domingo, 12 de julio de 2015

Pequeña confesión sobre hacer lo de siempre - Paolo Astorga

Pequeña confesión sobre hacer lo de siempre



Escrito por: Paolo Astorga


“El maestro no es solo un vehículo de cultura, sino un desestabilizador, un aguafiestas. Debe enfrentar a los alumnos con la realidad, con los problemas y hacerlos salir de sus hermosas y seguras zonas de confort. Hacer lo de siempre es vivir de la seguridad de lo inmóvil, de la inercia, en cambio, enfrentarlos a la realidad es hacerlos elegir, hacerlos crear, volverlos seres conscientes de sus propias vidas.”




Improvisación en el ámbito educativo es una palabra indeseable. Denota desconocimiento, ignorancia y falta de preparación. A mí personalmente me han tildado de improvisado muchas veces porque no he seguido al pie de la letra el programa educativo que se “sugiere” al docente para que los estudiantes “lleguen” al logro esperado. Y muchas veces me he salido del programa porque he reconocido que mis alumnos son muy interesantes, son extraordinarios. De ellos he aprendido que la verdadera finalidad de la educación nunca ha sido hacer lo de siempre de ese programa –sin desmerecerlo, claro está–, sino encontrar persistentemente la posibilidad para crear. Esta semana que pasó, por ejemplo, fue la poesía. Tuve la posibilidad de ofrecer un aburrido análisis de las formas y el contenido y luego hallar las “figuras literarias” o hacer una aburrida medida de “las sílabas poéticas”, pero más me interesó lo que sentían mis muchachos. El simple hecho de preguntar ¿Tú que piensas sobre el poema que acabas de leer? ¿Qué impulso a este ser humano a crear dicho poema? ¿Por qué crees que usa ese tipo de lenguaje? Y darme con la sorpresa de que muchos no se quedaban callados, sino que intentaban establecer una relación –muy personal, por supuesto– me dio una clave: La educación no es transmitir, sino enfrentar

El maestro que hace lo de siempre, ha aprendido que la rutina siempre funciona. Conozco muchos colegas que ya se saben su clase “de memoria”, que ya saben qué enseñar y qué decir, porque eso es lo que siempre han hecho. Sin embargo, no siento ninguna vergüenza al decir que yo no puedo hacer eso. No voy a negar que a mí me hubiera gustado tener todo ordenado y que mi programación se aplique con precisión suiza siempre y que lo que hago una y otra y otra vez resulte de lo mejor. No puedo hacer siempre lo mismo. Incesantemente hay algo nuevo, porque son mis alumnos los que me enfrentan ante la posibilidad. No puedo ser un transmisor, porque soy muy malo para la rutina. Hacer lo de siempre es transmitir, sin embargo, enfrentar es acercarlos a la posibilidad de elegir y crear, de inventar el sentido propio de las cosas, hacerlos pensar y que esas ideas sean el sustento para su propia conciencia. El maestro no es solo un vehículo de cultura, sino un desestabilizador, un aguafiestas. Debe enfrentar a los alumnos con la realidad, con los problemas y hacerlos salir de sus hermosas y seguras zonas de confort. Hacer lo de siempre es vivir de la seguridad de lo inmóvil, de la inercia, en cambio, enfrentarlos a la realidad es hacerlos elegir, hacerlos crear, volverlos seres conscientes de sus propias vidas.

Por eso amo la improvisación, entendida como aquella capacidad para observar y transformar lo común en una posibilidad para el diálogo, el debate o la creación. Para mí la improvisación es la actitud comprometida del docente para actuar frente a los desafíos que se presentan en el contexto real de una clase, del ahora. El docente que improvisa no es un ignorante, sino que ha visto que existen problemas y objetivos que cada contexto determina y particulariza. Enseñar es un interactuar y en ese interactuar hay una constante creación, una actitud de innovación donde el alumno no solo es el protagonista, sino también, el constituyente de sus propias ideas y anhelos. Si no logramos que nuestros alumnos nos interrumpan, destruyan la “excelencia” de nuestros programas con sus dudas, con sus deseos, no podemos hablar de que tenemos un grupo humano que quiere aprender. Creo, sin lugar a dudas, que es en el cuestionamiento al profesor, en esa curiosidad despierta en la pregunta y el enfrentamiento con los problemas, donde el maestro y el alumno realmente interactúan.

Por otro lado, no pienso que la escuela sea un lugar exclusivo solo para el aprendizaje, en primer lugar porque sé que mis alumnos siempre están aprendiendo, desaprendiendo y reaprendiendo en todo lugar y momento. Sin embargo, observo que son en los momentos espontáneos, allí donde quizás nacen preguntas tan tontas como: “Profe, ¿supo que ya se estrenó la nueva película de Dragon Ball, qué le parece que hayan revivido a Freezer?”, puede darme la posibilidad de hablar de múltiples temas que me van a enfrentar ante la posibilidad de reflexionar, pensar y crear. El simple hecho de la pregunta me permite quizás construir mis verdaderas estrategias para llegar al alumno y acercarlo a lo que desde mi particular punto de vista es la educación: que los alumnos logren la libertad, la autonomía de sus propias vidas. Puedo en algún momento, pedir al alumno que analice por qué muchas personas son fanáticos de ese anime japonés, o hablar de la idea del héroe y del villano, o dilucidar sobre las relaciones humanas y la violencia, etc. Tomar en cuenta las interrogantes de los alumnos, por más intrascendentes que parezcan, pueden aportar a la clase y permitir no solo el debate, sino el conocimiento, la empatía, la comunión y hasta la toma de conciencia. Creo que mientras más lejanos estamos de los estudiantes, de sus problemas, de sus sueños, de su mundo, más lejanos estamos también de la creatividad, de la comunicación, de la verdadera educación.

Lamentablemente, no se puede cambiar nada, si es que primero no cambiamos nosotros. El miedo de pensar diferente las cosas, de tomar riesgos, es un síntoma crónico de nuestra sociedad que enarbola la seguridad, antes que la posibilidad. La costumbre es peligrosa en la escuela, pues condiciona a hacer lo de siempre. Intentar algo nuevo es siempre arriesgarse a fallar, pero también a conocer otros aspectos que la rutina no permiten: El entendimiento, nuestra independencia. Soy un convencido de que todo acto rebelde, “destructivo” es al fin y al cabo un deseo por ver desde otro punto de vista la realidad. La creatividad para el que hace lo de siempre y no se deja llevar por la posibilidad de hacer lo nuevo, es una herramienta más y no la finalidad suprema a la que se apunta no solo en la escuela, sino en la vida misma.

En suma, no creo en la mecanización, ni mucho menos en la pulcritud de enseñar lo que está escrito al pie de la letra. Enseñar, si es que es posible, es enfrentar a mis alumnos ante la posibilidad de reflexión, de creación, de actuar frente a la realidad. Cada día me convenzo más que el cuestionamiento es central en la escuela, pues no solo compromete, sino que nos forma, nos vuelve protagonistas de nosotros mismos.


1 comentario:

  1. Estoy en acuerdo contigo Paolo Astorga, yo que estoy en prácticas pre profesionales me he dado cuenta que conforme realizaba las sesiones todas ya tornaban monótonas del solo hecho de la motivación hacia adelante, por ello me salía de lo establecido fomentando así el interés y no el aburrimiento por lo literario. Enseñar figuras literarias suena en el colegio como algo aburrido, pero cuando lo sabes orientar se genera un tema de interés para los chicos.
    Es por eso que estamos en la capacidad de transformar esas sesiones en algo productivo y no de cosas monótonas, osea contextualizar lo que saben dentro de la sesión algo así como improvisar, eso no significa ser ignorante como lo dices, en nuestras manos está que los chicos sean competentes en la vida. Comparto tu buena acotación al mundo.

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