lunes, 22 de junio de 2015

Saber y entender - Paolo Astorga

Saber y entender



Escrito por: Paolo Astorga

“El entendimiento, en cambio, es la pregunta. La pregunta ha devenido de la contemplación, de ese estado en donde no solo utilizamos a los objetos, sino que los objetos son posibilidades de creación, de pensamiento.”

En el libro Fahrenheit 451 de Ray Bradbury hay un pasaje revelador. En una sociedad avanzada el bombero Guy Montag se dedica a quemar libros, ya que estos están prohibidos porque hacen “desdichados a los humanos” e impide que estos sean “felices” ya que dejan de ser iguales a los demás. Montag, camino a casa, después de un día de trabajo, se topa con una joven llamada Clarisse quien lo interpela haciéndole preguntas sobre su trabajo, sobre la sociedad en donde viven y, sobre todo, sobre la misma posibilidad de pensar de manera autónoma. Particularmente me quiero detener en este punto:

—Eres muy extraña —dijo, mirándola—. ¿Ignoras qué es el respeto?
—No me proponía ser grosera. Lo que me ocurre es que me gusta demasiado observar a la gente.
—Bueno, ¿Y esto no significa algo para ti?
Y Montag se tocó el número 451 bordado en su manga.
—Sí —susurró ella. Aceleró el paso—. ¿Ha visto alguna vez los coches retropropulsados que corren por esta calle?
—¡Estás cambiando de tema!
—A veces, pienso que sus conductores no saben cómo es la hierba, ni las flores, porque nunca las ven con detenimiento —dijo ella—. Si le mostrase a uno de esos chóferes una borrosa mancha verde, diría: ¡Oh, sí, es hierba? ¿Una mancha borrosa de color rosado? ¡Es una rosaleda! Las manchas blancas son casas. Las manchas pardas son vacas. Una vez, mi tío condujo lentamente por una carretera. Condujo a sesenta y cinco kilómetros por hora y lo encarcelaron por dos días. ¿No es curioso, y triste también?
—Piensas demasiado —dijo Montag, incómodo.
—Casi nunca veo la televisión mural, ni voy a las carreras o a los parques de atracciones. Así, pues, dispongo de muchísimo tiempo para dedicarlos a mis absurdos pensamientos. ¿Ha visto los carteles de sesenta metros que hay fuera de la ciudad? ¿Sabía que hubo una época en que los carteles sólo tenían seis metros de largo? Pero los automóviles empezaron a correr tanto que tuvieron que alargar la publicidad, para que durase un poco más.
—¡Lo ignoraba! —Apuesto a que sé algo más que usted desconoce. Por las mañanas, la hierba está cubierta de rocío.
De pronto, Montag no pudo recordar si sabía aquello o no, lo que le irritó bastante.
—Y si se fija —prosiguió ella, señalando con la barbilla hacia el cielo— hay un hombre en la luna.

Hacía mucho tiempo que él no miraba el satélite. (p. 20-21)

Como observamos en este interesante pasaje hay un hecho que día a día ignoramos: La contemplación. Clarisse al cuestionar a Montag le está mostrando la otra cara de la moneda, el secreto de la posibilidad, el entendimiento. Al contemplar lo que el mundo tiene en vez de solo recorrerlo, deslizarse, reducirlo a una sola actividad alienante y homogeneizante, el sentido de la vida pierde toda posibilidad de diversidad, de pluralidad. La vida actual intenta ser una vida de la velocidad, del placer que se compra y se consume, actualiza y sofistica. No importa mucho profundizar en el “misterio de las cosas”, sino solo buscarles utilidad.

El fragmento me permite exponer la siguiente idea: Hoy sabemos mucho, pero entendemos muy poco. ¿Qué es saber, qué es entender? Saber es siempre un conocimiento, una aptitud que nos permite vivir. Montag sabe que es bombero y que en esa sociedad distópica debe mantener el “orden” quemando libros. Sabe que su trabajo es agotador y requiere de una estrategia que le permita encontrar los escondites de los libros. Quemar para Montag lo hace merecedor de respeto social, le da un estatus y constituye el signo de su felicidad ya que él cree en los ideales de su sociedad y los protege. Sin embargo, Montag solo “sabe” mas no entiende por qué debe quemar, no se cuestiona en ningún momento –no hasta el encuentro con Clarisse- qué tan cierto es eso de que los libros nos vuelven desdichados, no entiende el porqué de su trabajo, ni tiene interés por cuestionar o entender qué es lo que sucedería en una sociedad donde el pensamiento sería posible. El saber en Montag permite que su sociedad funcione o por lo menos legitime su rol protector y esconda su profunda crisis negando la posibilidad del “entendimiento” y reemplazando esa angustia del pensar, por la velocidad, el placer, la mecanización y la inactividad. La “felicidad” es un desplazamiento, un estar en el mundo como diría Heidegger, es el único fin que el poder impone para que los demás vivamos en paz. Esta sociedad feliz ha volcado sus dudas, sus miedos, sus angustias a un estado que los hace olvidar lo “terrible, el peso de la responsabilidad de crear” para otorgarles un mundo sin riesgos, sin emociones desbordantes, rutinario y habitual, normalizado y de felicidad para todos. Sin embargo, Clarisse es directa: Ella ha alcanzado el entendimiento, la contemplación. Cuestiona para entender no solo para saber. Pensar en la hierba, cuestionarse sobre la velocidad a la que hay que viajar y hacer que Montag repare en lo que lo rodea, es subversivo.

Saber es decisivo para el poder, porque nos instaura un deber. Debemos tener en claro que el funcionamiento de la sociedad tiene un sentido más o menos unívoco. Por ejemplo: Debemos cruzar la calle solo cuando el semáforo está en verde. Debemos pagar impuestos cada cierto tiempo. Debemos ir a la escuela o a la universidad o al trabajo. Debemos trabajar para nuestras familias o para nosotros. Debemos disfrutar los fines de semana y si soy hombre debo emocionarme con el fútbol. Si soy mujer pensaré en el matrimonio a cierta edad. La sociedad supone que es trascendental darnos un saber para vivir en la misma sociedad. Este saber es deber, este saber no se debe entender, solo debe acumularse, debe de hacerse verdad sin ningún cuestionamiento.

El entendimiento, en cambio, es la pregunta. La pregunta ha devenido de la contemplación, de ese estado en donde no solo utilizamos a los objetos, sino que los objetos son posibilidades de creación, de pensamiento. La contemplación es siempre cuestionante porque supone observar, es decir, entender las infinitas posibilidades que tiene un todo. ¿Por qué debo respetar las normas de tránsito? ¿Debo ir a la escuela? ¿Por qué los hombres deben pensar solo en fútbol? ¿La finalidad en la vida es casarme? ¿Debo ser feliz? ¿Por qué? ¿Por qué soy lo que soy? Estas preguntas que parecen obvias  resultan casi siempre peligrosas. Digo peligrosas en el sentido de que cuestionan lo que no se cuestiona, sino lo que ya es un saber. Y, lo interesante de estas preguntas es que al ser respondidas generarán más preguntas. Ese cuestionarse es el principio de entendimiento. El entendimiento es el modelado de mi mundo. Entender es tener conciencia de mis saberes. Por ejemplo en la escuela Pablo es un joven de secundaria al cual le están enseñando sobre el Ébola. Para Pablo saber que el Ébola es un virus que puede ser mortal y que ya ha generado muchas muertes en el mundo, resulta ser solo un saber, un conocimiento que estará en su mente hasta que llegue el examen donde habrá quizás una pregunta que diga “¿Qué es el Ébola?” El saber que es utilitario servirá, en este caso, para pasar satisfactoriamente un examen. Ahora bien, digamos que queremos entender al Ébola, en este caso la pregunta no se fundamentaría en el simple examen, sino en comprender el porqué del Ébola. ¿Por qué apareció? ¿Por qué en África? ¿Por qué es un virus que aparece y desaparece? ¿Por qué los virus siendo tan diminutos podrían destruir toda la raza humana? ¿Por qué algunos laboratorios privados lograron la cura? ¿Por qué estos laboratorios son privados? ¿La salud debe ser siempre un negocio o un bien humano? Si yo me infectara con el virus y vivo en un país pobre como África, ¿Recibiré ayuda? ¿Seré discriminado? ¿Me debo resignar a morir? Si este mortal virus no se hubiera escapado de África, si no hubiera llegado a otras partes de Europa o a los Estados Unidos, ¿Sería igual? ¿La prensa le habría prestado atención?

En fin, como vemos el entendimiento rechaza al saber, pues, el saber siempre tiene un sentido preestablecido sustentado casi siempre por las convenciones culturales, por la tradición, por el paradigma, por el poder. Sin embargo, la labor titánica es la de entender. Para lograrlo debemos partir de la reflexión, de una lentitud, de una contemplación y cuestionamiento que nos brinde la posibilidad de crearnos un sentido. El orden de la sociedad limita los sentidos, le quita la poesía a las cosas. Las reduce a ser útiles, pero jamás les brinda la posibilidad de transformarlas. Nuevamente pensar igual, actuar igual, ser iguales es la realidad de la sociedad de Montag, de nuestra sociedad. El peligro no son los libros, ni el saber, sino, la profunda crisis que se libera al entender el mundo no solo como un conjunto de elementos interrelacionados, sino también como un apasionante misterio que es creación y múltiples posibilidades.

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