domingo, 23 de agosto de 2015

Vivir lo que se aprende - Paolo Astorga

Vivir lo que se aprende


Escrito por: Paolo Astorga


“Hoy, lamentablemente, la educación es un tipo de adoctrinamiento donde se capacita a una masa únicamente para la vida en el trabajo, mas no para la autonomía como ser, para que este pueda hacer de su vida una vida significativa, es decir, una en la que el protagonista es uno mismo, consciente de lo que hace, de lo que crea.”


Siempre les he planteado a mis alumnos que lo primero que deben esperar es la imaginación, la creatividad ante todo, pues, así podrán vivir de manera auténtica lo que aprenden. Sin embargo, eso cuesta mucho. Hoy en día miles de teorías, estrategias y una serie interminable de “nuevas pedagogías” para motivar a los muchachos para que aprendan mejor y se desarrollen en una sociedad ultra competitiva se presentan como posibilidades. El mundo de la técnica es el mundo al que deberán enfrentarse. Pero aun así, el problema persiste y los alumnos siguen en su sopor, en su inacción, en sus ganas de no hacer nada porque así lo dicta la “moda”.

Y es que las grandes teorías pedagógicas se han olvidado que la gran solución no existe, sino que por el contrario, la lucha por forjar mejores personas, empieza por uno mismo. Y aquí no hay pierde. El alumno adolescente que ha adquirido la conciencia de que debe mejorar, que tiene en claro sus metas, es menos propenso a sentir el peso de la realidad al salir de la secundaria. Y esto solo se logra cuando al alumno se le da el espacio para que experimente situaciones de su propia realidad para que la intente transformar. ¿Vivencialidad? Por supuesto. Sin embargo, más allá de la vivencia, está la reflexión, el diálogo y la construcción del pensamiento y de la expresión del mismo. En una escuela donde únicamente se habla en cursos y exámenes, solo quedará la huella del primer amor, el recuerdo del primer beso y el dolor de espalda o de trasero después del castigo por andar con el pelo largo o haberse “tirado la pera”. Y es que se ha generado la idea de que la escuela contiene la solución a los grandes dilemas de la nación, pero hoy la escuela es el problema más saltante de esta nación. Los estudiantes esperan siempre la motivación de buenos maestros, esperan que no solo los vean como veintes, dieciochos o ceros cincos. Los alumnos de hoy viven en un mundo controlado por el consumo y la tecnología, es cierto, pero también lo es que son seres que han despertado ante la bosta de la realidad que los reprime y reprime su forma de pensar o actuar. La rebeldía es para el adolescente la miel y el motor, no obstante en esa negatividad, en esa molestia e ímpetu degenerado, está la genialidad que un buen maestro sabe reconocer y sobre todo desarrollar.

Un adolescente, por ejemplo, solo entenderá el valor de lo que aprende si es que este aprendizaje es vivo. Cuando digo vivo, no solo me refiero a la utilidad práctica del aprendizaje, sino a su significatividad para el alumno. El problema del aprendizaje está en reconocer ello: La significatividad. Se puede enseñar cualquier cosa, se pueden generar grandes contenidos posibles y estrategias varias, pero el problema del enseñar radica en el hecho de la voluntad por aprender y, sobre todo, por hacer vivo ese aprendizaje. Para un estudiante cobra significatividad un aprendizaje cuando este le resulta agradable, cuando este aprendizaje es emocionalmente positivo para él.

Lo vivencial es siempre el intento por hacer que lo que se aprende no termine en la realización de una tarea. Hoy, lamentablemente, la educación es un tipo de adoctrinamiento donde se capacita a una masa únicamente para la vida en el trabajo, mas no para la autonomía como ser, para que este pueda hacer de su vida una vida significativa, es decir, una en la que el protagonista es uno mismo, consciente de lo que hace, de lo que crea.

Entonces hay una posibilidad que siempre está abierta: La de proponer y trabajar por una educación que se edifique bajo los cimientos de una vivencialidad y significatividad. No solo ver a los estudiantes como simples recipientes vacíos a los que hay que ofrecerles “herramientas” para que puedan desenvolverse en la vida diaria, sino, rescatar el lado más trascendente de ser: Sus más profundos sueños, esos que trasciende el saber y se conecta con la persona antes que con el mero aprendiz. No se puede, por lo tanto, enseñar, si no somos lo suficientemente observadores de las potencialidades de nuestros estudiantes para ofrecerles la posibilidad de que pongan en práctica sus cualidades y logren la significatividad de vivir. Un estudiante que canta, un estudiante que escribe, que lee, que interpreta, conversa, ríe, llora, corre, cuenta chistes, cuestiona, infiere, no es solo un desarrollador de sus propias capacidades, sino un aventurero en la búsqueda de sí mismo y de los demás. Esperar que este sea como un único modelo, es simplemente reducirlo a un ser intrascendente, pero útil para apretar botones.


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