lunes, 3 de agosto de 2015

La sociedad de la contemplación - Paolo Astorga

La sociedad de la contemplación


Escrito por: Paolo Astorga


“Contemplar es estar dispuesto a imaginar. Contemplar es estar dispuesto a perder el tiempo. Pero lamentablemente tendemos a ser muy sofisticados, a ser terriblemente productivos. No hay tiempo para nada o, si lo hay, nuestros deseos y responsabilidades reducen ese precioso tiempo a un simple trámite que casi por inercia debe cumplirse.”


Muy pocas veces podemos contemplar lo sencillo. La contemplación misma es una actitud muy extraña en nuestra época actual. Estamos tan llenos de todo: de trabajo, de aparatos, de actividades por hacer, de deseos y movimiento, que apenas y nos alcanza el tiempo para “desperdiciarlo” en algo tan intrascendente como la contemplación. Y sin embargo, la contemplación es un acto de sencillez. Personalmente a mí me encanta la contemplación, porque es una actividad significativa que trasciende el mero coleccionar, el mero acumular. Nuestra sociedad actual se ha esforzado a sentir el mundo desde lo espectacular. Queremos siempre que en nuestro ocio exista la novedad, el espectáculo que nos mantenga “despiertos”, que nos excite, que nos aparte de toda responsabilidad. Nuestra vida misma la hemos vuelto cada vez más compleja con el fin de despojarnos de nosotros mismos y dotarnos de una artificial tendencia del deber. Un trabajador, un estudiante, un señor o señorita cualquiera viven en una vida que prepondera la cuantificación. Tenemos que hacer más, amar más, ser más, vivir más, estar más despiertos, rendir más. Sin embargo, la sencillez de la contemplación no admite las cuantificaciones.

Contemplar es estar dispuesto a imaginar. Contemplar es estar dispuesto a perder el tiempo. Pero lamentablemente tendemos a ser muy sofisticados, a ser terriblemente productivos. No hay tiempo para nada o, si lo hay, nuestros deseos y responsabilidades reducen ese precioso tiempo a un simple trámite que casi por inercia debe cumplirse. Despertar, tomar desayuno, ir al trabajo, al colegio o a la universidad, trabajar, estudiar, producir, comer, ver un poco de televisión, chatear por Facebook y luego dormir. Nuestra vida se contabiliza en acciones de las cuales casi nunca reparamos, casi nunca les encontramos un sentido que vaya más allá del mero hábito. La contemplación es un acto contrario al mero sumar. Es encontrar sentido a lo que hacemos a partir del asombro de lo sencillo. Esta modernidad es tan apabullante que a veces los únicos momentos de contemplación son a través de la ventanilla del bus. Pero decía que contemplar es imaginar y claro, también es rehusar a lo coleccionable. No obstante, quizás el mayor don de la contemplación es la introspección. En un mundo que cada vez vive del mostrarse, de la total transparencia, la contemplación de lo sencillo es una actitud interiorizante. Con esto no me refiero a examinarnos solo moralmente, sino reflexionar sobre lo que hacemos y lo que somos. Quien pierde la capacidad de ver, está condenado a una ceguera de los sentidos, por más excitados que estos estén, solo podrá sentir, más no entender lo que lo rodea. Y de eso se trata el contemplar: De entender lo que nos rodea. ¿Y qué es entender? Establecer una relación con el mundo en el que vivimos, saber que no somos una máquina de producir, sino un ser humano.

Obviamente no me hago muchas ilusiones. La sociedad de la sencillez es prácticamente imposible en el mundo de lo útil. Todo es hoy un devenir hacia el ruido y el orden establecido por lo habitual, por el espectáculo de lo actual. Nuestros deseos se reducen al adquirir lo nuevo, pero jamás a saber por qué debo tener lo nuevo. Vivir es, para muchos, un movimiento de actualizaciones, pero no una profundización de lo que vemos. La mirada es un receptor de lo inútil con la finalidad de obtener placer. La contemplación sin embargo, una necesidad que trasciende el placer. Es la posibilidad de un nuevo lenguaje, la desestabilización del orden. Cuando contemplamos entramos en una crisis: La conciencia. Lamentablemente el lenguaje es también habitualizado, el lenguaje debe contabilizar antes que narrar. Nuestras historias se reducen al chisme y muchas veces solo a una sofisticación de la técnica del comprar y vender. El fin último de nuestra sociedad es la de tener y luego significarse. Por ejemplo: Al comprarme el nuevo celular sofisticado, soy porque tengo, es decir el objeto me ha hecho ser, es mi nuevo capital simbólico frente a los otros que me verán como un ser exitoso o por lo menos interesante. Además con el nuevo celular puedo hacer cosas que no puedo por naturaleza. El celular me repotencia, me sofistica. Sin embargo, hay una paga: estar conectado, pendiente, atento a mi celular las 24 horas. Soy mucho más, pero a la vez he reducido mi tiempo para mí al estar pendiente de los otros.

¿Le damos un sentido a lo que hacemos? No, muchas veces ni sabemos realmente si lo que hacemos es significativo. El aprendizaje de vivir es un adaptarse. Si resulta vivible mi vida (digamos: despertar, comer, trabajar, ver televisión y dormir) entonces no hay de qué preocuparse. La vida que se reduce a una satisfacción de las necesidades básicas no es vivir en la sencillez, sino en el escape del pensamiento, del contemplar. Si yo puedo contemplar lo que hago, es decir, reflexionar sobre mis actos, es imposible no comprometerse, cuestionar o adquirir significativamente una postura. La actitud contemplativa es una actitud que trasciende el mero conocimiento, es en todo caso, un reconocimiento de lo que soy y lo que significo. Reconocerse es siempre un análisis, pero también un compromiso. Tener compromisos en esta época resulta risible, inútil y ridículo. Y es que el que ha aprendido a contemplar el mundo antes que consumirlo corre el riesgo de ser tomado como un loco. Sin embargo, la contemplación es siempre una resistencia. La resistencia es el pensamiento tensivo, es decir aquel que se enfrenta a su positividad, a su “todo está de maravillas” para encontrar en esa dialéctica un sentido personal, un compromiso.

Lo actual tiende a hacernos sentir en una profunda relativización de todo lo que creemos como concreto. El único gran dogma de lo actual es la misma actualización. Soy y pertenezco a si es que puedo estar siempre actual. Estar actual supone no solo la adquisición de objetos de la moda, sino también tener el lenguaje de lo actual, pensar lo actual. No obstante la contemplación no puede pensar lo actual, porque ninguna reflexión vive de la velocidad. Reflexionar requiere tiempo, requiere de un momento trascendente, pero sobre todo, requiere de un observar. La vida es tan rica que es tonto reducirla a un desplazarse. La complejidad de lo sencillo está siempre en la creatividad del ojo, en la magia de la fantasía, en la significatividad que genera cultura. No se puede ser humano, si solo pensamos que la vida tiene un solo sentido, que lo que nos rodea es accesorio.

Contemplar debe ser una tendencia de humanización. No obstante, solo los que pueden enfrentarse con perseverancia al peso de la invisibilización, al ninguneo de la civilización de la sofisticación, podrán vivir una libertad con peso, una vida significativa, cuyo mayor logro sea ser uno mismo.


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