domingo, 19 de julio de 2015

"La poesía debe ser como la bala que mató a Kennedy" de Pedro Flores - Paolo Astorga

La poesía debe ser como la bala que mató a Kennedy


La poesía debe ser como la bala que mató a Kennedy
Pedro Flores
(VI Premio Internacional de Poesía “Ciudad de Santa Cruz de La Palma”, 2010 – Ediciones La Palma, 2010)


El amor es el tema central del libro. Un sentimiento que casi siempre es trágico e irreconocible. Sin embargo, el poeta desde la ironía y la metáfora busca en la cotidianidad esa belleza del misterio, pero también la violencia de lo fortuito.


Escrito por: Paolo Astorga

La poesía debe ser como la bala que mató a Kennedy (VI Premio Internacional de Poesía “Ciudad de Santa Cruz de La Palma”, 2010 – Ediciones La Palma, 2010) del poeta español Pedro Flores (Las Palmas de Gran Canaria, 1968) Nos ofrece una poética donde la presencia de la muerte se nos muestra como un símbolo de lo absurdo, pero también como ese misterio que permite crear la fantasía de las ilusiones. El poeta es nuevamente ese atormentado, ese insatisfecho que busca en lo incognoscible la belleza de lo puro, pero también sabe, irónicamente, que el mundo que intenta conocer, es desolador e irracional.

Una profunda angustia existencial puebla todo el poemario. El amor es el tema central del libro. Un sentimiento que casi siempre es trágico e irreconocible. Sin embargo, el poeta desde la ironía y la metáfora busca en la cotidianidad esa belleza del misterio, pero también la violencia de lo fortuito. La labor poética de Pedro Flores es la de reconocer –cual francotirador- el ambiente y el preciso instante en donde se nos revela la majestuosidad de lo misterioso. Sin embargo, la frustración y la futilidad es más y permite conocer la condición humana, mutilada y desesperada por querer expresar, por querer enunciar un todo que, simplemente, es imposible.

Ahora bien, el amor, nuevamente, es una historia, es un tiempo, un significado. El poeta lo sabe por ello busca el símbolo por el cual pueda enunciar sus significados. De esta manera asistimos, por ejemplo, a la lectura de uno de los mejores poemas del libro:

De cuando Juan Pablo II no dejó
que el poeta (y sin embargo sacerdote)
Ernesto Cardenal besara sus pontificias
manos en el aeropuerto de Managua


Tú pudiste inspirar mejor poesía
Ernesto Cardenal

9:30A.M.
La plana mayor del gobierno sandinista llega al aeropuerto de Managua.
Juan Pablo II despierta de una cabezada en el avión.

10:00A.M.
El poeta y ministro de cultura del gobierno sandinista Ernesto Cardenal
decide que se arrodillará ante el Papa de Roma y
     besará su pontificio anillo,
su temblorosa mano.
Juan Pablo II discute con sus asesores los últimos detalles
antes de ser recibido por aquella caterva de rojos y de cholos.

10:30A.M.
Los miembros del gobierno sandinista de Nicaragua forman en la pista.
El avión de Su Santidad baja del cielo como un ángel negro cualquiera.

10:45A.M.
Se abre la puerta del avión.
Ernesto y los demás miran como Su Santidad
recibe en su colorado rostro el golpe de calor del tercer mundo.

10:48A.M.
Juan Pablo besa el suelo.
Ernesto traga saliva.

10: 51 A.M.
El polaco saluda con un mohín de empacho a la cúpula del gobierno.
Ernesto se arrodilla y se descubre la blanca cabellera
(si alguien parece un santo esa mañana es ese nombre arrodillado).

10: 52 A.M.
El poeta ministro sacerdote trata de besar las rosadas manos de Karol
pero éste las aparta como a un leproso en Ben-Hur
e increpa al poeta con el dedo admonitorio de los dibujos del catecismo.

10: 53 A.M.
El beso cae al suelo como una lágrima cayó en la arena.
Cardenal se acuerda de las mujeres desdeñosas de sus epigramas
y piensa aquéllas sí eran formas de no amarme.
El Papa se acuerda de Tacho Somoza y piensa
aquéllos labios si sabrían besar mis manos.

Yo me acuerdo de una noche con luna en Getsemaní,
eso sí que fue un beso.

Como observamos el simple acto simbólico de un beso, es el pretexto para hablar sobre la condición de amante y la vida misma que se pierde en las contradicciones, en las más grandes pasiones y violencias. No obstante, hay que entender que es allí, en esa dualidad contradictoria, donde lo fortuito muestra nuestra verdadera cara, nuestra más transparente realidad sin espejos.

Por otro lado, el dolor envuelve nuestras imperfecciones. El dolor es la tensa desilusión del suicida que ama su cadáver y que lo muestra, cual espectáculo, para reconocerse humano. El poeta lo sabe, por ello en el poema “Lo que un gato a un verdugo”, hay un homenaje a César Vallejo, poeta del dolor, que mezcla un lenguaje crudo con la inocencia de los niños que ven en la crueldad, a veces, la frágil verdad del mundo. Leamos:

Lo que un gato a un verdugo

¡Pobre mono!... ¡Dame la pata!...
No. La mano, he dicho.
¡Salud! ¡Y sufre!
CÉSAR VALLEJO

COMO UN ASPIRANTE a matarife
aprende en la íntima geografía de los gatos
qué nervio, qué tendón y qué recuerdo
desencadenan el alarido, sueltan el esfínter,
qué tenaza en qué cartílago recóndito
de puro pánico nace mendigar la muerte.
Del modo en que aprende el cadetito
hasta dónde ahogar, hasta dónde ensartar,
la penosa frontera entre pesadilla y locura.
Como un niño inocente en su crueldad
amputa ensimismado las alas a la mosca,
le arrebata el cielo,
pero también la trampa del cristal,
así Vállejo a la poesía. Entiéndaseme.

Y entonces es la vida lo que nos destruye de a pocos y el premio consuelo es la simple memoria, la nostalgia y la melancolía. A veces, ni eso, sino solo la desilusión de no poder ya. Y es que el mundo entero fluye y lo que se hace mito apenas prevalece en frágiles memorias que el tiempo se encargará de borrar lentamente:

Antonio en Accio

DESDE EL PRINCIPIO sabías que esto
no podía salir bien;
no porque las sinuosidades de tu reina
escondan más cocodrilos que los recodos del Nilo.
No porque Octavio,
el frágil muchacho,
tenga en realidad más escamas
que un viejo centurión fronterizo.
No porque el poder de Roma sea eterno,
ni los dioses envidiosos,
ni el destino tenga lengua de áspid.
Mira a lo lejos la playa,
Alejandría, brillante y apestosa,
¿ves al hombrecillo con levita y con lentes?
¿Puedes ver su dudosa apostura entre el humo del desastre?
Se llama Konstantino
y estabas condenado porque él
cuando tú sólo seas mito y derrota,
escribirá, con la caligrafía impecable de los comerciantes,
El Dios abandona a Antonio.

Nuevamente asistimos a la dicotomía recuerdo-olvido. El tiempo que te muestra la belleza del movimiento, pero también la ceniza de lo ya ido, la derrota. El poeta sabe que su tiempo es tan ínfimo como la de un grano de arena en el universo, sin embargo, es esa desesperación nacida del apuro, lo que le permite decir, crear, existir. La angustia, otra vez, es una maestra de mundo y el poeta, con cada movimiento, el profético vigía que señala el absurdo mientras la muerte lo devora.

¡Cómo el olvido ha ido destruyendo
el mundo aquel que edificamos juntos!
GASTÓN SAQUERO

YA NO EXISTE LA CALLE en que nos vimos,
ni el pequeño y oscuro restaurante
donde por vez primera nos comimos,
mi diosa deseada y deseante.

Ya no existe la música que oímos,
el camino secreto, apasionante,
que llevaba a los cuerpos que tuvimos.
Ya no existe un lugar exuberante

en la árida extensión de mi declive.
Ya no existe aquel nombre al que quisiste;
soy su reflejo pírrico, iracundo

en el agua verdosa de un aljibe.
Soy el fantasma lunático y triste
que vaga por las ruinas de tu mundo.

En suma, La poesía debe ser como la bala que mató a Kennedy es un libro intenso y coloquial. El deseo por la inmortalidad o lo imperecedero es la ilusión de plasmarse en la inmovilidad del tiempo. La poesía de Pedro Flores es intensa, pero también desencantada de los objetos amados. Con cada poema somos partícipes de una nueva lejanía. El mensaje, es sin duda, morir aprendiendo a morir.

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