lunes, 12 de enero de 2015

Forzando los recuerdos - Paolo Astorga

Forzando los recuerdos


Escrito por: Paolo Astorga


“Para estar siempre allí, se debe reducir al cuerpo en imagen o en momento. Capturar en pixeles lo más común, lo más extremo, lo trascendente o intrascendente es una necesidad imperiosa porque la disolución es inminente. Estamos inmersos en una era de obsolescencia, de desaparición inmediata. Quien no aparece, quien no es visto de manera reiterada y actualizada, simplemente ya no es.”


Hoy la gente sabe el precio de todo
y el valor de nada.
Oscar Wilde



Tengo un amigo de más de setenta. Es agradable hablar con él, pero sobre todo, escucharlo. Lo que me llama la atención es que este amigo mío tiene entre sus pertenencias más valiosas una fotografía en blanco y negro de su mujer cuando era joven. Al mostrarme la foto me cuenta que ella era muy guapa y que lo que más le gustó, allá en sus años mozos, es su sonrisa. Era encantadora, de hermoso andar y vestir. Lamentablemente murió hace cinco años víctima de un cáncer. La fotografía es enigmática y contiene un atractivo perpetuo. Mi amigo me dice que lamentablemente esa es la única fotografía que tiene de su esposa cuando era joven. Sin embargo, esa fotografía es para él un recuerdo imborrable de una época hermosa, pero que nunca más volverá.

Es verdad, esos tiempos no volverán. Antes de nuestra era 2.0, de nuestra hambrienta necesidad de registrarlo todo en foto o video, antes de que pensemos solo en la mejor pose, pero no en la pregunta de por qué lo hacemos, mientras nos volvamos expertos en los ángulos y los encuadres, en el retoque fotográfico y en el recorte; antes de todo esto, existió algo llamado sentido. Lamentablemente hoy una fotografía es terriblemente eso, una simple fotografía que ha perdido la sustancia de lo cotidiano para convertirse en una vitrina de ventas donde el significado se pierde en la majestuosidad de las apariencias. Las fotografías que nos tomamos y que subimos a Facebook, son el reflejo de una sociedad que está forzando los recuerdos para hacer de nuestra imagen y privacidad un Reality Show, donde nuestra cara o nuestro cuerpo, nuestro entorno, se conviertan en objetos de venta o de caza. Todo por un like.

Mostrarse es una necesidad propia de estos tiempos “bondadosos” donde compartir lo es todo. Pero, como la velocidad es una constante monstruosa, mostrarse es superficializarse. Para estar siempre allí, se debe reducir al cuerpo en imagen o en momento. Capturar en pixeles lo más común, lo más extremo, lo trascendente o intrascendente es una necesidad imperiosa porque la disolución es inminente. Estamos inmersos en una era de obsolescencia, de desaparición inmediata. Quien no aparece, quien no es visto de manera reiterada y actualizada, simplemente ya no es.

La era nuestra es la de la cantidad, la era del momento calculado e inmovilizado. Una fotografía ya no tiene el mismo significado que el que mi amigo le da a la imagen de su esposa. Hoy, estas tienden a disolverse más rápido, a desaparecer a veces ni bien las subimos a nuestras redes sociales. El recuerdo a largo plazo o peor aún, esa actividad tradicional muy de tiempos antes de la era digital de revisar las fotos del álbum familiar, es actualmente solo una colección tremenda de fotos sin sentido ni significado que llenan nuestros perfiles de Facebook que crean en nosotros la vívida fantasía de ser aceptados, una especie de fama que atraviesa nuestra privacidad, nuestro sano derecho a ser invisibles. Me temo que como carecemos de un agudo y complejo trastorno de olvido rápido, necesitamos registrar todo en fotografía o video. Y no solo registrarlo, sino que además debemos compartirlo. Compartir nuestra vida en fotografías o en videos es un imperativo que exige la sociedad actual que no puede vivir sin desconectarse. La necesidad nos impulsa a la producción en serie de una vida alterna construida con imágenes retocadas para mostrar una realidad perfecta y escondernos en la mísera condición de los paliativos ficcionales.

Entonces los recuerdos son imposibles. Para muestra un botón. Estamos viviendo tiempos tan “interesantes” que aunque estamos plagados por nuestros cuatro costados de situaciones, de actividades por hacer, la naturalidad, la espontaneidad, el nacimiento sincero de las acciones y las situaciones no existen o están desapareciendo. Hoy forzamos los recuerdos, los compramos, generamos lo que queremos ser o simular ser. Buscamos la mejor pose para dar a entender a los otros que vivimos una vida muy diferente, una “súper vida”. Nos mostramos ante los demás con fotografías que acrecientan lo que somos. Y, acerca de esto, se me viene a la memoria un cuento por demás interesante de Edmundo Paz Soldán llamado “Imágenes photoshop” donde el protagonista llamado Víctor cansado de su vida insustancial y aburrida, modifica sus fotos –y recuerdos– con el programa Photoshop para así crearse una vida más interesante que pueda ser “admirada” por los demás.

Así como Víctor, la vida es hoy la pantomima del mostrarse, sin embargo, ese mostrarse está más cercano al venderse. Vender algo supone por lo menos tres elementos sustanciales: En primer lugar el estudio de mercado, es decir, saber qué es lo que quiere o necesita el público. En segundo lugar la construcción del producto. Y por último, los medios de difusión para la distribución del producto. La comparación con la realidad salta a la vista. Una chica que se toma un selfie cada siete minutos con diversas poses y las cuelga en su red social solo para recibir en la mayoría de los casos una gran cantidad de “me gusta” y una cantidad mucho equivalente de “qué bonita” (y todas sus variantes), también se ha convertido en un objeto de venta y de consumo, de simple disfrute.

No obstante, queremos ser vistos. O por lo menos presumir que lo somos. El consumo nos avienta a creer que es de lo mejor. No una fotografía, sino mil millones cada segundo. No tomarse una fotografía, sino un par de docenas y luego escoger aquella en la que me veo más bonito o bonita y la que será la que mejor venda, la que genere un mejor recuerdo forzado de mí. La consigna es iconizar mi vida. No importa si mi hijo o hija aún no camina, desde un ángulo engañoso, con un retoque desde la cámara, parecerá que lo hace y cuando se lo muestre a todos y todas me van a felicitar por lo buen padre que soy. Aparecer con el mejor vestido, con las mejores zapatillas y mostrarme con un rostro más blanco y terso que el que poseo, esa es la meta. Ser una vedette rutilante lo antes posible, pues, la basura que luego se acumula es olvido, terrible olvido del que se quiere escapar.

Ni hablar, nuestra obsesión es la actualización. Lo nuevo, que aunque esté reciclado, sea o se parezca a lo nuevo. Porque la soledad es inmensa y nadie quiere mirarla a los ojos ya que es un espejo. Hedonismo y narcisismo son lo único que tenemos en esta vorágine de soledad a la que nos enfrentamos y de la que conocemos solo uno de sus más conocidos y repudiables tentáculos: El aburrimiento.

No hay marcha atrás. ¿Qué nos queda? Nuevamente la conciencia juega un rol protagónico. Escapar de la reducción, del empaquetamiento. Reflexionar es una actividad que debe ser urgente. Sin embargo, seguirá flotando en el aire la nostalgia del recuerdo, el deseo por querer ser aceptados, amados, tomados en cuenta. He ahí el dilema: El sufrimiento. Lamentablemente la insustancialidad nos ha manchado los ojos y, creo también, las manos con las que tratamos de limpiarnos.

3 comentarios:

  1. Buen día Paolo. Felicitaciones por 'Forzando los recuerdos'. Su promoción me llegó por Facebook, la red social donde -bien has dicho- todo el mundo sube sus cosas para venderse mejor. La paradoja prueba que lo mejor de las redes es ese 99% de nada con que están hechas: sus agujeros, por donde si uno quiere puede 'colar' sentido y generar verdadera comunicación. Un abrazo. Edgardo Ariel Epherra www.espacioelaleph.blogspot.com

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  2. Muy buena reflexión, Paolo. Felicitaciones por tu blog.

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