EL
DEBATE es una
discusión formal y estructurada en la que dos o más personas expresan sus
argumentos y puntos de vista sobre un tema determinado. Los debates suelen
tener un moderador que establece las reglas y el tiempo de intervención de cada
participante. Atendiendo
a la necesidad de conocer estas estrategias, en este artículo te presento 5 PASOS
PARA TENER UN BUEN DESEMPEÑO EN UN DEBATE:
PASO
DESCRIPCIÓN
1.
INVESTIGA
Investiga y recopila información
relevante sobre el tema del debate. Busca fuentes confiables y variadas para
tener una comprensión completa del tema. Esto te ayudará a fundamentar tus
argumentos y refutar los de tu oponente con mayor facilidad.
2.
ORGANIZA TUS ARGUMENTOS
Una vez que tengas suficiente
información, organiza tus argumentos de manera clara y coherente. Identifica
cuáles son los puntos fuertes de tu postura y cuáles son los puntos débiles
que debes abordar. También debes tener en cuenta los posibles argumentos que
podría presentar tu oponente y preparar respuestas efectivas para ellos.
3.
PRACTICA LA PRESENTACIÓN
Practica tu presentación para tener
seguridad y confianza en tus argumentos. Ensaya diferentes maneras de exponer
tus ideas y de responder a los argumentos contrarios para estar preparado
para cualquier escenario. Además, trata de ser persuasivo y respetuoso en
todo momento, incluso si no estás de acuerdo con tu oponente.
4.
ESCUCHA ATENTAMENTE
Durante el debate, escucha atentamente
a tu oponente para entender su postura y poder refutarla con argumentos
sólidos. Trata de identificar las debilidades de su argumentación y utiliza
esa información para fortalecer tu posición. También es importante que seas
respetuoso y no interrumpas a tu oponente mientras está hablando.
5.
CONCLUYE CON FUERZA
Finalmente, concluye con fuerza y
resumiendo tus principales argumentos. Haz hincapié en los puntos más
importantes de tu postura y en por qué tu argumentación es la más sólida.
Trata de dejar una buena impresión en el público y en tu oponente,
demostrando que has sido capaz de defender tu posición de manera convincente
y respetuosa.
Por
lo pronto hay que decir que el hombre no puede dejar de ser libre en el sentido
de que se ve impelido a tomar decisiones. Si, paradójicamente se ve forzado a
ser libre. No puede renunciar a su naturaleza, no puede convertirse en un avión
ni en una lapicera, es un ser humano y como tal debe decidir constantemente
entre diversos cursos de acción. Incluso cuando decide quedarse quieto está
eligiendo, prefiriendo y optando. También cuando delega sus decisiones en otro,
está revelando su libertad. En resumen, el ser humano es libre a pesar suyo. Ahora
bien, esa libertad puede ser ancha como un campo abierto o puede convertirse en
un sendero estrecho, angosto y oscuro en el que apenas se pasa de perfil. Lo
uno o lo otro dependen de que los hombres entre sí no restrinjan la libertad
del prójimo por la fuerza. No dejamos de ser libres porque no podemos volar por
nuestros propios medios, ni dejamos de gozar de la libertad porque no podemos
dejar de sufrir las consecuencias al cometer actos estúpidos, ni somos menos libres
debido a que no podemos desafiar las leyes de gravedad ni las ineludibles leyes
biológicas. Solo tiene sentido la libertad en el contexto de las relaciones
sociales y, como queda dicho, se disminuye cuando otros hombres se interponen
recurriendo a la violencia. No
debe confundirse libertad con oportunidad. El que no es un atleta no tiene la
oportunidad de ganar el premio de cien metros llanos y el que no dispone de los
recursos suficientes no cuenta con la oportunidad de adquirir una mansión. Se trata
de dos conceptos distintos. El náufrago en una isla desierta dispondrá en
general de muchas menos oportunidades que el que habita en una ciudad, pero no
por eso es menos libre. La naturaleza impone restricciones a las oportunidades
así como también las imponen las conductas humanas y las condiciones sociales
pero si no media la fuerza, hay libertad. Solo puede ser restringida si se
recurre a la fuerza lesionando derechos. Lo contrario significaría un uso
arbitrario y del todo inconducente respecto del sentido de la libertad. Thomas
Sowell aclara muy bien las confusiones y los usos inadecuados de conceptos
cuando escribe en su Knowledge and Decisions: “¿Qué libertad tiene
un hombre que se está muriendo de hambre? La respuesta es que el hambre
constituye una condición trágica, tal vez más trágica aun que la pérdida de la
libertad. Pero eso no impide que se trate de dos cosas bien distintas. No es
relevante la importancia se le atribuya a lo desagradable que resulta el
endeudamiento y la constipación pero un laxante no eliminará la deuda y un
aumento de sueldo no permitirá la regularidad del vientre. Del mismo modo, en
cuanto a bienes apetecidos, el oro puede considerarse jerárquicamente superior
que la manteca, pero no puede untarse un sándwich con oro ni comérselo como
nutriente. La jerarquía que se le atribuya a las cosas no puede confundir las
que son distintas. El mero hecho de que algo puede ser más importante que la
libertad no hace que ese algo se convierta en libertad”. Cuanto
menos margen de libertad se permita al hombre, ya sea por los manotazos del
Leviatán o por la violencia de otros sustentados en la mera fuerza bruta, más
se lo asemeja al animal no racional y más se lo despoja de sus atributos y
condiciones propiamente humanas. Cuanto más ocurra esta desgracia más precaria
y gaseosa se convierte la vida. (…) La
maximización de la libertad es indispensable por el oxígeno que brinda para poder vivir humanamente, no por otra
cosa que siempre le estará subordinada. Nada se gana con tener todo lo demás si
se es un esclavo. Además, las naciones libres cuentan con condiciones de vida
infinitamente superiores a las que se encuentran sumidas por los dictados de
autócratas confesos o disimulados, pero esto es un adicional, que si bien muy
importante no reemplaza la dicha de ser libre, no reemplaza la posibilidad
feliz de mantener y celebrar la situación propiamente humana. (…) Entonces
¿por qué ser libres?, por la sencilla razón que de ese modo nos elevamos a la
categoría de seres humanos y no nos rebajamos y degradamos en la escala
zoológica, por motivos de dignidad y autoestima, para honrar al libre albedrío
del que estamos dotados, para poder mirarnos al espejo sin que se vea reflejado
un esperpento y, sobre todo, para poder actualizar nuestras únicas e
irrepetibles potencialidades en busca del bien. Con esto se juega nuestro
destino, ¿puede concebirse algo de mayor importancia? Fragmento
tomado y adaptado de: El Diario de América (EE.UU.) el 25 de agosto de 2011. RESPONDE: 1. El autor afirma que la libertad
disminuye cuando: a) Cuando el
hombre no quiere elegir. b) Cuando hay
mucho que hacer y pocas expectativas. c) Otros
hombres se interponen usando la violencia. d) Las
relaciones sociales se vuelven indispensables. 2. ¿Por qué el autor dice que el hombre
se ve forzado a ser libre? Explica tu respuesta.
3. ¿Por qué no se debe confundir
libertad con oportunidad? Explica tu respuesta.
4. ¿Qué es más trágico que la pérdida
de la libertad? a) Un hombre
que no sabe elegir. b) Un hombre
que elige pensando en el futuro. c) Un hombre
que solo recurre a la libertad para satisfacer sus necesidades. d) Un hombre
que muere de hambre. 5. Cuando al hombre se le quita
libertad a) Se
convierte en un ser que solo puede elegir. b) Se le despoja
de atributos y condiciones especiales. c) Más se
asemeja a un ser irracional. d) Se vuelve
precaria la vida, pero la capacidad de elegir crece. 6. El sentido contextual del término
“oxígeno” es: a) Gas. b) Soplo. c) Motivación. d) Experiencia. 7. El autor concluye que ser libres: a) Es una
manera de ser esclavos de nuestras decisiones. b) Nos
confiere dignidad de ser humanos. c) No es
necesario en una sociedad autocrática. d) Permite que
siempre seamos felices con nuestra vida. 8. ¿Cómo se relaciona la idea de
libertad con la de potencialidades? Explica tu respuesta.
9. El autor dice que la libertad nos
debe impulsar a buscar el bien, ¿estás de acuerdo con esto? ¿Por qué? Justifica
tu respuesta.
10. ¿Estás de acuerdo con lo planteado
por el texto? ¿Por qué? Justifica tu respuesta.
SOLUCIÓN: 1C 2.- Posible respuesta: El autor afirma que
el ser humano se ve forzado a ser libre en el sentido de que constantemente
debe tomar decisiones. Aunque paradójico, el hombre no puede renunciar a su
naturaleza y debe decidir entre diversos cursos de acción, incluso cuando
decide no hacer nada. Delegar decisiones en otro también es revelar su
libertad. La libertad es una condición inherente al ser humano y es indispensable
para vivir humanamente. 3.- Posible respuesta: La libertad y la
oportunidad son conceptos distintos. El hombre puede tener menos oportunidades
debido a la naturaleza o a las condiciones sociales, pero eso no significa que
sea menos libre. La libertad se refiere a la capacidad del individuo para tomar
decisiones sin restricciones, mientras que la oportunidad se refiere a las
posibilidades que tiene el individuo para hacer algo. 4D 5C 6C 7B 8.- Posible respuesta: La idea de libertad
se relaciona con la de potencialidades en el sentido de que la libertad permite
a las personas desarrollar su potencial y alcanzar su máximo nivel de
realización. La libertad implica la capacidad de tomar decisiones y elegir el
curso de acción que mejor se adapte a las necesidades y deseos individuales, lo
que a su vez permite el desarrollo de las habilidades y talentos únicos de cada
persona. 9.- Posible respuesta: Estoy de acuerdo
con la afirmación del autor de que la libertad nos debe impulsar a buscar el
bien. La libertad no es un fin en sí misma, sino un medio para lograr el
bienestar individual y colectivo. Si bien es cierto que la libertad implica
tomar decisiones y acciones en función de los intereses personales, también
implica una responsabilidad moral y ética para no perjudicar a los demás y
contribuir al bien común. 10.- Posible respuesta: En general, estoy
de acuerdo con lo planteado por el texto. La libertad es esencial para el
desarrollo humano y debe ser protegida y promovida en todas las sociedades. Sin
embargo, es importante recordar que la libertad conlleva responsabilidades y
limitaciones, y no debe utilizarse como una excusa para justificar acciones
perjudiciales o egoístas. Además, la libertad debe estar equilibrada con otros
valores importantes, como la justicia y la igualdad, para garantizar una
sociedad justa y equitativa para todos.
Su luna de miel fue un largo escalofrío.
Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas
niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero
estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una
furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por
su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.
Durante tres meses -se habían casado en abril-
vivieron una dicha especial.
Sin duda hubiera ella deseado menos severidad
en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible
semblante de su marido la contenía siempre.
La casa en que vivían influía un poco en sus
estremecimientos. La blancura del patio silencioso -frisos, columnas y estatuas
de mármol- producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el
brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes,
afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra,
los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera
sensibilizado su resonancia.
En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo
el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos
sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta
que llegaba su marido.
No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero
ataque de influenza que se arrastró insidiosamente días y días; Alicia no se
reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él.
Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le
pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole
los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el
llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose,
y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una
palabra.
Fue ese el último día que Alicia estuvo
levantada. Al día siguiente amaneció desvanecida. El médico de Jordán la
examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.
-No sé -le dijo a Jordán en la puerta de
calle, con la voz todavía baja-. Tiene una gran debilidad que no me explico, y
sin vómitos, nada… Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.
Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta.
Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia
no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el
dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas
sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también
con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con
incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el
dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer
cada vez que caminaba en su dirección.
Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones,
confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La
joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra
a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente
mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se
perlaron de sudor.
-¡Jordán! ¡Jordán! -clamó, rígida de espanto,
sin dejar de mirar la alfombra.
Jordán corrió al dormitorio, y al verlo
aparecer Alicia dio un alarido de horror.
-¡Soy yo, Alicia, soy yo!
Alicia lo miró con extravío, miró la alfombra,
volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se
serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola
temblando.
Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un
antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los
ojos.
Los médicos volvieron inútilmente. Había allí
delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora,
sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor
mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron
largo rato en silencio y siguieron al comedor.
-Pst… -se encogió de hombros desalentado su
médico-. Es un caso serio… poco hay que hacer…
-¡Sólo eso me faltaba! -resopló Jordán. Y
tamborileó bruscamente sobre la mesa.
Alicia fue extinguiéndose en su delirio de
anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas.
Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en
síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas
alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en
la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no
la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama,
ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en
forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente
por la colcha.
Perdió luego el conocimiento. Los dos días
finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente
encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se
oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los
eternos pasos de Jordán.
Alicia murió, por fin. La sirvienta, que entró
después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.
-¡Señor! -llamó a Jordán en voz baja-. En el
almohadón hay manchas que parecen de sangre.
Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su
vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la
cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.
-Parecen picaduras -murmuró la sirvienta
después de un rato de inmóvil observación.
-Levántelo a la luz -le dijo Jordán.
La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo
dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué,
Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.
-¿Qué hay? -murmuró con la voz ronca.
-Pesa mucho -articuló la sirvienta, sin
dejar de temblar.
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente.
Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de
un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror
con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandos. Sobre el
fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un
animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas
se le pronunciaba la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en
cama, había aplicado sigilosamente su boca -su trompa, mejor dicho- a las
sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La
remoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo, pero desde
que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en
cinco noches, había vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el
medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes.
La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro
hallarlos en los almohadones de pluma.
ACTIVIDADES DE
COMPRENSIÓN LECTORA:
1. ¿Por qué se dice al inicio del cuento que
luna de miel de Alicia fue "un largo escalofrío"?
2. ¿Cuáles son las diferencias más marcada
entre Alicia y Jordán?
3. A qué hace referencia esta expresión:
"severidad en ese rígido cielo de amor". Explícala.
4. Infiere: ¿Qué significa la expresión
"echar un velo"?
5. ¿Cuál era la enfermedad que había contraído
Alicia? ¿Cuál había sido la causa?
6. ¿Qué dijo el médico cuando el caso de
Alicia empeoró?
7. Infiere: ¿Por qué Alicia no quiso que le
tocaran la cama ni el almohadón?
8. ¿Cuál había sido la verdadera causa de la
muerte de Alicia?
9. ¿Quién crees que tuvo la culpa de la muerte
de Alicia? ¿Por qué?
10. ¿Qué piensas de la actitud de Jordán para
con Alicia? ¿Crees que le prestó la debida atención?
11. ¿Qué relación puedes establecer entre el
cuento y el título del cuento?
12. Interpreta: ¿Qué puede simbolizar el
almohadón de plumas en este cuento? Explica tu respuesta.
13. El cuento nos muestra una doble presencia
del horror, ¿cuáles serían y cómo se presentan?
14. ¿Cuál crees que fue la intención del autor
al escribir este cuento? Explica.
ACTIVIDAD CREATIVA:
1. Crea un cuento que gire en torno a una
tragedia. Al hacerlo deberás poner énfasis en los detalles y la atmósfera del
cuento, así como en la personalidad de tus personajes.
APRENDE MÁS SOBRE PENSAMIENTO CRÍTICO CON ESTE VIDEO:
EL
PENSAMIENTO CRÍTICO es
esencial para tomar decisiones informadas y evaluar de manera efectiva la
información a la que estamos expuestos. Si quieres mejorar tu pensamiento
crítico, aquí te presentamos 5 consejos breves con ejemplos para desarrollar
esta habilidad: 1.
APRENDE A REFLEXIONAR SOBRE LA INFORMACIÓN QUE RECIBES. En lugar de aceptar algo como verdad
sin cuestionarlo, trata de formularte preguntas que cuestionan la información
que recibes y reflexiona sobre ellas. Por ejemplo, si estás leyendo un artículo
que afirma que un determinado tratamiento médico es efectivo, podrías
preguntarte: ¿cómo sabe el autor que el tratamiento es efectivo? ¿Hay evidencia
científica para respaldar esta afirmación? ¿Podría haber otros factores que
influyan en el resultado del tratamiento? Mientras más preguntas te hagas,
mejorarás tu capacidad para determinar lo verdadero de lo falso y así será más
difícil que seas presa de las informaciones falsas. 2.
CONSIDERA DIFERENTES PUNTOS DE VISTA Y PERSPECTIVAS. Es fácil caer en la trampa de solo
considerar nuestro propio punto de vista, pero es importante tratar de entender
cómo llegaron otras personas a sus propias opiniones y considerar si hay algún
elemento de verdad en sus argumentos. Por ejemplo, si estás discutiendo un tema
polémico con otras personas, es importante escuchar sus argumentos y tratar de
entender su perspectiva. 3.
EXAMINA LA EVIDENCIA DE MANERA CUIDADOSA Y EVALÚA SU CALIDAD. Es importante no aceptar algo como
verdad sin EVALUAR LA CALIDAD DE LA EVIDENCIA QUE SE PRESENTA. Por
ejemplo, si estás leyendo un artículo que afirma que un determinado suplemento
dietético tiene beneficios para la salud, es importante evaluar la calidad de
la evidencia presentada. ¿Se basa en ensayos clínicos controlados y
aleatorizados? ¿Se han realizado pruebas en humanos o solo en animales? ¿Está
la evidencia respaldada por otras investigaciones? Hacernos estas preguntas
permite que podamos evaluar la calidad de la información que se nos presenta y
nos ayuda a no ser consumidores pasivos de la información. 4.
BUSCA FUENTES DE INFORMACIÓN DE CONFIANZA Y DIVERSAS. Es fácil caer en la trampa de
depender únicamente de una sola fuente de información, especialmente si esa
fuente tiene un interés particular en el tema. En su lugar, trata de buscar
información de fuentes diversas y de confianza. Por ejemplo, si estás
investigando un tema en particular, trata de leer artículos de revistas
científicas y consultar a expertos en el campo en lugar de depender únicamente
de una sola fuente de información. 5.
SÉ ESCÉPTICO Y CUESTIONA LO QUE ESCUCHAS O LEES. No aceptes algo como verdad
simplemente porque lo ha escuchado de muchas personas o porque se le presenta
de una manera atractiva. En su lugar, cuestiona lo que escuchas y busca evidencia
para respaldar o refutar lo que se dice. Por ejemplo, si alguien afirma las antenas
de 5G son nocivas para la salud y hasta producen cáncer, es importante buscar
más información y evaluar si hay evidencia científica para respaldar esta
afirmación. Pero, sobre todo, hay que aprender a desarrollar criterio y esto
solo se logra dándonos un tiempo para pensar y reflexionar de manera objetiva
la información que se nos proporciona.
En
conclusión, el pensamiento crítico es esencial para tomar decisiones informadas
y evaluar de manera efectiva la información a la que estamos expuestos. Al hacer
preguntas difíciles, considerar diferentes puntos de vista, examinar
cuidadosamente la evidencia y buscar fuentes de información de confianza y
diversas, podemos desarrollar nuestro pensamiento crítico y tomar decisiones
más informadas. Siempre recuerda ser escéptico y cuestionar lo que escuchas o
lees, en lugar de aceptar algo como verdad sin cuestionarlo.
¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy
nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco?
La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos.
Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y
en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces?
Escuchen... y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento
mi historia.
Me es imposible decir cómo aquella idea me
entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y
día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho
al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me
interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al
de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba
en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui
decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.
Presten atención ahora. Ustedes me toman por
loco. Pero los locos no saben nada. En cambio... ¡Si hubieran podido verme! ¡Si
hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado... con qué
previsión... con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el
viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía
yo girar el picaporte de su puerta y la abría... ¡oh, tan suavemente! Y
entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza,
levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no
se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran
reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente... muy, muy
lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora
entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta
verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como
yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría
la linterna cautelosamente... ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba
abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente
para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice
durante siete largas noches... cada noche, a las doce... pero siempre encontré
el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el
viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado
el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente,
llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la
noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para
sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo
mientras dormía.
Al llegar la octava noche, procedí con mayor
cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve
con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche,
había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba
contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco
la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o
pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo
sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes
pensarán que me eché hacia atrás... pero no. Su cuarto estaba tan negro como la
brea, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los
ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y
seguí empujando suavemente, suavemente.
Había ya pasado la cabeza y me disponía a
abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se
enderezó en el lecho, gritando:
-¿Quién está ahí?
Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante
una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que
volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando... tal como yo lo
había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo
sonido anuncia la muerte.
Oí de pronto un leve quejido, y supe que era
el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh, no! Era el
ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge.
Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el
mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los
terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que
estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi
corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido,
cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era
nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: "No es más que el viento en la
chimenea... o un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de
darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano,
porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a
su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que
lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi
cabeza dentro de la habitación.
Después de haber esperado largo tiempo, con
toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña,
una pequeñísima ranura en la linterna.
Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con
qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante
al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.
Estaba abierto, abierto de par en par... y yo
empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul
apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no
podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un
instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.
¿No les he dicho ya que lo que toman
erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel
momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría
hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era
el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar
de un tambor estimula el coraje de un soldado.
Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado.
Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando
de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto,
el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido,
cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser
terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención?
Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el
terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me
llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos
minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más
fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se
apoderó de mí... ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo
había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en
la habitación. El viejo clamó una vez... nada más que una vez. Me bastó un
segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí
alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios
minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me
preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por
fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver.
Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la
mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien
muerto. Su ojo no volvería a molestarme.
Si ustedes continúan tomándome por loco
dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para
esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con
rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la
cabeza, brazos y piernas.
Levanté luego tres planchas del piso de la
habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con
tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido
advertir la menor diferencia. No había nada que lavar... ninguna mancha...
ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había
recogido todo... ¡ja, ja!
Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro
de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que
se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a
abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?
Hallé a tres caballeros, que se presentaron
muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había
escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún
atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a
los tres agentes para que registraran el lugar.
Sonreí, pues... ¿qué tenía que temer? Di la
bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito
durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la
campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que
revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la
habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se
hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación
y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo
mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto
punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.
Los oficiales se sentían satisfechos. Mis
modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo.
Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con
animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé
que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos;
pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más
intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta
para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada
vez más clara... hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se
producía dentro de mis oídos.
Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero
seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido
aumentaba... ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso..., un
sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba,
tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído
nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía
continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta
y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué
no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las
observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía
continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia...
maldije... juré... Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé
con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y
crecía sin cesar. ¡Más alto... más alto... más alto! Y entretanto los hombres
seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo
Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían... y se estaban
burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier
cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que
aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí
que tenía que gritar o morir, y entonces... otra vez... escuchen... más
fuerte... más fuerte... más fuerte... más fuerte!
-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-.
¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí... ahí! ¡Donde está latiendo
su horrible corazón!
Narraciones extraordinarias. Edgar Allan Poe.
ACTIVIDADES
DE COMPRENSIÓN LECTORA:
1.
En el primer párrafo el personaje nos habla de su “locura” ¿Qué efectos causa
la locura en el personaje principal?
2.
¿Cuál es la obsesión del personaje principal?
3.
¿Cómo era la relación entre el personaje principal y el viejo?
4.
¿Por qué el personaje principal dice que no está loco?
5.
¿Cómo el personaje principal mata al viejo?
6.
¿Qué es la locura para el personaje?
7.
¿Qué puede simbolizar el latir del
corazón del viejo? ¿Por qué?
8.
¿El personaje está arrepentido de matar al viejo?
9.
Si entendemos por loco a aquella persona que ha perdido totalmente la
racionalidad, ¿Está realmente loco el personaje? ¿Por qué?
10.
¿Dónde escondió el cadáver?
11.
¿Por qué llegaron los oficiales? ¿A dónde los conduce el personaje principal?
12.
¿Cómo justifica el alarido escuchado por el vecino y la ausencia del viejo?
13.
¿Qué relación encuentras entre el título del cuento y la historia que se narra?
14.
Deduce un posible móvil (una explicación) de por qué el personaje principal
mata al viejo.
ACTIVIDAD CREATIVA
1.
Escribe un microrrelato de terror en primera persona donde se hable de manera
obsesiva de un elemento simbólico. (de 8 a 12 líneas)
INFORMACIÓN COMPLEMENTARIA:
VIDEO SOBRE “ROMANTICISMO
NORTEAMERICANO: EDGAR ALLAN POE”
Cuento
“El solitario” de Horacio Quiroga con preguntas y respuestas de comprensión
lectora
LECTURA:
El
solitario
Horacio Quiroga
Kassim
era un hombre enfermizo, joyero de profesión, bien que no tuviera tienda
establecida. Trabajaba para las grandes casas, siendo su especialidad el
montaje de las piedras preciosas. Pocas manos como las suyas para los engarces
delicados. Con más arranque y habilidad comercial, hubiera sido rico. Pero a
los treinta y cinco años proseguía en su pieza, aderezada en taller bajo la
ventana. Kassim,
de cuerpo mezquino, rostro exangüe sombreado por rala barba negra, tenía una
mujer hermosa y fuertemente apasionada. La joven, de origen callejero, había
aspirado con su hermosura a un más alto enlace. Esperó hasta los veinte años,
provocando a los hombres y a sus vecinas con su cuerpo. Temerosa al fin, aceptó
nerviosamente a Kassim. No
más sueños de lujo, sin embargo. Su marido, hábil artista aún, carecía
completamente de carácter para hacer una fortuna. Por lo cual, mientras el
joyero trabajaba doblado sobre sus pinzas, ella, de codos, sostenía sobre su
marido una lenta y pesada mirada, para arrancarse luego bruscamente y seguir
con la vista tras los vidrios al transeúnte de posición que podía haber sido su
marido. Cuanto
ganaba Kassim, no obstante, era para ella. Los domingos trabajaba también a fin
de poderle ofrecer un suplemento. Cuando María deseaba una joya -¡y con cuánta
pasión deseaba ella!- trabajaba de noche. Después había tos y puntadas al
costado; pero María tenía sus chispas de brillante. Poco
a poco el trato diario con las gemas llegó a hacerle amar las tareas del
artífice, y seguía con ardor las íntimas delicadezas del engarce. Pero cuando la
joya estaba concluida -debía partir, no era para ella- caía más hondamente en
la decepción de su matrimonio. Se probaba la alhaja, deteniéndose ante el
espejo. Al fin la dejaba por ahí, y se iba a su cuarto. Kassim se levantaba al
oír sus sollozos, y la hallaba en la cama, sin querer escucharlo. -Hago,
sin embargo, cuanto puedo por ti -decía él al fin, tristemente. Los
sollozos subían con esto, y el joyero se reinstalaba lentamente en su banco. Estas
cosas se repitieron, tanto que Kassim no se levantaba ya a consolarla.
¡Consolarla! ¿de qué? Lo cual no obstaba para que Kassim prolongara más sus
veladas a fin de un mayor suplemento. Era
un hombre indeciso, irresoluto y callado. Las miradas de su mujer se detenían
ahora con más pesada fijeza sobre aquella muda tranquilidad. -¡Y
eres un hombre, tú! -murmuraba. Kassim,
sobre sus engarces, no cesaba de mover los dedos. -No
eres feliz conmigo, María -expresaba al rato. -¡Feliz!
¡Y tienes el valor de decirlo! ¿Quién puede ser feliz contigo? ¡Ni la última de
las mujeres!… ¡Pobre diablo! -concluía con risa nerviosa, yéndose. Kassim
trabajaba esa noche hasta las tres de la mañana, y su mujer tenía luego nuevas
chispas que ella consideraba un instante con los labios apretados. -Sí…
¡no es una diadema sorprendente!… ¿cuándo la hiciste? -Desde
el martes -mirábala él con descolorida ternura- dormías de noche… -¡Oh,
podías haberte acostado!… ¡Inmensos, los brillantes! Porque
su pasión eran las voluminosas piedras que Kassim montaba. Seguía el trabajo
con loca hambre de que concluyera de una vez, y apenas aderezada la alhaja,
corría con ella al espejo. Luego, un ataque de sollozos. -¡Todos,
cualquier marido, el último, haría un sacrificio para halagar a su mujer! Y tú…
y tú… ni un miserable vestido que ponerme tengo! Cuando
se franquea cierto límite de respeto al varón, la mujer puede llegar a decir a
su marido cosas increíbles. La
mujer de Kassim franqueó ese límite con una pasión igual por lo menos a la que
sentía por los brillantes. Una tarde, al guardar sus joyas, Kassim notó la
falta de un prendedor -cinco mil pesos en dos solitarios-. Buscó en sus cajones
de nuevo. -¿No
has visto el prendedor, María? Lo dejé aquí. -Sí,
lo he visto. -¿Dónde
está? -se volvió extrañado. -¡Aquí! Su
mujer, los ojos encendidos y la boca burlona, se erguía con el prendedor
puesto. -Te
queda muy bien -dijo Kassim al rato-. Guardémoslo. María
se rio. -¡Oh,
no! es mío. -¿Broma?… -¡Sí,
es broma! ¡es broma, sí! ¡Cómo te duele pensar que podría ser mío…! Mañana te
lo doy. Hoy voy al teatro con él. Kassim
se demudó. -Haces
mal… podrían verte. Perderían toda confianza en mí. -¡Oh!
-cerró ella con rabioso fastidio, golpeando violentamente la puerta. Vuelta
del teatro, colocó la joya sobre el velador. Kassim se levantó y la guardó en
su taller bajo llave. Al volver, su mujer estaba sentada en la cama. -¡Es
decir, que temes que te la robe! ¡Que soy una ladrona! -No
mires así… Has sido imprudente, nada más. -¡Ah!
¡Y a ti te lo confían! ¡A ti, a ti! ¡Y cuando tu mujer te pide un poco de
halago, y quiere… me llamas ladrona a mí! ¡Infame! Se
durmió al fin. Pero Kassim no durmió. Entregaron
luego a Kassim para montar, un solitario, el brillante más admirable que
hubiera pasado por sus manos. -Mira,
María, qué piedra. No he visto otra igual. Su
mujer no dijo nada; pero Kassim la sintió respirar hondamente sobre el
solitario. -Una
agua admirable… -prosiguió él- costará nueve o diez mil pesos. -¡Un
anillo! -murmuró María al fin. -No,
es de hombre… Un alfiler. A
compás del montaje del solitario, Kassim recibió sobre su espalda trabajadora
cuanto ardía de rencor y cocotaje frustrado en su mujer. Diez veces por día
interrumpía a su marido para ir con el brillante ante el espejo. Después se lo
probaba con diferentes vestidos. -Si
quieres hacerlo después… -se atrevió Kassim-. Es un trabajo urgente. Esperó
respuesta en vano; su mujer abría el balcón. -María,
te pueden ver! -¡Toma!
¡Ahí está tu piedra! El
solitario, violentamente arrancado, rodó por el piso. Kassim,
lívido, lo recogió examinándolo, y alzó luego desde el suelo la mirada a su
mujer. -Y
bueno, ¿por qué me miras así? ¿Se hizo algo tu piedra? -No
-repuso Kassim. Y reanudó en seguida su tarea, aunque las manos le temblaban
hasta dar lástima. Pero
tuvo que levantarse al fin a ver a su mujer en el dormitorio, en plena crisis
de nervios. El pelo se había soltado y los ojos le salían de las órbitas. -¡Dame
el brillante! -clamó-. ¡Dámelo! ¡Nos escaparemos! ¡Para mí! ¡Dámelo! -María…
-tartamudeó Kassim, tratando de desasirse. -¡Ah!
-rugió su mujer enloquecida-. ¡Tú eres el ladrón, miserable! ¡Me has robado mi
vida, ladrón, ladrón! ¡Y creías que no me iba a desquitar… cornudo! ¡Ajá!
Mírame… no se te había ocurrido nunca, ¿eh? ¡Ah! -y se llevó las dos manos a la
garganta ahogada. Pero cuando Kassim se iba, saltó de la cama y cayó,
alcanzando a cogerlo de un botín. -¡No
importa! ¡El brillante, dámelo! ¡No quiero más que eso! ¡Es mío, Kassim
miserable! Kassim
la ayudó a levantarse, lívido. -Estás
enferma, María. Después hablaremos… acuéstate. -¡Mi
brillante! -Bueno,
veremos si es posible… acuéstate. -Dámelo! La
bola montó de nuevo a la garganta. Kassim
volvió a trabajar en su solitario. Como sus manos tenían una seguridad
matemática, faltaban pocas horas ya. María
se levantó para comer, y Kassim tuvo la solicitud de siempre con ella. Al final
de la cena su mujer lo miró de frente. -Es
mentira, Kassim -le dijo. -¡Oh!
-repuso Kassim sonriendo- no es nada. -¡Te
juro que es mentira! -insistió ella. Kassim
sonrió de nuevo, tocándole con torpe cariño la mano. -¡Loca!
Te digo que no me acuerdo de nada. Y
se levantó a proseguir su tarea. Su mujer, con la cara entre las manos, lo
siguió con la vista. -Y
no me dice más que eso… -murmuró. Y con una honda náusea por aquello pegajoso,
fofo e inerte que era su marido, se fue a su cuarto. No
durmió bien. Despertó, tarde ya, y vio luz en el taller; su marido continuaba
trabajando. Una hora después, este oyó un alarido. -¡Dámelo! -Sí,
es para ti; falta poco, María -repuso presuroso, levantándose. Pero su mujer,
tras ese grito de pesadilla, dormía de nuevo. A las dos de la mañana Kassim
pudo dar por terminada su tarea; el brillante resplandecía, firme y varonil en
su engarce. Con paso silencioso fue al dormitorio y encendió la veladora. María
dormía de espaldas, en la blancura helada de su camisón y de la sábana. Fue
al taller y volvió de nuevo. Contempló un rato el seno casi descubierto, y con
una descolorida sonrisa apartó un poco más el camisón desprendido. Su
mujer no lo sintió. No
había mucha luz. El rostro de Kassim adquirió de pronto una dura inmovilidad, y
suspendiendo un instante la joya a flor del seno desnudo, hundió, firme y
perpendicular como un clavo, el alfiler entero en el corazón de su mujer. Hubo
una brusca apertura de ojos, seguida de una lenta caída de párpados. Los dedos
se arquearon, y nada más. La
joya, sacudida por la convulsión del ganglio herido, tembló un instante
desequilibrada. Kassim esperó un momento; y cuando el solitario quedó por fin
perfectamente inmóvil, pudo entonces retirarse, cerrando tras de sí la puerta
sin hacer ruido.
PREGUNTAS DE COMPRENSIÓN LECTORA:
1.
¿Cuál era la habilidad de Kassim? 2.
Qué significa la frase: “La joven, de origen callejero, había aspirado con su
hermosura a un más alto enlace”. Explica tu respuesta. 3.
¿Por qué María deseaba una joya? Explica tu respuesta. 4.
¿Qué piensas de la actitud de María para con Kassim? Justifica tu respuesta. 5.
¿Por qué no Kassim no quería que María se vaya al teatro con el prendedor? 6.
¿Qué pasó al final del cuento? 7.
¿Cuál es el problema que puedes identificar en este cuento? Explica tu
respuesta. 8.
¿Con qué palabra calificarías a María y con qué a Kassim? ¿Por qué? Justifica
tu respuesta. 9.
Si pudieras resumir este cuento usando solo una palabra, ¿cuál sería? ¿Por qué?
Justifica tu respuesta. 10.
¿Cuál es tu opinión y valoración sobre el cuento? ¿Por qué? Justifica tu
respuesta.
POSIBLES RESPUESTA: 1. La habilidad de Kassim era el montaje
de piedras preciosas. 2. La frase significa que la joven, a
pesar de su origen humilde, esperaba casarse con alguien de una posición social
más alta gracias a su belleza. 3. María deseaba una joya porque aspiraba
a una vida lujosa y creía que las joyas eran un símbolo de estatus social. 4. La actitud de María hacia Kassim es
egoísta y manipuladora, ya que lo presiona constantemente para que le compre
joyas y lo interrumpe en su trabajo sin consideración por sus necesidades o
responsabilidades laborales. 5. Kassim no quería que María se fuera al
teatro con el prendedor porque era un trabajo urgente y no podía permitirse
retrasos en la entrega del mismo. Además, si la veían con el prendedor podían
perder la confianza en él y su trabajo. 6. Al final del cuento, Kassim termina
por asesinar a María, posiblemente cansado de la vanidad y egoísmo de su mujer
por las joyas. 7. El problema principal del cuento es la
falta de comunicación y respeto mutuo entre Kassim y María, así como la
obsesión de esta última por las joyas y el estatus social. 8. Podríamos calificar a María como
egoísta o materialista debido a su obsesión por las joyas y su falta de
consideración hacia los sentimientos o necesidades de Kassim. A Kassim
podríamos calificarlo como trabajador o hábil debido a su habilidad como joyero
y su dedicación a su trabajo. 9. Si tuviera que resumir este cuento en
una palabra, sería "obsesión". La obsesión de María por las joyas y
el estatus social, y la obsesión de Kassim por su trabajo y la perfección en su
oficio son los principales motores de la trama. 10. En mi opinión, "El
solitario" es un cuento interesante que muestra cómo la obsesión y el
egoísmo pueden afectar negativamente las relaciones interpersonales. Aunque
algunos personajes pueden resultar antipáticos o desagradables, creo que el
autor logra crear una historia convincente y bien escrita que mantiene al lector
interesado hasta el final. En general, valoro positivamente este cuento por su
capacidad para explorar temas universales como la ambición, la codicia y las
relaciones humanas complejas.