lunes, 2 de febrero de 2015

Auschwitz y el olvido - Paolo Astorga

Auschwitz y el olvido



Escrito por: Paolo Astorga


“Pero, ¿por qué tanta violencia y tanto odio? El olvido, la indiferencia, la miseria humana y la hipocresía son tal vez respuestas que se vuelven incómodas, pero perpetuas para observarnos no solo como la humanidad desde la visión romántica y bella, sino, para chocarnos contra ese lado oscuro y negado que es nuestra tendencia a la autodestrucción, al delirio frente al poder que podemos ejercer contra los otros, cosificándolos, reduciéndolos a ceniza”.


En su libro Vida líquida (2006) el pensador polaco Zygmunt Bauman, nos dice que vivimos en una sociedad que no puede asirse, es decir, no puede mantener por mucho tiempo “su forma y su rumbo” estable. Esto quiere decir que nuestras sociedades hipertecnológicas de hoy están supeditadas a una “sofisticación” perpetua en aras de mantener la velocidad de una dinámica social donde priman no solo las relaciones, sino también la idea de “prestigio”. Para lograr esa sofisticación, ese modus vivendi de hoy, es primordial el olvido en pos de un estadio perpetuo del “vivir en el ahora”, cuyo componente esencial debe ser la “simplificación”, es decir, la necesidad de consumo de moda y objetos que se volverán obsoletos en un santiamén para ser reemplazados por otros “nuevos y sofisticados” y así seguir la vertiginosa oleada de una vida tremendamente rápida sin el consentimiento de la reflexión, la crítica o la duda.

La visión de la “sociedad líquida” de Bauman, aquella que no se puede fijar en lo sólido, es una constante muy común en grupos globalizados donde el olvido se asienta como una necesidad para el “desarrollo”, sin embargo, el olvido supone la pérdida de la comunicación con lo pasado, es decir, con las raíces que pueblan la constitución de lo humano, su historia, sus costumbres, el significado profundo de su vida misma. El olvido es una directriz importante para las sociedades dominadas por el consumismo, el narcisismo y la indiferencia. Es una constante que muchos hechos terribles de nuestra historia contemporánea como el que se conmemora en estas fechas, me refiero a los 70 años de la liberación del campo de exterminio nazi de Auschwitz, donde murieron más de un millón de personas, con los años se vaya diluyendo en una especie de olvido por lejanía. Esta conmemoración podrá estar hoy en la boca de muchos, pero hay algo que se va perdiendo con los años: La lección. Y es que hoy en día mucho de nuestra historia, no es más que un momento temporal que se va desvirtuando, que se va volviendo olvido o en el peor de los casos simple objeto de museo, de visita, de “diversión”.

Sin embargo, la historia está allí, cruda, real. No solo Hitler quien con una monstruosa fascinación por el poder y la muerte es quien asume la responsabilidad histórica de lo que sucedió en los miles de campos de concentración y exterminio; la responsabilidad es del mundo entero que permitió que el odio llegue a niveles insospechados y se cometa uno de los más grandes genocidios de la historia. Pero, ¿por qué tanta violencia y tanto odio? El olvido, la indiferencia, la miseria humana y la hipocresía son tal vez respuestas que se vuelven incómodas, pero perpetuas para observarnos no solo como la humanidad desde la visión romántica y bella, sino, para chocarnos contra ese lado oscuro y negado que es nuestra tendencia a la autodestrucción, al delirio frente al poder que podemos ejercer contra los otros, cosificándolos, reduciéndolos a ceniza.

En el extraordinario libro de José María Perceval El racismo y la xenofobia. Excluir al diferente. (2013) nos dice que: “La xenofobia y el racismo son construcciones humanas. Todos estos “inventos” han requerido la intervención de dirigentes intelectuales de esas sociedades que han construido teorías religiosas, filosóficas y, posteriormente, seuducientíficas para justificar esta discriminación, explotación y eliminación de personas y colectivos humanos”.

Como podemos observar, el fin de la exclusión racista o xenofóbica se basa en la sustentación “teórica” de un imaginario que subordina al otro con fines de explotación o eliminación. Esto, que no es nuevo en la historia de la humanidad, se ha presentado desde los albores de la civilización y se sigue presentando de manera vívida en nuestros días. Los nazis que intentaron acabar con los judíos, construyeron varias “razones teóricas” muchas de las cuales tenían el aval de la religión y la ciencia de entonces. Pero además debemos entender que el exterminio judío no era el único, sino el de toda raza inferior, pues la visión nazi de la historia era que la humanidad se fundamentaba en una lucha de razas y según esta monstruosa visión era la raza aria la que debía dominar el mundo. Por ello, otras “razas” como la judía o personas que los nazis consideraban “sucias” o “lacras sociales”, (presos políticos, escritores contrarios al régimen, delincuentes, homosexuales, testigos de Jehová, prostitutas, entre otros), eran los objetivos de la “Solución Final” que se llevó a cabo de manera patente a partir de 1941, cuyo fin delirante y bestial pretendía “limpiar” al mundo de los que no permitían que Alemania sea la nación poderosa que debía ser.

Erich Fromm en su libro El corazón del hombre (1966) dice de forma esclarecedora que: “Parece que la mayoría de los hombres son niños sugestionables y despiertos a medias, dispuestos a rendir su voluntad a cualquiera que hable con voz suficientemente amenazadora o dulce para persuadirlos”. Esta ida actualísima de Fromm es la piedra de toque que permite cualquier totalitarismo: Una sociedad de “niños sugestionables y despiertos medias”, es decir una sociedad “cordero” que busca al “pastor”, al caudillo al cual ofrecer nuestra libertad para que este acreciente su poder, su dominio. Dominio que no es otra cosa que la explotación y exterminio que hoy por hoy todavía es una constante en el mundo.

Quizás una de las formas más importantes de acabar con la violencia y el odio es aprendiendo no solo a denunciar siempre a la irracionalidad y al poder en descontrol, sino también manteniendo viva la memoria para que no se repita. Lamentablemente lo de Auschwitz es un atentado humano contra humanos, es parte de lo terrible que resulta conocer las miserias del hombre, pero también es lo terrible que puede resultar avalar el poder supremo de otros contra los demás. Para nadie es un secreto que el exterminio nazi no fue privado. La inacción o la poca respuesta de la población mundial demostraron que de alguna manera fue cómplice de uno de los genocidios más grandes de la historia. La muerte de un hombre nuevamente es nada y, peor aún, el asesinar hoy, aunque nos duela, sigue teniendo una valoración discriminatoria. Suena duro, pero a veces, que maten a miles de personas de Irak no es igual a que asesinen a tres o cuatro estadounidenses. Sin embargo, hoy la muerte que se ofrece como un espectáculo que se puede “disfrutar” desde Youtube, que se hace viral y hasta se pueden crear en memes o generar comentarios estúpidos, ya no supone una consternación, sino solo un estadio en el tiempo, un momento que luego se olvidará para dar paso a otras noticias, a otros intereses.

Nos hemos desconectado. Auschwitz o cualquier hecho donde la violencia y el odio se ven desbordados no solo deben de ser repudiados, sino deben de ser una herida necesariamente abierta en el cuerpo de la humanidad, se deben convertir en memoria y en aprendizaje constante. Pues, lo único que permite preservar ese dolor profundo, ese desgarrador pedazo de historia e identidad, es la memoria que fortalece nuestra sensibilidad y nos permite tener el criterio para caminar conscientes en este gran campo minado que llamamos realidad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario