave que nos debe mover es: “¿qué es lo que quiero conocer?” Conocer es hoy una tarea muy diferente respecto de la que se hacía cincuenta años antes. Los grandes motores de búsqueda han sofisticado las búsquedas y la cantidad de información a la que podemos acceder es tremendamente grande. Sin embargo, se va perdiendo con el tiempo una capacidad fundamental para la generación del conocimiento: El criterio de selección de lo que es relevante y lo irrelevante.

Cada día hay menos personas que tienen la capacidad reflexiva para discriminar entre la calidad de la información y la tonelada de basura informática que atiborran el universo académico tanto virtual como físico. Es más, noto que la información ya ni siquiera es procesada, contrastada, reflexionada, pensada. Nuestra actitud está evolucionando a una mecanicidad donde la información es significada a lo mucho desde su literalidad y se desconoce la profundidad de la misma.

De esta actitud que se acerca a un copiar y pegar tengo muchos ejemplos y quizás uno de los más gráficos es el siguiente: Un alumno mío tenía una tarea de investigación sobre el Muro de Berlín. El alumno, cuyo principal recurso es Wikipedia, realizó la búsqueda y, con poco entusiasmo, copió la primera parte de la información, no sin antes también guardar la foto del muro. En un archivo de Word pegó todo el contenido y cambió el formato. Un hermoso diseño colorido y una letra personalizada fueron el “plus” de su trabajo. El alumno piensa “listo, acabó”, pero, lo sabemos, el verdadero trabajo nunca empezó.

Y es que esta “tarea de investigación” es una constante que he podido observar, por lo menos, en la escuela. No hay significatividad, no hay ninguna actividad intelectual. La tarea es simplemente tener la destreza y la conexión a Internet para lograr terminarla. Sin embargo, el problema no está en la actividad en sí, sino en la actitud por el conocimiento. Se piensa que adquirir conocimiento es un acto de pura mecánica, nada más falso. El tema de la investigación sobre el Muro de Berlín no es solo una tarea, sino que se debe convertir en una posibilidad para construir conocimiento, para construir al ser. Digamos que nuestro estudiante no solo copió y pegó información, sino que se esforzó por leer la información y luego relacionarla con una o varias ideas. Digamos que las ideas con las que la relacionó fue “poder” y “dominación”. Nuestro estudiante no solo ha “buscado la información”, sino que le ha dado significatividad, sentido a su búsqueda. La información que ha procesado, que ha pensado, es ahora nueva o por lo menos personalizada. Su objetivo fue la reflexión, su objetivo apuntó a una finalidad que trasciende la mera mecánica: Pensar.

Ahora digamos que nuestro alumno en vez de solo copiar y pegar la información, redacta él mismo un artículo sobre el muro. Obviamente no puede dejar de ofrecer cierta información literal, pero su objetivo ahora no es simplemente exponer sobre el muro, sino opinar sobre las repercusiones políticas, sociales, económicas y culturales. Además ha pensado en una tesis adecuada y ha opinado de manera sencilla pero contundente sobre las ideas con las que relacionó el tema. ¿Qué ha pasado? Nuestro alumno no solo ha extraído información, no solo ha usado el recurso y lo ha plasmado “tal como está”, sino que ha construido un nuevo saber.

Y es que el mundo de hoy no tiene ningún compromiso con lo que lo rodea. No le importa generar sus propias ideas, reflexionar y crear conocimiento. No le importa tampoco la conexión con la historia o la capacidad trascendental de simbolizar, de dotar de significado a su realidad. La vida misma es un discurrir mecánico donde lo importante es el tener, pero no preguntar la esencia, no cuestionar la misma realidad confortante y placentera. Tener el conocimiento, pero sin la capacidad reflexiva para entender eso que se tiene, para transformarlo en ser, es la constante que se imparte, que es casi dogma. No obstante, investigar no es solo acopiar información, no es solo el análisis técnico de los datos, es, antes que cualquier trabajo de mecánica, un acto de sensibilidad para con el mismo mundo. Un alumno al que se le encarga, digamos, una pequeña investigación sobre la Segunda Guerra Mundial, no solo debe “encontrar” la información o “construir” un hermoso informe, monografía o ensayo. Es de suponer que este debe ser sensible ante el conocimiento que va construyendo. Entender en profundo lo que significa investigar el tema y su riqueza significativa. Lamentablemente, la gran preocupación es que la realidad no es la del constructor, sino la del reproductor que repite, pero no entiende. La indiferencia es la base de toda la educación actual.

En suma, soy un convencido que mientras más se les dé a los alumnos las herramientas necesarias para que estos puedan aprender a aprender y además generar compromiso con lo que aprenden, será mucho más fácil y significativo el proceso de construcción del conocimiento. Pensar y actuar, deben ser ejes fundamentales ante la indiferencia de lo hiperreal. La tarea principal es la de valorar el esfuerzo y la dedicación del trabajo individual, de la creatividad ante las situaciones problemáticas, pero sobre todo, hacer que nuestros alumnos tengan la conciencia de que viven en un inmenso mundo que solo podrá cambiar con sus ideas y acciones.


domingo, 27 de septiembre de 2015

Cinco poemas de Gris - Paolo Astorga

Cinco poemas de Gris publicados en la revista digital Letralia



Canción del extinto


Rehúye y divaga
entre sangre sinfónica
entre palabras de tierra infértil
porque el mundo es el significado de lo que nunca queremos
la miseria de no pronunciar nada
y seguir fiel a nuestro cuerpo que rehúye y rehúye
atemorizado por la angustia de intentos de sufrir
el sueño profundo en la hecatombe de la rabia
y el retumbar de tambores malditos
otra vez sobre la voluptuosidad de tus deseos
cuando te atreves a estallar y te desnudas
cuando te desnudas y hartas el espacio
con tu piel inundada de estatuas prohibidas
antigua arcilla de parapléjicas memorias
la soledad es esto que nos va combando
lo que rehúye y divaga y rehúye
todo el dolor como la máscara de la máscara quemada
que llevamos antes de ser decapitados
ante la pantomima
de los amantes puliendo su ceniza
para la próxima tragedia.



Otra vez decapitación y a comprar una corona


Te metieron nuevamente el feto al cuerpo
y absorbiste su tristeza como quien esconde una bella gema
del morbo de los demás

mugroso debe ser entonces tu rostro
paranoica las ganas de devolver a todos
un gesto amable
seguir en pie y sin embargo
el impulso es dinamitar lo que queda de un sexo en cenizas
vehemencia como danza del ojo
hasta la egolatría del aullido y la succión

nuevamente
el rapsoda que mira su reloj y toma dos pastillas
te dice cantando que eres una cualquiera
mientras los invitados te almuerzan uno por uno
intoxicándose de luz indigna y furiosa
mientras te dices sudorosa y complaciente
que nunca fuiste la de la culpa
sino simplemente
una idiota
que creyó.



¿Qué puede hacer un murmullo sobre el abismo?


Todo se lentifica
adquirimos un cuerpo indolente
nos hastiamos de los abrazos, de los objetos deseados
bebemos fuego blanco y viciamos las palabras con ruegos
atendemos un teléfono que nunca suena
vivimos como insultando
ardemos en una hoguera de presagios
y aun así
la agonía nos excita
a cumplir con la vida
a arrancarle la virginidad a la luz
y hacerla más pura
eternamente pura
entre ladridos de perros
y voces que no dicen nada
sobre la aglutinada soledad
que nos seduce con su máscara de espinas
un murmullo de bocas retornando de su ahogo
compás de buitres cansados
y la ineficacia de mi canto
que ya no puede ser
ni la más débil
insinuación hacia la muerte.



Representación de la inercia


Abre mandíbulas en la eternidad
escupe tu discurso y retrocede con la incertidumbre
de qué decir entre eyaculación y bastardía
universal como puntapié sagrado y noventa meses
sin salir de la misma palabra himen, himen, himen
corrugándose el deseo de trasparentar el líquido perfecto de los cadáveres
que desde ya hace un año se encuentran en medio de la calle
señalando el parir de la ignorancia
maldiciendo uno a la vez
a cada transeúnte que le importa un bledo
la lucidez de los mudos que engendran la imagen sensual
de una mujer bipolar reproduciéndose en ellos
como súcubo hambriento de nada más que gestos de furia
de nada más que filos brillantes de cuchillos
a una milésima de kilómetro de un cuello esperando su jubilación
a su Mesías mientras aplaude y cuelga en su puerta el más artificial
de los lamentos
no confundir con arrepentimiento
ni con esperanza en manos vacías
ahora todo vuelve al mismo y originario orgasmo
habrá que lucirlo bien pues
habrá que hacer presitas de nosotros a cada paso que damos
salpicarnos con el día y su expectoración de culpa y enroscamiento
habrá que cometer un asesinato
meterse un animal sangriento en el corazón
luego extrañarte mientras veo cómo se ausenta tu desgarrada sombra
engulléndote inocentemente
como cuando despiertas
y te das cuenta de que ya no tienes piernas ni manos ni pies
ni ojos ni boca ni oídos ni nada
sólo puro pensamiento
puro pensamiento
desmantelado por el aire
solo pensamiento
emblema de la cólera
un error
de carne humana provocando hiel
e insomnio
tras tu muerte.



Junto al manicomio


Intento dar explicaciones
Dar la cara a todos decirles que la inocencia
Es el erotismo de las palabras mientras nos crece la vergüenza
Y seguimos dormidos mientras nos violan sin control
La luz me ha abandonado miserablemente
No tengo más conciencia que la que me ha dado la inutilidad
Entonces me enamoré de un cuerpo que fingía ser un cuerpo
Me enamoré de un nada más y quédate allí
Pensé en la esperanza mientras los gusanos
Se comieron mis ganas de decir algo cualquier cosa
Preferí entonces alucinar
Copular contigo en la incoherencia
Llegar hasta donde todo se desprende
Aguardar de ti algún cumplido
Que el mundo se haga caricia o puñalada
Pero que empiece la música pronto
Que empiece la música pronto
Y mi alma no desee estúpidamente regresar
Hipnotizada por la exacta pulcritud
De lo que nunca será merecido
Sino hasta reconocer lo podrido en el dolor
Mientras sencillamente se coge un corazón cualquiera
Y se lanza lejos, lejísimos
De la memoria
Y de la culpa.




Breve reflexión sobre expresar y mostrar - Paolo Astorga

Breve reflexión sobre expresar y mostrar


Escrito por: Paolo Astorga


“El que expresa está en un compromiso y a la vez en una resistencia. Es una voz que dice, que aporta en el sentido de que su discurso no se supone solo a la importancia, al estatus, sino al mensaje.”


¿Expresar es mostrar? Por supuesto que no. Expresar es construir, crear. Mostrar es simplemente vender, es cosificarse con el fin último de ser consumido como se consume un rico bife. Pero hoy, expresar significa un mostrar. Lo vemos en las redes sociales, lo observamos en el espectáculo, allí donde los seres humanos ya no valen por sus creaciones, sino por su imagen. Esta imagen es siempre una virtualidad, es siempre una acumulación de espectadores que observan, que califican binariamente (me gusta o no me gusta), pero que ya no pueden narrativizar nuestro valor en cualidad.

Y es que hoy expresar supone siempre una narración, una interpretación del mundo en tanto este se aproxima a mí como una posibilidad creativa. El que expresa está en un compromiso y a la vez en una resistencia. Es una voz que dice, que aporta en el sentido de que su discurso no se supone solo a la importancia, al estatus, sino al mensaje. Su finalidad no es la utilidad, lo práctico, lo consumible, sino que se fundamenta en la crítica, en el desafío de lo real, de lo natural. Toda expresión siempre golpea, desestabiliza nuestra tradicional forma de ver y sentir lo real. He allí su naturaleza creativa y a la vez destructiva.

No obstante el mostrar es hoy un componente que busca la aceptación, la importancia como una acumulación de likes. Mostrar es un deseo de vencer los vacíos de autoestima, es ofrecer el cuerpo no como una creación, no como una crítica, sino como un objeto que debe comerse. El mostrar está próximo al canibalismo, a una antropofagia donde el otro es mi objeto de deseo en la medida en que yo lo puedo comer, consumir, hasta el punto en que me resulte útil. Me genera placer, me da un disfrute, un entretenimiento, a veces espectacular, pero no un significado que me permita llegar a la cualidad del pensar profundo.

La expresión es siempre un proceso pensado, por ende, se aleja del mostrar, porque se aleja del objeto y se convierte en símbolo. Además hay un anhelo por la significación, por el sentido. El gran problema es que no existe o ya no se quiere que exista una razón para el hombre expresivo. El mundo mismo se está saturando de pérdidas que ya no se sienten. Mostrar, entonces, es un movimiento neutralizado, es un proceso biológico que debe ser cumplido para ser aceptado y sentirme bien, pues es en última instancia eso, sentir el bien lo que me hace ser lo que soy.

No me hago ilusiones, el mundo del expresar no es masivo. No es siquiera, a veces, visible. La expresión es un acto y por ende un compromiso solícito, sin embargo, es también una postura frente a otro, frente a un modelo. He allí la rebeldía del expresar, un no someterse. Es obvio entonces que si no expreso soy lo que soy y eso que soy es tan perfecto como una piedra.

Mostrar no generará ningún riesgo, sino seguridad. Eso es lo que se busca, sin duda, pero para lograrlo hay que naturalizarse, hay que cosificarse. Yo soy una cosa que debe ofrecerse, que debe rentarse. Poseo y puedo ser poseído y soy ícono y soy la cantidad que me hace tener un valor. No soy el valor, sino que tengo que tener valor. Una foto colgada con innumerables efectos no busca expresión, sino la mayor cantidad de likes, la mayor cantidad de valor. El me gusta, el comentario “bonito(a)” es el deseo inconmensurable de ser parte de un todo que exige vaciarse, que pretende la unilateralidad, la neutralización.

De esta manera ¿Expresar es estar fuera de la oscuridad de la caverna? Efectivamente, no obstante, hay un profundo problema: la fealdad. Es feo, horrible lo que hay fuera de la caverna. La caverna es un lugar cálido, estoy bien equipado de provisiones y demás comodidades. Los animales salvajes no pueden entrar, pues, hay una gran roca que tapa la entrada y no me preocupo en ningún momento de las severidades del clima. La caverna es mi bienestar. Y es justamente mi bienestar el que me permite ya no preocuparme, de esta manera me muestro y no tengo la necesidad de expresar, de pensar, de sentir. En cambio, si por algún motivo salgo, si por curiosidad, asombro o “estupidez” salgo de la caverna, lo que voy a ver, lo que voy a sentir es feo, horrible, difícil. La negatividad y la posibilidad serán enormes y diametralmente distintas a la vida en la cómoda caverna. Fuera de la caverna no me muestro, sino que tengo que actuar, tengo que expresar. La actuación será mi mayor invento, será mi mayor deseo. No soy cosa, no soy tan quieto y perfecto como una piedra, sino que de ahora en adelante tendré que inventarme un sentido, tendré que expresar una forma de ser y de actuar. La muerte me rondará día y noche y esta tendrá un sensual y terrorífico nombre: soledad. Expreso porque no estoy conforme, porque hay una carencia que me impide la quietud. Mi vida es solo cuando hay posibilidad y actúo.

De esta manera ¿nuestra sociedad está encerrada en su inmediatez por el mostrar? Me temo que sí. El mostrar es causa – efecto, es te doy y me das, es el movimiento perpetuo de lo repetitivo, de lo nuevo en apariencia, de una pérdida de lo histórico como identidad. Muestro hoy mi cuerpo desnudo, el sentido es solo tener una cantidad determinada de visitas. Mi cuerpo no es símbolo, mi cuerpo es solo la tendencia viral de un momento que urge ser consumido y olvidado para que aparezca otro y así.

Expresar, entonces, es disminuir la velocidad. Es perforar lo perfecto con lo feo. Esa verdad que ya Friedrich Nietzsche advertía en su fealdad, en su disgusto. Me disgusta la realidad, por eso expreso. Me disgusta el mundo, por eso muevo en todo mi pesimismo un sentido dialéctico de lo que se ha cosificado. Y aunque en apariencia el mundo es la simple marea del caos, expresar siempre es y será una de las pocas respuestas ante la muerte.

domingo, 20 de septiembre de 2015

"Ciudad cotidiana" de Giovanni Fernández Valdés - Paolo Astorga

Ciudad cotidiana

Ciudad cotidiana
Giovanni Fernández Valdés
(Amotape Libros, 2015)


“A lo largo de este breve pero intenso poemario podemos mapear el esfuerzo violento por mostrarnos los desmoronamientos de una memoria que resiste en la esperanza de los lenguajes. El poeta confiesa sus pérdidas, sus reminiscencias esbozándonos una serie de personajes que viven presas de sus imposibilidades.


Escrito por: Paolo Astorga


Ciudad cotidiana (Amotape Libros, 2015) de Giovanni Fernández Valdés (La Habana, Cuba, 1980) Es el recorrido poético por una ciudad que es un gran cuerpo vivo y a la vez ausente. La ciudad es siempre el lugar simbólico para construir la nostalgia y la pérdida, porque la muerte es un silencio sostenido hecho memoria. El poeta sabe que sus contemplaciones son siempre visiones fantasmales de una realidad que se hace pedazos, que se hace añicos de objetos amados. La ciudad, siempre la ciudad, es un gran campo de ilusiones y frustraciones donde surgen los sueños y la esperanza de ser un poco más que palabras:

Un amor que ya no está.

Solo observo tus fantasmas. Los he visto sobre altos pastos y grietas que cubren sombras de mi cuerpo. Buscaron las manos de mi hermano mientras enterraba a su madre y se quedaron en la última piedra dejada a la difunta. Allí regresé en la oscuridad de lo prohibido, donde surge la inmortal aquiescencia y las hojas marchitadas por el viento. Mis gritos fueron tus sueños; mis sudores, agonía en el espanto de tu lecho y en tus cartas inconclusas que mi hermano no pudo leer. Quise escucharte mientras te dejábamos las flores, pero aparecieron espejismos y almas enajenadas reviviendo del olvido. Ya no creo en la simple dialéctica del "Oscuro".

A lo largo de este breve pero intenso poemario podemos mapear el esfuerzo violento por mostrarnos los desmoronamientos de una memoria que resiste en la esperanza de los lenguajes. El poeta confiesa sus pérdidas, sus reminiscencias esbozándonos una serie de personajes que viven presas de sus imposibilidades. Hay un profundo vaivén sostenido que nos mueve de la ternura a la cruda realidad. Toda destrucción es memoria, toda destrucción es siempre un estadio del abandonado, del que intenta presionar su cadáver en busca, no de una respuesta, sino de un lugar para el hablar, para la expresión. La esperanza es esa llave secreta que se esfuerza por cantar sus arrullos entre la ceniza:

Una mujer llorosa en el verano de 1990

No siempre se desea morir en el vientre de la bestia. No siempre el fuego, las consignas y las palabras recuperan los abrazos y los odios de las familias separadas por el mar. La música en tu oído: nota fugaz de tristes penetraciones y gemidos, caracol y estrella perdida. Tu ser, asustada égloga, reside en mis enigmas, en la tierra árida. ¿Dónde están tus esperanzas? La muerte viaja en la respiración de un pez. Los niños son peces que juegan en la arena mientras dibujan castillos y predicen diluvios a sus generaciones futuras, no se detienen en proclamar lo deshabitado, lo torpe, los disturbios de los dioses que ya no existen en sus cabezas. Disparan la peonza sobre libros de marxismo, deshaciéndolos con la cuerda áspera que perturba el sueño. ¿Dónde están sus esperanzas? Lo hallado fue indiferente, las tormentas lo robaron todo: las luces, los horizontes, las dudas, el polvo sobre los ojos de los párvulos y el amor y el sexo y los ruidos.
           
Y mientras nuestro viaje se hace más hondo, la muerte se hace más lenta, pero no por eso menos intensa. Sin embargo, el poeta intenta eternizar la inocencia y la ternura como una forma de resistencia. La muerte entonces es el mismo tiempo que rebasa las posibilidades, que hace que los objetos se nos enfrenten. El viejo y el niño van muriendo hasta hacerse fantasmas de un instante. Y entonces renace la naturaleza que se lentifica ante la muerte. El poeta sin saberlo, nos está mostrando el universo mismo de las cosas y su estrecha relación con los estados de ánimo, su estrecha relación con nuestras metáforas, nuestros anhelos que se vuelven excusas de movimiento, lenguaje inmóvil:

Sentado con mi abuelo en el columpio de Juan Diego

“...estos días terribles...”
SILVIO RODRÍGUEZ


Llueve en los ojos del que muere sin remedio. Se anuncian los recuerdos: el empedrado deshecho por los niños con sus trompos. El ciego camina y el destino ha sido convocado por los ancestros. Siguen los recuerdos; los zapatos llenos de fango patean los angostos pinos del patio; el tirapiedras mata lagartijas y gorriones; la humedad de la casa y los besos de la madre lo salvan del hambre. Por lo demás, solo quedan una bicicleta y un circo de viejos payasos. Nada más se observa en la línea torpe del horizonte. Luego los fantasmas aparecen surcando tu pensamiento, con palabras roídas por el tiempo. Te anuncian que los niños se acercan presurosos; se sonríen desafiantes, indiferentes; el sudor aparece en tus manos sucias, lluviosas. Sabes que hoy mueres sin remedio, mientras el olor de la leña aún llega a tu cuerpo y lo exorciza o, mejor, roza la punta del nombre de la estrella que la acusa: la mía.

Entonces no se puede huir ya de la ciudad. La ciudad que se hace cotidiana y de la que ya nadie resiste las disoluciones. Es en esa ciudad, la nuestra y la ajena, donde la desilusión constituye la mediocridad de los que por ella pasan como sombras difuminándose en el vacío. La gran bestia, la ciudad, no es un rugiente gigante hambriento, solo es lo cruel de los silencios, lo fulminante de la indiferencia. La soledad es nuevamente la aparente calma, la tensión de la vacuidad entre el deseo y el más cruento olvido:

Caminando por el muro del Malecón

Cada parte del mundo y cada secreto que inunda las calles de La Habana se agazapan en los libros de historia. Pocos pueden hablar, solo existen cuando observo lo inevitable: el aburrimiento de los adolescentes que se inyectan opio y alucinaciones, el deseo de emigrar sin volver atrás y la locura de los viejos que cada vez están más solos. Mentira es tu respuesta, pero es algo común; somos mansos animales que pacen bajo los ojos de la ciudad. Las calles de La Habana semejan un ajedrez antiguo. Cada hombre participa en el robo de su propio hijo y de sus tierras, donde los payasos ríen de sus piruetas malditas y lloran por las canciones tristes. Aquí, todo es inofensivo y vacío; nuestros cuerpos existen en una prosa común y mediocre. ¡No hay remedio para esta niebla de olvidos!

No obstante, no se puede escapar a los juegos de luz. Fernández ha construido este libro para mostrarnos una dialéctica luminosa. La luz es siempre una actitud frente a las imágenes que se imprimen en el lenguaje de la memoria. Es siempre un flujo inconstante y a veces oculto de vida. La luz no solo es lo que devela el mundo, sino es también aquello que lo oculta, que lo hace aparentemente perfecto. La vida en este libro es siempre matices de luz y movimiento. No se puede escapar a lo inevitable: Vivir en el caos de una urbe que está sitiada por la inmensidad del mar.

Pesadilla # 1


Cada espacio es cercado por las sombras. No existen misterios en las casas hechizadas, las esfinges habaneras los lanzaron a las tempestades y a los vientos. Crecieron los hijos; huyeron sin adioses y murieron a la postre. Las mujeres eran cenizas, esclavas de hachas y piedras cortantes, arbustos que se aglutinaban en pozas de azufre. La sequía fue el sacrificio a los dioses. El caos fue al fin universo; todos esperaban la sentencia; el hombre la olvidó; fue un pacto aburrido y nupcial, un pergamino de guerra. El caos participó de la apuesta, el hombre o lo invisible, el hombre o lo terrible, y despedazó nostalgias, criaturas dormidas, océanos y restos de un caracol herido. El caos fue diluvio y resurrección; el imposible para la vida en el cosmos; la duda sobre dígitos y máquinas. Un hombre exige el hambre; las mujeres, el silencio; y los niños, el final. Se acercan a la planicie donde caen los sauces y se desprecia a las olas del mar. No existe nada mejor al caos cuando se pierden los sueños.

Y mientras más nos acercamos al corazón de la ciudad, más nos sabe a desierto  y pesadilla. La pesadilla es la violencia del olvido, la indiferencia ante el recuerdo y las memorias que son fantasmas de imágenes prendadas de naturaleza, de cielo, de dioses, de niños que frustran su infancia inmolándose de sueños.

Pero quizás el apartado más intenso de este libro es la segunda parte y particularmente el poema Ciudad cotidiana, cuyo signo dialéctico es la esperanza y la desilusión, no obstante el poeta nos muestra la furia de la miseria y la esperanza de un pueblo por querer llegar al destino de sus sueños. Lo humano no está en la violencia de los desgarramientos, de la muerte, sino en esa irracional pasión por perennizarse en el ideal, en la necesidad de vida. 

Ciudad cotidiana

A Yasser, Scull, Cordoví, Carlos y Alberto


Abandonamos la bahía de La Habana.
Nos fugamos mar adentro.
Los amigos nos despiden desde la orilla
y nuestras esposas tienen las manos en el rostro.
Somos víctimas de un país que emigra y teme.

Nos alejamos en el bote.
Nos sofocamos.
Sudamos el frío de los dedos.
Gemimos como torres demolidas,
cuando los escualos nos esperaron para su festín.
Caímos presurosos, inevitables en sus bocas.
¿Quién podría asegurar
que llegaríamos a la otra orilla,
con el cuerpo mordido y cansado?
Escapé de "La fiesta de los tiburones"
solo cuando la balsa se enterró en la orilla
entre el odio y la muerte,
mas no lloré.

Desde el muro del Malecón
observo a un pueblo
que rema hacia el Norte.
No ignoran
el festín que les espera
como un caos que vive en la memoria.


Con un lenguaje intenso, poblado de imágenes de la memoria y de la infancia, entre lo fantástico y la violencia del tiempo, Ciudad cotidiana nos muestra esa isla que es la experiencia vital de los hombres y mujeres que luchan diariamente contra sus propios demonios. Giovanni Fernández Valdés no busca solo entregarnos el producto de un  lenguaje decantado y bello, sino que en sus palabras de ternura y soledad se intenta la reivindicación de los abandonados, la necesidad de ser los otros y la vez mostrarnos con fuerza y plenitud la ciudad que se esconde entre la simpleza de lo eterno.

"Los bosques del silencio" de Jaime Osvaldo Bernales Abarca - Paolo Astorga

Los bosques del silencio


Los bosques del silencio
Jaime Osvaldo Bernales Abarca
(Edición de Autor, 2013)


“Uno de los puntos discursivos más importantes de este libro está en la ironía como medio de denuncia contra una sociedad que se ha diluido en las apariencias de felicidad y estabilidad, pero que en ese escape, en ese paliativo existencial del consumo y el hedonismo la tiranía del dominante continúa.


Escrito por: Paolo Astorga


Los bosques del silencio (Edición de Autor, 2013), del poeta chileno Jaime Osvaldo Bernales Abarca (La Calera, Chile, 1950), nos presenta desde sus primeros versos nos muestra la desolación y la destrucción como un signo ineludible. El poeta se ha convertido en una especie de testigo de la destrucción, de la sordidez. Esto lo podemos ver de forma patente en el poema que abre el libro llamado “Yo camino”. Leamos un fragmento:

Yo camino entre brújulas destrozadas,
timones destrozados,
manubrios destrozados,
puntos cardinales destrozados,
sentimientos destrozados.
Yo camino sin rumbo, extraviado
entre ires y venires.

Como vemos el libro parte de una especie de apocalipsis donde la destrucción es el presente, pero también la posibilidad para “reconstruirnos” a partir de nuestras cenizas. La solidaridad que convoca, que intenta una unión fraternal ante el dolor de las pérdidas, ante la irracionalidad.

Aquí estoy, abrazando fraternalmente
a los marginados de esta sociedad
que no entiendo:
abrazo a las lesbianas y a los homosexuales,
abrazo a las mujeres que han abortado,
abrazo a las madres solteras,
abrazo a los cesantes,
abrazo a las parteras,
abrazo a los muchachos que no estudian ni trabajan,
abrazo a los indigentes que hacen largas filas en los hospitales,
abrazo a los que viven a orillas de los ríos.
Abrazo al suicida y le digo al oído:
hermano mío, hermano mío. Y dos
lágrimas solitarias, mías, besan
sus mejillas moribundas.
Abrazo a las prostitutas,
abrazo a los sidosos,
abrazo a los que han abofeteado a los jefes,
abrazo a los que han quemado las banderas,
abrazo a los que bailan mientras escuchan la Canción Nacional,
abrazo a los que rompen fronteras,
abrazo a los que escupen a los uniformados.

El yo poético intenta una expresividad desde la necesidad de poblarlo todo, de generar en el hombre moderno un nuevo acercamiento de retorno. Allí, frente a esa aplastante realidad donde lo banal, lo superficial reducen al pensamiento a los sentimientos a ser simples objetos de consumo, el poeta se rebela ante lo establecido con su canto unificador. Uno de los puntos discursivos más importantes de este libro está en la ironía como medio de denuncia contra una sociedad que se ha diluido en las apariencias de felicidad y estabilidad, pero que en ese escape, en ese paliativo existencial del consumo y el hedonismo, la tiranía del dominante continúa:

Eufóricas
hiperkinéticas y tumultuosas.
Mojadas, húmedas, extasiadas.
¡Yeah! ¡Yeah! ¡Yeah!
Sin embargo, en mi Patria Grande,
seguimos encadenados
a la tiranía incontrolada.

El poemario está estructurado para mostrarnos dos realidades: Por un lado la miseria y la violencia que genera la incomunicación y, por otro, la toma de conciencia respecto a esta sociedad que borda la locura, la insustancialidad, el deseo de destruir todos los asideros y volverse un imperio de lo inútil. Un ejemplo de lucha es el poema “Pertenezco” en donde la voz poética se enfrenta a ese mundo donde “pertenecer” supone algo tan imposible y hasta estúpido, sin embargo sentirse ligado a una causa, tener la responsabilidad de ser más allá del simple simular, hacen que el discurso nos arroje, con ironía, un mensaje de perseverancia frente a la muerte de todos los ideales:

Pertenezco a la generación perdida:
a la generación de los huérfanos,
de los vagabundos,
de los solitarios,
de los que chutean piedras en las esquinas,
de los que aspiran noprén,
de los que fuman yerba.
(…)
Pertenezco a la generación de los que se hundieron en la selva,
de los que se extraviaron en la montaña,
Colombia,
Venezuela,
Bolivia,
Brasil,
Guatemala,
Uruguay.
Pertenezco a la generación perdida,
a todas las generaciones perdidas.
Pertenezco.

Quizás dentro del repertorio que compone este poemario el que condensa toda la poética del mismo es el interesante poema: “Arrepentido”, poema que pone de manifiesto esa crítica constante a nuestra vida vacía y estúpida donde lo más importante es inventarse escusas para no afrontar los problemas más esenciales de nuestra propia existencia:

Estoy arrepentido,
asustado y triste por haber atentado
contra mi vida, es decir, hablo de suicidio.
Digo esto por una razón simple:
de haberlo conseguido
no habría podido beber nunca más Coca – Cola
o vivir en un Mundo de Fantasía como Bliz y Pap
o mostrar mi sonrisa Pep.
Recién ahora valoro, en toda su dimensión,
a la existencia.

Las visiones que muchas veces tenemos del mundo están puestas sobre objetos insignificantes, pero que para nosotros en nuestra angustia existencial, se convierten en trascendentales. La muerte aquí como un discurso que también ha perdido significancia se nos muestra no como un estado de total inexistencia, sino solo como un medio espectacular para mostrar nuestras heridas que nosotros mismos, como suicidas idiotas, nos hemos infligido.


En suma, Los bosques del silencio, es un libro diáfano y a la vez rudo, donde la búsqueda suprema termina siendo siempre la libertad que hoy por hoy es solo una fantasmagoría, una mentira, que ha hecho del hombre, no un ser consciente de su actuar, sino solo un cúmulo de miedos y deseos frustrados que vaga como un fantasma asombrado por las excitantes nimiedades del mundo.