lunes, 9 de febrero de 2015

Elogio del asombro y la duda - Paolo Astorga

Elogio del asombro y la duda



Escrito por: Paolo Astorga


“El mundo es siempre nuevo para un niño y creo que ese debe ser el sentimiento que nos debe acompañar constantemente. Sin embargo, hoy en día tanto el asombro como  la duda son categorías que han perdido fuerza, que se han disuelto en la seguridad de lo estable. Las cosas son lo que son. Los objetos sirven para esto y no para lo otro. La fantasía, la creatividad, el observar reflexivo, quedan en un segundo plano, pues, no permiten vivir esta apariencia de quietud”.


 La duda es la madre del descubrimiento.
Ambrose Bierce


La “duda” según el Diccionario de la Lengua Espasa-Calpe (2005) es “sospecha”, es decir, una acción de sospechar, desconfiar, recelar respecto a un punto que tiene muchas posibilidades de interpretación. La duda es quizás una de las mejores capacidades con las que cuenta el ser humano para generar no solo caminos posibles al conocimiento, sino a su desarrollo integral. La duda es revolucionaria pues permite que podamos “sospechar” sobre lo que nos rodea en pos de separar las apariencias de la verdad. Sin embargo, la duda no solo sirve como una lámpara en la oscuridad, sino que es la que abre paso a las conjeturas, a la reflexión, al pensamiento y a la posibilidad de transformar la naturaleza. Desde nuestros ancestros más remotos, la duda ha permitido que este no se sienta jamás seguro, inmóvil. La duda le ha dado el poder para alimentar su necesidad de orden frente al caos y viceversa.

Esta marca de la duda la vemos en los niños. Sin embargo, la duda siempre va de la mano de esa esencia filosófica llamada asombro. El asombro es  una “gran admiración”, es decir se presenta como un antecedente ante la duda. El asombro está estrechamente ligado a la idea de observar el mundo, en tanto este se nos presenta “admirable”. La observación permite el reconocimiento de sus fenómenos, de sus devenires y nos acerca al conocimiento. Conocer, como es bien sabido, parte de la observación, que no es otra cosa que el asombro frente a eso que desconocemos. La observación propicia el conocer pues permite la reflexión, dar forma a lo que no lo tiene entre las aguas movedizas de la ignorancia. Sin embargo, la paradoja está en la duda. El asombro es  de “gran admiración” porque los fenómenos de la realidad pueden ser observados y analizados desde diversos ángulos. La duda es trascendental, pues permite romper contra los dogmas que intentan inmovilizar al mundo y convertirlo en un “misterio resuelto”. Los niños por una cuestión innata conservan en ellos tanto el asombro como la duda. Cuando un infante observa el vuelo de una bella mariposa, cuando reconoce un cuartito oscuro en la casa, cuando intenta saber por qué su robot de juguete puede hablar y caminar, es entonces donde nace el asombro y la duda. El mundo es siempre nuevo para un niño y creo que ese debe ser el sentimiento que nos debe acompañar constantemente. Sin embargo, hoy en día tanto el asombro como  la duda son categorías que han perdido fuerza, que se han disuelto en la seguridad de lo estable. Las cosas son lo que son. Los objetos sirven para esto y no para lo otro. La fantasía, la creatividad, el observar reflexivo, quedan en un segundo plano, pues, no permiten vivir esta apariencia de quietud.

La duda no se alimenta porque es perniciosa. Si alimento mi duda en el mundo de hoy corro el riesgo de perder mi confort, mi indumentaria de rey. La duda es un lugar siempre salvaje, en el sentido de que exige exploración, energía, aventura. Toda duda nos mueve a pensar, nos arroja a la acción. El actor que ha dudado sabe que la crisis es inminente. Por ello dudar es peligroso, pues, al dudar, al reformular nuestra visión de la realidad nos arriesgamos a generar una crisis de nuestras propias creencias, de nuestros paradigmas. Un hálito de valentía debe tener el que duda, pues, sabe muy bien que la estabilidad, que lo unívoco de los significados y la insatisfacción se acrecentarán y serán el signo de una profunda melancolía, pero también de la forja de una autonomía férrea.

Y es que en un mundo donde el temor censura la fantasía, nos encontramos aparentemente poderosos con nuestros ídolos. Nuestros fetiches son los que han calculado nuestro valor. Valemos mucho porque mucho tenemos. Hemos alimentado muy bien al cuerpo y cuidado de él hasta el punto de ponerlo en un altar. Sin embargo, a cambio de esta “seguridad de cero riesgos”, hemos perdido la capacidad de dudar. Cada día aceptamos con cierto alivio el sedante que nos permita resistir, adaptarnos y sobrellevar nuestra vida como un desplazamiento, como un simple fluir de un punto A  hacia un punto B. No asombrarse, no dudar, no cuestionar son las directrices necesarias para fundar lo actual. Quien duda corre el riesgo de perder lo ganado o peor aún quedarse solo. La duda, me temo, aunque parte de una maquinaria del ego, es también una reacción contra la decadencia, contra los monstruos que intentan instaurar una nación de estatuas, de miserables que sonríen y disfrutan de su inmovilidad hasta donde el sedante lo permita.

Es cierto. Vivimos en un mundo donde todo se ha hecho, donde crear es una repetición. O por lo menos eso se cree en apariencia. No creamos, no imaginamos, no dudamos, porque el mundo “funciona”, porque para nosotros como especie es más fácil mantenerse inmóvil. Y es que la imaginación consiste en poder “ver” lo real desde sus infinitas posibilidades, desde la capacidad para generar el asombro o asombrarnos. Nuestro gran temor es el aburrimiento y esto ha generado que no queramos aburrirnos en descubrir, en crear, en imaginar o dudar. Hoy es muy fácil encontrar el estímulo que nos excite, pero tremendamente difícil darnos cuenta del sentido que tiene el mundo para nosotros.

La duda y el asombro se venden como enlatados, como comida rápida. El mayor esfuerzo es superficializar en lo posible las potencialidades de desarrollo de la duda a tal punto de que todo nos resulte totalmente mecánico, homogéneo, insustancial, inútil, aburrido. La paradoja es: dar lo espectacular generará un gran placer, pero a la vez un profundo aburrimiento, un rechazo, un abandono, un vacío y un "gran deseo" por querer más. Los niños, por ejemplo, cada vez están más deseosos de experimentar lo espectacular que se los sobreestimula sensorialmente y lo único que logra es volverlos dependientes de un patrón único de atención (el espectáculo) y no llevarlos al camino de la duda, el asombro o a la reflexión. Lo espectacular se aloja casi siempre solo en la mera estimulación, mas, el conflicto verdadero, el que genera la duda, la creatividad, la imaginación es el de la crisis, allí donde no todo está dado, donde se puede escoger más de una única opción, es allí donde juega un papel importante la duda y el asombro.

No obstante, me temo que cada día hay menos posibilidades para entablar una interacción con lo posible y es que lo “posible” se ve más como un “ya hecho”, una oportunidad ya agotada. El niño no imagina o crea porque se supone que lo que hace no lleva a nada, es inútil y no aporta. Sin embargo, sabemos muy bien que es en la crisis, en el momento donde las cosas “no van bien” o se revela ante nuestros ojos una nueva posibilidad, donde actuamos en forma creativa desde la duda y el asombro.

Lamentablemente, la sociedad actual vive en un constante entretenimiento y lo hace porque no quiere aceptar sus crisis, sus posibilidades. No quiere dudar, sino solo mantenerse en un estado de espera. La espera de este entretenimiento es vivir de un coleccionar, de un constante escape, de una falaz construcción de máscaras que los mantengan seguros de sus propios impulsos de dudar, de asombrarse, de saberse humanos.

1 comentario:

  1. Buen artículo y a partir de un pensamiento sabio de Bierce... La curiosidad y el asombro de un niño, superan a la Filosofía!

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