domingo, 19 de julio de 2015

"La cocina del infierno" de Fernando Morote - Paolo Astorga

La cocina del infierno

La cocina del infierno
Fernando Morote
(MRV Editorial Independiente, 2015)


Estos relatos, sin duda, confirman la madurez de Fernando Morote, para mostrarnos sin aspavientos, la realidad que nos castra, que nos deja cicatrices y una gran posibilidad para reconstruirnos y seguir instituyendo nuevas identidades, nuevas ansias por ser más que un sobreviviente.


Escrito por: Paolo Astorga

La cocina del infierno (relatos de un mundo inhóspito) (MRV Editorial Independiente, 2015) del escritor peruano radicado en Estados Unidos Fernando Morote (Piura, 1962) nos ofrece tres relatos medianamente largos cuya temática general es el aprendizaje. Los protagonistas de los tres relatos son un grupo de jóvenes que en un primer momento se harán llamar “Los ingobernables” y luego, ya después de muchos años y una mayor madurez se denominarán “Comando Meón”. El libro nos enfrenta ante la idea de progreso, marginalidad, violencia y frustración a través de una narración por la fluidez y el lenguaje coloquial. En el primer cuento Los ingobernables, contemplamos una constante en la obra de Morote: La mezcla de ironía, humor y violencia. El debacle de las ilusiones, la pérdida de la humanidad y la moral por la crisis económica, son constantes que marcan las tres partes del libro. El libro se mueve desde la carencia, la indiferencia y la otredad que no puede insertarse a vivir de otra manera. La prosa de Morote en esta ocasión busca reflejar las tensiones de los migrantes por querer tentar el sueño del progreso, pero que al darse de golpe con esa realidad terrible y frustrante, además de la falta de oportunidades y la crisis económica y la violencia política que sufrió el Perú en los años ochenta, termina siendo solo una ilusión, un sueño para el desencanto. Pompeya es el lugar de origen, pero también el signo de la marginalidad. Los protagonistas lo saben por ello dicen: “Llegar a una urbanización como Pompeya, ubicada en el corazón de la capital, representaba un símbolo de progreso para nuestros padres. La mayoría proveníamos de viejos distritos, algunos de lejanas provincias.” Como vemos Pompeya es el lugar del aprendizaje, del crecimiento, el símbolo de la posibilidad. Sin embargo, estos ingobernables son adolescentes que tratarán de escapar de la cruenta realidad de los años de violencia de los 80. Los apagones, los cochebomba, los atentados terroristas, la hiperinflación, la marginación generalizada y la indiferencia del Estado, harán que el relato se torne un tanto picaresco y de humor negro.

El libro juega con la dualidad de acercamiento y alejamiento. La realidad es siempre el estado de la urbe como infierno, allí donde la peor violencia es la indiferencia. El doctor, El champero, El narizón y El conde los héroes de este libro sufrirán de manera distinta la marginación y la esperanza de querer progresar, pero también por crecer. Cada quién experimentará la violencia y la marginación de distintas maneras. Todos encontrarán posibilidades de vida diversa, pero tendrán un signo en común: La insatisfacción y la desilusión. Los relatos nos muestran una evolución de la tempestad a la calma, pero también de la insatisfacción a la conformidad. Los protagonistas viven en un mundo que los reduce a ser siempre los inferiores.

En el relato la Cocina del infierno, asistimos a una confrontación: “Los ingobernables”, que en el relato anterior vivían su adolescencia contradictoria y vital, en esta narración se tornará más comprometida. El alejamiento de muchos del grupo será el quiebre que desgarrará las ilusiones. El mismo narrador nos da la señal del sufrimiento cuando sentencia: “Pierdes la corona cuando desciendes de las escalinatas del avión”. Esa simple frase que inicia el relato tiene una significatividad profunda. Por un lado es la pérdida del poder  y, por otro, la nueva identidad. A diferencia del primer cuento, La cocina del infierno, es una narración muy ágil de oraciones cortas, donde las acciones se superponen velozmente. Una de las palabras que se pueden detectar en este relato es “No”. La negación es fundamental en la esencia del cuento, pues hay un ánimo introspectivo, una especie de confrontación, pues el protagonista se encuentra en un  país que lo margina y disminuye a un simple “migrante”. Nuestro héroe ya no es aquel jovencito visitante de los bares, los burdeles o un pichanguero de los fines de semana. La realidad que lo espera es tan o igual de cruel que la que ha dejado al otro lado del continente. La marginación de ser un “ilegal”, sin documentos, sin una identidad legitimada, es el calvario común que podría enlazar todo el libro de Morote. Ese calvario en el cual uno intenta ser libre, uno intenta sobrevivir.

Por otro lado, en el cuento que cierra el libro denominado Comando meón, asistimos a una narración que alterna la historia de crecimiento y madurez de Los ingobernables y la violencia generalizada que se vivió en los años ochenta. Sin embargo, también contemplamos una gran transformación. El doctor, El champero, El narizón y El conde esta vez han encontrado su forma de “adaptarse” al mundo. Muchos ya son profesionales y otros han regresado de los Estados Unidos en pos de dar su granito de arena para mejorar a su querida Pompeya. No obstante, Morote, fiel a su estilo de humor negro e ironía, construye el relato “moral y educativo”, a partir de la constitución del Comando meón, que no es otra cosa que la unión de Los ingobernables, pero esta vez no para mataperrear, sino para grabar infraganti y denunciar a los meones que suelen miccionar en las paredes de su querida Pompeya. Su labor cívica resultará profundamente quijotesca y hasta grotesca. En este relato asistimos también a una introspección colectiva del grupo. Cada quien ha vivido su dosis de violencia, de marginalidad, pero también ha tomado partido por la vida. Todos pasan por un trauma que construye su aprendizaje.

En suma, La cocina del infierno es una obra ágil, con un lenguaje que mantiene los giros con profundos atisbos de humor negro, de ironía que nos deja un halo de irracionalidad y absurdo. Morote no se contenta con delinear la historia, sino que hay una poética de la vida y las contradicciones de llegar a la acumulación de la memoria. Sus ingobernables son románticos seres que pululan en las cuerdas de un abismo que la indiferencia hace vibrar. Estos relatos, sin duda, confirman la madurez de Fernando Morote, para mostrarnos sin aspavientos, la realidad que nos castra, que nos deja cicatrices y una gran posibilidad para reconstruirnos y seguir instituyendo nuevas identidades, nuevas ansias por ser más que un sobreviviente.

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