lunes, 6 de julio de 2015

Pensar la escuela - Paolo Astorga

Pensar la escuela
Una pequeña reflexión sobre la experiencia de enseñar



Escrito por: Paolo Astorga


“La educación emocional es la educación del compromiso. El docente no debe solo “llenar” de saberes a sus alumnos, sino hacer que estos se involucren con sus propias vidas y con los demás. La empatía resulta trascendental en la escuela, sobre todo en aquellas (las muchas) donde los problemas de índole emocional afectan sobremanera a los alumnos.”


En el apasionante libro de Juan Casassus La educación del ser emocional (Cuarto propio – Índigo, 2007) nos dice que el verdadero aprendizaje es el establecimiento de relaciones más allá de la clásica idea de la mera “recepción de conocimientos”. En palabras de Casassus “El aprendizaje tanto el cognitivo como emocional se logra a partir de una relación que refleja cierto tipo de contacto emocional.” (p. 241) Como vemos son las relaciones emocionales las que permiten entendernos y aprender de manera tal que es posible lograr la significatividad, pero también, si estas son mal conducidas, las que nos alejan del fin educativo y fomentan la verticalidad y rigidez del sistema educativo.

El autor en un pasaje llamado “La escuela anti-emocional”, parte de las teorías de Michael Foucault sobre “vigilar y castigar”, es decir, el uso de la biopolítica como sistema ordenador y disciplinario dentro de la escuela para construir por medio de la dominación y el control la escuela anti-emocional. Cassasus nos dice que la escuela “tradicional” intenta desparecer la emocionalidad en pos de una disciplina, el control, de un “aprendizaje” homogeneizado y unilateral. “En la escuela anti-emocional la pregunta fundamental que se hacen los directivos y docentes es “¿qué debo hacer para que los alumnos hagan lo que yo quiero?” Por ello, la escuela emocional, es en primer lugar, una escuela de sometimiento y dominación.” (p. 236), Como observamos la escuela es desde un punto de vista clásico, un espacio ideologizante, en donde lo que importa más es la “formación” por medio de las medidas de control y sometimiento. Lo emocional, sin embargo, en la escuela anti-emocional es totalmente inadmisible y peligroso porque conlleva a una autonomía, a una liberación del yo. El alumno emocional elige por ende, es consciente de lo que lo rodea. Una escuela emocional escapa del mero aprendizaje cultural (o acultural en muchos casos) y se presenta más como la de una comunidad interrelacionada que la de una idea de simple institucionalidad.

Es un hecho: Un alumno jamás aprenderá o será totalmente reticente a la escuela si emocionalmente no hay una empatía entre los miembros que la componen. Veo con mucha tristeza como la escuela del siglo XXI es una escuela que aún permite y legitima a la escuela tradicional desde sus más terribles preceptos anti-emocionales. Es mucho más importante para esta escuela el alumno del rendimiento que el alumno del cuestionamiento, de la autonomía. Veo, en muchos casos, que los docentes ni siquiera logran tener un contacto emocional con sus alumnos, ni tampoco diálogo, afectividad, ni nada. Muchas veces he podido constatar (sobre todo en escuelas donde la población estudiantil es apabullantemente grande) que no pueden ni designar al alumno por su nombre, ya que no lo conocen.

La educación emocional es la educación del compromiso. El docente no debe solo “llenar” de saberes a sus alumnos, sino hacer que estos se involucren con sus propias vidas y con los demás. La empatía resulta trascendental en la escuela, sobre todo en aquellas (las muchas) donde los problemas de índole emocional afectan sobremanera a los alumnos. Pero, hay algo más que como docentes debemos entender: La finalidad de la educación es, sin duda, generar en los alumnos la rebeldía. Me explico. Urge en los maestros un espíritu desmitificador, un espíritu de acción trascendental. El maestro debe entender a sus alumnos y potenciar sus capacidades para que pueda vivir y pensar con autonomía. Que sea él y pueda elegir.

Personalmente, no concuerdo con los maestros que llenan la cabeza del estudiante, pero no los enfrentan a tomar decisiones por ellos mismos o no les permiten ser creativos o ni siquiera se les ocurre, motivarlos a CREAR. Cuando me propongo teorizar sobre lo que debería ser un maestro, me digo siempre que la identidad misma del docente no es ni la de un formador, ni la de un transmisor, sino la de un creador. Nosotros los docentes debemos crear y generar alumnos creativos. Es urgente entender esto, sin embargo, también es urgente salir de la mediocridad de los manuales. Conozco a muchos colegas que se dedican al “manualismo”, es decir, a encontrar aquellas “estrategias” dictadas en las cada vez más cuestionadas “capacitaciones” donde se ofrecen centenares de propuestas educativas, pero casi nunca se permite al mismo maestro ser el responsable de los cambios del sistema educativo.

Es cierto, la educación en nuestro país más allá de buscar una pedagogía de la libertad como diría Freire, está cada vez más parametrada en la idea de rendimiento que dictan las grandes economías mundiales. No se busca tanto que nuestros alumnos se desarrollen en un espacio emocionalmente equilibrado y con oportunidades para el ser democrático y creativo, sino que se los esfuerza por la competencia y el revanchismo, por la homogeneización y el pensamiento único. No hemos construido en ningún momento identidad, lograr que el alumno se conozca así mismo, es decir, casi nunca permitimos a nuestros estudiantes a reconocer sus virtudes y necesidades tanto académicas como emocionales. No hemos permitido, como docentes, que nuestros estudiantes puedan ser siendo, en otras palabras, que nuestros estudiantes puedan lograr con sus propias acciones, con su creatividad, con sus posibilidades de acción, generar un camino propio al desarrollo integral, a su autonomía.

Sin embargo, me temo que esto es aún una gran utopía. La escuela en general es simplemente un lugar y no una posibilidad. Vemos a la escuela como un mero momento en la vida y no como una posibilidad para desarrollar al ser humano en todo lo que tiene de humano. Nos urge la necesidad de construir relaciones de confianza y ser cada día más motivantes. Las soluciones no son formuladas sobre la mera base programática del aprendizaje, muy por el contrario, solo cuando el diálogo y la participación conjunta son parte de la realidad educativa podemos hablar de desarrollo. Veo que aún persiste la idea de los desiguales. El alumno es un salvaje a quien debo “civilizar”. No obstante esta risible postura decimonónica es muchas veces legitimada por una escuela que busca el control más que el poder de la rebeldía creativa. Lo sé, es más barato, más común, más normal hacer de un estudiante una máquina de la producción, un chico encaminado en la vida y que logre con orden y puntualidad los objetivos que “la vida” tiene para ellos. Sin embargo, creo fervientemente en que la verdadera escuela debe construir en primer lugar identidades capaces de enfrentarse al futuro teniendo como base los deseos de los estudiantes sin menospreciar ninguno, sino intentando en lo posible encaminar la libertad y la empatía. El problema de la escuela que no permite lo emocional es la prohibición por sobre encima del talento o la vocación. El docente no debe restringir jamás la imaginación, la creatividad o el talento, sino que debe de tener la paciencia y perseverancia para luchar por hacer que los estudiantes puedan sacar a flote esos talentos y hacer que se tome conciencia de la importancia de los mismos para forjar una sociedad más justa y solidaria.

Entonces, aprender debe ser inicialmente conocerse a sí mismo y luego ponerse en el lugar del otro. El fin de la educación no puede ser el egoísmo o la idea de competencia. La educación de calidad es aquella que permite construir personas con capacidad reflexiva y creativa, pero también con un  profundo conocimiento de sus emociones, de sus posibilidades de vida. Aprender es un constante observar, es una pedagogía de la contemplación, de la reflexión y la acción. No se puede educar dando grandilocuencias académicas, sino, comprometiéndose a generar una comunidad cuyos objetivos se establezcan con equidad y democracia. La participación conjunta no es solo una estrategia, es el fin. He allí el detalle. La calidad educativa, no es, ni será jamás “la nota más alta”, sino el cambio sustancial de la sociedad en una más consciente, equitativa y democrática.

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