domingo, 19 de julio de 2015

La tensividad y el deseo de no hacer nada - Paolo Astorga

La tensividad y el deseo de no hacer nada


Escrito por: Paolo Astorga


“Una pelea, un pensamiento disconforme, una crítica, es tensividad, porque aporta la posibilidad de reflexionar sobre lo que creemos como verdad. La tensividad aporta en su dinámica la revisión de lo artificial y la reelaboración de los sentidos.”




En la actualidad nuestra sociedad va perdiendo su tensividad. La tensividad es aquella contradicción que permite el movimiento o si se quiere decir de otra manera la acción, la elección, la toma de partido. Cada día esta tensividad se ha sintetizado a la mera elección de objetos que construyan la idea de una vida “más llevadera”. Sin embargo, no hemos podido realmente hablar de tensividad en el sentido en que esta nos ofrezca la posibilidad de pensarnos y pensar el mundo como una necesidad imperiosa de compromiso. El compromiso es la excepción a la regla, porque supone siempre la responsabilidad de idea y acción en nuestros actos, en nuestras elecciones. La falta de tensividad en el mundo ha permitido que la idea de sometimiento y control sea más tolerable. Grandes medios que manejan el mensaje, que controlan el sentido de los símbolos ya no controlan la sociedad desde la prohibición, sino más bien que su estrategia es la liberación de la misma, de sus instintos primitivos en pos de una vida que prepondere al bien como un fin que culmina con la anulación de los problemas y el acercamiento del hombre a una felicidad por el dolor y la anulación del pensamiento.

Supongo, entonces, que la tensividad es indispensable para conocer el mundo. Una pelea, un pensamiento disconforme, una crítica, es tensividad, porque aporta la posibilidad de reflexionar sobre lo que creemos como verdad. La tensividad aporta en su dinámica la revisión de lo artificial y la reelaboración de los sentidos. Tensividad es crisis, pero no la derrota del pensamiento, del cuestionamiento, sino al contrario, es el avivamiento de las visiones, de la contemplación. Aunque en apariencia la calidad de vida actual un “estar bien”, no se puede (ni se debe) anular la negación, el cuestionamiento, la tensividad que permite el entendimiento. Sin embargo, es ilusorio pensar en ella como una tendencia masiva. La tensividad, es decir, esa actitud contemplativa y cuestionadora de la realidad “perfecta” es siempre de minorías. No obstante, es necesaria para que la libertad sea realmente libertad.

Y es que la tensividad es siempre ambivalencia, un pulsar de fuerzas contrarias, pero a la vez –paradójicamente– recíprocas y complementarias. ¿Cómo saber si estoy bien, si no he conocido la idea de malestar? ¿Cómo creer en la idea de felicidad, sin experimentar lo que creo es infelicidad? No se puede anular en ningún momento la tensividad, pero sí se la puede reducir o negar. Una estrategia muy común del sistema capitalista, es sin duda, el acceso al bienestar como la posibilidad de cubrir todas las necesidades posibles (económicas) del hombre y mantenerlo en un estado de poder adquisitivo para que sienta que todo anda “bien”. Sin embargo, la tensividad es siempre la idea venenosa del accionar. La influencia masiva intenta anular el pensamiento (que siempre es tensividad) haciendo que la experiencia del consumo, de la adquisición sea validada, legitimada y hasta elogiada por la masa que me ha significado como “el bien”, el modelo. El mero hecho de adquirir, de tener, es la puerta para la relajación, el signo de estatus, de progreso, alegría, felicidad y, por ende, vida.

Pero entonces ¿cuál es la tragedia? Aparentemente no la hay, sin embargo, existe una urgencia: La de descargar tensiones, la de relajarse y “vivir la vida”. Relajarse es en sentido estricto despejar la mente de todo lo que nos angustia. Es un imposible. No obstante, el relajarse es un dogma en el mundo actual y no solo porque nos ofrece la posibilidad de olvidar, sino también, porque es un estado que nos da una ilusión de inocencia, de desconexión, nos da la idea de que la responsabilidad es inexistente.

¿Pesimismo? No. La tensividad es simplemente la consecuencia de la contemplación, de la profunda observación. Es el desarrollo de las ideas, el proceso de la concepción de un mundo. Yo estoy en tensión cuando cuestiono y me cuestiono. Empero, es casi imposible encontrar el sentido en un mundo donde las tensiones son simplemente desvanecidas por el pensamiento único o la ilusión del consumo. Pensar es inconformismo, en cambio, adaptarse a los esquemas socialmente “correctos” es vivir bien, es mantener un aparente equilibrio, un bienestar. Negar, es imposible en un mundo de afirmativos, de posibilidades comprables. Lo artificial es cada día más natural por su característica de necesario, esto nos niega la posibilidad de reformular, de cuestionar, de crear y ser múltiples.

Queremos un mundo sin tensividad, porque nos es más fácil de navegar. Pero la tensividad no se puede anular con el simple desear. Es la naturaleza misma de la vida. La necesaria negación que nos permite contemplar la belleza del mundo. La mirada tensiva es, y debe ser siempre, la que busque esa negación que nos permita desarrollar la sensibilidad más que la utilidad. Sin embargo, no se puede pretender mucho en este mundo. La contemplación es casi nula en una sociedad que busca el debate en lo banal o acercarse a la relajación total de sus tensiones. La relajación no busca ya nada, no intenta, no proyecta la construcción, sino solo la aceptación de un orden y nada más.

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