lunes, 20 de abril de 2015

Un brevísimo comentario sobre la discriminación - Paolo Astorga

Un brevísimo comentario sobre la discriminación




Escrito por: Paolo Astorga

“Lamentablemente, es casi imposible la comunicación, cuando los tabúes, los prejuicios y los estereotipos se ven reforzados no solo por los medios de comunicación (matriz educativa de gran parte de la niñez y juventud), sino que también son reforzados por las instituciones y sobre todo por la familia”.



Todos los hombres son iguales. La diferencia entre ellos no está en su nacimiento, sino en su virtud.
Voltaire


Esta semana, en el colegio donde trabajo ya hace algunos años, pude observar de forma patente un hecho interesante: Llegó un muchacho alemán como alumno de intercambio. Lo curioso no fue el hecho de que sea quizás el primero que el colegio acoge, sino, el gran revuelo que causó el primer día que llegó. Ni bien se sentó en la carpeta, las miradas escrutadoras, curiosas y críticas hicieron su trabajo. El muchacho, con el natural nerviosismo de un alumno nuevo, apenas y podía presentarse por sus dificultades con su incipiente español. Todos los alumnos poco a poco fueron acercándose a él como si fuera una “superestrella”, como si se tratara de un One direction o de un gran “jugador europeo”. Sus brillantes ojos azules, sus cabellos dorados como el sol o su tez albina, eran como un relumbrante objeto de curiosidad para todos. Eso fue en la clase, pero ni qué decir a la hora del recreo donde el pobre muchacho apenas podía caminar para comprarse un poco de agua. Las preguntas estallaban en su cara: ¿Eres alemán? ¿Te gusta One direction? ¿Juegas fútbol? ¡Qué guapo eres! ¿Tienes Facebook? Seguro y vives en la Molina, en San Isidro, en Miraflores. ¿Qué haces en este colegio de nacos?, etc.

Esa misma semana, pero en otro grado llegó una alumna nueva, sin embargo, esta no era ni extranjera, sino que venía de la ciudad de Cerro de Pasco. Aunque, tiene grandes dotes artísticas para el canto, una excelente noción del dibujo y pintura y, sobre todo, una gran imaginación y sensibilidad, ha pasado totalmente desapercibida. Nadie le ha hecho ninguna pregunta, ni le ha ofrecido su amabilidad, su deseo de ayudar. Muy por el contrario, ella me contó que los primeros días ni quería hablar, ni deseaba ser “visible” ante los demás. ¿Por qué? Porque ella “no habla” como los demás, ella no tiene el "acento" de los “limeños”, sino, que aún le cuesta hablar bien porque ella es bilingüe ya que sabe también el quechua, lengua que, según me cuenta, fue enseñada por su abuela quien considerará siempre una madre.

Como vemos hay dos realidades: Por un lado la del extranjero y la del “otro” extranjero. ¿Por qué solemos ser mucho más amables, respetuosos y condescendientes con los extranjeros que con nuestros propios compatriotas? ¿Por qué existen manifestaciones y rasgos culturales más legítimos que otros? ¿Por qué es más importante la imagen, el estereotipo ante el conocimiento real de las personas más allá de su procedencia, cultura o costumbre?

Aunque la respuesta no es para nada fácil, existen algunas explicaciones. No es un secreto que nuestra sociedad tan heterogénea, tan diversa, tiene grandes desigualdades no solo económicas, sino culturales. El paradigma ha sido: dar voz a algunos y silenciar a otros. Construir la identidad de la nación desde una postura homogeneizadora, desde la negación la deslegitimación de lo diverso. La historia misma de nuestra nación, es la historia de la desigualdad. Tenemos como un patrón establecido de comportamiento ante el otro. El racismo y la discriminación en general son constantes que penosamente aún son lastres actuales y con un profundo arraigo muchas veces reforzados por los medios de comunicación y las políticas sociales, educativas y económicas. Ser peruano es un concepto muy abstracto y subjetivo, pues, nos hemos fundamentado la idea de nación impuesta siempre por los otros, pero jamás hemos fundado valores de identidad de lo nuestro. Y entonces aquí aparece un grave problema: Lo oriundo, lo autóctono contra lo foráneo, lo extranjero. Por un inevitable proceso de globalización los modelos extranjeros no solo imponen sus “modas” de legitimación y prestigio, sino también, sus ideas de colonización que intentan crear un paradigma donde lo autóctono se desaparezca o se diluya en los cánones establecidos por un orden mundial. Es así que aunque en apariencia se lucha por la revaloración (no por la reivindicación) de la diversidad y se muestre como un camino que intenta “preservar” las diversas manifestaciones culturales de nuestra nación, los estereotipos, los imaginarios que reducen al “otro” como un extraño, un desigual, un subordinado o exótico, priman dado que son considerados “el atraso”, lo arcaico. La misma sociedad se fundamenta en creencias que arraigan en las experiencias cotidianas que luego se convierten en generalizaciones que a su vez crean fuertes ideas de desigualdad. Por ejemplo: El alumno alemán y la alumna cerropasqueña son diametralmente diferentes ya que representan modelos diferentes de la sociedad. Los prejuicios, los estereotipos y la colonización ideológica cumplen su rol valorativo: El alemán será un modelo legitimado, canónico, el símbolo del éxito y la aspiración a lo más bello, a lo más virtuoso, al desarrollo cultural. Esto se imaginará porque se tendrá en la mente a Alemania como un imaginario: A pesar de las guerras, a pesar de las tragedias históricas, es un país que es una potencia mundial. En cambio la niña cerropasqueña no representa un modelo legitimado, sino todo lo contrario. Ella representa con valentía el sentir auténtico, pero no deseado del peruano. Los estudiantes no sintieron curiosidad ni ganas de saber nada de esta niña porque los prejuicios que son muy pasionales en la escuela jugaron su rol segregante. Al no representar reputación, prestigio o un modelo exitoso, la niña solo representa un imaginario negativo de lo que se piensa del poblador andino: sucio, ignorante, tímido, dócil y terco.

La discriminación parte de la imagen, es decir, de la construcción simbólica que sopesa los significados simbólicos en un orden de subordinador y subordinado para construir diferencias y por ende legitimaciones y deslegitimaciones. En la escuela la discriminación  se da por no ser igual a, por no hacer lo que el otro hace, por no pertenecer al grupo. El grupo que domina, lo hace legitimando sus estereotipos y rechazando aquello que le es diferente. Sin embargo hay algo más profundo: La discriminación genera grandes dificultades para comunicarse. Comunicarse es de suma importancia, pues nos hace uno, permite conocernos y diluir las brechas diferenciales que hemos creado con nuestros “imaginarios”. Lamentablemente, es casi imposible la comunicación, cuando los tabúes, los prejuicios y los estereotipos se ven reforzados no solo por los medios de comunicación (matriz educativa de gran parte de la niñez y juventud), sino que también son reforzados por las instituciones y sobre todo por la familia.

Un ejemplo concreto: Se nos inserta a diario un ideal, un modelo, un paradigma que resulta imposible, a veces, de emular: Lo blanco. En sendos comerciales, programas televisivos, de opinión y demás, se trata de significar a lo blanco como un modelo ideal no solo de belleza, sino también de éxito absoluto. Con la inserción de este modelo lo que se busca no es lograr el parecido con lo blanco, sino impulsar una conducta consumista para “lograr ser blanco sin serlo”. El gran problema de personalidad, esa pérdida de la identidad que ya Julio Ramón Ribeyro inmortalizó en su famosísimo cuento Alienación, se nos presenta ahora no solo como un paradigma de ser humano, sino como un modelo de negocio.

Toda discriminación busca reducir a los otros en pos de una ilusión de poder. Al fin y al cabo la discriminación es siempre la cosificación,  negar al otro, hacerlo objeto, quitarle de alguna manera su estatus de humano.

En su extraordinario libro Comunidades imaginadas (Fondo de Cultura Económica, 1993) Benedict Anderson nos dice que la sociedad se “imagina”, es decir, construye una serie de imaginarios culturales que definen la idea del otro. Estos imaginarios son constituidos por una serie de elementos que diferencian una colectividad de otra. Anderson plantea que es harto problemático insertar la idea de nación en una sociedad donde los imaginarios son diversos, y, en todo caso, el gran problema que supone la identidad de lo nacional es definido por el conocimiento y la dinámica de los diversos grupos culturales que viven e interactúan en un territorio imaginado.

Como vemos la otredad está presente en las categorizaciones culturales. En el caso de este fenómeno que se suscitó en el colegio, la fundamentación de los “imaginarios” está centrada en un ideal y un no ideal. Me explico. El ideal es esa idea estereotipada de ascensión social y prestigio, son todos esos anhelos y deseos que conllevan a ser otro en tanto se pueda superar la “inferioridad” que se tiene en apariencia. Para lograr ello se debe desterrar el no ideal, es decir, esa identidad que me genera un lastre, que me reduce y me subordina simbólicamente.

Lamentablemente, no es un secreto que la discriminación como tal se da en un orden económico. La economía y la sociedad de consumo son los mecanismos fuertes que ordenan una estructura de diferenciación. El capital simbólico entonces toma su lugar preponderante y la identidad se fundamenta como una invención, como una “imagen” frente al otro con una finalidad legitimadora.

En conclusión, creo que el gran problema de la discriminación no es solo la subordinación o la negación del otro como un igual, sino también consiste en un creciente deseo por la homogeneidad. El estatus, el prestigio, la aceptación y los imaginarios inventan imágenes de una colectividad. El problema más profundo no es la diferenciación, sino la brecha comunicacional que no permite el conocimiento intercultural, ese que va más allá de toda frontera o tradición, ese que se fundamenta en la idea de que la igualdad genera una verdadera nación.


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