lunes, 11 de mayo de 2015

¿Debemos profundizar en nuestras ideas? - Paolo Astorga

¿Debemos profundizar en nuestras ideas?



Escrito por: Paolo Astorga

“Pensar por uno mismo es quizás el gran reto de las épocas que vendrán. Quiero aclarar que no me refiero a ese pensar estadístico, ni mucho menos al pensar acumulativo, me dirijo a esa acción intelectual de siempre estar dispuesto a confrontar, a dialogar, a construir relaciones que no solo generen por fin el ensimismamiento, el “conocimiento de uno mismo”, sino también seres consecuentes con sus ideas y actos”.



Aprender sin reflexionar es malgastar energía.
Confucio


El mundo ha infantilizado los juicios de valor que ejerce sobre la realidad que lo circunda. Digo que ha infantilizado, pues, ha reducido las posibilidades de diálogo con el entorno en el que vive y se niega reiteradamente la actitud de ensimismarse. No es una sorpresa que la vida que llevamos, llena de responsabilidades y necesidades, no sobrepasa en lo más mínimo la idea reflexiva del sujeto cuestionador, sino más bien, somos más adaptativos que transformativos. Y claro, un mecanismo obvio de la evolución es la adaptación, pero no el cuestionamiento, el diálogo, la pregunta que destruye y reconstruye. No necesitamos ya el conocimiento, sino solo la técnica que nos permita sobrevivir. La técnica es el movimiento que, como un flujo constante de sofisticación, nos instaura la idea de progreso en el sentido de simplificación de la vida misma. La tecnología, por ejemplo, actúa como un simplificador que anula las tareas más difíciles y aburridas (!) de la vida para dar paso al ahorro de ese tiempo valiosísimo que necesitamos para hacer otras actividades que sí valen la pena, porque resultan entretenidas. Sin embargo, esto es ya un grosero simulacro, un engaño, una mentira. Parece entonces que el ser tecnológico lo puede todo y, sin embargo, sufre los embates de no profundizar en sus ideas, de no cuestionar lo que piensa, lo que dice y lo que hace. El conocimiento es solo el uso y no el porqué de ese uso. Se dice entonces que somos muy capaces cuando sabemos usar tan o cual aparato tecnológico, pero resulta interesante preguntarse el porqué de tal uso. ¿Podemos vivir sin tecnología? Actualmente es acaso imposible vivir sin ella, no obstante, no podemos vivir, o por lo menos no de forma consciente, si es que la tecnología ocupa el lugar de nuestro ser. Y es que lo hace tan bien, que a veces perdemos la noción de que nuestra realidad está allí donde yo le doy sentidos a mi mundo.

Ahora bien, el conocimiento, ícono de nuestra sociedad hambrienta del consumo y de la exhibición, ha construido la idea de que conocimiento es saber usar, sin embargo, el verdadero conocimiento no es de uso, sino de transformación. El uso es técnico, la transformación es irreversible, es profunda. Vemos, por ejemplo, a miles de adolescentes en una escuela, todos ellos con un celular inteligente o Smartphone, un pequeño y cada vez más sofisticado aparato en donde se puede tener todo el mundo, toda nuestra realidad. No importa tanto las consecuencias que conlleva tener y usar uno, sino, tenerlo, disfrutarlo, volcar sobre este aparato nuestros deseos y carencias para que en su sofisticación podamos también nosotros, en apariencia, ser sofisticados.

Aparece, pues, la incómoda pregunta: ¿Debemos profundizar en nuestras ideas? Es inadmisible hacerlo, porque es peligroso, pues, develarán un lado oculto de nosotros: La melancolía. Es mejor, mucho mejor, vivir en un mundo donde las ideas tengan ya un unívoco sentido, donde el pensar tenga sus parámetros, sus estilos y sus modas enlatadas y manufacturadas para el consumo masivo. ¿Por qué? Porque así generamos bienestar, felicidad, movimiento e inmediatez. ¿Pasarme semanas o quizás meses debatiendo sobre Derecho penal o sobre Filosofía griega o sobre la Segunda Guerra Mundial? La cuestión no es el sentido, las relaciones que yo establezca con el diálogo, con el debate, con la confrontación de ideas y la consecuente producción de mis impresiones, no, lo importante en un mundo inmediato y desligado de los ensimismamientos es el dato, la información, la imagen que supone el estatus más que la conciencia.

Hoy lastimosamente, sucede que el conocimiento solo entra por los ojos y jamás se procesa, ni se cuestiona. Creemos aún, tontamente, que el conocimiento  se puede tener, tanto así como se tiene una pizza o se tiene unas zapatillas de moda. El conocimiento está tan en desuso porque su naturaleza es esquiva a las mentes impacientes. La impaciencia es el signo patente de nuestra sociedad que cree que en su paranoia por el estar allí, siempre va a lograr el verdadero bienestar. Pensar por uno mismo es quizás el gran reto de las épocas que vendrán. Quiero aclarar que no me refiero a ese pensar estadístico, ni mucho menos al pensar acumulativo, me dirijo a esa acción intelectual de siempre estar dispuesto a confrontar, a dialogar, a construir relaciones que no solo generen por fin el ensimismamiento, el “conocimiento de uno mismo”, sino también seres consecuentes con sus ideas y actos.

Mas, somos como Boxer en Rebelión en la granja de George Orwell. Boxer, es un caballo analfabeta, que aunque tiene gran fuerza, no tiene el poder del conocimiento (ese que al ser construido por uno mismo es más poderoso que mil millones de bombas nucleares), es manipulado a diestra y siniestra por el cerdo Napoleón para sus intereses personales ya que “…si el camarada Napoleón lo dice, debe de estar en lo cierto”. Y es que es muy fácil notar cuando una sociedad carece de espacios para el conocimiento, además de una gran falta de criterio, sino, salgan a las calles, plazas, avenidas, universidades, colegios, en cualquier sitio, verán que lo que lo que más falta es el debate y lo que más abunda son los anuncios de 2x1.

Vivimos del criterio de la creencia, es cierto, pero también lo es el hecho de que al sentirnos bien ante nuestra situación asolapada y mediocre tendemos a aceptar y defender el no pensamiento. ¿Hemos visto acaso, marchas masivas por una mayor inversión en buenas bibliotecas públicas? ¿Hemos asistido a manifestaciones contra el embrutecimiento masivo de miles de jóvenes que piensan que Confucio es el chino japonés que inventó la confusión? Posiblemente, las respuestas contrarias a lo que digo se basen en la libre elección como una ilusión de la conciencia, pero, lo cierto es que casi siempre prima la moda frente al individuo.

Ante esto, quisiera exponer una anécdota que me pasó hace algún tiempo. Terminaba de calificar un examen de un curso de Comunicación. Muchas pruebas eran desaprobatorias –esto no es una novedad en mi país–, pero eso no llamó mi atención, sino, la desesperación de algunos de mis alumnos por no querer desaprobar. Ante esta situación hice la pregunta: ¿Por qué quieres aprobar, si realmente no tienes aún desarrollada la capacidad necesaria para continuar? Lo hacían porque si no aprobaban iban a ser castigados, no iban a tener lo que se les había prometido, perderían la confianza de sus padres, y un gran etcétera. Con esas respuestas entendí que muchos de mis alumnos no intentan ser capaces, sino solo tener el símbolo que sustente su capacidad: La nota aprobatoria. No importa pues, aprender si lo de que se trata es tener una prueba de que sé, aunque esta resulte irónicamente, solo un engaño. Me imagino que mis alumnos no se cuestionan sobre el aprender, porque creen –y esto es reforzado– a diario que aprender es acumular, que aprender es llegar a una nota aprobatoria. Otra vez el conocimiento es solo una sucesión estadística de datos, de información, de mecánicos movimientos, de palabras inconexas.  

Entonces, debemos entender –y por esto que es muy difícil transformar la situación- que el conocimiento no es una “cosa” que se puede insertar en nuestras mentes para tener un “saber”. El conocimiento es ante todo una actitud que tiene naturaleza inquisitiva, suspicaz y principalmente, interrogativa. El fin del conocimiento no es hacer hombres cultos, sino hombres consecuentes, seres humanos que entiendan por qué les sucede lo que les sucede y no tengan más excusas para ser lo que se hacen. En suma, Profundizar o no en nuestras ideas no es la cuestión, la cuestión es ser conscientes de que aunque cada vez lo ocultemos mejor, no podemos dejar de elegir, de sentir, de crear, aunque claro, esto que es invalorable, cada vez valga menos.




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