lunes, 26 de enero de 2015

La hiperhistoria - Paolo Astorga

La hiperhistoria




Escrito por: Paolo Astorga


“La historia tiene que resultarme una hiperhistoria en el sentido de que esta se me debe presentar lo más divertida, desde la versión más superficial que sea posible, que no permita conocer, reflexionar y tomar como mío ese patrimonio cultural que se convierte casi siempre en un simple “atractivo” casi ferial, pero sin la conexión identitaria primordial para que yo ame ese trozo de mi pasado”.



No saber lo que ha sucedido antes de nosotros es como ser incesantemente niños.
Cicerón


Según la UNESCO el patrimonio cultural se define como “la herencia cultural propia del pasado de una comunidad, con la que esta vive en la actualidad y que transmite a las generaciones presentes y futuras”. Como producto humano el patrimonio cultural debe ser preservado en la medida en que este contiene un valor significativo tanto histórico como identitario de la humanidad. Depende de cada nación preservar y difundir este patrimonio a las generaciones actuales y venideras. Sin embargo, ¿somos conscientes de esa herencia cultural cuyo valor significativo es trascendente para entender nuestra identidad como seres humanos?

Hace unas semanas se produjo un nuevo daño a las Líneas de Nasca, esta vez, por parte de la ONG de protección del medio ambiente llamada Greenpeace. Lo que se quiso hacer es una especie de “intervención” desplegando un mensaje alusivo a la necesidad de una toma de “conciencia” frente al cambio climático en el área protegida muy cerca de una de las Líneas de Nasca que conforman al geoglifo del Colibrí.

Aunque la “intervención” y  el deseo de generar “una conciencia ecológica”, fueron infructuosos y tremendamente estúpidos; este hecho nos da cabida a reflexionar sobre la necesidad de preservar nuestra memoria cultural, nuestra historia milenaria que lamentablemente carece de seguridad y verdadera preservación.

Y es que vivimos en tiempos donde la cultura de la preservación se ha convertido en la cultura de lo espectacular. Con mucho derecho pusimos el grito al cielo ante el daño que Greenpeace hizo a nuestro patrimonio cultural, pero ¿Quién se sonroja o por lo menos susurra una denuncia ante el tremendo daño que sufren miles de áreas que deberían ser protegidas, estudiadas y difundidas a toda la población? Casi nadie. Salvo sea un lugar donde lo espectacular, donde el atractivo turístico tenga relevancia, solo allí, la indignación crece.

La cultura actual tiende a dar un valor a todo en el sentido de estatus, más allá de la identidad, del conocimiento milenario, más allá del encuentro con los otros y con nosotros a través de esta conexión entre temporalidades y formas de pensar el mundo. Hoy la cultura solo se acumula y recicla, se acomoda al presente como un objeto de consumo. Sin embargo, debemos entender que la historia nos enseña a construir no solo una identidad, sino un modo de interpretar nuestro pasado para sabernos en el presente y proyectarnos al futuro. Actualmente muchos solo “coleccionamos” historia, es decir la historia es un objeto cuyo valor está determinado por mis deseos de consumo. La historia tiene que resultarme una hiperhistoria en el sentido de que esta se me debe presentar lo más divertida, desde la versión más superficial que sea posible, que no permita conocer, reflexionar y tomar como mío ese patrimonio cultural que se convierte casi siempre en un simple “atractivo” casi ferial, pero sin la conexión identitaria primordial para que yo ame ese trozo de mi pasado.

Un monumento histórico, ya no es nada si no guarda una “magia espectacular” dentro de él. Solo lo que haga estimular mis sentidos será lo que verdaderamente valga la pena. La historia está siempre en riesgo, porque para que sea valorada por todos a veces requiere ser desvirtuada, inflada y convertida en hiperhistoria. No obstante, hoy muchas manifestaciones culturales están perdiendo sus raíces y se están acercando cada vez más a convertirse en el mero espectáculo de lo pasado.

En un artículo muy interesante de Liuba Kogan encontramos esa desconexión del patrimonio cultural de lo pasado con lo presente. Lo cultural hoy es visto como un objeto más de consumo, en el sentido en que se lo puede reducir o desvirtuar dependiendo de los mecanismos del deseo individual. Kogan, nos muestra que la historia para muchos jóvenes ya no es la de la seriedad, sino solo la desconexión e indiferencia hacia los otros, una tendencia a la infantilización, donde más importa mis sentimientos y mis deseos imposibilitándome cada vez más poder empatizar con los sentimientos de los demás, pues según la autora  “… nos encontramos con una generación de jóvenes que  se desliga de la historia, de las vidas de los otros y les da significado  exclusivamente en razón de su propio mundo interno, deseos, imaginación o fantasías; por lo que la empatía con los que sufren, tienen hambre  o diversas necesidades resulta tremendamente frágil.”

Y es que la idea de lo pasado no es nada y no vende, si es que este pasado no es mágico, rimbombante, resplandeciente, enigmático. Lo pasado debe conectar con las modas del presente, debe de ser exhibido como un presente-pasado, como un aval para el placer del hoy. Se ha diluido el carácter serio de los monumentos históricos y por ende el respeto a estos, pues lo importante es la historia que me divierte, el exotismo de vivirla y no tanto la importancia de ella como verdadero patrimonio cultural. Todo museo, todo monumento o ciudadela, debe ofrecerme algo, debe venderse. Los que hacemos turismo vamos a consumir, no tanto a aprender. Nos hemos acostumbrado a vivir lo pasado no como una realidad histórica, sino como una ficción. El gran discurso posible es el que brinda la diversión. No nos importa el valor cultural, significativo y trascendente, sino la foto que podamos tomarnos para acrecentar nuestro capital simbólico y sentirnos “prestigiosos” ante nuestros amigos.

Lamentablemente, aunque el daño a nuestro patrimonio cultural es pan de cada día y no solo por extranjeros, sino también por proyectos mineros, traficantes de terrenos, desborde popular, indiferencia del gobierno, ignorancia de nuestra población y un gran etc., creo que nos debe nacer la imperiosa necesidad de entender nuestro acervo cultural como un testimonio vivo que nos quiere comunicar un mensaje trascendental, no para el orgullo de tener una de las mejores riquezas culturales del mundo, sino para la reflexión y toma de responsabilidades para con la preservación e investigación de la creación humana que al fin y al cabo es eso que fuimos, que somos y que seguiremos siendo.

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