domingo, 27 de septiembre de 2015

Breve reflexión sobre expresar y mostrar - Paolo Astorga

Breve reflexión sobre expresar y mostrar


Escrito por: Paolo Astorga


“El que expresa está en un compromiso y a la vez en una resistencia. Es una voz que dice, que aporta en el sentido de que su discurso no se supone solo a la importancia, al estatus, sino al mensaje.”


¿Expresar es mostrar? Por supuesto que no. Expresar es construir, crear. Mostrar es simplemente vender, es cosificarse con el fin último de ser consumido como se consume un rico bife. Pero hoy, expresar significa un mostrar. Lo vemos en las redes sociales, lo observamos en el espectáculo, allí donde los seres humanos ya no valen por sus creaciones, sino por su imagen. Esta imagen es siempre una virtualidad, es siempre una acumulación de espectadores que observan, que califican binariamente (me gusta o no me gusta), pero que ya no pueden narrativizar nuestro valor en cualidad.

Y es que hoy expresar supone siempre una narración, una interpretación del mundo en tanto este se aproxima a mí como una posibilidad creativa. El que expresa está en un compromiso y a la vez en una resistencia. Es una voz que dice, que aporta en el sentido de que su discurso no se supone solo a la importancia, al estatus, sino al mensaje. Su finalidad no es la utilidad, lo práctico, lo consumible, sino que se fundamenta en la crítica, en el desafío de lo real, de lo natural. Toda expresión siempre golpea, desestabiliza nuestra tradicional forma de ver y sentir lo real. He allí su naturaleza creativa y a la vez destructiva.

No obstante el mostrar es hoy un componente que busca la aceptación, la importancia como una acumulación de likes. Mostrar es un deseo de vencer los vacíos de autoestima, es ofrecer el cuerpo no como una creación, no como una crítica, sino como un objeto que debe comerse. El mostrar está próximo al canibalismo, a una antropofagia donde el otro es mi objeto de deseo en la medida en que yo lo puedo comer, consumir, hasta el punto en que me resulte útil. Me genera placer, me da un disfrute, un entretenimiento, a veces espectacular, pero no un significado que me permita llegar a la cualidad del pensar profundo.

La expresión es siempre un proceso pensado, por ende, se aleja del mostrar, porque se aleja del objeto y se convierte en símbolo. Además hay un anhelo por la significación, por el sentido. El gran problema es que no existe o ya no se quiere que exista una razón para el hombre expresivo. El mundo mismo se está saturando de pérdidas que ya no se sienten. Mostrar, entonces, es un movimiento neutralizado, es un proceso biológico que debe ser cumplido para ser aceptado y sentirme bien, pues es en última instancia eso, sentir el bien lo que me hace ser lo que soy.

No me hago ilusiones, el mundo del expresar no es masivo. No es siquiera, a veces, visible. La expresión es un acto y por ende un compromiso solícito, sin embargo, es también una postura frente a otro, frente a un modelo. He allí la rebeldía del expresar, un no someterse. Es obvio entonces que si no expreso soy lo que soy y eso que soy es tan perfecto como una piedra.

Mostrar no generará ningún riesgo, sino seguridad. Eso es lo que se busca, sin duda, pero para lograrlo hay que naturalizarse, hay que cosificarse. Yo soy una cosa que debe ofrecerse, que debe rentarse. Poseo y puedo ser poseído y soy ícono y soy la cantidad que me hace tener un valor. No soy el valor, sino que tengo que tener valor. Una foto colgada con innumerables efectos no busca expresión, sino la mayor cantidad de likes, la mayor cantidad de valor. El me gusta, el comentario “bonito(a)” es el deseo inconmensurable de ser parte de un todo que exige vaciarse, que pretende la unilateralidad, la neutralización.

De esta manera ¿Expresar es estar fuera de la oscuridad de la caverna? Efectivamente, no obstante, hay un profundo problema: la fealdad. Es feo, horrible lo que hay fuera de la caverna. La caverna es un lugar cálido, estoy bien equipado de provisiones y demás comodidades. Los animales salvajes no pueden entrar, pues, hay una gran roca que tapa la entrada y no me preocupo en ningún momento de las severidades del clima. La caverna es mi bienestar. Y es justamente mi bienestar el que me permite ya no preocuparme, de esta manera me muestro y no tengo la necesidad de expresar, de pensar, de sentir. En cambio, si por algún motivo salgo, si por curiosidad, asombro o “estupidez” salgo de la caverna, lo que voy a ver, lo que voy a sentir es feo, horrible, difícil. La negatividad y la posibilidad serán enormes y diametralmente distintas a la vida en la cómoda caverna. Fuera de la caverna no me muestro, sino que tengo que actuar, tengo que expresar. La actuación será mi mayor invento, será mi mayor deseo. No soy cosa, no soy tan quieto y perfecto como una piedra, sino que de ahora en adelante tendré que inventarme un sentido, tendré que expresar una forma de ser y de actuar. La muerte me rondará día y noche y esta tendrá un sensual y terrorífico nombre: soledad. Expreso porque no estoy conforme, porque hay una carencia que me impide la quietud. Mi vida es solo cuando hay posibilidad y actúo.

De esta manera ¿nuestra sociedad está encerrada en su inmediatez por el mostrar? Me temo que sí. El mostrar es causa – efecto, es te doy y me das, es el movimiento perpetuo de lo repetitivo, de lo nuevo en apariencia, de una pérdida de lo histórico como identidad. Muestro hoy mi cuerpo desnudo, el sentido es solo tener una cantidad determinada de visitas. Mi cuerpo no es símbolo, mi cuerpo es solo la tendencia viral de un momento que urge ser consumido y olvidado para que aparezca otro y así.

Expresar, entonces, es disminuir la velocidad. Es perforar lo perfecto con lo feo. Esa verdad que ya Friedrich Nietzsche advertía en su fealdad, en su disgusto. Me disgusta la realidad, por eso expreso. Me disgusta el mundo, por eso muevo en todo mi pesimismo un sentido dialéctico de lo que se ha cosificado. Y aunque en apariencia el mundo es la simple marea del caos, expresar siempre es y será una de las pocas respuestas ante la muerte.

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