domingo, 9 de agosto de 2015

La poesía y su vivencialidad - Paolo Astorga

La poesía y su vivencialidad
Una breve experiencia

Escrito por: Paolo Astorga


“Nuestro lenguaje cada día se convierte en esa neolengua de la que se habla en 1984 de George Orwell, un lenguaje que no diga más de lo que se debe decir, una simplificación extrema del mismo para que mantenga el orden y el poder que se esfuerza por mantener su ejercicio.”


Hace unos días con mis alumnos leíamos algunos poemas del libro 5 metros de poemas de Carlos Oquendo de Amat. Con gran sorpresa para los alumnos que están poco acostumbrados a lo extraño, veía caras de sorpresa desde el momento en que les mostré el libro que tiene una extensión considerable y se despliega “como se pela una fruta”. Los alumnos no solo quedaron desconcertados con el libro, sino también con los poemas. No tardaron las reacciones como: “Profesor, no entiendo nada”. “Profesor qué loco ese poeta”. “Profe, lo que escribe son incoherencias”. Y cosas así. El reto que planteé a mis estudiantes fue establecer una relación del poema leído con una palabra y luego explicar la relación entre la palabra y el contenido del poema. Muchos alumnos no tardaron en establecer dichas relaciones y, como era de suponerse,  casi todos establecieron relaciones distintas respecto a su experiencia con los poemas. Sin embargo, muchos se acercaron a mí para preguntar si estaba “bien” sus relaciones entre la palabra elegida y el poema.

Esta experiencia me permite reflexionar brevemente sobre la necesidad de definir al aprendizaje como una “vivencialidad”, es decir, como una experiencia donde doto de significado al mundo y a mi mundo. Los poemas de Carlos Oquendo de Amat generaron la posibilidad de establecer relaciones subjetivas. La poesía generó no solo la emotividad, sino la tendencia de volver a las palabras y enriquecerlas.

El mundo es nuestro lenguaje. Todo lo que nombramos, lo que pensamos, lo que sentimos, nuestra vida misma, requiere del lenguaje para ser, para adquirir un sentido y un significado. Necesitamos el lenguaje para ordenar el “caos” del universo, sin embargo ¿quién nos da el lenguaje? ¿Por qué el lenguaje debe dar un sentido a todo? ¿Qué es lo que contiene y transporta el lenguaje?

El simple ejercicio de establecer relaciones significativas en los poemas leídos en clase tenían para mí una gran necesidad: destruir el sentido común de las palabras y poder ingresar a la posibilidad, a la riqueza de la expresividad. Para nadie es mentira que el mundo de hoy ha reducido al lenguaje a un orden significativo, es decir, ha dictado que las cosas son lo que son y no pueden ser otras cosas. La escritura literaria permite destruir ese orden del hábito y establecer la confrontación de nuestras creencias contra nuestros sentimientos. Hoy, aunque se nos dice hasta al hartazgo que vivimos en un mundo de la emocionalidad, lo concreto es que lo esencial de la sensibilidad ha escapado a nuestros ojos que están ansiosos solo por el espectáculo del mirar, pero no por el asombro, por la significatividad de la mirada atenta. Nuestro lenguaje cada día se convierte en esa neolengua de la que se habla en 1984 de George Orwell, un lenguaje que no diga más de lo que se debe decir, una simplificación extrema del mismo para que mantenga el orden y el poder que se esfuerza por mantener su ejercicio. Por ello, la vivencialidad de la literatura, de la poesía concretamente, es siempre una deconstrucción del mundo en el lenguaje que se hace metáfora.

La metáfora es el único nexo que nos queda para la creación. El que metaforiza establece relaciones con la realidad y sobre todo expande el pensamiento, lo dota de humanidad. El hombre es un ser de símbolos y significados. Lo que él hace o crea es significativo y tiene una parte de este. No obstante la modernidad que alimenta la indiferencia y el disfrute pasivo antes que el cuestionamiento plantea que el lenguaje sea transparente. Que “A” sea “A” es el dogma. O mejor que no sea nada. Que lo que se entienda sea simplemente un ruido.

Entonces, la poesía es aprender a no solo entender, sino a doblegarse en la posibilidad de los sentidos. Cuando leí en el colegio mis primeros poemas, fueron los de Poeta en Nueva York de Federico García Lorca. Me sentí apabullado por el libro, pero me sentía atrapado por sus estupendas imágenes, por la necesidad de expresión. Entendí que la poesía te debe hincar o apuñalar. Que debe apuntar a destruir los muros de la comunicación transparente. Viendo a mis alumnos “sufrir” por tratar de entender a Carlos Oquendo de Amat, no es un verdadero sufrir. Sé que muchos entendían sus poemas. El simple hecho ya de entrar en la crisis de “no entender” es un camino seguro al entendimiento. Sin embargo, el fruto más apasionante de la experiencia fue que no solo pedí que establezcan la relación palabra-significado, sino que construyan ellos mismos, bajo la influencia de las musas del lenguaje, poemas que tengan un parecido estilístico con el de 5 metros de poemas. Aunque suene totalmente extraño, leer poesía de un alumno al que muchos consideran el palomilla, el bruto, el que no tiene imaginación, y luego reconocer su lenguaje, su cuidado en las palabras y su anhelo por querer decir lo indecible, es allí donde uno comprende que el lenguaje es un tremendo don para constituirnos como seres humanos.

1 comentario:

  1. Muchas gracias por compartir estos conocimientos, a mi me gusta escribir cada cosa que se me ocurre ...

    saludos .

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