domingo, 12 de abril de 2015

Un brevísimo comentario sobre el Poema de Gilgamesh, la inmortalidad y la memoria - Paolo Astorga

Un brevísimo comentario sobre el Poema de Gilgamesh, la inmortalidad y la memoria




Escrito por: Paolo Astorga

“El hombre desea una inmortalidad que es rebeldía, que es insatisfacción. Otra vez, la aventura es el tópico para forjar la inmortalidad de nuestros actos, otra vez la belleza de vivir es saber que la vida misma no será para siempre”.




Los dioses deciden sobre nuestra muerte y nuestra vida,
pero no revelan el día de nuestra muerte.
Poema de Gilgamesh


El ser humano vive en el deseo que lo arroja a la acción. La acción es aquello que lo construye como un ser, que lo metaforiza. Una obra milenaria, el Poema de Gilgamesh, es la muestra patente de la necesidad de sobresalir, de mostrar los anhelos y angustias del hombre en pos de la gloria. La gloria, como podemos observar, estará siempre relacionada con el vivir. El rey de Uruk, es glorioso porque busca la aventura, es decir, la experiencia vital que lo pone en el nivel de “aquel que todo lo ha visto”. La experiencia vital es el camino de la gloria. Los hombres han de “hacer” su propia historia, su propio destino. Sin embargo, la gloria no solo es una serie de éxitos bélicos, sino que la gloria misma es la acción. Vivir, no solo se supone como un devenir hacia la muerte, sino como una especie de necesidad por “vivir” en la memoria de los otros. Gilgamesh vive en los demás en el sentido de que la gloria que lo acompaña está en la memoria de los demás.

La inmortalidad radica en las acciones y en la memoria. Construimos nuestra vida con la experiencia de nuestras acciones. Es la memoria en los otros, es la visión y preservación de los otros sobre nosotros, la verdadera inmortalidad. El cuerpo envejece,  muere, “está maldito por los dioses”, pero la memoria permanece, se puede transmitir de uno a otro. Sin embargo, la “inmortalidad” por la memoria es una vida eterna “ya vivida”. A Gilgamesh se lo recordará no en el sentido inmortal, sino en una inmovilidad inmortal, es decir, que serán inmortales sus épicas hazañas, pero no el cuerpo, no la posibilidad de seguir siendo acción.

Gilgamesh es un héroe que, aunque la frustración y el designio del destino no permiten la gloria total de sus deseos, sí lo hacen partícipe de la aventura de vivir. Nos mueve el imperativo de salir de las garras de los dioses. En el libro, podemos encontrar no solo toda la estructura de la vida y filosofía del pensamiento occidental, sino que también encontramos el miedo más profundo: El olvido. Gilgamesh es un rey y su poder está concentrado en su imagen, en su reputación. Buscar la gloria supone estar siempre frente a la crisis, ser sensible a la muerte, tentar el fracaso y el olvido. La humanidad de Gilgamesh se fundamenta en el miedo que lo hace reflexionar, que lo mueve a vivir. Aunque parezca paradójico es el miedo lo que hace que se fundamente el aparato de la búsqueda.

Por otro lado, la metáfora del viaje es siempre la constante literaria y filosófica. Gilgamesh no intenta dar una forma al mundo, sino mostrar la vida como una posibilidad gloriosa, humana e inmortal frente al celo de los dioses, del destino mismo, del tiempo. Ese afán de querer mantenerse en lo intemporal hace que Gilgamesh se refugie en la esperanza de la inmortalidad en el sentido de la juventud eterna, de la fuente de poder, de dejar abierto siempre el acceso a cumplir con lo deseado. Sin embargo, esta esperanza genera una profunda frustración, una melancolía. El hombre es finito y es esa finitud –paradójicamente- lo que lo ha impulsado a la aventura de vivir. Aunque este poema se fundamenta en lo simbólico, lo central gira siempre en torno a dos dicotomías: La vida-muerte y la ignorancia-conocimiento. Los contrarios presentes como medios de equilibrio, permiten que la tragedia pueda interpretarse de manera rica y poderosa. Quien desea, lo hace desde una insatisfacción, desde una posibilidad siempre abierta a generar una nueva magnitud del vivir. Y como veremos en Gilgamesh la acción por vivir siempre será forjada por las acciones mismas. Una acción nuestra mueve todo el universo. En el Poema de Gilgamesh la aventura y las pasiones son los dos grandes tópicos de esta literatura que desborda en reflexiones, pero también en deseos y frustraciones.

Y entonces vivimos la paradoja misma de la vida: La heroicidad y su trascendencia que se perpetúa en las actos, en una lucha tensiva entre la vida y la muerte. Uno es hombre inmortal porque el reconocimiento de mis miserias han generado en el deseo de ser lo atemporal, lo siempre actual, lo perenne. En el caso de Gilgamesh, la inmortalidad no es un mero capricho, es el ideal que busca sentar las bases para constituir lo divino. Gilgamesh en su travesía épica por ser inmortal se transforma en leyenda, porque las hazañas que irán convirtiendo al rey de Uruk en “memorable”, son aquellas que se forjan entre la vida y la muerte. La rebeldía radica en su reticencia a vivir una vida cómoda, una vida sin pesares, la inmovilidad. Sabe que la aventura no es solo la búsqueda de la gloria, sino el juego de la responsabilidad frente a los deseos de grandeza. Sin embargo, frente al poder humano, frente a la majestuosidad de los actos “heroicos” acecha el inevitable devenir hacia lo funesto. La muerte es siempre un signo de vida que se presenta en el peor de los casos de forma lenta y paciente, pero fulminante. Gilgamesh lo sabe, pues es testigo de la muerte de su más grande amigo Enkidu con quien comparte la gloria.

La gloria, entonces, es vivir en la plenitud ese Carpe diem intenso. El que vive debe cultivar la sabiduría, pero también deleitarse con lo sencillo, con los pequeños momentos de disfrute del mundo. Es por ello que en su épico viaje hacia la inmortalidad una tabernera le dice: “En cuanto a ti, Gilgamesh, llena tu vientre,/diviértete día y noche,/ cada día y cada noche sean de fiesta,/ el día y la noche gózalos./ Ponte vestidos bordados,/ lava tu cabeza y báñate./ Cuando el niño te tome de la mano, atiéndelo y regocíjate/ y deléitate cuando tu mujer te abrace,/ porque también eso es destino de la humanidad”. Vivir, constituir una memoria, es construir la “inmortalidad”, una que trasciende lo imperecedero de los dioses, por la complejidad de la finitud humana. El hombre desea una inmortalidad que es rebeldía, que es insatisfacción. Otra vez, la aventura es el tópico para forjar la inmortalidad de nuestros actos, otra vez la belleza de vivir es saber que la vida misma no será para siempre.


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