martes, 31 de agosto de 2021

Cuento "La noche de los feos" de Mario Benedetti con actividades de comprensión lectora

 

La noche de los feos

Mario Benedetti


VIDEO DE RESUMEN Y ANÁLISIS



1


Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.

Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.

Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos -de la mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.

Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.

Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.

Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.

La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.

La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.

Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.

"¿Qué está pensando?", pregunté.

Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.

"Un lugar común", dijo. "Tal para cual".

Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.

"Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?"

"Sí", dijo, todavía mirándome.

"Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida."

"Sí."

Por primera vez no pudo sostener mi mirada.

"Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo."

"¿Algo cómo qué?"

"Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad."

Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.

"Prométame no tomarme como un chiflado."

"Prometo."

"La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?"

"No."

"¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?"

Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.

"Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca."

Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.

"Vamos", dijo.

 

 

2

 

No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.

 

Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.

En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.

Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.

Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.

Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.

 

ACTIVIDADES DE COMPRENSIÓN LECTORA:

1.     Ubica el inicio – problema o nudo – y desenlace de este cuento.

2.     Ubica a los personajes, el tiempo y el espacio de este cuento.

3.     ¿Cómo inicia el cuento? ¿A quiénes describe? ¿Por qué crees que el autor comienza así su cuento?

4.     ¿Cuál es el tema del cuento? Explica.

5.     ¿Por qué a los personajes se consideran “feos”? ¿Crees que eso es fealdad? Explica.

6.     ¿Cómo nace “el amor” entre estos dos feos?

7.     Infiere: según el cuento ¿qué es ser feo?

8. Qué nos quiere decir el narrador-protagonista con esta frase: “Nos conocimos en la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez examinamos sin empatía, pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades”.

9. Qué significa la siguiente frase: “Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico”.

10. A qué se refiere el narrador con esta frase: “En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso”. Explica tu respuesta.

11.  Qué se infiere de esta última parte del cuento: “Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble”. Explica tu respuesta.

12.  ¿Estás de acuerdo con el final del cuento? ¿Por qué?

13.  ¿Estás de acuerdo con el concepto de fealdad que plantea el autor? ¿Por qué?


 

ACTIVIDAD CREATIVA:

1. Crea un cuento cuya temática gire en torno a la belleza o fealdad. No olvides trabajar mucho aspectos de la descripción física y psicológica de tus personajes.

domingo, 29 de agosto de 2021

Cuento: "Un artista del trapecio" de Franz Kafka con actividades de comprensión lectora

 

Un artista del trapecio

Franz Kafka


Un artista del trapecio -como se sabe, este arte que se practica en lo alto de las cúpulas de los grandes circos es uno de los más difíciles entre todos los asequibles al hombre- había organizado su vida de tal manera -primero por afán profesional de perfección, después por costumbre que se había hecho tiránica- que, mientras trabajaba en la misma empresa, permanecía día y noche en el trapecio. Todas sus necesidades -por otra parte muy pequeñas- eran satisfechas por criados que se relevaban a intervalos y vigilaban debajo. Todo lo que arriba se necesitaba lo subían y bajaban en cestillos construidos para el caso.

De esta manera de vivir no se deducían para el trapecista dificultades con el resto del mundo. Sólo resultaba un poco molesto durante los demás números del programa, porque como no se podía ocultar que se había quedado allá arriba, aunque permanecía quieto, siempre alguna mirada del público se desviaba hacia él. Pero los directores se lo perdonaban, porque era un artista extraordinario, insustituible. Además era sabido que no vivía así por capricho y que sólo de aquella manera podía estar siempre entrenado y conservar la extrema perfección de su arte.

Además, allá arriba se estaba muy bien. Cuando, en los días cálidos del verano, se abrían las ventanas laterales que corrían alrededor de la cúpula y el sol y el aire irrumpían en el ámbito crepuscular del circo, era hasta bello. Su trato humano estaba muy limitado, naturalmente. Alguna vez trepaba por la cuerda de ascensión algún colega de turné, se sentaba a su lado en el trapecio, apoyado uno en la cuerda de la derecha, otro en la de la izquierda, y charlaban largamente. O bien los obreros que reparaban la techumbre cambiaban con él algunas palabras por una de las claraboyas o el electricista que comprobaba las conducciones de luz, en la galería más alta, le gritaba alguna palabra respetuosa, si bien poco comprensible.

A no ser entonces, estaba siempre solitario. Alguna vez un empleado que erraba cansadamente a las horas de la siesta por el circo vacío, elevaba su mirada a la casi atrayente altura, donde el trapecista descansaba o se ejercitaba en su arte sin saber que era observado.

Así hubiera podido vivir tranquilo el artista del trapecio a no ser por los inevitables viajes de lugar en lugar, que lo molestaban en sumo grado. Cierto es que el empresario cuidaba de que este sufrimiento no se prolongara innecesariamente. El trapecista salía para la estación en un automóvil de carreras que corría, a la madrugada, por las calles desiertas, con la velocidad máxima; demasiado lenta, sin embargo, para su nostalgia del trapecio.

 

En el tren, estaba dispuesto un departamento para él solo, en donde encontraba, arriba, en la redecilla de los equipajes, una sustitución mezquina -pero en algún modo equivalente- de su manera de vivir.

En el sitio de destino ya estaba enarbolado el trapecio mucho antes de su llegada, cuando todavía no se habían cerrado las tablas ni colocado las puertas. Pero para el empresario era el instante más placentero aquel en que el trapecista apoyaba el pie en la cuerda de subida y en un santiamén se encaramaba de nuevo sobre su trapecio. A pesar de todas estas precauciones, los viajes perturbaban gravemente los nervios del trapecista, de modo que, por muy afortunados que fueran económicamente para el empresario, siempre le resultaban penosos.

Una vez que viajaban, el artista en la redecilla como soñando, y el empresario recostado en el rincón de la ventana, leyendo un libro, el hombre del trapecio le apostrofó suavemente. Y le dijo, mordiéndose los labios, que en lo sucesivo necesitaba para su vivir, no un trapecio, como hasta entonces, sino dos, dos trapecios, uno frente a otro.

El empresario accedió en seguida. Pero el trapecista, como si quisiera mostrar que la aceptación del empresario no tenía más importancia que su oposición, añadió que nunca más, en ninguna ocasión, trabajaría únicamente sobre un trapecio. Parecía horrorizarse ante la idea de que pudiera acontecerle alguna vez. El empresario, deteniéndose y observando a su artista, declaró nuevamente su absoluta conformidad. Dos trapecios son mejor que uno solo. Además, los nuevos trapecios serían más variados y vistosos.

Pero el artista se echó a llorar de pronto. El empresario, profundamente conmovido, se levantó de un salto y le preguntó qué le ocurría, y como no recibiera ninguna respuesta, se subió al asiento, lo acarició y abrazó y estrechó su rostro contra el suyo, hasta sentir las lágrimas en su piel. Después de muchas preguntas y palabras cariñosas, el trapecista exclamó, sollozando:

-Sólo con una barra en las manos, ¡cómo podría yo vivir!

Entonces, ya fue muy fácil al empresario consolarlo. Le prometió que en la primera estación, en la primera parada y fonda, telegrafiaría para que instalasen el segundo trapecio, y se reprochó a sí mismo duramente la crueldad de haber dejado al artista trabajar tanto tiempo en un solo trapecio. En fin, le dio las gracias por haberle hecho observar al cabo aquella omisión imperdonable. De esta suerte, pudo el empresario tranquilizar al artista y volverse a su rincón.

En cambio, él no estaba tranquilo; con grave preocupación espiaba, a hurtadillas, por encima del libro, al trapecista. Si semejantes pensamientos habían empezado a atormentarlo, ¿podrían ya cesar por completo? ¿No seguirían aumentando día por día? ¿No amenazarían su existencia? Y el empresario, alarmado, creyó ver en aquel sueño, aparentemente tranquilo, en que habían terminado los lloros, comenzar a dibujarse la primera arruga en la lisa frente infantil del artista del trapecio.


ACTIVIDADES DE COMPRENSIÓN LECTORA:

1.     Explica, con tus propias palabras, ¿qué impulsa al trapecista a vivir en un trapecio?

2. ¿Cómo viajaba el trapecista para reducir el sufrimiento que le causaba no estar en su trapecio?

3.     Cuando el trapecista le pide al empresario que le ponga otro trapecio, pues uno solo ya no es suficiente, ¿qué ventaja encuentra el empresario en esta propuesta? Explica tu respuesta.

4.     ¿Por qué el empresario queda intranquilo luego de haber calmado al trapecista?

5.     Si tuvieras que escribirle una moraleja a este cuento, ¿cuál sería? Explica tu moraleja.

 

ACTIVIDAD CREATIVA: 

1. Soy Kafkiano: Escribe un cuento que tenga elementos que pudiste reconocer en este cuento. El título deberá llevar como nombre: “Un artista…” (Por ejemplo: Un artista del plagio, un artista del amor, un artista de la mentira, un artista de la esperanza, etc.).

martes, 24 de agosto de 2021

Fragmento de "Crimen y castigo" con actividades de comprensión lectora

 

CRIMEN Y CASTIGO

(Fragmento)

Fiódor Dostoyevski

Rodión Raskolnikov, un joven y humilde estudiante de Derecho, está decidido a asesinar a una vieja usurera que según él es la encarnación de la maldad e inmundicia humana. Planifica su plan meticulosamente con frialdad. Piensa que si mata a la vieja le hará un “bien” a la sociedad… pero su conciencia le impide sentirse satisfecho con sus acciones…

 

La puerta se abrió formando una estrecha rendija, como la otra vez, y de nuevo dos ojos inquisidores y desconfiados se clavaron en él desde la oscuridad. En este momento Raskólnikov se desconcertó y cometió un grave error.

Temiendo que la vieja al verle solo se asustara, y convencido de que su aspecto de ningún modo iba a tranquilizarla, agarró la puerta y tiró de ella hacia sí, a fin de que a la vieja no se le ocurriera cerrar otra vez. Ella no volvió a cerrar la puerta, en efecto, mas tampoco soltó la manija, de modo de Raskólnikov por poco la arrastra hacia la escalera junto con la puerta. Como Aliona Ivánovna se quedaba de pie en medio de la puerta sin dejar el paso libre, él dio un paso adelante. La anciana se apartó, asustada, quiso decir algo, mas pareció que no podía y se quedó mirando al joven con los ojos enormemente abiertos.

—Buenas tardes, Aliona Ivánovna —comenzó él a decir con la mayor desenvoltura posible, pero la voz no le obedeció, se le quebró, temblorosa...—. Le traigo...un objeto...,pero será mejor entrar ahí, acercarse a la luz.

Soltó la puerta y, sin esperar a que le invitaran a pasar, entró en la habitación. La vieja corrió tras él y recobró entonces el don de la palabra:

—¡Señor! Pero ¿qué quiere?...¿Quién es usted? ¿Qué se le ofrece?

—Perdone, Aliona Ivánovna..., soy un conocido suyo... Raskólnikov...Le traigo una prenda, que le prometí hace unos días... —y le tendió el objeto que llevaba preparado.

La vieja echó un vistazo al paquetito, pero en seguida volvió a clavar la mirada en los ojos del inesperado visitante. Le miraba atenta, con ira y desconfianza. Transcurrió un minuto. Raskólnikov creyó distinguir en los ojos de la vieja una expresión sarcástica, como si lo hubiera adivinado todo. Tenía la sensación de que perdía la serenidad, de que el miedo se apoderaba de él, un miedo horrible, hasta el punto de que si ella continuaba mirándole de aquel modo, sin decir una palabra, un minuto más, huiría de allí corriendo.

—Pero, ¿por qué me mira usted de ese modo, como si no me hubiese reconocido? —exclamó él, de pronto, con rabia—. Si lo requiere, tómelo; si no, lo llevaré a otro sitio. No tengo tiempo que perder.

Ni siquiera había pensado decir aquello; estas palabras le salieron como por sí mismas. La vieja volvió en sí; por lo visto, el tono decidido del recién llegado le dio ánimos.

—¿Por qué te pones de ese modo, señor? Así, sin más ni más... ¿Qué me traes? —preguntó mirando la prenda.

—Una pitillera de plata. Ya le hablé de ella la última vez.

La vieja tendió la mano.

—¿Qué le pasa, que está usted tan pálido? ¿Le tiemblan las manos? ¿Viene del baño, acaso?

—Son las fiebres —respondió Raskólnikov con voz cascada—. ¿Y quién no se pone pálido, si no tiene nada que comer? —añadió, articulando a duras penas las palabras.

Otra vez las fuerzas le abandonaban. Mas la respuesta parecía verosímil. La vieja tomó la prenda.

—¿Qué es esto? —preguntó, sopesándola con la mano y mirando otra vez fijamente a Raskólnikov.

—Este objeto es... una pitillera... de plata... mírela.

—No parece de plata. ¡Vaya modo de atarla!

Para desatar el cordoncito, se volvió hacia una ventana, hacia la luz (tenía todas las ventanas cerradas, a pesar del calor asfixiante), y por unos segundos se apartó de el abrigo y descolgó el hacha del lazo, pero no lo sacó del todo; lo sostenía con la mano derecha debajo del abrigo. Tenía las manos enormemente débiles; se daba cuenta de que a cada momento se le entorpecían y se le cayera al suelo...

De pronto le pareció que el vértigo se apoderaba de él.

—¡Vaya lío que ha armado con esto! —exclamó la vieja, malhumorada, e hizo un movimiento como para dirigirse hacia él.

No había que perder ni un segundo. Sacó el hacha de debajo del abrigo, la levantó con las dos manos y, sin violencia, con un movimiento casi maquinal, la dejó caer sobre la cabeza de la vieja.

Raskolnikof creyó que las fuerzas le habían abandonado para siempre, pero notó que las recuperaba después de haber dado el hachazo.

 

La vieja, como de costumbre, no llevaba nada en la cabeza. Sus cabellos, grises, ralos, empapados en aceite, se agrupaban en una pequeña trenza que hacía pensar en la cola de una rata, y que un trozo de peine de asta mantenía fija en la nuca. Como era de escasa estatura, el hacha la alcanzó en la parte anterior de la cabeza. La víctima lanzó un débil grito y perdió el equilibrio. Lo único que tuvo tiempo de hacer fue sujetarse la cabeza con las manos. En una de ellas tenía aún el paquetito. Raskolnikof le dio con todas sus fuerzas dos nuevos hachazos en el mismo sitio, y la sangre manó a borbotones, como de un recipiente que se hubiera volcado. El cuerpo de la víctima se desplomó definitivamente. Raskolnikof retrocedió para dejarlo caer. Luego se inclinó sobre la cara de la vieja. Ya no vivía. Sus ojos estaban tan abiertos, que parecían a punto de salírsele de las órbitas. Su frente y todo su rostro estaban rígidos y desfigurados por las convulsiones de la agonía.

Raskolnikof dejó el hacha en el suelo, junto al cadáver, y empezó a registrar, procurando no mancharse de sangre, el bolsillo derecho, aquel bolsillo de donde él había visto, en su última visita, que la vieja sacaba las llaves. Conservaba plenamente la lucidez; no estaba aturdido; no sentía vértigos. Más adelante recordó que en aquellos momentos había procedido con gran atención y prudencia, que incluso había sido capaz de poner sus cinco sentidos en evitar mancharse de sangre... Pronto encontró las llaves, agrupadas en aquel llavero de acero que él ya había visto.

Corrió con las llaves al dormitorio. Al acercarse a ella le ocurrió algo extraño: apenas empezó a probar las llaves para intentar abrir los cajones experimentó una sacudida. La tentación de dejarlo todo y marcharse le asaltó de súbito. Pero estas vacilaciones sólo duraron unos instantes. Era demasiado tarde para retroceder. Y cuando sonreía, extrañado de haber tenido semejante ocurrencia, otro pensamiento, una idea realmente inquietante, se apoderó de su imaginación. Se dijo que acaso la vieja no hubiese muerto, que tal vez volviese en sí... Dejó las llaves y la cómoda y corrió hacia el cuerpo yaciente. Cogió el hacha, la levantó..., pero no llegó a dejarla caer: era indudable que la vieja estaba muerta.

Se inclinó sobre el cadáver para examinarlo de cerca y observó que tenía el cráneo abierto. Iba a tocarlo con el dedo, pero cambió de opinión: esta prueba era innecesaria.

(...)

Una impaciencia febril le impulsaba. Cogió las llaves y reanudó la tarea. Pero sus tentativas de abrir los cajones fueron infructuosas, no tanto a causa del temblor de sus manos como de los continuos errores que cometía. Veía, por ejemplo, que una llave no se adaptaba a una cerradura, y se obstinaba en introducirla. De pronto se dijo que aquella gran llave dentada que estaba con las otras pequeñas en el llavero no debía de ser de la cómoda (se acordaba de que ya lo había pensado en su visita anterior), sino de algún cofrecillo, donde tal vez guardaba la vieja todos sus tesoros.

(...)

Se limpió la sangre de las manos en el forro rojo.

«Como la sangre es roja, se verá menos sobre el rojo.»

De pronto cambió de expresión y se dijo, aterrado:

«¡Qué insensatez, Señor! ¿Acabaré volviéndome loco?»

Pero cuando empezó a revolver los trozos de tela, de debajo de la piel salió un reloj de oro. Entonces no dejó nada por mirar. Entre los retazos del fondo aparecieron joyas, objetos empeñados, sin duda, que no habían sido retirados todavía: pulseras, cadenas, pendientes, alfileres de corbata... Algunas de estas joyas estaban en sus estuches; otras, cuidadosamente envueltas en papel de periódico en doble, y el envoltorio bien atado. No vaciló ni un segundo: introdujo la mano y empezó a llenar los bolsillos de su pantalón y de su gabán sin abrir los paquetes ni los estuches.

Pero de pronto hubo de suspender el trabajo. Le parecía haber oído un rumor de pasos en la habitación inmediata. Se quedó inmóvil, helado de espanto... No, todo estaba en calma; sin duda, su oído le había engañado. Pero de súbito percibió un débil grito, o, mejor, un gemido sordo, entrecortado, que se apagó en seguida. De nuevo y durante un minuto reinó un silencio de muerte. Raskolnikof, en cuclillas ante el arca, esperó, respirando apenas. De pronto se levantó empuñó el hacha y corrió a la habitación vecina. En esta habitación estaba Lisbeth. Tenía en las manos un gran envoltorio y contemplaba atónita el cadáver de su hermana. Estaba pálida como una muerta y parecía no tener fuerzas para gritar. Al ver aparecer a Raskolnikof, empezó a temblar como una hoja y su rostro se contrajo convulsivamente. Probó a levantar los brazos y no pudo; abrió la boca, pero de ella no salió sonido alguno. Lentamente fue retrocediendo hacia un rincón, sin dejar de mirar a Raskolnikof en silencio, aquel silencio que no tenía fuerzas para romper. Él se arrojó sobre ella con el hacha en la mano. Los labios de la infeliz se torcieron con una de esas muecas que solemos observar en los niños pequeños cuando ven algo que les asusta y empiezan a gritar sin apartar la vista de lo que causa su terror.

Era tan cándida la pobre Lisbeth y estaba tan aturdida por el pánico, que ni siquiera hizo el movimiento instintivo de levantar las manos para proteger su cabeza: se limitó a dirigir el brazo izquierdo hacia el asesino, como si quisiera apartarlo. El hacha cayó de pleno sobre el cráneo, hendió la parte superior del hueso frontal y casi llegó al occipucio. Lisbeth se desplomó. Raskolnikof perdió por completo la cabeza, se apoderó del envoltorio, después lo dejó caer y corrió al vestíbulo.

Su terror iba en aumento, sobre todo después de aquel segundo crimen que no había proyectado, y sólo pensaba en huir. Si en aquel momento hubiese sido capaz de ver las cosas más claramente, de advertir las dificultades, el horror y lo absurdo de su situación; si hubiese sido capaz de prever los obstáculos que tenía que salvar y los crímenes que aún habría podido cometer para salir de aquella casa y volver a la suya, acaso habría renunciado a la lucha y se habría entregado, pero no por cobardía, sino por el horror que le inspiraban sus crímenes. Esta sensación de horror aumentaba por momentos. Por nada del mundo habría vuelto al lado del arca, y ni siquiera a las dos habitaciones interiores.

Sin embargo, poco a poco iban acudiendo a su mente otros pensamientos. Incluso llegó a caer en una especie de delirio. A veces se olvidaba de las cosas esenciales y fijaba su atención en los detalles más superfluos. Sin embargo, como dirigiera una mirada a la cocina y viese que debajo de un banco había un cubo con agua, se le ocurrió lavarse las manos y limpiar el hacha. Sus manos estaban manchadas de sangre, pegajosas. Introdujo el hacha en el cubo; después cogió un trozo de jabón que había en un plato agrietado sobre el alféizar de la ventana y se lavó.

Seguidamente sacó el hacha del cubo, limpió el hierro y estuvo lo menos tres minutos frotando el mango, que había recibido salpicaduras de sangre. Lo secó todo con un trapo puesto a secar en una cuerda tendida a través de la cocina, y luego examinó detenidamente el hacha junto a la ventana. Las huellas acusadoras habían desaparecido, pero el mango estaba todavía húmedo.

Después de colgar el hacha del nudo corredizo, debajo de su gabán, inspeccionó sus pantalones, su americana, sus botas, tan minuciosamente como le permitió la escasa luz que había en la cocina.

A simple vista, su indumentaria no presentaba ningún indicio sospechoso. Sólo las botas estaban manchadas de sangre. Mojó un trapo y las lavó. Pero sabía que no veía bien y que tal vez no percibía manchas perfectamente visibles.

Luego quedó indeciso en medio de la cocina, presa de un pensamiento angustioso: se decía que tal vez se había vuelto loco, que no se hablaba en disposición de razonar ni de defenderse, que sólo podía ocuparse en cosas que le conducían a la perdición.

«¡Señor! ¡Dios mío! Es preciso huir, huir...» Y corrió al vestíbulo. Se arrojó sobre la puerta y echó el cerrojo.

«Acabo de hacer otra tontería. Hay que huir, hay que huir...»

 

ACTIVIDADES DE COMPRENSIÓN LECTORA:

 

Responde:

1.     ¿Por qué Rodion Raskolnikov no está tranquilo con su conciencia?

2.     Escribe un fragmento de lo leído donde Raskolnikov se siente culpable del crimen que comete

3.     ¿Cómo es la personalidad de la vieja usurera en el fragmento?

4.     ¿Cómo muere la vieja usurera?

5.     ¿Qué persona “inocente” muere a manos de Raskolnikov?

6.     ¿Crees que es bueno tomar la justicia por nuestras propias manos?

7.     ¿Cuál es el tema central de la obra?

8.     En pocas palabras, ¿qué podría simbolizar Raskolnikov y qué simboliza la vieja usurera? Explica tu respuesta.


 

lunes, 23 de agosto de 2021

Fragmento de "El principito" con actividades de comprensión lectora

 

EL PRINCIPITO

(fragmento)

Antoine de Saint-Exupéry


 

El séptimo planeta fue, pues, la Tierra. [...] Pero sucedió que el Principito, habiendo caminado largo tiempo a tra­vés de arenas, de rocas y de nieves, descubrió al fin una ruta. Y todas las rutas van hacia la morada de los hom­bres.

-Buenos días -dijo.

Era un jardín florido de rosas.

-Buenos días -dijeron las rosas.

El Principito las miró. Todas se parecían a su flor.

-¿Quiénes sois? -les preguntó, estupefacto.

-Somos rosas -dijeron las rosas.

-¡Ah! -dijo el Principito.

Y se sintió muy desdichado. Su flor le había dicho que ella era la única de su especie en todo el universo. Y he aquí que había cinco mil, todas semejantes, en un solo jardín. [...]

Luego, se dijo aún: "Me creía rico con una flor única y no poseo más que una rosa ordinaria. La rosa y mis tres volcanes que me llegan a la rodilla, uno de los cuales qui­zá está apagado para siempre. Realmente no soy un gran príncipe...". Y, tendido sobre la hierba, lloró.

Entonces apareció el zorro:

-Buenos días -dijo el zorro.

—¿Quién eres? -dijo el Principito. Eres muy lindo...

-Soy un zorro -dijo el zorro.

-Ven a jugar conmigo -le propuso el Principito-. ¡Estoy tan triste!

-No puedo jugar contigo -dijo el zorro-. No estoy do­mesticado.

-¡Ah, perdón! -dijo el Principito.

Pero después de reflexionar, agregó:

-¿Qué significa "domesticar"?

—No eres de aquí -dijo el zorro-. ¿Qué buscas?

-Busco a los hombres -dijo el Principito-. ¿Qué signifi­ca "domesticar"?

—Los hombres -dijo el zorro— tienen fusiles y cazan. Es muy molesto. También crían gallinas. Es su único interés. ¿Buscas gallinas?

-No -dijo el Principito-. Busco amigos. ¿Qué significa "domesticar"?

-Es una cosa demasiado olvidada -dijo el zorro. Signifi­ca "crear lazos".

-¿Crear lazos?

-Sí -dijo el zorro-. Para mí no eres todavía más que un muchachito semejante a cien mil muchachos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo...

-Empiezo a comprender -dijo el Principito-. Hay una flor... creo que ella me ha domesticado.

-Es posible -dijo el zorro-. ¡En la tierra se ve toda clase de cosas...!

-¡Oh! No es en la Tierra -dijo el Principito. [...]

-Mi vida es muy monótona. Cazo gallinas, los hombres me cazan. Todas las gallinas se parecen y todos los hom­bres se parecen. Me aburro, pues, un poco. Pero si me domesticas, mi vida se llenará de sol. Conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los otros. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra. El tuyo me llama­rá fuera de la madriguera, como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves, allá, los campos de trigo? Yo no como pan. Para mí el trigo es inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada. ¡Es bien triste! Pero tú tienes cabellos color de oro. Cuando me hayas domesticado, ¡será mara­villoso! El trigo dorado será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo... -dijo el zorro.

El zorro calló y miró largo tiempo al Principito.

-¡Por favor...,  domestícame! -dijo.

-¿Qué hay que hacer? -dijo el Principito.

-Hay que ser paciente -respondió el zorro-. Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en la hierba. Te miraré de reojo y no dirás nada. La palabra es fuente de malentendidos. Pero, cada día, podrás sentarte un poco más cerca...

Al día siguiente volvió el Princi­pito.

-Hubiese sido mejor venir a la misma hora -dijo el zorro-. Si vienes por ejemplo a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres. Cuando más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sen­tiré agitado e inquieto; ¡descubriré el precio de la felici­dad! Pero si vienes a cualquier hora, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón... Los ritos son necesarios.

-¿Qué es un rito? -preguntó el Principito.

-Es también algo demasiado olvidado -dijo el zorro—. Es lo que hace que un día sea diferente de los otros días; una hora, de las otras horas.

Así el Principito domesticó al zorro. Y cuando se acercó la hora de la partida:

-¡Ah!... -dijo el zorro-. Voy a llorar.

-¡Pero vas a llorar! -dijo el Principito.

-Sí -dijo el zorro.

-Entonces, no ganas nada.

-Gano -dijo el zorro-, por el color del trigo.

Luego, agregó:

-Ve y mira nuevamente las rosas. Comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás para decirme adiós y te regalaré un secreto.

El Principito se fue a ver nuevamente a las rosas:

-No sois en absoluto parecidas a mi rosa; no sois nada aún -les dijo-. Nadie os ha domesticado y no habéis domesticado a nadie. Sois como mi zorro. No era más que un zorro semejante a cien mil otros. Pero yo lo hice mi amigo y ahora es único en el mundo.

Y las rosas se sintieron bien molestas.

-Sois bellas, pero estáis va­cías -les dijo todavía-. No se puede morir por vosotras. Sin duda que un transeúnte común creerá que mi rosa se os parece. Pero ella sola es más importante que todas vo­sotras, puesto que es ella la rosa a quien he regado. Pues­to que ella es mi rosa.

Y volvió hacia el zorro:

-Adiós -dijo.

-Adiós -dijo el zorro—. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.

-Lo esencial es invisible a los ojos -repitió el Principito, a fin de acordarse.

-El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea importante.

-El tiempo que perdí por mi rosa... -dijo el Principito, a fin de acordarse.

—Los hombres han olvidado esta verdad —dijo el zorro. Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siem­pre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa.

-Soy responsable de mi rosa... -repitió el Principito, a fin de acordarse.

 

 

ACTIVIDADES DE COMPRENSIÓN LECTORA:

 

1.     ¿De qué tema trata este fragmento? Explica con tus propias palabras.

2.     ¿Qué significan las siguientes frases?:

a.     No estoy domesticado.

b.     Pero si me domesticas, mi vida se llenará de sol.

c.      Sois bellas, pero estáis vacías.

d.     El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante.

e.      La palabra es fuente de malentendidos.

f.       Lo esencial es invisible a los ojos.

3.     ¿Qué crees que nos quiere enseñar el autor al ofrecernos esta historia? Explica tu respuesta.

 

 

ACTIVIDAD CREATIVA:

 

1.Crea un cuento cuyo personaje principal sea un animal salvaje. No olvides ser creativo y original.

domingo, 22 de agosto de 2021

Tradiciones peruanas: "Los siete pelos del diablo" de Ricardo Palma con actividades de comprensión lectora

 

TRADICIONES PERUANAS:

LOS SIETE PELOS DEL DIABLO

RICARDO PALMA


 

 

I

 

—¡Teniente Mandujano! —Presente, mi coronel.

—Vaya usted por veinticuatro horas arrestado al cuarto de banderas.

—Con su permiso, mi coronel contestó el oficial; saludó militarmente y se fue, sin rezongar poco ni mu­cho, a cumplimentar la orden.

El coronel acababa de tener noticia de no sé qué pe­queño escándalo dado por el subalterno en la calle del Chivato. Asunto de faldas, de esas benditas faldas que fueron, que son y serán, perdición de Adanes.

Cuando al día siguiente pusieron en libertad al oficial, que al entrar en Melilla no es maravilla, y al salir de ella es ella, se encaminó aquél a la mayoría del cuerpo, donde a la sazón se encontraba el primer jefe, y le dijo:

—Mi coronel, el que habla está expedito para el ser­vicio.

—Quedo enterado— contestó lacónicamente el superior.

—Ahora ruego a usía que se digne decirme el motivo del arresto, para no reincidir en la falta.

—El motivo, ¿eh? El motivo es que ha echado usted a lucir varios de los siete pelos del diablo, en la calle del Chivato, y no le digo a usted más. Puede retirarse.

Y el teniente Mandujano se alejó architurulato y se echó a averiguar qué alcance tenía aquello de los siete pe­los del diablo, frase que ya había oído en boca de viejas.

Compulsando me hallaba yo unas papeletas bibliotecarias, cuando se me presentó el teniente, y después de referirme su percance del cuartel, me pidió la explicación de lo que, en vano, llevaba ya una semana de averiguar.

Como no soy, y huélgome en declararlo, un egoistón de marca, a pesar de que

 

en este mundo enemigo

no hay nadie de quien fiar;

cada cual, cuide de sigo,

yo de migo, y tú de tigo...

y procúrese salvar.

 

como diz que dijo un jesuita que ha dos siglos comía pan en mi tierra, tuve que sacar de curiosidad al pobre militrondo, que fue como sacar ánima del purgatorio, narrán­dole el cuento que dio vida a la frase.

 

 

II

 

Cuando Luzbel, que era un ángel muy guapote y en­greído, armó en el cielo la primera trifulca revolu­cionaria de que hace mención la Historia, el Señor, sin andarse con proclamas ni decretos suspendiendo garan­tías individuales o declarando a la corte celestial y sus alrededores en estado de sitio, le aplicó tan soberano puntapié en salva sea la parte, que, rodando de estrella en estrella y de astro en astro, vino el muy faccioso, in­surgente y montonero, a caer en este planeta que as­trónomos y geógrafos bautizaron con el nombre de Tierra.

Sabida cosa es que los ángeles son unos seres mofle­tudos, de cabellera riza y rubia, de carita alegre, de aire travieso, con piel más suave que el raso de Filipinas, y sin pizca de vello. Y cata que al ángel caído lo que más le llamó la atención en la fisonomía de los hombres fue el bigote; y suspiró por tenerlo y se echó a comprar men­jurjes y cosméticos de esos que venden los charlatanes, jurando y rejurando que hacen nacer el pelo hasta en la palma de la mano.

 

El diablo renegaba del afeminado aspecto de su rostro sin bigote, y habría ofrecido el oro y el moro por unos mostachos a lo Víctor Manuel, rey de Italia. Y aunque sabía que para satisfacer el antojo bastaríale dirigir un memorialito bien parlado, pidiendo esa merced a Dios, que es todo generosidad para con sus criaturas, por pica­ras que ellas le hayan salido, se obstinó en no arriar bandera, diciéndose in pecto:

— ¡Pues no faltaba más sino que yo me rebajase hasta pedirle favor a mi enemigo!

No hay odio superior al del presidiario por el grillete.

—¡Hola! —exclamó el Señor, que, como es notorio, tiene oído tan fino que percibe hasta el vuelo del pen­samiento—. ¿Esas tenemos, envidiosillo y soberbio? Pues tendrás lo que mereces, grandísimo bellaco.

 

 

Arrogante, moro, estáis,

y eso que en un mal caballo

como don Quijote vais;

ya os bajaremos el gallo,

si antes vos no lo bajáis.

 

Y amaneció, y se levantó el ángel protervo luciendo bajo las narices dos gruesas hebras de pelo, a manera de dos viboreznos. Eran la soberbia y la envidia.

Aquí fue el crujir de dientes y el encabritarse. Apeló a tijeras y a navaja de buen filo, y allí estaban, resistentes a dejarse cortar, el par de pelos.

—Para esta mezquindad, mejor me estaba con mi ca­rita de hembra— decía el muy zamarro; y reconco­miéndose de rabia fue a consultarse con el más sabio de las alfajemes, que era nada menos que el que afeita e ins­pira en la confección de leyes a un mi amigo, diputado a Congreso. Pero el socarrón barbero, después de alam­bicarlo mucho, le contestó:

Paciencia y non gurruñate, que a lo que vuestra merced desea no alcanza mi saber.

Al día siguiente despertó el rebelde con un pelito o viborilla más. Era la ira.

—A ahogar penas se ha dicho— pensó el desventurado.

Y sin más encaminóse a una parranda de lujo, de esas que hacen temblar el mundo, en la que hay abundancia de viandas y de vinos y superabundancia de buenas mozas, de aquellas que con una mirada le dicen a un prójimo:

—¡Dése usted preso!

¡Dios de Dios y la mona que se arrimó el maldito! Al despertar miróse al espejo y se halló con dos huéspedes más en el proyecto de bigote: la gula y la lujuria.

Abotagado por los licores y comistrajos de la víspera, y extenuado por las ofrendas en aras de la Venus pacotillera, se pasó Luzbel ocho días sin mo­verse de la cama, fumando cigarrillos de la fábrica de Cuba libre y contando las vigas del techo. Feliz semana para la humanidad, porque sin diablo enredador y perverso, estuvo el mundo tranquilo como balsa de aceite.

Cuando Luzbel volvió a darse a luz le había brotado otra cerda: la pereza.

Y durante años y años anduvo el diablo por la tierra luciendo sólo seis pelos en el bigote, hasta que un día por males de sus pecados, se le ocurrió aposentarse dentro del cuerpo de un usurero, y cuando hastiado de picardías le convino cambiar de domicilio, lo hizo luciendo un pelo más: la avaricia.

De fijo que el muy bellaco murmuró lo de:

 

Dios, que es la suma bondad,

hace lo que nos conviene.

(Pues bien fregado me tiene

Su Divina Majestad.)

Hágase su voluntad.

 

Tal es la historia tradicional de los siete pelos que for­man el bigote del diablo, historia que he leído en un palimpsesto contemporáneo del estornudo y de las cosquillas.

 

ACTIVIDADES DE COMPRENSIÓN LECTORA

 

1.     ¿Cuál es la diferencia entre el diablo y Dios en esta tradición?

2.     ¿Qué castigo le envía Dios al diablo?

3.     ¿Por qué quería Luzbel poseer un gran bigote?

4.     ¿Por qué le salieron a Luzbel cada uno de los pelos de su bigote?

5.     Cada bigote de Luzbel está relacionado con una acción que él realiza y que está también relacionada con uno de los 7 pecados capitales. Enumera cada pecado con cada acción.

Ejemplo:

a.      Al enterarse de que no podía quitarse el bigote le salió un nuevo que era la Ira.

6.     ¿Por qué cuando Luzbel tuvo unos cuantos bigotes ya no quería tenerlos?

7.     Según tú ¿cómo se mezclan la ficción y la leyenda en esta tradición?

8.     ¿Cuál crees que es el mensaje de esta tradición? ¿Por qué?

9.     ¿Qué crees que había hecho el teniente Mandujano para merecer el arresto?

10.            ¿Qué tradición popular intenta explicar este relato?

11.            ¿Cuál es tu opinión sobre este relato? ¿Por qué?

 

 

ACTIVIDAD CREATIVA:

 

1. Crea un cuento en donde se hable de uno de los 7 pecados capitales. No olvides ser creativo y original.