lunes, 25 de mayo de 2015

El hombre de madera y nosotros - Paolo Astorga

El hombre de madera y nosotros

Escrito por: Paolo Astorga


“El hombre de madera, desde mi personalísimo punto de vista, es la metáfora de una involución del ser humano. ¿Por qué? Porque cada día es más común el hábito que el enfrentamiento profundo de la crisis. Estos hombres de madera están profundamente relacionados a un uso cerebral centralizado en el vivir sin la conciencia del vivir”.



“...Y al instante fueron hechos los muñecos labrados en madera. Se parecían al hombre, hablaban como el hombre y poblaron la superficie de la tierra.
Existieron y se multiplicaron; tuvieron hijas, tuvieron hijos los muñecos de palo; pero no tenían alma, ni entendimiento, no se acordaban de su Creador, de su Formador; caminaban sin rumbo y andaban a gatas.”
Popol Vuh


En el Popol Vuh, el fabuloso libro de consejo de los pueblos quichés se cuenta a modo de mito cosmogónico la historia de la creación del hombre desde construcción de un ensayo y error. La finalidad de crear al hombre era por una imperiosa necesidad de tener adoradores. Esta honestidad se fundamenta en el hecho de que sin el hombre religioso, sin el hombre ritualizado en la adoración, la presencia del dios simplemente es inexistente. Por otro lado, para todas las civilizaciones antiguas la palabra es la llave mágica para la creación, no solo por su característica ordenadora, sino por su significancia, por la capacidad que esta tiene para presentarse en la posibilidad como un poder prácticamente infinito.

El mito de la creación del Popol Vuh se caracteriza por una experimentación donde no solo es creado un solo hombre, sino que se va probando una serie de proyectos humanos. Tres fueron los hombres: Uno de barro, uno de madera y otro de maíz. El hombre de maíz era la creación perfecta pues poseía la capacidad de hablar y pensar, además de una gran inteligencia.

No obstante la reflexión a la que quiero llegar es al análisis de los hombres de madera. Los hombres de madera, según el mito, aunque tenían el poder de hablar y poblar el mundo no tenía “memoria” ni la capacidad de razón y adoración, es decir, una inteligencia que les permita ser algo más que un mero rebaño. El hombre de madera, desde mi personalísimo punto de vista, es la metáfora de una involución del ser humano. ¿Por qué? Porque cada día es más común el hábito que el enfrentamiento profundo de la crisis. Estos hombres de madera están profundamente relacionados a un uso cerebral centralizado en el vivir sin la conciencia del vivir. El hombre de madera es un ser que tiene la capacidades básicas de subsistencia: Puede alimentarse, reproducirse, etc., pero carece del “entendimiento” para la adoración. Entiéndase adoración no solo como la veneración ritual a un dios, sino también la relación estrecha con la ecología. El hombre ancestral aunque es profundamente religioso y animista, ve a la naturaleza como una identidad, como una implicancia que le permite la vida. La naturaleza es la subsistencia, la llama que permite la vida y es al fin de cuentas el gran “dios” que rige los destinos y los pensamientos. En el caso de los hombres de madera notamos que aunque son parte de la naturaleza no la “entienden”, es decir, no la comprenden lo suficiente como para encontrar una relación implicante, una identidad que los ligue, que los una.

Esta actitud desligada del hombre de madera es la que hoy por hoy percibo en la sociedad. Y no solo me refiero a la relación de un nosotros con la naturaleza, sino a la constitución de un ser que vive para colmar el tiempo, pero no para colmar con el “entendimiento” su vida.

Debo aclarar, sin embargo, que el hombre de madera está muy cercano a la satisfacción de sus deseos. Aunque no posee entendimiento o la capacidad para razonar y pensar la naturaleza, sí logra satisfacer sus deseos primitivos. Las palabras de este hombre de madera son de corto plazo, son de una memoria reducida, pues no poseen la capacidad para generar un orden, una historia, una relación identitaria. Tanto el uso de la palabra como un poder sagrado así como la memoria que la preserva deben funcionar como engranajes que permitan al hombre a entender su relación profunda con una naturaleza que lo sobrepasa, pero que también le ofrece vida abundante. El hombre de madera solo está en la tierra para el momento, para andar sin rumbo, es decir, sin ninguna responsabilidad que le dé un sentido a su existencia.

La existencia requiere necesariamente un pretexto. Este pretexto se va a presentar indefectiblemente como un tipo de responsabilidad. Sin la capacidad de “hacerse de un rumbo” estamos condenados al olvido y el olvido como un mecanismo que no permite las huellas del recuerdo hará que nuestro estadio en la tierra sea una serie inconexa de hechos repetitivos.  No es raro ver cada día a más jóvenes que no tienen ningún ideal en la vida más allá de vivir la vida como si fuera un simple deslizarse. Cada día hay menos personas en las que puedo observar ese deseo por querer innovar o salir de la mediocridad. Aunque estoy rodeado a diario con juventud, ímpetu y deseos, no veo o es muy escaso, la pasión por no querer ser más de lo mismo.

Y no es un secreto que la sociedad en la que estamos inmersos tiene como signo preponderante a la distracción como mecanismo no solo de sustento, sino también de manipulación. No es de importancia el deber ni mucho menos, sino solo la posibilidad de una sobrevivencia que les dé aludiendo a Abraham Maslow: “lo suficiente” para satisfacer las necesidades primarias con las cuales se pueda acumular un día más de vida. La gran incongruencia está en la casi nula actitud por querer transformar creativamente la realidad. La mayoría de nosotros solo nos adaptamos (de la manera que podamos) a una vida que suponga el mínimo de responsabilidad y elección. De esta manera si es que se presenta un error, bien se puede pretextar que la culpa es de la sociedad, del gobierno, de la política, de la economía, del vecino o de cualquiera menos la mía. Una sociedad victimizada y ensimismada en la miel de la idiotez se ve obligada a infantilizarse para que pueda funcionar o por lo menos resistir las incoherencias de una conciencia que se resiste a cuestionar, a transformarse y aceptar sus deberes y responsabilidades.

Entonces queda siempre el actuar frente al embotamiento. La autonomía debe conectarse con lo auténtico. Lamentablemente, en el mundo de hoy, la autenticidad es una moda y no una forma de vivir responsable. Hay un fetichismo por la hiperexperimentación, pero no por encontrarse, por constituirse como un ser antes que aparentar. Entablamos relaciones que entran rápidamente en crisis o son diluidas por la carencia. No tomamos conciencia o ni mucho menos meditamos sobre las repercusiones de nuestros actos. La lejanía no nos entrelaza porque, aunque damos la idea de que avanzamos como una sociedad cohesionada, la implicancia con nuestros pares resulta casi un intercambio comercial en donde el egoísmo por la propiedad supera con creces el compartir, el conocerse. El pensar al otro no es inocente, no tiene la finalidad de implicancia, sino de medio. El otro es mi medio y si puedo usarlo, me proveerá de una serie de placeres, seguridad o confort que necesito.

Es así que el hombre de madera es actualísimo. La vida es cada día más  parecida a la de un redil de ovejas que la de una sociedad de seres cuestionadores y transformadores. Las propuestas, la lucha por forjar mejoras se ve cada vez tan lejana como la profundidad en nuestras relaciones, que van simplificándose y superficializándose al punto de convertirnos en simple ruido sin sentido.


1 comentario:

  1. Felicitaciones, Paolo. Excelente artículo. El tema compete ala especie humana, a casi todas las culturas. Es cierto, estamos involucionando. Es la agonía del planeta. Un abrazo.
    Manuel Aguirre.

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