lunes, 18 de mayo de 2015

Elogio de la pregunta - Paolo Astorga

Elogio de la pregunta


Escrito por: Paolo Astorga

“No sirve de nada tener a muchachos que actualmente están altamente conectados con el mundo digital y su big data, no sirve de nada ver por las calles, los colegios, las universidades o el hogar a personas que cual cyborgs están conectados entre sí, están siempre “acompañados” en línea y llenos de “cosas por hacer” en su mundo virtual, si no se enfrentan a la realidad que devela la pregunta, el cuestionamiento, el peligroso “por qué” que arremete cual viento huracanado y derrumba nuestras endebles catedrales de creencias que nos hacen felizmente esclavos de la felicidad con fecha de caducidad y en oferta al 2x1”.


La existencia humana es, porque se hizo preguntándola raíz de la transformación del mundo. Hay una radicalidad en la existencia, que es la radicalidad del acto de preguntar. Exactamente, cuando una persona pierde la capacidad de asombrarse, se burocratiza.
Paulo Freire


En el libro Hacia una pedagogía de la pregunta. Conversaciones con Antonio Faúndez (Asociación Ediciones La Aurora, 1986) del pedagogo brasileño Paulo Freire (1921 – 1997) nos remite directamente a la importancia preguntar no solo como un mecanismo pedagógico, sino como una herramienta que permite de alguna manera la humanización del hombre, la interrelación, el compromiso y, sobre todo, el conocimiento liberador. El libro compuesto como una serie de conversaciones sustanciales con Antonio Faúndez se centra en la sustentación de una pedagogía de la pregunta, allí donde preguntar es el primer paso para la creación. Todo acto de preguntar es liberador en el sentido de que nos hace pensar el mundo y su complejidad. La vida cotidiana supone no solo un deslizarse por el día, sino experimentar el asombro mismo que parte de la curiosidad, de esa observación espontánea que permite el cuestionamiento. La pregunta es natural en el ser humano, pero, la educación tradicional ha controlado a la pregunta y la ha convertido en respuestas, en datos, en simple flujo de mecánicos protocolos y burocracia.

A diario asisto a esta realidad: Niños que se los forma autómatas, que viven una realidad prefabricada, donde el disfrute y el placer es estandarizado y las modas son lo de siempre. La vida no es para vivir, sino para simplemente cumplirla, es decir, un simple tránsito que niega la exploración, la invención autónoma. Para muchos de esos niños aplastados por la aún reticente educación tradicional, la vida ya está hecha, ya no tiene secretos y, si es que los tiene, son insignificantes y no resultan necesarios para el “tránsito” de la vida.

Sin embargo, preguntarse es salir de la esclavitud del engranaje. No hay fórmulas preestablecidas, no hay más que la intuición y la creatividad. Preguntar es liberar y genera en última instancia el poder de la autonomía. En esta época donde el control es netamente psicológico, emocional, preguntar rompe con los moldes, con los paradigmas que cimientan la represión y la burocracia del conocimiento. No sirve de nada tener a muchachos que actualmente están altamente conectados con el mundo digital y su big data, no sirve de nada ver por las calles, los colegios, las universidades o el hogar a personas que cual cyborgs están conectados entre sí, están siempre “acompañados” en línea y llenos de “cosas por hacer” en su mundo virtual, si no se enfrentan a la realidad que devela la pregunta, el cuestionamiento, el peligroso “por qué” que arremete cual viento huracanado y derrumba nuestras endebles catedrales de creencias que nos hacen felizmente esclavos de la felicidad con fecha de caducidad y en oferta al 2x1.

La pregunta en la escuela es siempre un indicador, pero antes que ser un mero instrumento que posibilita la comunicación, es aquel puente que permite el acercamiento. La pregunta crea el conocimiento, o por lo menos dispara la necesidad de crearlo, pero este conocimiento no es enciclopédico, no es una colección de datos inconexos, sino que es el conocimiento como libertad, el conocimiento que es mío en tanto me he permitido no solo almacenarlo en mi mente, sino que me lo he apropiado, lo he entronizado en mi ética. Por ello, saber no debe suponerse como la transmisión y recepción de datos, sino como la posibilidad de desarrollo, de autonomía y sobre todo de poder crear cultura y hacernos responsables de nuestra creatura.

No obstante, en muchas escuelas, la “castración de la curiosidad” como la llama Freire tiene dos caras: La patente, esa que podemos observar en el fetichismo de la evaluación como selección, es decir, aquella que divide a los estudiantes en capacitados y poco capacitados, sin un fin más que la mera competencia por alcanzar los más altos estándares, más allá del enfrentamiento de los problemas que hacen patentes las dificultades de enseñanza y aprendizaje. La latente, es aquella que sustenta una idea de educación por el silencio. Aquella que solo permite hablar de un solo tema, esa que se ahoga en la idea de “clase modelo”. La pregunta, como toda actitud reflexiva, jamás es rápida, jamás supone una respuesta fácil. Preguntar y preguntar es como diría Sócrates una especie de “parto” donde, cual rompecabezas extraño, se puede hacer innumerables combinaciones para construir el conocimiento que no solo interprete la realidad, sino que nos permita actuar en ella con autonomía y libertad.

Y aunque actualmente la vida es más sensual y subjetiva, existe una mecanización del ser humano en tanto a este se lo reduce al puro movimiento por el mundo donde los caminos, aunque en apariencia parezcan nuevos y excitantes, la melancolía lo puebla todo y genera un malestar que se oculta para no sentirnos mal. Sentirnos mal no solo supone un tabú, sino, un peligro de pérdida del confort, una crisis de la que, aunque pueda ser una oportunidad para “conocernos mejor”, para saber por qué, negamos la posibilidad, porque la angustia es culpa y la culpa un desagradable sentimiento que debe ser lapidado con más “propósitos artificiales” como comprar, consumir y renovar los objetos que son los nuevos nosotros.

La sociedad hiperindustrializada, en un estado paranoico y obsesivo por la velocidad más que la observación y la curiosidad ha convertido el trabajo intelectual en una rutina, en una sucesión de cursos y talleres donde vale más aprobar que aprender. Y es cierto: vivimos en una sociedad de profesionales embrutecidos, silenciosos, pero con títulos, doctorados y Ph.D.

La virtud de preguntar, entonces, es la virtud de la investigación y la persistencia. No se trata solo de saber, sino de interrelacionarnos, de unir. Lamentablemente como dice Freire: “Creo que, ya en la tierna edad, comenzamos a aplicar la negación autoritaria de la curiosidad con los “pero niño, por qué tanta pregunta”, “cállese, su padre está ocupado”, vaya a dormir y deje esa pregunta para mañana””. Como vemos, preguntar, actitud tan natural para un niño, es sofocada por la vida práctica, por la vida que se despoja de toda complejidad para darse al abandono de la rutina. La curiosidad es el antagonismo de lo establecido, es la inherente necesidad humana de definirse y afirmarse como un “algo” que piensa. No obstante, la rebeldía de hoy es pensar como crear y no pensar como consumir. La actitud de exponer las ideas en vez de imponerlas. La educación es eso: compartir y aprender. La mentira más grande: creer que si mis alumnos son silenciosos y me miran atentos, es porque están aprendiendo. De lejos, prefiero perder mil clases, por un par de buenas preguntas de mis pupilos, un par de buenas preguntas que nos permitan ser humanos y no androides que creen que si apagamos nuestros teléfonos, nuestros televisores, y nos damos un par de vueltas por la realidad, nos condenaremos a la extinción.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada