lunes, 23 de febrero de 2015

Sobre la televisión basura - Paolo Astorga

Sobre la televisión basura



Escrito por: Paolo Astorga


“No podemos cerrar los ojos, la televisión es paideía porque le hemos dado ese reconocimiento y casi nadie puede escapar de ello. Hoy es muy común que los padres entreguen a sus hijos a los contenidos de una televisión cuya finalidad no es la educativa, sino la modélica, la persuasiva, la que impulsa al consumo, no al pensamiento”.


La televisión es el espejo donde se refleja la derrota de todo nuestro sistema cultural.
Federico Fellini



En Homo videns (1998) Giovanni Sartori nos dice que la televisión es una paideía, “un instrumento antropogenético” que genera un tipo de ser humano. Nada más cierto. La televisión es un medio educativo, sin duda, pero no desde la perspectiva de “educación edificante”, sino solo un medio para “recibir” modelos de pensamiento y acción. La televisión es una paideía, porque no solo nos entrega “contenido”, sino que nos forma un modo de ver el mundo, una perspectiva psicológica de este, una verdadera pedagogía del entretener y del ocio.

Ahora bien, frente a este debate en torno a la televisión basura, hay puntos importantes que resaltar: ¿Es el medio el culpable? ¿Son en sí los contenidos basura de las televisoras lo que genera los altos índices de mediocridad, de crisis educativa, de violencia o corrupción? Creo que la cuestión debería centrarse, en primer lugar, en entender que los medios de comunicación masivos, hoy en día, no buscan ofrecer una labor educativa que forme ciudadanos mejores, sino solo esta se reduce a una actividad económica que debe serles rentable más allá de cualquier código ético. No podemos cerrar los ojos, la televisión es paideía porque le hemos dado ese reconocimiento y casi nadie puede escapar de ello. Hoy es muy común que los padres entreguen a sus hijos a los contenidos de una televisión cuya finalidad no es la educativa, sino la modélica, la persuasiva, la que impulsa al consumo, no al pensamiento. Por ello muchos programas -sobre todo los superficiales- buscan apelar a una serie de estrategias muchas de ellas simplonas, estúpidas o patéticas para generar la “atención” de su público y “vender” no solo el contenido, sino los estereotipos e ideas que harán que se consuma los productos que esta ofrece. Por ello no es extraño ver que mucho de estos programas realities son vistos por niños y adolescentes, aquellos que son más fáciles de persuadir al consumo, a la idolatría y a la cosificación fetichista. Un niño, por ejemplo, desea que le compren tal o cual juguete de su equipo favorito, no se pierde ni un capítulo de su programa porque él y sus amigos son parte de ese “conflicto”, aunque los valores son inexistentes y se exacerba un modelo mediocre, violento o de alto contenido sexual.

Y es que la televisión no tiene como esencia la educación sino el entretenimiento. No entendemos que el problema de la proliferación de estos programas que priman la estupidez y la superficialidad son en realidad los verdaderos “padres y maestros” de muchos niños. Muchos padres han dejado la labor educativa, formativa y hasta de reconocimiento de identidad a la televisión y a estos “héroes de ficción”. Y es allí donde aparece el verdadero problema: el abandono de la responsabilidad de los padres por la educación de hijos que no solo tengan “valores”, sino que puedan aspirar a un desarrollo que no solo esté dado por la fantasmagoría de la fama y el escándalo.

El problema no es la televisión basura, sino la necesidad de un compromiso de la familia. No se trata de cambiar el canal, sino de tomar la responsabilidad de criar bien a los hijos. Lamentablemente, el morbo por la chismografía, por vivir de la vida del otro es una constante que escapa de la ficción de los realities y se convierte en actividad cotidiana.

La televisión basura es una adicción, es una necesidad porque no existe un deseo por la superación, sino solo el consumo de la moda. Quien se aferra a ver más de cinco o seis horas diarias de televisión no busca construirse o desarrollarse, no busca crecer, sino solo entretenerse, matar el tiempo, “hacer hora”. Buscan  una liberación que sin embargo los ha esclavizado a ser simples telespectadores pasivos y dopados, ya que como dice Sartori: “La televisión produce imágenes y anula los conceptos y de este modo atrofia nuestra capacidad de abstracción y con ella toda capacidad de entender”. Es cierto, no entendemos, sino solo reímos, nos excitamos y sentimos, pero no entendemos. Estamos bien, pero no reflexionamos acerca de las consecuencias de estar en ese “bien”.

La televisión es siempre un escape, una justificación. No podemos llamarla la raíz de todos nuestros problemas, pues, es solo un producto más de consumo. Sin embargo, tampoco se puede anular a las voces disidentes y críticas de la misma. El gran problema radica en que una gran mayoría de nosotros avalamos el contenido basura de la televisión, vivimos de ese contenido, lo compartimos en nuestro círculo familiar o amigos. En mi experiencia como docente, por ejemplo, he observado cómo niños de entre ocho a diez años debatían apasionadamente sobre si tal o cual líder de tal o cual equipo era malo y “tramposo” por ser un “perro” o de que si ser “Candy” era lo mejor para tal o cual participante. Lo lamentable no está por cierto en las expresiones violentas, machistas y repudiables de estos niños que, me temo, no conocen muy bien el contexto de las mismas y solo las repiten como una moda más, sino que es el abandono, el casi nulo deseo de los padres por dedicar tiempo de calidad a los hijos. Muchos los ven como una “molestia” o se excusan con el argumento de que trabajan todo el día. Por otro lado, no se puede esperar cambiar la televisión basura por una más “limpia” si es que vivimos en un país tan desigual donde una gran mayoría avala muchas formas de violencia, de indiferencia y discriminación.

Hoy el modelo es simple: vivir en el éxtasis, en la disolución de los límites y de la reflexión. El espectáculo no solo es la estupidización, sino la especialización de lo estúpido, es decir, una profesionalización para estupidizar y ser estúpido. La primacía de una sociedad de la irresponsabilidad cada vez va tomando mayor fuerza, pues, se ha reforzado como dice Byung-Chul Han al homo ludens, es decir, al hombre que se perpetúa en el juego. El juego, como simulación, es y será siempre un espacio “seguro” donde se podrá tener libertad irrestricta. La sociedad de hoy, la sociedad relajada y ensimismada en el juego y el confort niega el juicio de valor por el placer. El hedonismo es el criterio básico para generar una escala de valores.

De manera perfecta en su libro Del tener al ser (1991), Erich Fromm indica que hemos creado una idea de libertad que ha despojado los criterios de elegir y actuar, por el tener, por el poseer. Respecto a esto, la televisión sigue siendo eso que nos permite tener, pues, al vivir de la televisión, tengo no solo un momento de “entretenimiento”, sino un motivo para llenar mi vida.

Aunque suene patético muchos programas de la televisión basura buscan exactamente eso: ser parte de la vida de los televidentes. Que se conviertan en receptáculos de sus contenidos y valores y que lo serio, lo reflexivo, lo que genere un desarrollo crítico y “elevado” del ser se transforme simplemente en una mera aceptación de apariencias por verdades.

Y es que es el aburrimiento el dios castrador del que huimos. En un mundo desquiciado donde la comunicación realmente es una forma de dominio, la televisión se muestra como una ventana que desnuda en un gran porcentaje nuestra idiosincrasia y sobre todo, la refuerza.

Marco Aurelio Denegri en el artículo “¿Queremos realmente cambiar?” (Poliantea, 2014) es directo en esto: “antes de renunciar a nuestra comodidad, preferimos abismarnos y perecer.” La televisión hace que disfrute del confort, pero también de la apariencia de que estoy actualizado, de que me encuentro en un estado feliz y descomplicado, me distensiona, me permite “olvidar” mis responsabilidades, además genera en mí placer.

El síntoma de tener una televisión basura donde no solo los contenidos, sino el consumidor mismo es también un coprófago, responde a un problema que escapa de la mera incidencia de la televisión misma, es una situación que debe centrarse más en la responsabilidad social, en la conciencia de las gentes frente a la dominación de sus psiquis.

Román Gubern (2000) en su extraordinario libro El eros electrónico plantea que la cultura del espectáculo afirma la imagen como medio de consumo, pues, “en nuestra sociedad mediática las imágenes certifican la realidad y, si no hay imágenes nada ha sucedido y nadie se inmuta”. Vivimos, como vemos, en el mundo del “telever”, es decir, asistimos a una realidad virtual y lejana que se nos presenta como verdad y hacemos que el televisor sea el medio central de nuestra vida hogareña, de nuestra realidad. No es raro por ello que muchas personas no solo posean un televisor, sino más de dos o tres.

Como dice Gubern la televisión es “el escaparate de los deseos”, es decir, una ventana que nos seduce, que nos enamora con la imagen y su narratividad ficcional, con su poder para vivir de la vida de los demás. Es por esto que a muchos les encanta saber qué pasó ayer con la pelea de fulano o mengano, qué sucedió en el capítulo anterior de la miniserie o cuál fue el último “ampay” de tal o cual futbolista.

La sociedad actual se ha acostumbrado a despojarse de sus aspiraciones y solo se ha concentrado a vivir en la austeridad de los propósitos. Pocos andan construyéndose un futuro mejor, muy pocos son consecuentes con sus actos y aceptan la responsabilidad de sus vidas y la angustia de sus posibilidades. Con la televisión, sin embargo, el deseo por crecer, por mejorar, por vivir mejor, se reduce a un estado de pasividad, de mera expectación, de disfrute espectacular. La televisión es un fetiche tan sensible a la idolatría que hoy por hoy su principio central es crear “estrellas”, personajes ficticios reconocibles por alguna cualidad que muchas veces linda con lo simplón y estúpido.

El mundo de hoy debe infantilizarse, debe volverse poco serio, para que el elegir sea más rápido y la velocidad y la superficialidad con la que consumimos y tenemos sea la paradoja del insatisfecho.

Y entonces viene la pregunta de cajón: ¿Por qué veo televisión basura? Aunque las justificaciones serán varias, el problema está centrado en el hábito, en el deseo, en ese placentero momento en donde puedo desglosarme de mis responsabilidades y doparme. Por consiguiente, es de suma importancia entender lo siguiente: La televisión no es ningún educador, solo es un entretenedor, su finalidad es mantenernos con la extrema atención hacia ella lo más que se pueda. Mientras que la educación busca siempre el cuestionar, la constitución del ser; la televisión basura solo el convencer, el conectar, el generar imágenes espectaculares para crear un sujeto que consuma, que compre, que tenga.

En suma, lo cuestionable no se debe centrar solo en los contenidos ofrecidos por los medios de comunicación, sino en crear como sociedad en conjunto una mejora del futuro de la misma y más aún de los niños. Aunque es importante el reclamo y la protesta por mejores contenidos en la televisión nacional, también nos urge una toma de responsabilidad con la educación en el hogar. La televisión jamás será el sustituto de los padres, ni mucho menos la mejor educadora. Es solo el medio más grande y masivo para entretener, para homogeneizar, para crear un solo tipo de hombre y de mujer que huye de ese miedo de no tener ninguna excusa para elegir y crear.

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