domingo, 5 de abril de 2015

Una reflexión sobre el respeto - Paolo Astorga

Una reflexión sobre el respeto



Escrito por: Paolo Astorga


“Soy un convencido de que no se puede menospreciar ningún tipo de idea, siempre y cuando esta idea esté dispuesta a ser debatida, a ser confrontada. ¿Podría entonces ser confrontada una idea si es que no existe el respeto? Me temo que no”.


Según el DRAE la palabra respeto es aquella “Veneración, acatamiento que se hace a alguien”, esto es, aquella admiración hacia alguien o algo desde una o varias cualidades que tiene ese ser u objeto. El respeto más allá de ser un valor trascendental es un indicador de la salud de una sociedad. Quien respeta no solo ve al otro con “veneración” sino que lo ve como un igual. El respeto, por ende, debe nacer de una relación de empatía, es decir, estar implicado en los demás como en uno mismo. Solo puedo respetar a aquello que ha generado en mí una identidad. Quien respeta no genera un distanciamiento, sino un acercamiento que permite la vida en comunidad.

Lamentablemente el respeto es a veces solo una metáfora, una ilusión. La violencia, la ignorancia, la necedad e indiferencia conllevan no solo a la pérdida del valor de ver al otro como a un igual, sino que generan una brecha que se ha vuelto “típica” en nuestra sociedad actual. Y es que el respeto no solo es una manifestación actitudinal, sino que es en última instancia un modo de vida. La comunicación misma se debería fundamentar en el respeto. Sin embargo, el respeto no debe conllevar a la doctrina, sino a la posibilidad del diálogo, a la posibilidad de la elección. Cuando uno se propone a valorar como manifestación principal humana al respeto, no intenta generar un orden único, una dictadura del miedo o de la univocidad. Muy por el contrario, el respeto nos ayuda a escucharnos, porque nos iguala. Y entonces nuestras ideas pueden ser expuestas y ser intercambiadas, aprender, convivir. Soy un convencido de que no se puede menospreciar ningún tipo de idea, siempre y cuando esta idea esté dispuesta a ser debatida, a ser confrontada. ¿Podría entonces ser confrontada una idea si es que no existe el respeto? Me temo que no.

El respeto es el valor que nos provee de una conciencia, porque nos inserta la idea de que el otro es como yo y no un medio, una herramienta, una cosa. Sin embargo, el respeto en la sociedad actual se ve amenazado por una inevitable cosificación, por la simulación, por la coacción. El respeto hoy no es voluntad de admiración y consideración, sino solo un discurso que se diluye en la pragmática del individualismo. Por ejemplo: El hecho de ceder el asiento en el bus a un adulto mayor o mujer embarazada lamentablemente se acata más como una ley que como la manifestación del respeto hacia los demás. No hago lo que me gustaría que hagan conmigo en una misma situación, sino que prevalecen en mí sentimientos egoístas, la indiferencia e insensibilidad. No ceder el asiento responde a una época donde el ser humano ya no defiende nada, donde la necesidad de implicación ha desaparecido.

Hay una gran brecha: En una sociedad que ha desprestigiado a la educación y a la familia como formadora de valores; en una colectividad que vive la violencia de manera escandalosa pero sin que ninguno de sus miembros haga algo, el respeto es un hermoso emblema para los necios, un decir, una meta, un pretexto, pero nada más. Nuevamente el respeto parte de un aprendizaje que se convierte en hábito que se genera desde la honestidad, desde la sinceridad. El que respeta desde el miedo, desde la ley siempre verá al otro como un objeto. Y es que el respeto no puede quedarse en el simulacro del respeto, es decir, en el simple cumplir de la ley de manera obligatoria, sino el de reconocer el hecho de reciprocidad que permite el respeto: Si yo te respeto, tú me respetas.

Ahora bien, en sociedades injustas y desiguales como la nuestra, la idea de respeto solo se entiende como una obligación unidireccional: “Yo y solo yo debo respetar”, mas no como una reciprocidad. Quien respeta, obviamente espera ser respetado y este acto supone un contacto, un conocimiento. No se trata pues de respetar, sino de respetarse y respetarnos. Y entonces es aquí donde la idea de “ganarse” el respeto cobra mucha fuerza. La entereza moral, la ética intervienen en la constante del ser respetado y respetuoso. Es verdad: No puedo respetar a quien en su tiranía abusa de mí, quien ejerce la violencia y el miedo para “lograr” mi respeto. No puede la violencia generar respeto, pues, este valor escapa de la autoridad, de la coacción ya que exige, como ya se dijo, una implicancia, la aceptación de una igualdad y una empatía.

Josep M. Esquirol en su libro El respeto o la mirada atenta (Editorial Gedisa, 2006) nos plantea que: “El respeto requiere una atención, y la atención, un acercamiento, una aproximación”. Lo que nos quiere decir es que el respeto más allá de una simple actitud de consideración, es una virtud donde el otro es mi cercano, es decir, siente, piensa, actúa muy igual a mí. No puedo respetar si es que no soy cercano los que me rodean, si es que no los conozco y siento. El alejamiento es, como dice el autor, un “primer movimiento con significación ética”, es decir, el respeto nos mueve a pensar en los otros como seres perceptibles, importantes, que merecen nuestra mirada. La mirada no es solo la percepción del otro, sino es el conocimiento, la valoración y la estima. Esta visión ética del respeto de Esquirol es implicante, y se contrapone a la indiferencia y a la invisibilidad del otro.

Sin embargo, es obvio que el respeto hoy en día es esquivo en el sentido de que la práctica de este valor como actividad habitual y cotidiana se ve debilitada por los estereotipos, la generalización y la idea de que la naturaleza misma del hombre es la de un ser irrespetuoso. Aunque existen muchos argumentos que avalarían tal generalización es necesario retornar a esa mirada atenta que nos  haga ver al otro como un ser y no como una cosa. No obstante, el mismo sistema en que vivimos se fundamenta en el respeto, pero no como un deber que nace de la voluntad, sino, como un mecanismo de control y no como un hábito. El respeto en la era tecnológica y neoliberal no se funda en las ideas de igualdad o del ser, sino en las ideas de desigualdad y del tener. El miedo y el desprestigio son bases fundamentales para que el sistema continúe con su maquinaria. No se requiere ver al otro desde la mirada atenta, es decir, superando a la cosa y penetrando en el ser, implicándose, comprometiéndose. El respeto es solo un medio, no un fin. Digo que es un medio, porque no se lo requiere para reconocer al otro, sino solo para usarlo como un mecanismo de poder, como un estandarte para la desigualdad.

La lucha, entonces, debe ser desde la educación. Sin embargo, los valores no se enseñan, se viven, se experimentan y expresan. Quien no ha sido respetado, quien no ha experimentado el agradecimiento por el respeto, quien no ha logrado el hábito de la igualdad, no puede, ni podrá expresar este valor vital para nuestra sociedad que ve en la decadencia de sus valores un modelo de negocio.



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