domingo, 20 de septiembre de 2015

Consumir y ser feliz - Paolo Astorga

Consumir y ser feliz

Escrito por: Paolo Astorga


“La experiencia simbólica con los objetos es siempre virtual. El objeto hoy en día imprime sus propios significados que son reforzados por los dos grandes motores del sistema económico actual: La publicidad y el espectáculo.”


Hoy, nuestro medio para poder vivir en una sociedad de bienestar es hacer que gran cantidad de personas puedan acceder a una gran cantidad de bienes de consumo. Estos bienes de consumo son aquellos objetos simbólicos que les proveerán de un bien, digamos, confort. Por ejemplo: Al poder comprar una nueva televisión sofisticada es muy probable que nuestro estado anímico cambie y, nos sintamos alegres. La televisión que posee grandes funciones que “facilitan nuestra vida” nos hacen sentir poderosos y nos “abren” una serie de posibilidades para el disfrute. La televisión en medio de la sala y nosotros sentados en un cómodo sofá disfrutando, quizás, de uno de los más apasionantes partidos de la Champions League, nos refuerza una idea que trasciende la mera necesidad de ocio. La experiencia simbólica.

La experiencia simbólica con los objetos es siempre virtual. El objeto hoy en día imprime sus propios significados que son reforzados por los dos grandes motores del sistema económico actual: La publicidad y el espectáculo. La vida que cuyo fin es ya no construir una sociedad justa o solidaria, se aferra a buscar la comodidad como fin supremo. No importa si la corrupción o la inseguridad crecen monstruosamente, mientras tenga el último Smartphone que me conecte con todos o el último automóvil o el más impresionante equipo de sonido. La inseguridad solo me afecta, si es que es directamente, pero no si el problema se muestra en macro.

Y es que hoy la idea de felicidad es un bien privado, es decir, solo de aquellos que puedan adquirirla. La felicidad es el bienestar, es el confort. No se trata, pues, de la realización humana por el esfuerzo de sus capacidades o su conciencia, sino por su consumo. El mundo ensalza al hombre que consume de manera salvaje y lo pone como un ícono de éxito. Si pude comprarme un nuevo automóvil, si puedo vestir con ropa de diseñador o comprar el mejor calzado del mercado, pues siento que estoy un nivel más allá simbólicamente. Los objetos no son simples cosas para usar, sino que son símbolos que crean nuestra realidad. En ellos volcamos nuestros propósitos, nuestra esperanza, nuestros miedos y angustias. El objeto me hace parte de algo, me permite ser, porque le da un sentido a mi vida. Cosificar nuestra vida es hacerla digerible, es decir, cuando yo reduzco la complejidad de mis necesidades, mi naturaleza humana a la de un intercambio comercial donde la simple idea de pertenencia es ya lo único necesario para ser, todo, desde los objetos hasta los sentimientos se simplifican en cosas adquiribles y sofisticables.

Sin embargo, la sociedad del confort tiende a la aceleración y la obsolescencia. Los objetos que nos permiten el estatus tienen una fecha de caducidad y están en constante sofisticación. No se puede estar en quietud, sino que el único deseo ya no solo se reduce al uso, sino más bien al acto de adquirir. El placer hedonista se ha trasladado a lo largo de los años al mero acto de comprar como un proceso en donde el objeto consolida sus significados simbólicos y yo me doto de estos como “accesorios” para ser. No tener estos objetos quizás nos genere la melancolía, la inferioridad, pero no poder adquirir “más”, eso sí que es una profunda tragedia humana.

Quizás la pregunta incómoda sea ¿por qué ese deseo inconsciente por querer tener antes que ser? La respuesta, siempre relativa, es porque somos gratificados. Como todo ser vivo, el hombre no escapa al placer por la gratificación. La gratificación como diría Erich Fromm del Homo consumens es hacerlo inútil para el cuestionamiento, pero con una profunda idea de la “necesidad” por el consumo. Para el hombre que se ha ahogado en el confort, en la sociedad positiva del bienestar, lograr la autonomía es llegar a que las cosas que tiene sean lo que vivan por él. El celular me debe avisar a qué hora es la reunión; el mismo celular me debe acercar a mis amigos, debe decirme por dónde ir, debe darme instrucciones y recomendaciones para un día llevadero. La televisión debe llenar mi cabeza de manera entretenida de datos y noticias que debo saber para poder estar al día. La ropa que llevo –de una marca costosa y prestigiosa- debe comunicar que soy importante, que soy exitoso y único, feliz. En pocas palabras, las cosas deben definirme. Pues como dice Emilio Martínez Navarro en su libro por una ética del consumo responsable: “Lo característico de las sociedades consumistas es que en ellas el consumo es la dinámica central de la vida social, y muy especialmente el consumo de mercancías no necesarias para la supervivencia.” Esta característica de las sociedades hiperindustriales no solo forja una manera de vivir, sino que la enarbola como una única forma de vivir. Consumir es una tendencia vital y por ende no consumir es no vivir.

En suma, habrá que preguntarse de manera, descarnada nuevamente, por qué. Creo que nos urge de manera imperativa reflexionar sobre la importancia de los objetos en nuestra vida. Hemos volcado nuestros miedos y esperanzas en el consumo de las cosas, pero no en la formación de nuestros criterios. No queremos enfrentar, tal vez, esa realidad que nos arremete y que nos cuestiona. Sin embargo, el problema no está en acumular, en el consumo, sino en la constante sin sentido que cobra estar bien. Creo, al fin, que el verdadero bienestar está, sin duda, no en tener más, sino en entender más, es decir, en autocuestionarse, en construirnos una ética capaz de poder rescatar antes que nada, nuestra conciencia frente a nuestros apetitos por devorar, por llenar, por tener antes que ser.

2 comentarios:

  1. Muy interesante tu articulo, de verdad que tenemos que reflexionar mas en los objetivos que tenemos en nuestra vida, porque en la mayoria de los individuos sus metas son los bienes materiales. Saludos desde Venezuela.

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  2. Mi gratificación por la lectura de sus artículos es enorme,la verdad tiene un atino en el análisis que me resulta muy estimulante sobretodo porque estoy en un momento de mi vida donde no me permito la estupidez. Gracias

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