EJEMPLO DE TEXTO ARGUMENTATIVO
LECTURA:
CIMIENTO PARA UNA CIUDADANÍA CONSCIENTE
El signo de los cuatro
(fragmento)
Arthur Conan Doyle
La ciencia de la deducción
—Mi clientela se ha extendido ya hasta
el continente —me dijo Sherlock Holmes—. La semana pasada recibí una consulta
de François Le Villard, quien, tal vez usted lo sepa, ha llegado en los últimos
tiempos a ser el mejor agente de la policía secreta de Francia. Aquí tengo una
carta suya que recibí esta mañana, y en la que me habla de la ayuda que le
presté.
Me alargó la carta, toda
arrugada. Eché una ojeada sobre el papel y al vuelo encontré una
profusión de términos elogiosos que atestiguaban la ardiente admiración del
detective francés.
—Habla como un discípulo
a su maestro —observé.
—¡Oh! Le Villard exagera
mi ayuda —contestó Sherlock Holmes—, cuando él mismo posee virtudes muy
apreciables; tiene dos de las tres cualidades necesarias para ser un detective
ideal: el poder de observación y el de deducción. Lo único que le falta es el
conocimiento que, con el tiempo, puede llegar a adquirir. Pero, mi querido
doctor Watson, estoy cansándolo con mi charla.
—De ninguna manera —le
contesté con ardor—. Usted habla de observación y deducción. En cierta medida,
una implica a la otra.
—¿Por qué? ¡Difícilmente!
—replicó Holmes, recostándose con pereza en su sillón y despidiendo azules y
espesas volutas de humo—. Por ejemplo, la observación me demuestra que usted ha
estado esta mañana en la oficina de correos de la calle Wingmore; y la
deducción me permite saber que usted fue a esa oficina a expedir un telegrama.
— ¡Justo! —exclamé—.
¡Justo en ambas cosas! Pero, confieso que no alcanzo a ver cómo ha llegado
usted a adivinarlo. La idea de ir al correo se me ocurrió de súbito, y a nadie
he hablado de eso.
— La cosa es sencillísima
—me contestó sonriendo al ver mi sorpresa—, tan absurdamente sencilla que su
explicación es superflua, pero voy a hacérsela a usted, porque va a servirme
para definir los límites entre la observación y la deducción. La observación
me hace ver que usted tiene un poco de barro de color rojizo adherido a su zapato,
y precisamente delante de la oficina de correos de la calle Wingmore ha
sido removido el pavimento y extraída la tierra de tal manera que es difícil
entrar en la oficina sin pisarla. Esa tierra tiene un peculiar color rojizo
que, a mi parecer, no existe en ningún otro lugar de nuestro barrio. He aquí la
observación; el resto es deducción.
— ¿Y cómo deduce usted lo
del telegrama?
—Desde luego sé que usted
no ha escrito carta alguna, pues toda la mañana hemos estado sentados frente a
frente. Después he visto que en su escritorio, que está abierto, tiene usted
una hoja entera de estampillas y un grueso paquete de tarjetas postales. ¿A qué
iría usted, pues, a la oficina de correos, si no fuese a enviar un telegrama?
Eliminando factores, el que queda tiene que ser verdadero.
—En este caso así es
—contesté, después de reflexionar un instante—. Y además estoy de acuerdo en
que la cuestión es de las más sencillas. ¿Me calificaría usted de impertinente
si quisiera someter sus teorías a una prueba más severa?
—Al contrario —me
contestó—. Tendré muchísimo gusto en estudiar cualquier problema que usted
someta a mi consideración.
—Le he oído decir que es
difícil que un hombre use diariamente un objeto sin dejarle impresa su
individualidad, hasta el punto de que un observador ejercitado puede leerla en
el objeto. Pues bien; aquí tengo un reloj que llegó a mi poder hace poco.
¿Tendría usted la amabilidad de darme su opinión respecto al carácter y
costumbres de su anterior dueño?
Le entregué el reloj,
ocultando un ligero sentimiento de burla, pues, en mi opinión, la prueba era
imposible y la había propuesto como una lección contra el tono, en
cierto modo dogmático, que Holmes asumía a veces. Mi amigo volvió el reloj de
un lado a otro, miró fijamente la esfera, abrió las tapas de atrás, y examinó
la máquina, primero a simple vista y luego con un poderoso lente convexo.
Trabajo me costó no reírme al ver la expresión de su rostro, cuando por fin
cerró las tapas y me devolvió el reloj.
—Apenas si he encontrado
algo —observó—. Ese reloj ha sido limpiado recientemente y sustrae de mi vista
los hechos más sugerentes.
—Tiene usted razón —le
contesté—. Antes de enviármelo lo limpiaron.
En el fondo de mi corazón
yo acusaba a mi compañero de invocar una cómoda excusa para ocultar su
fracaso. ¿Qué datos habría podido proporcionarle el reloj aun cuando no hubiera
sido limpiado?
—Si bien insatisfactoria,
mi investigación no ha sido completamente inútil — agregó Holmes, fijando en
el techo sus ojos soñadores y apagados—. Salvo rectificaciones que usted pueda
hacer, me parece que ese reloj ha pertenecido a su hermano mayor, quien lo
heredó de su padre.
—Eso lo calcula usted sin
duda por las iniciales H. W. grabadas atrás.
—Así es; la W es el
apellido de usted. El reloj ha sido fabricado hace unos cincuenta años y las
iniciales son tan antiguas como el reloj mismo, lo que quiere decir que este
fue hecho para la generación anterior a la nuestra. Las joyas pasan general
mente a poder del hijo mayor, y este tiene casi siempre el mismo nombre de su
padre. Si mal no recuerdo, el padre de usted murió hace años, y por
consiguiente, el reloj ha estado en manos de su hermano mayor.
—Hasta ahí, todo es
exacto —contesté.
—El hermano de usted era
de costumbres desordenadas; sí, muy descuidado y negligente. Cuando
murió su padre, quedó en buenas condiciones, pero desperdició todas las
oportunidades de progresar, y por algún tiempo vivió en la pobreza, con raros
intervalos de prosperidad, hasta que se dio a beber y, por fin, murió. Eso es
todo cuanto he podido saber.
—Por vida de cuanto puede
ser maravilloso, ¿de qué manera ha podido usted conocer los hechos que acaba
de citar? Todos ellos son absolutamente correctos hasta en sus más mínimos
detalles.
— ¡Ah!, veo que he tenido
suerte, pues tenía un cincuenta por ciento de probabilidades de acertar y no
creí ser tan exacto.
— ¿Pero cómo ha procedido
usted? ¿Por simple adivinación?
—No, no; yo nunca trato
de adivinar. Esa costumbre es perniciosa, destructiva de la facultad lógica. La
extrañeza de usted proviene de que no sigue el curso de mis pensamientos ni
observa los pequeños hechos de que pueden derivarse ambas consecuencias. Yo
comencé, por ejemplo, por asegurar que su hermano era descuidado; si usted
observa con detenimiento el reloj, verá que no solo está abollado en dos
partes, sino también todo rayado y marcado, porque lo han tenido en el mismo
bolsillo con otros objetos duros, como llaves o monedas; y no es seguramente
una hazaña suponer que el hombre que trata con tanto desenfado un reloj que
cuesta cincuenta guineas, es muy descuidado.
Con un movimiento de
cabeza le hice ver que seguía su razonamiento.
—Es costumbre general
entre los prestamistas ingleses, cada vez que reciben un reloj en empeño,
trazar el número de la papeleta con un alfiler en la parte inferior de la
tapa; esto es más cómodo que ponerle un letrero, pues así no hay riesgo de que
el número se pierda o extravíe. Pues bien, en el interior de la tapa
de ese reloj hay no menos de cuatro de esos números, visibles con la ayuda de
mi lente. Primera conclusión: su hermano se veía frecuentemente en aguas muy
bajas. Segunda conclusión: tenía a veces sus ráfagas de prosperidad, sin lo
cual no hubiera podido reunir recursos con que rescatar la prenda. Por último,
le ruego que mire usted la tapa interior, en la que está el agujero de la
llave. ¿Qué manos de un hombre que no hubiera bebido podrían haber hecho todas
esas marcas con la llave? En cambio, nunca verá usted un reloj de borracho que
no las tenga; el borracho da cuerda por la noche a su reloj y deja en él los
rastros de la inseguridad de su mano. ¿Dónde está el misterio de esto?
—Es tan claro como la luz
del día —contesté.
ACTIVIDADADES DE COMPRENSIÓN LECTORA:
1.
¿Cuáles son las
diferencias entre la observación y la deducción? Escriba un ejemplo que puede
inferir a partir del texto
2.
¿Qué es lo que le hace
falta a François Le Villard para ser un buen agente? ¿Por qué?
3.
¿Crees que es importante
la deducción en nuestra vida? ¿Por qué?
4. Se puede deducir que el
proceso deductivo sigue la siguiente línea: Observación - conocimiento -
deducción. Ejemplifique un caso deductivo siguiendo los pasos para ello.
5.
¿Por qué dice Sherlock
Holmes que adivinar es una "costumbre perniciosa, destructiva de la
facultad lógica
6.
¿Qué dedujo Sherlock
Holmes respecto al reloj que le dio Watson?
ACTIVIDAD CREATIVA:
1. Crea un cuento de una
cara de extensión en donde se use la deducción. No olvides ser muy original y
creativo.
Al rozar el monte, los hombres tumbaron el año
anterior este árbol, cuyo tronco yace en toda su extensión aplastado contra el
suelo. Mientras sus compañeros han perdido gran parte de la corteza en el
incendio del rozado, aquél conserva la suya casi intacta. Apenas si a todo lo
largo una franja carbonizada habla muy claro de la acción del fuego.
Esto era el invierno pasado. Han transcurrido
cuatro meses. En medio del rozado perdido por la sequía, el árbol tronchado
yace siempre en un páramo de cenizas. Sentado contra el tronco, el dorso
apoyado en él, me hallo también inmóvil. En algún punto de la espalda tengo la
columna vertebral rota. He caído allí mismo, después de tropezar sin suerte
contra un raigón. Tal como he caído, permanezco sentado -quebrado, mejor dicho-
contra el árbol.
Desde hace un instante siento un zumbido fijo
-el zumbido de la lesión medular- que lo inunda todo, y en el que mi aliento
parece defluirse. No puedo ya mover las manos, y apenas si uno que otro dedo
alcanza a remover la ceniza.
Clarísima y capital, adquiero desde este
instante mismo la certidumbre de que a ras del suelo mi vida está aguardando la
instantaneidad de unos segundos para extinguirse de una vez.
Esta es la verdad. Como ella, jamás se ha
presentado a mi mente una más rotunda. Todas las otras flotan, danzan en una
como reverberación lejanísima de otro yo, en un pasado que tampoco me
pertenece. La única percepción de mi existir, pero flagrante como un gran golpe
asestado en silencio, es que de aquí a un instante voy a morir.
¿Pero cuándo? ¿Qué segundos y qué instantes
son éstos en que esta exasperada conciencia de vivir todavía dejará paso a un
sosegado cadáver?
Nadie se acerca en este rozado: ningún pique
de monte lleva hasta él desde propiedad alguna. Para el hombre allí sentado,
como para el tronco que lo sostiene, las lluvias se sucederán mojando corteza y
ropa, y los soles secarán líquenes y cabellos, hasta que el monte rebrote y
unifique árboles y potasa, huesos y cuero de calzado.
¡Y nada, nada en la serenidad del ambiente que
denuncie y grite tal acontecimiento! Antes bien, a través de los troncos y
negros gajos del rozado, desde aquí o allá, sea cual fuere el punto de
observación, cualquiera puede contemplar con perfecta nitidez al hombre cuya
vida está a punto de detenerse sobre la ceniza, atraída como un péndulo por
ingente gravedad: tan pequeño es el lugar que ocupa en el rozado y tan clara su
situación: se muere.
Esta es la verdad. Mas para la oscura
animalidad resistente, para el latir y el alentar amenazados de muerte, ¿qué
vale ella ante la bárbara inquietud del instante preciso en que este resistir
de la vida y esta tremenda tortura psicológica estallarán como un cohete,
dejando por todo residuo un ex hombre con el rostro fijo para siempre adelante?
El zumbido aumenta cada vez más. Ciérnese
ahora sobre mis ojos un velo de densa tiniebla en que se destacan rombos
verdes. Y en seguida veo la puerta amurallada de un zoco marroquí, por una de
cuyas hojas sale a escape una tropilla de potros blancos, mientras por la otra
entra corriendo una teoría de hombres decapitados.
Quiero cerrar los ojos, y no lo consigo ya.
Veo ahora un cuartito de hospital, donde cuatro médicos amigos se empeñan en
convencerme de que no voy a morir. Yo los observo en silencio, y ellos se echan
a reír, pues siguen mi pensamiento.
-Entonces -dice uno de aquéllos -no le queda
más prueba de convicción que la jaulita de moscas. Yo tengo una.
-¿Moscas?…
-Sí -responde-, moscas verdes de rastreo.
Usted no ignora que las moscas verdes olfatean la descomposición de la carne
mucho antes de producirse la defunción del sujeto. Vivo aún el paciente, ellas
acuden, seguras de su presa. Vuelan sobre ella sin prisa mas sin perderla de
vista, pues ya han olido su muerte. Es el medio más eficaz de pronóstico que se
conozca. Por eso yo tengo algunas de olfato afinadísimo por la selección, que
alquilo a precio módico. Donde ellas entran, presa segura. Puedo colocarlas en
el corredor cuando usted quede solo, y abrir la puerta de la jaulita que, dicho
sea de paso, es un pequeño ataúd. A usted no le queda más tarea que atisbar el
ojo de la cerradura. Si una mosca entra y la oye usted zumbar, esté seguro de
que las otras hallarán también el camino hasta usted. Las alquilo a precio
módico.
¿Hospital…? Súbitamente el cuartito
blanqueado, el botiquín, los médicos y su risa se desvanecen en un zumbido…
Y bruscamente, también, se hace en mí la
revelación. ¡Las moscas!
Son ellas las que zumban. Desde que he caído
han acudido sin demora. Amodorradas en el monte por el ámbito de fuego, las
moscas han tenido, no sé cómo, conocimiento de una presa segura en la vecindad.
Han olido ya la próxima descomposición del hombre sentado, por caracteres
inapreciables para nosotros, tal vez en la exhalación a través de la carne de
la médula espinal cortada. Han acudido sin demora y revolotean sin prisa,
midiendo con los ojos las proporciones del nido que la suerte acaba de deparar
a sus huevos.
El médico tenía razón. No puede ser su oficio
más lucrativo.
Mas he aquí que esta ansia desesperada de
resistir se aplaca y cede el paso a una beata imponderabilidad. No me siento ya
un punto fijo en la tierra, arraigado a ella por gravísima tortura. Siento que
fluye de mí como la vida misma, la ligereza del vaho ambiente, la luz del sol,
la fecundidad de la hora. Libre del espacio y el tiempo, puedo ir aquí, allá, a
este árbol, a aquella liana. Puedo ver, lejanísimo ya, como un recuerdo de
remoto existir, puedo todavía ver, al pie de un tronco, un muñeco de ojos sin
parpadeo, un espantapájaros de mirar vidrioso y piernas rígidas. Del seno de
esta expansión, que el sol dilata desmenuzando mi conciencia en un billón de
partículas, puedo alzarme y volar, volar…
Y vuelo, y me poso con mis compañeras sobre el
tronco caído, a los rayos del sol que prestan su fuego a nuestra obra de
renovación vital.
ACTIVIDADES DE
COMPRENSIÓN LECTORA:
1. ¿Quién es el protagonista de este cuento?
¿Qué le ha sucedido?
2. ¿Dónde se encuentra el protagonista? ¿Por
qué es importante aquel lugar para entender el cuento?
3. ¿Por qué el narrador hace referencia a
"tortura psicológica"? Explica.
4. Qué sentimiento predomina en esta expresión
del protagonista: "La única percepción de mi existir, pero flagrante como
un gran golpe asestado en silencio, es que de aquí a un instante voy a morir”.
Justifica tu respuesta.
5. ¿Por qué las moscas son importantes en este
cuento? Explica tu respuesta.
6. Qué infieres de la parte final del cuento:
"Y vuelo, y me poso con mis compañeras sobre el tronco caído, a los rayos
del sol que prestan su fuego a nuestra obra de renovación vital".
Justifica tu respuesta.
7. Si tuvieras que elegir una palabra que
sintetice este cuento, ¿cuál sería? ¿Por qué?
8. ¿Cuál crees que fue la intención del autor
al escribir este cuento?
9. ¿Qué opinas de este cuento? ¿Por qué?
ACTIVIDAD CREATIVA:
Crea un cuento breve que hable sobre un
personaje que se encuentre entre sus últimos momentos de vida. Narra tu cuento
poniendo énfasis en los detalles del ambiente y las palabras de tu protagonista.
Fragmento
de la obra Fuenteovejuna de Lope de Vega
(Monólogo de Laurencia)
La
siguiente escena corresponde al tercer acto. El Comendador Fernán Gómez ha
tomado preso a Frondoso, el novio de Laurencia, y la ha deshonrado a ella.
Laurencia logra escapar de las garras del Comendador y corre a la asamblea del
pueblo para incitar a todos los hombres a la rebelión. En un discurso
enfurecido y apasionado, la muchacha recrimina a todos los que consienten los
abusos del tirano.
ESCENA
IV:
PERSONAJES
LAURENCIA, joven agraviada
MENGO, hombre del pueblo
ESTEBAN, alcalde, padre de
Laurencia
REGIDOR del pueblo
JUAN
ROJO,
hombre del pueblo
Hombres del consejo
Entra LAURENCIA, desmelenada.
LAURENCIA. Dejadme entrar, que bien puedo,
en consejos de los hombres;
que bien puede una mujer,
si no a dar voto, a dar voces.
¿Conocéisme?
ESTEBAN. ¡Santo cielo!
¿No es mi hija?
JUAN
ROJO. ¿No conoces
a Laurencia?
LAURENCIA. Vengo tal,
que mi diferencia os pone
en contingencia quién soy.
ESTEBAN. ¡Hija mía!
LAURENCIA. No me nombres
tu hija.
ESTEBAN.
¿Por
qué, mis ojos?
¿Por qué?
LAURENCIA. Por muchas razones,
y sean las principales,
porque dejas que me roben
tiranos sin que me vengues,
traidores sin que me cobres.
Aún no era yo de Frondoso,
para que digas que tome,
como marido, venganza:
que aquí, por tu cuenta corre;
que en tanto que de las bodas
no haya llegado la noche,
del padre, y no del marido,
la obligación presupone;
que en tanto que no me entregan
una joya, aunque la compren,
no ha de correr por mi cuenta
las guardas ni los ladrones.
Llevóme de vuestros ojos
a su casa Fernán Gómez:
la oveja al lobo dejáis
como cobardes pastores.
¿Qué dagas1
no vi en mi pecho,
qué desatinos enormes,
qué palabras, qué amenazas,
y qué delitos atroces,
por rendir mi castidad
a sus apetitos torpes?
Mis cabellos, ¿no lo dicen?
¿No se ven aquí los golpes
de la sangre y las señales?
¿Vosotros sois hombres nobles?
¿Vosotros, que no se os rompen
las entrañas de dolor,
al verme en tantos dolores?
Ovejas sois, bien lo dice
de Fuenteovejuna el nombre.
Dadme unas armas a mí,
pues sois piedras, pues sois bronces,
pues sois jaspes2,
pues sois tigres...
Tigres no, porque feroces
siguen quien roba sus hijos,
matando
los cazadores
antes
que entren por el mar,
y
por sus ondas se arrojen.
Liebres
cobardes nacisteis;
bárbaros
sois, no españoles.
Gallinas,
¿vuestras mujeres
sufrís3
que otros hombres gocen?
Poneos
ruecas en la cinta.
¿Para
qué os ceñís estoques4?
¡Vive
Dios, que he de trazar
que solas mujeres cobren
la
honra de estos tiranos,
la
sangre de estos traidores,
y
que os han de tirar piedras,
hilanderas,
maricones,
amujerados,
cobardes,
y
que mañana os adornen
nuestras
tocas y basquinas5,
solimanes6
y colores!
A
Frondoso quiere ya,
sin
sentencias, sin pregones,
colgar
el comendador
del
almena de una torre;
de
todos hará lo mismo;
y
yo me huelgo, medio-hombres,
porque
quede sin mujeres
esta
villa honrada, y torne
aquel
siglo de amazonas 7,
eterno
espanto del orbe.
ESTEBAN.
Yo, hija, no soy de aquellos
que
permiten que los nombres
con
esos títulos viles.
Iré
solo, si se pone
todo
el mundo contra mí.
JUAN ROJO. Y yo, por más que me asombre
la
grandeza del contrario.
REGIDOR. Muramos todos.
BARRILDO.Descoge8 un lienzo al viento
en un palo,
y mueran estos inormes 9.
JUAN
ROJO. ¿Qué orden pensáis tener?
MENGO. Ir a matarle sin orden.
Juntad el pueblo a una voz;
que todos están conformes
en que los tiranos mueran.
ESTEBAN. Tomad espadas, lanzones, ballestas10, chuzos y palos.
MENGO. ¡Los reyes nuestros
señores vivan!
TODOS. ¡Vivan muchos años!
MENGO. ¡Mueran tiranos traidores!
TODOS. ¡Traidores tiranos mueran! (Vanse todos.)
LAURENCIA. Caminad, que el cielo
os oye...
¡Ay, mujeres de la villa!
¡Acudid, porque se cobre
vuestro honor, acudid todas!
Vocabulario:
1. arma parecida a la espada.
2. mármol veteado.
3. soportáis.
4. espada angosta.
5. faldas largas.
6. lentejuelas.
7. mujeres varoniles y belicosas.
8. despliega, extiende.
9. enormes, malvados.
10. armas para disparar flechas.
PREGUNTAS DE COMPRENSIÓN LECTORA:
1. ¿En qué estado llegó
Laurencia al consejo de los hombres?
2. ¿Qué le había hecho
el Comendador?
3. ¿Qué pretende hacer
el Comendador con Frondoso?
4. ¿Qué impulsa a
Laurencia a pedir venganza contra Fernán Gómez?
5. Laurencia dice en el
fragmento: “Ovejas sois, bien lo dice/ de Fuenteovejuna el nombre”. ¿Por qué
dice eso? Justifica tu respuesta.
6. Qué quieren decir
los siguientes versos: "la oveja al lobo dejáis/ como cobardes
pastores". Explica tu respuesta.
7. ¿Cuál fue el
argumento central de Laurencia para convencer a los hombres de tomar venganza
contra el comendador? ¿Cuál es el desenlace de la escena?
8. En una palabra o
frase, ¿cuál es el tema central de este monólogo? Explica tu respuesta.
9. Después de lo leído,
¿se la puede considerar a Laurencia como una mujer heroica? ¿Por qué?
10. ¿Crees que el crimen
cometido por el pueblo de Fuenteovejuna es justificable? ¿Por qué?
ACTIVIDAD CREATIVA:
1. Crea
un monólogo donde el personaje reflexione sobre algún tema de la realidad. Puede
hablar de un problema, una injusticia, un deseo, etc.
Infeliz es aquel a quien sus recuerdos
infantiles sólo traen miedo y tristeza. Desgraciado aquel que vuelve la mirada
hacia horas solitarias en bastos y lúgubres recintos de cortinados marrones y
alucinantes hileras de antiguos volúmenes, o hacia pavorosas vigilias a la
sombra de árboles descomunales y grotescos, cargados de enredaderas, que agitan
silenciosamente en las alturas sus ramas retorcidas. Tal es lo que los dioses
me destinaron… a mí, el aturdido, el frustrado, el estéril, el arruinado; sin
embargo, me siento extrañamente satisfecho y me aferro con desesperación a esos
recuerdos marchitos cada vez que mi mente amenaza con ir más allá, hacia el
otro.
No sé dónde nací, salvo que el castillo era
infinitamente horrible, lleno de pasadizos oscuros y con altos cielos rasos
donde la mirada sólo hallaba telarañas y sombras. Las piedras de los agrietados
corredores estaban siempre odiosamente húmedas y por doquier se percibía un
olor maldito, como de pilas de cadáveres de generaciones muertas. Jamás había
luz, por lo que solía encender velas y quedarme mirándolas fijamente en busca de
alivio; tampoco afuera brillaba el sol, ya que esas terribles arboledas se
elevaban por encima de la torre más alta. Una sola, una torre negra,
sobrepasaba el ramaje y salía al cielo abierto y desconocido, pero estaba casi
en ruinas y sólo se podía ascender a ella por un escarpado muro poco menos que
imposible de escalar.
Debo haber vivido años en ese lugar, pero no
puedo medir el tiempo. Seres vivos debieron haber atendido a mis necesidades;
sin embargo, no puedo rememorar a persona alguna excepto yo mismo, ni ninguna
cosa viviente salvo ratas, murciélagos y arañas, silenciosos todos. Supongo
que, quienquiera que me haya cuidado, debió haber sido asombrosamente viejo,
puesto que mi primera representación mental de una persona viva fue la de algo
semejante a mí, pero retorcido, marchito y deteriorado como el castillo. Para
mí no tenían nada de grotescos los huesos y los esqueletos esparcidos por las
criptas de piedra cavadas en las profundidades de los cimientos. En mi fantasía
asociaba estas cosas con los hechos cotidianos y los hallaba más reales que las
figuras en colores de seres vivos que veía en muchos libros mohosos. En esos
libros aprendí todo lo que sé. Maestro alguno me urgió o me guió, y no recuerdo
haber escuchado en todos esos años voces humanas…, ni siquiera la mía; ya que,
si bien había leído acerca de la palabra hablada nunca se me ocurrió hablar en
voz alta. Mi aspecto era asimismo una cuestión ajena a mi mente, ya que no
había espejos en el castillo y me limitaba, por instinto, a verme como un
semejante de las figuras juveniles que veía dibujadas o pintadas en los libros.
Tenía conciencia de la juventud a causa de lo poco que recordaba.
Afuera, tendido en el pútrido foso, bajo los
árboles tenebrosos y mudos, solía pasarme horas enteras soñando lo que había
leído en los libros; añoraba verme entre gentes alegres, en el mundo soleado
allende de la floresta interminable. Una vez traté de escapar del bosque, pero
a medida que me alejaba del castillo las sombras se hacían más densas y el aire
más impregnado de crecientes temores, de modo que eché a correr frenéticamente
por el camino andado, no fuera a extraviarme en un laberinto de lúgubre
silencio.
Y así, a través de crepúsculos sin fin, soñaba
y esperaba, aún cuando no supiera qué. Hasta que en mi negra soledad, el deseo
de luz se hizo tan frenético que ya no pude permanecer inactivo y mis manos
suplicantes se elevaron hacia esa única torre en ruinas que por encima de la
arboleda se hundía en el cielo exterior e ignoto. Y por fin resolví escalar la
torre, aunque me cayera; ya que mejor era vislumbrar un instante el cielo y
perecer, que vivir sin haber contemplado jamás el día.
A la húmeda luz crepuscular subí los vetustos
peldaños de piedra hasta llegar al nivel donde se interrumpían, y de allí en adelante,
trepando por pequeñas entrantes donde apenas cabía un pie, seguí mi peligrosa
ascensión. Horrendo y pavoroso era aquel cilindro rocoso, inerte y sin
peldaños; negro, ruinoso y solitario, siniestro con su mudo aleteo de
espantados murciélagos. Pero más horrenda aún era la lentitud de mi avance, ya
que por más que trepase, las tinieblas que me envolvían no se disipaban y un
frío nuevo, como de moho venerable y embrujado, me invadió. Tiritando de frío
me preguntaba por qué no llegaba a la claridad, y, de haberme atrevido, habría
mirado hacia abajo. Se me antojó que la noche había caído de pronto sobre mí y
en vano tanteé con la mano libre en busca del antepecho de alguna ventana por
la cual espiar hacia afuera y arriba y calcular a qué altura me encontraba.
De pronto, al cabo de una interminable y
espantosa ascensión a ciegas por aquel precipicio cóncavo y desesperado, sentí
que la cabeza tocaba algo sólido; supe entonces que debía haber ganado la
terraza o, cuando menos, alguna clase de piso. Alcé la mano libre y, en la
oscuridad, palpé un obstáculo, descubriendo que era de piedra e inamovible.
Luego vino un mortal rodeo a la torre, aferrándome de cualquier soporte que su
viscosa pared pudiera ofrecer; hasta que finalmente mi mano, tanteando siempre,
halló un punto donde la valla cedía y reanudé la marcha hacia arriba, empujando
la losa o puerta con la cabeza, ya que utilizaba ambas manos en mi cauteloso
avance. Arriba no apareció luz alguna y, a medida que mis manos iban más y más
alto, supe que por el momento mi ascensión había terminado, ya que la puerta
daba a una abertura que conducía a una superficie plana de piedra, de mayor
circunferencia que la torre inferior, sin duda el piso de alguna elevada y
espaciosa cámara de observación. Me deslicé sigilosamente por el recinto
tratando que la pesada losa no volviera a su lugar, pero fracasé en mi intento.
Mientras yacía exhausto sobre el piso de piedra, oí el alucinante eco de su
caída, pero con todo tuve la esperanza de volver a levantarla cuando fuese necesario.
Creyéndome ya a una altura prodigiosa, muy por
encima de las odiadas ramas del bosque, me incorporé fatigosamente y tanteé la
pared en busca de alguna ventana que me permitiese mirar por vez primera el
cielo y esa luna y esas estrellas sobre las que había leído. Pero ambas manos
me decepcionaron, ya que todo cuanto hallé fueron amplias estanterías de mármol
cubiertas de aborrecibles cajas oblongas de inquietante dimensión. Más
reflexionaba y más me preguntaba qué extraños secretos podía albergar aquel
alto recinto construido a tan inmensa distancia del castillo subyacente. De
pronto mis manos tropezaron inesperadamente con el marco de una puerta, del
cual colgaba una plancha de piedra de superficie rugosa a causa de las extrañas
incisiones que la cubrían. La puerta estaba cerrada, pero haciendo un supremo
esfuerzo superé todos los obstáculos y la abrí hacia adentro. Hecho esto, me
invadió el éxtasis más puro jamás conocido; a través de una ornamentada verja
de hierro, y en el extremo de una corta escalinata de piedra que ascendía desde
la puerta recién descubierta, brillando plácidamente en todo su esplendor
estaba la luna llena, a la que nunca había visto antes, salvo en sueños y en
vagas visiones que no me atrevía a llamar recuerdos.
Seguro ahora de que había alcanzado la cima
del castillo, subí rápidamente los pocos peldaños que me separaban de la verja;
pero en eso una nube tapó la luna haciéndome tropezar, y en la oscuridad tuve
que avanzar con mayor lentitud. Estaba todavía muy oscuro cuando llegué a la
verja, que hallé abierta tras un cuidadoso examen pero que no quise trasponer
por temor a precipitarme desde la increíble altura que había alcanzado. Luego
volvió a salir la luna.
De todos los impactos imaginables, ninguno tan
demoníaco como el de lo insondable y grotescamente inconcebible. Nada de lo
soportado antes podía compararse al terror de lo que ahora estaba viendo; de
las extraordinarias maravillas que el espectáculo implicaba. El panorama en sí
era tan simple como asombroso, ya que consistía meramente en esto: en lugar de
una impresionante perspectiva de copas de árboles vistas desde una altura
imponente, se extendía a mi alrededor, al mismo nivel de la verja, nada menos
que la tierra firme, separada en compartimentos diversos por medio de lajas de
mármol y columnas, y sombreada por una antigua iglesia de piedra cuyo devastado
capitel brillaba fantasmagóricamente a la luz de la luna.
Medio inconsciente, abrí la verja y avancé
bamboleándome por la senda de grava blanca que se extendía en dos direcciones.
Por aturdida y caótica que estuviera mi mente, persistía en ella ese frenético
anhelo de luz; ni siquiera el pasmoso descubrimiento de momentos antes podía
detenerme. No sabía, ni me importaba, si mi experiencia era locura, enajenación
o magia, pero estaba resuelto a ir en pos de luminosidad y alegría a toda
costa. No sabía quién o qué era yo, ni cuáles podían ser mi ámbito y mis
circunstancias; sin embargo, a medida que proseguía mi tambaleante marcha, se
insinuaba en mí una especie de tímido recuerdo latente que hacía mi avance no
del todo fortuito, sin rumbo fijo por campo abierto; unas veces sin perder de
vista el camino, otras abandonándolo para internarme, lleno de curiosidad, por
praderas en las que sólo alguna ruina ocasional revelaba la presencia, en
tiempos remotos, de una senda olvidada. En un momento dado tuve que cruzar a
nado un rápido río cuyos restos de mampostería agrietada y mohosa hablaban de
un puente mucho tiempo atrás desaparecido.
Habían transcurrido más de dos horas cuando
llegué a lo que aparentemente era mi meta: un venerable castillo cubierto de
hiedras, enclavado en un gran parque de espesa arboleda, de alucinante
familiaridad para mí, y sin embargo lleno de intrigantes novedades. Vi que el
foso había sido rellenado y que varias de las torres que yo bien conocía
estaban demolidas, al mismo tiempo que se erguían nuevas alas que confundían al
espectador. Pero lo que observé con el máximo interés y deleite fueron las
ventanas abiertas, inundadas de esplendorosa claridad y que enviaban al
exterior ecos de la más alegre de las francachelas. Adelantándome hacia una de
ellas, miré al interior y vi un grupo de personas extrañamente vestidas, que
departían entre sí con gran jarana. Como jamás había oído la voz humana, apenas
sí podía adivinar vagamente lo que decían. Algunas caras tenían expresiones que
despertaban en mí remotísimos recuerdos; otras me eran absolutamente ajenas.
Salté por la ventana y me introduje en la
habitación, brillantemente iluminada, a la vez que mi mente saltaba del único
instante de esperanza al más negro de los desalientos. La pesadilla no tardó en
venir, ya que, no bien entré, se produjo una de las más aterradoras reacciones
que hubiera podido concebir. No había terminado de cruzar el umbral cuando cundió
entre todos los presentes un inesperado y súbito pavor, de horrible intensidad,
que distorsionaba los rostros y arrancaba de todas las gargantas los chillidos
más espantosos. El desbande fue general, y en medio del griterío y del pánico
varios sufrieron desmayos, siendo arrastrados por los que huían enloquecidos.
Muchos se taparon los ojos con las manos y corrían a ciegas llevándose todo por
delante, derribando los muebles y dándose contra las paredes en su desesperado
intento de ganar alguna de las numerosas puertas.
Solo y aturdido en el brillante recinto,
escuchando los ecos cada vez más apagados de aquellos espeluznantes gritos,
comencé a temblar pensando qué podía ser aquello que me acechaba sin que yo lo
viera. A primera vista el lugar parecía vacío, pero cuando me dirigí a una de
las alcobas creí detectar una presencia… un amago de movimiento del otro lado
del arco dorado que conducía a otra habitación, similar a la primera. A medida
que me aproximaba a la arcada comencé a percibir la presencia con más nitidez;
y luego, con el primero y último sonido que jamás emití -un aullido horrendo
que me repugnó casi tanto como su morbosa causa-, contemplé en toda su horrible
intensidad el inconcebible, indescriptible, inenarrable monstruo que, por obra
de su mera aparición, había convertido una alegre reunión en una horda de
delirantes fugitivos.
No puedo siquiera decir aproximadamente a qué
se parecía, pues era un compuesto de todo lo que es impuro, pavoroso,
indeseado, anormal y detestable. Era una fantasmagórica sombra de podredumbre,
decrepitud y desolación; la pútrida y viscosa imagen de lo dañino; la atroz
desnudez de algo que la tierra misericordiosa debería ocultar por siempre
jamás. Dios sabe que no era de este mundo -o al menos había dejado de serlo-,
y, sin embargo, con enorme horror de mi parte, pude ver en sus rasgos
carcomidos, con huesos que se entreveían, una repulsiva y lejana reminiscencia
de formas humanas; y en sus enmohecidas y destrozadas ropas, una indecible
cualidad que me estremecía más aún.
Estaba casi paralizado, pero no tanto como
para no hacer un débil esfuerzo hacia la salvación: un tropezón hacia atrás que
no pudo romper el hechizo en que me tenía apresado el monstruo sin voz y sin
nombre. Mis ojos, embrujados por aquellos asqueantes ojos vítreos que los
miraba fijamente, se negaban a cerrarse, si bien el terrible objeto, tras el
primer impacto, se veía ahora más confuso. Traté de levantar la mano y disipar
la visión, pero estaba tan anonadado que el brazo no respondió por entero a mi
voluntad. Sin embargo, el intento fue suficiente como para alterar mi
equilibrio y, bamboleándome, di unos pasos hacia adelante para no caer. Al
hacerlo adquirí de pronto la angustiosa noción de la proximidad de la cosa,
cuya inmunda respiración tenía casi la impresión de oír. Poco menos que
enloquecido, pude no obstante adelantar una mano para detener a la fétida
imagen, que se acercaba más y más, cuando de pronto mis dedos tocaron la
extremidad putrefacta que el monstruo extendía por debajo del arco dorado.
No chillé, pero todos los satánicos vampiros
que cabalgan en el viento de la noche lo hicieron por mí, a la vez que dejaron
caer en mi mente una avalancha de anonadantes recuerdos.
Supe en ese mismo instante todo lo ocurrido;
recordé hasta más allá del terrorífico castillo y sus árboles; reconocí el
edificio en el cual me hallaba; reconocí, lo más terrible, la impía abominación
que se erguía ante mí, mirándome de soslayo mientras apartaba de los suyos mis
dedos manchados.
Pero en el cosmos existe el bálsamo además de
la amargura, y ese bálsamo es el olvido. En el supremo horror de ese instante
olvidé lo que me había espantado y el estallido del recuerdo se desvaneció en
un caos de reiteradas imágenes. Como entre sueños, salí de aquel edificio fantasmal
y execrado y eché a correr rauda y silenciosamente a la luz de la luna. Cuando
retorné al mausoleo de mármol y descendí los peldaños, encontré que no podía
mover la trampa de piedra; pero no lo lamenté, ya que había llegado a odiar el
viejo castillo y sus árboles. Ahora cabalgo junto a los fantasmas, burlones y
cordiales, al viento de la noche, y durante el día juego entre las catacumbas
de Nefre-Ka, en el recóndito y desconocido valle de Hadoth, a orillas del Nilo.
Sé que la luz no es para mí, salvo la luz de la luna sobre las tumbas de roca
de Neb, como tampoco es para mí la alegría, salvo las innominadas fiestas de
Nitokris bajo la Gran Pirámide; y, sin embargo, en mi nueva y salvaje libertad
agradezco casi la amargura de la alienación.
Pues aunque el olvido me ha dado la calma, no
por eso ignoro que soy un extranjero; un extraño a este siglo y a todos los que
aún son hombres. Esto es lo que supe desde que extendí mis dedos hacia esa cosa
abominable surgida en aquel gran marco dorado; desde que extendí mis dedos y
toqué la fría e inexorable superficie del pulido espejo.
ACTIVIDADES DE
COMPRENSIÓN LECTORA:
1. ¿En dónde vivía el protagonista?
2. ¿Qué habilidad tienen los ojos de este
personaje?
3. ¿De qué habla el primer párrafo de este
cuento?
4. Infiere: ¿por qué el cuento está escrito en
primera persona? Explica tu respuesta.
5. ¿Qué es lo que añoraba cuando se pasaba
largo tiempo soñando? ¿Por qué lo hacía?
6. ¿Por qué el protagonista quiere subir a lo
alto de la torre del castillo?
7. ¿Qué significado puede tener la luz y la
oscuridad para el protagonista? Justifica tu respuesta.
8. Tras llegar a la parte más alta del
castillo, el protagonista se encuentra con unas personas que huyen de él. Luego
ingresa a otra habitación y de repente ve una figura horrible y deforme que es
el reflejo del mismo protagonista en un espejo. ¿Qué significa ello según tu
interpretación? Justifica tu respuesta.
10. ¿Por qué el protagonista dice que es un
"extranjero"?
11. ¿Con qué palabra podemos caracterizar la
personalidad del protagonista? Explica tu respuesta.
ACTIVIDAD CREATIVA:
1. Crea un cuento breve en primera persona
cuyo protagonista sea un monstruo o engendro. No olvides desplegar toda tu
creatividad.