lunes, 15 de junio de 2015

Compartir en la escuela - Paolo Astorga

Compartir en la escuela


Escrito por: Paolo Astorga

“Compartir es imposible, porque la escuela no permite o reduce esos momentos y los reemplaza con “formación” casi siempre académica. Cada día es más difícil compartir una frase, un poema diario, un cuento, una canción, un video, una noticia, una anécdota, un chisme, un chiste, una galleta, una nueva aplicación en la escuela, porque el contenido que se ha “programado para aprender” resulta más importante que lo que el contexto amerita, que la necesidad de intercambio y de valorización personal de lo que hacemos o creamos”.


La comunicación es compartir, y compartir es el acto que nos constituye.
Si creemos que este acto es imposible, rechazamos cualquier proyecto humano.
Albert Jacquard



¿Se puede compartir en la escuela? Aunque la pregunta resulte simple, hay que ser sinceros, es una pregunta incómoda. La escuela es casi siempre una institución del saber y del aprendizaje, es un rincón de “formación”, pero no se la suele pensar como un lugar para compartir. A diario observo, por ejemplo, a muchos alumnos que vienen a la escuela con la idea preinstalada de “recibir”, es decir, para ellos la escuela tiene como función principal la de propiciar el aprendizaje, el conocimiento, la formación, pero si hablamos de que esta les brinde el espacio para que sean ellos protagonistas de la misma, resulta un tanto complicado. Es casi imposible pensar a la escuela como un espacio de posibilidades, pues usualmente en toda institución como esta, la idea de tradición aunque es importante para la identidad y la imagen institucional, resulta a veces nociva para el intercambio, el compartir. No, en muy pocas escuelas de las que he sido partícipe tanto en las que he trabajado como en las que he tenido noticia o alguna relación, he notado de manera tangible la actitud de compartir como un imperativo categórico. Muy al contrario, he notado con cierta preocupación un fetichismo extremo por el rendimiento y la meritocracia; una obsesión por ser imagen y prestigio más que posibilidad de forjar comunidad, expresión, comunicación. La escuela, me temo, se ha convertido en un recinto donde los niños son convertidos en un Frankenstein y a veces en algo peor: un simple receptor, una vasija a la que hay que llenar de datos, de números, de tareas, de actividades hasta colmar su tiempo y generar en ellos la actitud de disciplina antes que la de cuestionamiento, la de docilidad, antes que la de curiosidad, la de control antes que la de afecto, la actitud del silencio antes que la del diálogo. No, no he podido ver una escuela cuya principal función se base en el compartir.

Compartir, para el caso de esta reflexión, significa lo siguiente: Dar lo mejor de mí para otros. Esta simple idea es casi invisible en la escuela. Dar no es una función central en la escuela, porque el imperativo que se cree “natural” es recibir. Recibimos clases, recibimos explicaciones, recibimos notas, recibimos felicitaciones o amonestaciones, pero nunca la actitud de los alumnos, docentes o padres es el de dar. Casi siempre es recibir, es acumular, es un simple devenir. Compartir, sin embargo, rompe esa cadena rutinaria y pone a cada uno de los involucrados en el proceso educativo en una actitud de expresión y responsabilidad con uno mismo y con los demás. No obstante, soy muy consciente que para lograr que compartir sea una realidad en la escuela se debe profundizar en los problemas que esta mantiene y que casi siempre no desea mejorar. Resulta más fácil recibir o “dar” a los otros lo que en lo mínimo se debe dar, antes que dar más de lo que se nos pide. Compartir es imposible, porque la escuela no permite o reduce esos momentos y los reemplaza con “formación” casi siempre académica. Cada día es más difícil compartir una frase, un poema diario, un cuento, una canción, un video, una noticia, una anécdota, un chisme, un chiste, una galleta, una nueva aplicación en la escuela, porque el contenido que se ha “programado para aprender” resulta más importante que lo que el contexto amerita, que la necesidad de intercambio y de valorización personal de lo que hacemos o creamos. Los alumnos aprenden de Gramática, saben qué es un sujeto y predicado, son extremadamente precisos en Trigonometría o reconocen que Grau es un “héroe nacional”, sin embargo, la escuela no les permite a ellos compartir sus expresiones, sus aprendizajes y no solo me refiero a sus aprendizajes académicos, sino a compartir su lado humano, sus miedos, sus pasiones, sus frustraciones y sueños, sus esperanzas, compartirse ellos mismos, darse a los demás en un sentido artístico y humanístico, no solo de meros receptores, sino como actores decisivos de sus propios futuros.

Ahora bien, la actitud de compartir presupone una conciencia. La conciencia de que lo que yo poseo es importante y debe entregarse a los demás. Hace un tiempo, por ejemplo, pedí a mis alumnos que escriban poemas de manera libre y que cuando estos estén terminados los podamos compartir en clase. El simple hecho de mencionar la palabra “compartir” generó en mis alumnos una aversión, un gran miedo. Profundamente el miedo era generado porque muchos de ellos pensaban que quizás los poemas que escribirían serían “malos” y que los demás se burlarían de ellos. Recuerdo que el día en que debían leer sus poemas muchos tenían miles de escusas para no salir, aunque entre sus manos tenían el fruto de su esfuerzo. Empecé a leer uno de los míos y luego pedí al resto que leyera los suyos, les dije, que esta no era una actividad que iba a calificar, que lo importante era compartir, así como se comparten bocaditos o una torta en un cumpleaños, sin embargo, el miedo era fundado, ya que para muchos de mis alumnos los poemas no eran “bocaditos”, sino que desnudaban aspectos íntimos, sueños, frustraciones, miedos, en fin su más sincera humanidad. Todavía recuerdo lo fabuloso que fue ese día, muchos de mis estudiantes sintieron por primera vez que lo que ellos daban, que lo que ellos compartían no era simple “objeto de calificación”, sino que era un granito de arena para generar convivencia, afectividad, sentido de comunidad.

Compartir en la escuela debe ser eso, un momento donde cada quien se haga responsable y pueda aportar, pueda dar lo mejor de sí en pos de una buena convivencia, de una verdadera educación. Pensamos siempre que la escuela nos debe servir, nos debe brindar un servicio netamente académico, pero la gran verdad es que la auténtica escuela debe proveer al alumno de herramientas que le permitan compartir, expresar, dar lo mejor de sí a la sociedad en un ambiente de libertad y afectividad.

No obstante, qué lejos estamos del compartir, qué lejos estamos de pensar la escuela como un espacio para las ideas, para los proyectos, para la afectividad. El egoísmo lo puebla todo, la vida como vil disciplina es el néctar adulterado. Los espacios, los momentos para compartir son casi un sueño. Allí donde la pregunta aparece, allí donde las opiniones son tomadas en cuenta y los líderes lideran de verdad, allí el compartir es pieza clave y no simplemente parte del discurso, palabra sin sentido que aparece en el currículo, pero que es aplastado por ese terrible signo de violencia que es la resignación.

1 comentario:

  1. Ese ha sido el gran problema de la educación, y con más notoriedad hoy en día, las formalidades de la documentación (llámese programaciones, sesiones, registros etcétera..) pareciera que sobrepasan la verdadera actividad del docente, que es la de ser MAESTROS y no del todo PROFESORES.
    Por otro lado, Paolo (y disculpa el tutéo) creo que en ocasiones los temas (algunos de ellos) en nuestra área, comunicación, se pueden prestar para reflexionar, "compartir" una lección que la pueden aplicar en su vida misma. LO IMPORTANTE ES A VECES ROMPER LOS MOLDES.
    Saludos.

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