lunes, 16 de febrero de 2015

La nueva era del corregidor - Paolo Astorga

La nueva era del corregidor



Escrito por: Paolo Astorga


“Hemos cambiado nuestra forma de ser y de actuar, pero en la nueva era del corregidor ya no se persigue el pensamiento disidente, ni mucho menos se lo calla o se lo destruye, solo basta con desprestigiarlo, con generar tangentes, con hacer que el público piense otra cosa o se deleite con un nuevo número del show”.


La felicidad universal mantiene en marcha constante las ruedas, los engranajes; la verdad y la belleza, no.
Aldous Huxley  -“Un Mundo Feliz” (1932)



En el año 1986 un grupo de músicos iconoclastas de rock llamado Los violadores, sonaban a todo volumen en las radios de Sudamérica con La era del corregidor. Esta canción, influenciada directamente por la obra 1984 de George Orwell, denunciaba desde sus ácidas canciones la dominación cultural a la que la sociedad estaba siendo presa, la violencia y cómo el poder sometía a los demás a estar “calibrados para su misión”. Nada más cierto. La dominación es siempre una constante histórica y hasta algunos la suponen como una verdadera forma de manifestación de la naturaleza humana. El hombre es sinónimo de dominación, de sometimiento, de una especie de obsesión por ser superior en el sentido de que puede controlar a los demás. En los años ochenta, sin embargo, la utopía aún era patente, la idea de revolución interior era el sueño posible, la anarquía y la rebeldía que tenía como mantra el “destruir para construir” era parte del discurso juvenil. Y es que siempre en medio de grandes crisis, nace el arte más rico, el más desgarrador. Sin embargo ¿Vivimos aún en la era del corregidor?

Hoy en día el corregidor ya no es un ser definido, es más bien un tipo de ser dominante que no se ve o que lo es todo. Mientras en un mundo como el de hoy donde se ha reducido el análisis detenido de los fenómenos y existe un decrecimiento de la dinámica cultural en tanto esta se acerca al mero intercambio de objetos superfluos sin el menor deseo de reflexión, el dominador ha usado otras estrategias. Ya no estamos en la era de la dominación del cuerpo, sino de la conciencia o tal vez en una “sofisticación” de ambas. Y es que es casi imposible reconocer al corregidor en esta era de la disolución. Desde hace ya más de veinte años que los grandes discursos se han desintegrado o por lo menos desmitificado. Ya nada es tan serio como para ponerle la atención debida. La verdadera crisis es, sin duda, la crisis del pensar, pero además, esta crisis escandalosamente aceptada (idolatrada por algunos) es la de amar nuestra servidumbre, nuestra esclavitud mental como ya se había planteado en los años treinta en el profético libro de Aldeus Huxley llamado “Un mundo feliz”.

Hoy la era del corregidor no es la de un represor y un reprimido, sino que es la dominación del pensamiento crítico, de la elección consciente. La posmodernidad ha diluido todo espíritu de seriedad, de lucha y de compromiso, porque, es allí donde la libertad se levanta. El mundo embobado en su inmovilidad es mucho más llevadero que la tremenda responsabilidad que exige el pensarnos y el actuar. En esta nueva era del corregidor, no hay mundos ocultos o si los hay son tan ambiguos que solo reconocemos oscuridad y nada más. Pero hay algo más. La ilusión es la realidad. Nuevamente ha vencido el sueño, la levedad, porque genera el confort de las nuevas épocas. Ya lo decía Baudrillar: “[Hoy]…todo el sistema queda flotando convertido en un gigantesco simulacro —no en algo irreal, sino en simulacro, es decir, no pudiendo trocarse por lo real pero dándose a cambio de sí mismo dentro de un circuito ininterrumpido donde la referencia no existe”.

Y es que vivimos en una era donde la finalidad ya no es la reivindicación, sino solo el bienestar. Por lo menos la simulación de bienestar. Los objetos nos brindan el bienestar, pero los objetos no son objetos en tanto establecemos diferencias, sino que son signos que nos permiten establecer creencias, anclajes en el mundo. El caos que nos reina debe ser reducirse o atomizarse para poder vivir. Mientras que la reivindicación suena más masiva (idea que también se ha diluido, es decir, ha ido perdiendo fuerza y significancia) la idea de bienestar se ha convertido en una bandera que se enarbola a lo largo del mundo. Sentirse bien es la sustancia nutritiva que el mundo bebe hoy. El argumento más fuerte es el sentirse bien ahora, in situ, hacer del momento un ahora real, transformar la ilusión y las apariencias en realidades que inmovilicen el mundo y me prevean de felicidad, de placer eterno. La obsesión por querer ser felices es lo que nos lleva a la nueva era del corregidor. El despojarnos de todo para que la diversión sea más larga, pero con la mayor garantía de éxtasis posible.

La indiferencia y la incomunicación son los cancerberos de la dominación. No hay más monstruos que nuestras propias ideas apaciguadas por el temor de reconocer nuestra fragmentariedad, nuestra soledad profunda, nuestra insignificancia. El gran poder del corregidor es nuestra inanición, nuestras ganas de no pensarnos, de no tomar una posición, de no querer opinar ni debatir. Hemos dejado de lado la seriedad de las ideas para conformarnos con la diversión de los sedantes. El relajamiento es la victoria más grande, la risa como una forma de mutilación placentera. Sin duda hoy la dominación es una elección comercial, una transacción económica del hombre que ya no se quiere reconocer en el espejo, que ya no quiere ser un individuo, que ya no quiere ser dañado, que desea imperiosamente ser como una piedra hasta que la muerte venga a darle el último beso.

Pero en la nueva era del corregidor, el malvado, es espectacular, es un mito. Simulamos la grandilocuencia de un vivir achicado, reducido, compacto. Hemos compactado la complejidad del mundo en una serie de bits que conforman la realización de nuestros sueños. Hemos cambiado nuestra forma de ser y de actuar, pero en la nueva era del corregidor ya no se persigue el pensamiento disidente, ni mucho menos se lo calla o se lo destruye, solo basta con desprestigiarlo, con generar tangentes, con hacer que el público piense otra cosa o se deleite con un nuevo número del show. El dominador lleva nuestro propio nombre y no tiene más culpa que nosotros mismos. Otra vez en un actualísimo mundo moderno como el nuestro las apariencias aún siguen engañando y es el engaño la distracción y la digresión, lo que permite al dominador continuar con su brutal señorío. Nada más actual que la frase del Agente Smith en Matrix: “El ser humano define su realidad mediante el sufrimiento.” El sufrimiento es un sentimiento tan indeseable que es mejor definir nuestra realidad negándolo, llenándolo de ilusiones, de superficialidades. Estúpido sería tratar de vencer a nuestro dominador doliéndonos. Pero la realidad entonces es ahora una posibilidad que ya no se reserva al destino o a la fantasía. La fantasía es real. Hoy, en nuestra calidad de dominados, podemos fingir que no lo somos o apartar el problema de elegir, dejando ese elegir a otros por nosotros o abultarnos de cosas que hacer para dejar de lado la miserable angustia que nos asecha a diario siendo ella nuestra más brutal corregidora.

Es la nueva era del corregidor, ya no pertenecer a la especie es imposible. Querer cambiar el mundo es tan estúpido como sentirse afortunado de haber sobrevivido a un accidente donde murieron todos. El malvado, el genio maligno, el brutal dominador nos mantendrá vivos, seguros, sin enfermedades, felices. La nueva religión del mundo será convertirnos en seres sin noción, sin ganas de nada, ciegos que verán perfectamente una realidad que negarán por diversión.

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