lunes, 19 de enero de 2015

Elogio de la conversación - Paolo Astorga

Elogio de la conversación



Escrito por: Paolo Astorga


“La conversación es el reflejo de lo que leemos y por “leer” me refiero a nuestra experiencia vital, a nuestros intereses, a nuestra idiosincrasia, pero sobre todo a nuestra ideología y accionar de vida. ¿De qué puedo hablar con otro, si mi vida intelectual es solo dada por la televisión basura, la prensa amarilla o la chismografía de mi vida cotidiana?”



Habla para que yo te conozca.
Sócrates


A muchos de mis alumnos les he dicho que las mejores clases que podemos tener son las que se dan en los recreos, pues, es en esa hora de esparcimiento donde nos encontramos con una gran predisposición para conversar. En mi caso, conversar en los recreos con los alumnos es una hermosa realidad, porque tengo la suerte de que ellos se acerquen y a partir de una pregunta –a veces intrascendente–, me permite expresar lo que sé, lo que he aprendido, pero también aprender de ellos, conocerlos. Converso con algunos alumnos en el recreo porque ellos y yo tenemos dudas. Y la conversación nos ayuda a construir, si no una respuesta, por lo menos una interpretación, un sentido.

Digo entonces que la conversación posibilita el conocimiento. Creo que no hay nada mejor después de una densa lectura que compartir nuestras impresiones de estas con los amigos. Es más, creo que el mejor método para conocer a los demás y construir buenas relaciones, es a través de la conversación. La conversación nos permite entender que no somos seres aislados del mundo, sino que podemos interactuar, compartir, construir en comunidad.

Francis Bacon decía que: “La lectura hace al hombre completo; la conversación lo hace ágil, el escribir lo hace preciso”, nada más cierto. Leer es una actividad básica, vital. Pero la lectura requiere además un tiempo para la asimilación y la reflexión, para que nuestro conocimiento sea “ágil” y ese momento es el de la conversación. Conversar es agilizar nuestro pensamiento, pero también es construir afectividades. Los que conversan se conocen más y también aprenden más. Sin embargo, ¿podemos hoy conversar realmente dentro de esta enorme sociedad hiperdistraída? Me temo que no.

Actualmente muchas personas están sitiadas por el imperio de los medios de comunicación que no solo emiten grandes cantidades de información, sino que permiten crearla y compartirla con todos. No obstante, en una habitual conversación, sea física o virtual, lo que se comparte muchas veces es repetitivo y anodino. Hablamos hoy más como un gritar, como un chillar, con ruido que puebla todo, pero que resulta ser tan gaseoso que lo sustancial queda minimizado, invisibilizado. Nuestro mensaje no es el de la reflexión, no es ágil y mucho menos somos precisos. Lo intelectual en la conversación de esta era es solo la emocionalidad y lo pragmático, mas no, la necesidad por separar el trigo de la paja o interpretar nuestro mundo, “conocernos a nosotros mismos y a los demás” para vivir conscientemente.

Antoni Brey en el ensayo La sociedad de la ignorancia (2009) nos plantea que las sociedades modernas se ven inmersas en un conocimiento acumulativo y pragmático, es decir, en una forma de conocimiento “inmediato” que no requiera de esfuerzo, que tenga un solo sentido o ninguno. Según Brey, no estamos inmersos en una “Sociedad del conocimiento”, sino que más bien nos estamos acercando a una “Sociedad de la ignorancia” donde lo trivial, lo banal, son competencias básicas para desenvolverse en un mundo cada vez más veloz e indeterminado.  Es importante, por tanto, que el conocimiento sirva no para formar, sino para algo concreto, para la adquisición de un tener y no tanto la de un ser. El conocimiento en esta era no resulta más que una herramienta para adquirir, es un producto más que en una cualidad. Creo sin duda que el gran problema del conocimiento hoy es la aplastante cantidad de información con la que nos topamos y nuestra relativa imposibilidad para procesarla no en el sentido algorítmico de la palabra, sino desde la individualidad crítica y discriminante, es decir, desde la capacidad para generar conocimiento a partir de la información. En este punto, la conversación como herramienta de fijación del conocimiento es trascendental porque nos permite, no solo identificarnos con lo que pensamos, sino enunciarlo, transmitirlo, exponerlo ante los demás para que sea valorado y criticado.

Las conversaciones definen nuestra identidad y nuestra opinión. La opinión en un mundo mediático es trascendental no por el hecho de que debemos mantener nuestra capacidad de enunciante, sino porque el mundo de hoy es tan rico en “fenómenos” que necesitan ser conversados, es decir procesados,  que no hacerlo o zafarse del peso de hacerlo, es como vivir en piloto automático. Me refiero con esto al hecho de darle importancia a nuestra vida y generar una responsabilidad enunciativa. Decir y hacer aunque son sustancialmente distintos respecto de la conversación debería aproximarse o por lo menos condecirse. Sin embargo, hay una característica despiadada alrededor de la conversación significativa: No es masiva, no es popular. La conversación hoy en día es insustancial, porque simplemente no se requiere pensar para vivir. Es triste, pero para vivir lo único que se necesita es satisfacer las necesidades más primitivas y nada más. Eso que Marco Aurelio Denegri (2014) llama “El indigente”, que no es otra cosa que aquella persona que solo vive para resolver sus necesidades primarias, “pero no se pregunta ni se cuestiona, ni es capaz por supuesto de ensimismarse.”

Me temo que mucho de las conversaciones cotidianas están muy lejanas de aquel diálogo que genere la reflexión sobre “los grandes temas”. La conversación a través de las nuevas tecnologías que reducen el pensar y más bien acrecientan el disfrute, han infantilizado las relaciones cognitivas. Aunque tenemos la capacidad para ingresar en la profundidad de las ideas, el imperativo de pensar, de analizar e interpretar, no son útiles, pues no sirven, en apariencia, más allá de la construcción del mero discurso. Conversar en un día común es solo intercambio de chismes. La conversación se ve plagada de información intrascendente como hablar de un famoso que le fue infiel a su pareja o de una modelo que consume drogas o de un futbolista que se encamó con una bailarina, etc. Y es que es cierto: La conversación es el reflejo de lo que leemos y por “leer” me refiero a nuestra experiencia vital, a nuestros intereses, a nuestra idiosincrasia, pero sobre todo a nuestra ideología y accionar de vida. ¿De qué puedo hablar con otro, si mi vida intelectual es solo dada por la televisión basura, la prensa amarilla o la chismografía de mi vida cotidiana?

La magnitud de la conversación está regida por la importancia de leer en el sentido más amplio de la palabra. Es triste, pero es. Nuestro mundo funciona en su mayoría desde la orden de lo superficial y no porque lo profundo sea nocivo –aunque así lo parezca sobre todo para el alma que busca vivir en la comodidad de sus miserias–, sino porque la masa está inmersa en la velocidad del momento, en el deseo de pertenecer más allá que en la obligación de saberse, de conocerse y transformarse. Mantener una conversación sustancial por mucho tiempo, es casi un sueño imposible. Tantos aparatos que nos distraen, tantas prótesis tecnológicas que nos saturan el tiempo de pensar, sin duda hacen que el ruido en el que nos encontremos se sienta  de lo más normal.

Por eso toda conversación debe servirnos para aprender no para destruirnos o disolvernos en la narcolepsia de lo actual. Toda conversación debe suponer un intercambio donde la experiencia reflexiva y a la vez el deseo de comunicarse hagan fluir el conocimiento, la dinámica de la cultura. Desgraciadamente se ha perdido el orden simbólico de la palabra pues hoy esta tiene un molde establecido, una moda que debe usarse para generar el pensamiento y el actuar homogéneo, el cliché que encuadre nuestras vidas, nuestras conversaciones, nuestro modo de observar e interpretar el mundo y no permita la motivación para seguir escudriñando nuestra capacidad para pensar y pensarnos. Veo con tristeza y melancolía cómo se está poblando el mundo de mudos y sordos que solo “piensan” sin la valentía de dudar jamás de nada.

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