Fragmento
de la obra Fuenteovejuna de Lope de Vega
(Monólogo
de Laurencia)
La
siguiente escena corresponde al tercer acto. El Comendador Fernán Gómez ha
tomado preso a Frondoso, el novio de Laurencia, y la ha deshonrado a ella.
Laurencia logra escapar de las garras del Comendador y corre a la asamblea del
pueblo para incitar a todos los hombres a la rebelión. En un discurso
enfurecido y apasionado, la muchacha recrimina a todos los que consienten los
abusos del tirano.
ESCENA
IV:
PERSONAJES
LAURENCIA, joven agraviada
MENGO, hombre del pueblo
ESTEBAN, alcalde, padre de
Laurencia
REGIDOR del pueblo
JUAN
ROJO,
hombre del pueblo
Hombres del consejo
Entra LAURENCIA, desmelenada.
LAURENCIA.Dejadme entrar, que bien puedo,
en consejos de los hombres;
que bien puede una mujer,
si no a dar voto, a dar voces.
¿Conocéisme?
ESTEBAN. ¡Santo cielo!
¿No es mi hija?
JUAN
ROJO.¿No conoces
a Laurencia?
LAURENCIA. Vengo tal,
que mi diferencia os pone
en contingencia quién soy.
ESTEBAN. ¡Hija mía!
LAURENCIA. No me nombres
tu hija.
ESTEBAN.
¿Por
qué, mis ojos?
¿Por qué?
LAURENCIA. Por muchas razones,
y sean las principales,
porque dejas que me roben
tiranos sin que me vengues,
traidores sin que me cobres.
Aún no era yo de Frondoso,
para que digas que tome,
como marido, venganza:
que aquí, por tu cuenta corre;
que en tanto que de las bodas
no haya llegado la noche,
del padre, y no del marido,
la obligación presupone;
que en tanto que no me entregan
una joya, aunque la compren,
no ha de correr por mi cuenta
las guardas ni los ladrones.
Llevóme de vuestros ojos
a su casa Fernán Gómez:
la oveja al lobo dejáis
como cobardes pastores.
¿Qué dagas1
no vi en mi pecho,
qué desatinos enormes,
qué palabras, qué amenazas,
y qué delitos atroces,
por rendir mi castidad
a sus apetitos torpes?
Mis cabellos, ¿no lo dicen?
¿No se ven aquí los golpes
de la sangre y las señales?
¿Vosotros sois hombres nobles?
¿Vosotros, que no se os rompen
las entrañas de dolor,
al verme en tantos dolores?
Ovejas sois, bien lo dice
de Fuenteovejuna el nombre.
Dadme unas armas a mí,
pues sois piedras, pues sois bronces,
pues sois jaspes2,
pues sois tigres...
Tigres no, porque feroces
siguen quien roba sus hijos,
matando
los cazadores
antes
que entren por el mar,
y
por sus ondas se arrojen.
Liebres
cobardes nacisteis;
bárbaros
sois, no españoles.
Gallinas,
¿vuestras mujeres
sufrís3que otros hombres gocen?
Poneos
ruecas en la cinta.
¿Para
qué os ceñís estoques4?
¡Vive
Dios, que he de trazar
que solas mujeres cobren
la
honra de estos tiranos,
la
sangre de estos traidores,
y
que os han de tirar piedras,
hilanderas,
maricones,
amujerados,
cobardes,
y
que mañana os adornen
nuestras
tocas y basquinas5,
solimanes6y colores!
A
Frondoso quiere ya,
sin
sentencias, sin pregones,
colgar
el comendador
del
almena de una torre;
de
todos hará lo mismo;
y
yo me huelgo, medio-hombres,
porque
quede sin mujeres
esta
villa honrada, y torne
aquel
siglo de amazonas 7,
eterno
espanto del orbe.
ESTEBAN.
Yo, hija, no soy de aquellos
que
permiten que los nombres
con
esos títulos viles.
Iré
solo, si se pone
todo
el mundo contra mí.
JUAN ROJO. Y yo, por más que me asombre
la
grandeza del contrario.
REGIDOR.Muramos todos.
BARRILDO.Descoge8 un lienzo al viento
en un palo,
y mueran estos inormes 9.
JUAN
ROJO.¿Qué orden pensáis tener?
MENGO.Ir a matarle sin orden.
Juntad el pueblo a una voz;
que todos están conformes
en que los tiranos mueran.
ESTEBAN.Tomad espadas, lanzones, ballestas10, chuzos y palos.
MENGO. ¡Los reyes nuestros
señores vivan!
TODOS.¡Vivan muchos años!
MENGO.¡Mueran tiranos traidores!
TODOS.¡Traidores tiranos mueran! (Vanse todos.)
LAURENCIA. Caminad, que el cielo
os oye...
¡Ay, mujeres de la villa!
¡Acudid, porque se cobre
vuestro honor, acudid todas!
Vocabulario:
1. arma parecida a la espada.
2. mármol veteado.
3. soportáis.
4. espada angosta.
5. faldas largas.
6. lentejuelas.
7. mujeres varoniles y belicosas.
8. despliega, extiende.
9. enormes, malvados.
10. armas para disparar flechas.
PREGUNTAS DE COMPRENSIÓN LECTORA:
1.¿En qué estado llegó
Laurencia al consejo de los hombres?
2.¿Qué le había hecho
el Comendador?
3.¿Qué pretende hacer
el Comendador con Frondoso?
4.¿Qué impulsa a
Laurencia a pedir venganza contra Fernán Gómez?
5.Laurencia dice en el
fragmento: “Ovejas sois, bien lo dice/ de Fuenteovejuna el nombre”. ¿Por qué
dice eso? Justifica tu respuesta.
6.Qué quieren decir
los siguientes versos: "la oveja al lobo dejáis/ como cobardes
pastores". Explica tu respuesta.
7.¿Cuál fue el
argumento central de Laurencia para convencer a los hombres de tomar venganza
contra el comendador? ¿Cuál es el desenlace de la escena?
8.En una palabra o
frase, ¿cuál es el tema central de este monólogo? Explica tu respuesta.
9.Después de lo leído,
¿se la puede considerar a Laurencia como una mujer heroica? ¿Por qué?
10.¿Crees que el crimen
cometido por el pueblo de Fuenteovejuna es justificable? ¿Por qué?
ACTIVIDAD CREATIVA:
1. Crea
un monólogo donde el personaje reflexione sobre algún tema de la realidad. Puede
hablar de un problema, una injusticia, un deseo, etc.
Infeliz es aquel a quien sus recuerdos
infantiles sólo traen miedo y tristeza. Desgraciado aquel que vuelve la mirada
hacia horas solitarias en bastos y lúgubres recintos de cortinados marrones y
alucinantes hileras de antiguos volúmenes, o hacia pavorosas vigilias a la
sombra de árboles descomunales y grotescos, cargados de enredaderas, que agitan
silenciosamente en las alturas sus ramas retorcidas. Tal es lo que los dioses
me destinaron… a mí, el aturdido, el frustrado, el estéril, el arruinado; sin
embargo, me siento extrañamente satisfecho y me aferro con desesperación a esos
recuerdos marchitos cada vez que mi mente amenaza con ir más allá, hacia el
otro.
No sé dónde nací, salvo que el castillo era
infinitamente horrible, lleno de pasadizos oscuros y con altos cielos rasos
donde la mirada sólo hallaba telarañas y sombras. Las piedras de los agrietados
corredores estaban siempre odiosamente húmedas y por doquier se percibía un
olor maldito, como de pilas de cadáveres de generaciones muertas. Jamás había
luz, por lo que solía encender velas y quedarme mirándolas fijamente en busca de
alivio; tampoco afuera brillaba el sol, ya que esas terribles arboledas se
elevaban por encima de la torre más alta. Una sola, una torre negra,
sobrepasaba el ramaje y salía al cielo abierto y desconocido, pero estaba casi
en ruinas y sólo se podía ascender a ella por un escarpado muro poco menos que
imposible de escalar.
Debo haber vivido años en ese lugar, pero no
puedo medir el tiempo. Seres vivos debieron haber atendido a mis necesidades;
sin embargo, no puedo rememorar a persona alguna excepto yo mismo, ni ninguna
cosa viviente salvo ratas, murciélagos y arañas, silenciosos todos. Supongo
que, quienquiera que me haya cuidado, debió haber sido asombrosamente viejo,
puesto que mi primera representación mental de una persona viva fue la de algo
semejante a mí, pero retorcido, marchito y deteriorado como el castillo. Para
mí no tenían nada de grotescos los huesos y los esqueletos esparcidos por las
criptas de piedra cavadas en las profundidades de los cimientos. En mi fantasía
asociaba estas cosas con los hechos cotidianos y los hallaba más reales que las
figuras en colores de seres vivos que veía en muchos libros mohosos. En esos
libros aprendí todo lo que sé. Maestro alguno me urgió o me guió, y no recuerdo
haber escuchado en todos esos años voces humanas…, ni siquiera la mía; ya que,
si bien había leído acerca de la palabra hablada nunca se me ocurrió hablar en
voz alta. Mi aspecto era asimismo una cuestión ajena a mi mente, ya que no
había espejos en el castillo y me limitaba, por instinto, a verme como un
semejante de las figuras juveniles que veía dibujadas o pintadas en los libros.
Tenía conciencia de la juventud a causa de lo poco que recordaba.
Afuera, tendido en el pútrido foso, bajo los
árboles tenebrosos y mudos, solía pasarme horas enteras soñando lo que había
leído en los libros; añoraba verme entre gentes alegres, en el mundo soleado
allende de la floresta interminable. Una vez traté de escapar del bosque, pero
a medida que me alejaba del castillo las sombras se hacían más densas y el aire
más impregnado de crecientes temores, de modo que eché a correr frenéticamente
por el camino andado, no fuera a extraviarme en un laberinto de lúgubre
silencio.
Y así, a través de crepúsculos sin fin, soñaba
y esperaba, aún cuando no supiera qué. Hasta que en mi negra soledad, el deseo
de luz se hizo tan frenético que ya no pude permanecer inactivo y mis manos
suplicantes se elevaron hacia esa única torre en ruinas que por encima de la
arboleda se hundía en el cielo exterior e ignoto. Y por fin resolví escalar la
torre, aunque me cayera; ya que mejor era vislumbrar un instante el cielo y
perecer, que vivir sin haber contemplado jamás el día.
A la húmeda luz crepuscular subí los vetustos
peldaños de piedra hasta llegar al nivel donde se interrumpían, y de allí en adelante,
trepando por pequeñas entrantes donde apenas cabía un pie, seguí mi peligrosa
ascensión. Horrendo y pavoroso era aquel cilindro rocoso, inerte y sin
peldaños; negro, ruinoso y solitario, siniestro con su mudo aleteo de
espantados murciélagos. Pero más horrenda aún era la lentitud de mi avance, ya
que por más que trepase, las tinieblas que me envolvían no se disipaban y un
frío nuevo, como de moho venerable y embrujado, me invadió. Tiritando de frío
me preguntaba por qué no llegaba a la claridad, y, de haberme atrevido, habría
mirado hacia abajo. Se me antojó que la noche había caído de pronto sobre mí y
en vano tanteé con la mano libre en busca del antepecho de alguna ventana por
la cual espiar hacia afuera y arriba y calcular a qué altura me encontraba.
De pronto, al cabo de una interminable y
espantosa ascensión a ciegas por aquel precipicio cóncavo y desesperado, sentí
que la cabeza tocaba algo sólido; supe entonces que debía haber ganado la
terraza o, cuando menos, alguna clase de piso. Alcé la mano libre y, en la
oscuridad, palpé un obstáculo, descubriendo que era de piedra e inamovible.
Luego vino un mortal rodeo a la torre, aferrándome de cualquier soporte que su
viscosa pared pudiera ofrecer; hasta que finalmente mi mano, tanteando siempre,
halló un punto donde la valla cedía y reanudé la marcha hacia arriba, empujando
la losa o puerta con la cabeza, ya que utilizaba ambas manos en mi cauteloso
avance. Arriba no apareció luz alguna y, a medida que mis manos iban más y más
alto, supe que por el momento mi ascensión había terminado, ya que la puerta
daba a una abertura que conducía a una superficie plana de piedra, de mayor
circunferencia que la torre inferior, sin duda el piso de alguna elevada y
espaciosa cámara de observación. Me deslicé sigilosamente por el recinto
tratando que la pesada losa no volviera a su lugar, pero fracasé en mi intento.
Mientras yacía exhausto sobre el piso de piedra, oí el alucinante eco de su
caída, pero con todo tuve la esperanza de volver a levantarla cuando fuese necesario.
Creyéndome ya a una altura prodigiosa, muy por
encima de las odiadas ramas del bosque, me incorporé fatigosamente y tanteé la
pared en busca de alguna ventana que me permitiese mirar por vez primera el
cielo y esa luna y esas estrellas sobre las que había leído. Pero ambas manos
me decepcionaron, ya que todo cuanto hallé fueron amplias estanterías de mármol
cubiertas de aborrecibles cajas oblongas de inquietante dimensión. Más
reflexionaba y más me preguntaba qué extraños secretos podía albergar aquel
alto recinto construido a tan inmensa distancia del castillo subyacente. De
pronto mis manos tropezaron inesperadamente con el marco de una puerta, del
cual colgaba una plancha de piedra de superficie rugosa a causa de las extrañas
incisiones que la cubrían. La puerta estaba cerrada, pero haciendo un supremo
esfuerzo superé todos los obstáculos y la abrí hacia adentro. Hecho esto, me
invadió el éxtasis más puro jamás conocido; a través de una ornamentada verja
de hierro, y en el extremo de una corta escalinata de piedra que ascendía desde
la puerta recién descubierta, brillando plácidamente en todo su esplendor
estaba la luna llena, a la que nunca había visto antes, salvo en sueños y en
vagas visiones que no me atrevía a llamar recuerdos.
Seguro ahora de que había alcanzado la cima
del castillo, subí rápidamente los pocos peldaños que me separaban de la verja;
pero en eso una nube tapó la luna haciéndome tropezar, y en la oscuridad tuve
que avanzar con mayor lentitud. Estaba todavía muy oscuro cuando llegué a la
verja, que hallé abierta tras un cuidadoso examen pero que no quise trasponer
por temor a precipitarme desde la increíble altura que había alcanzado. Luego
volvió a salir la luna.
De todos los impactos imaginables, ninguno tan
demoníaco como el de lo insondable y grotescamente inconcebible. Nada de lo
soportado antes podía compararse al terror de lo que ahora estaba viendo; de
las extraordinarias maravillas que el espectáculo implicaba. El panorama en sí
era tan simple como asombroso, ya que consistía meramente en esto: en lugar de
una impresionante perspectiva de copas de árboles vistas desde una altura
imponente, se extendía a mi alrededor, al mismo nivel de la verja, nada menos
que la tierra firme, separada en compartimentos diversos por medio de lajas de
mármol y columnas, y sombreada por una antigua iglesia de piedra cuyo devastado
capitel brillaba fantasmagóricamente a la luz de la luna.
Medio inconsciente, abrí la verja y avancé
bamboleándome por la senda de grava blanca que se extendía en dos direcciones.
Por aturdida y caótica que estuviera mi mente, persistía en ella ese frenético
anhelo de luz; ni siquiera el pasmoso descubrimiento de momentos antes podía
detenerme. No sabía, ni me importaba, si mi experiencia era locura, enajenación
o magia, pero estaba resuelto a ir en pos de luminosidad y alegría a toda
costa. No sabía quién o qué era yo, ni cuáles podían ser mi ámbito y mis
circunstancias; sin embargo, a medida que proseguía mi tambaleante marcha, se
insinuaba en mí una especie de tímido recuerdo latente que hacía mi avance no
del todo fortuito, sin rumbo fijo por campo abierto; unas veces sin perder de
vista el camino, otras abandonándolo para internarme, lleno de curiosidad, por
praderas en las que sólo alguna ruina ocasional revelaba la presencia, en
tiempos remotos, de una senda olvidada. En un momento dado tuve que cruzar a
nado un rápido río cuyos restos de mampostería agrietada y mohosa hablaban de
un puente mucho tiempo atrás desaparecido.
Habían transcurrido más de dos horas cuando
llegué a lo que aparentemente era mi meta: un venerable castillo cubierto de
hiedras, enclavado en un gran parque de espesa arboleda, de alucinante
familiaridad para mí, y sin embargo lleno de intrigantes novedades. Vi que el
foso había sido rellenado y que varias de las torres que yo bien conocía
estaban demolidas, al mismo tiempo que se erguían nuevas alas que confundían al
espectador. Pero lo que observé con el máximo interés y deleite fueron las
ventanas abiertas, inundadas de esplendorosa claridad y que enviaban al
exterior ecos de la más alegre de las francachelas. Adelantándome hacia una de
ellas, miré al interior y vi un grupo de personas extrañamente vestidas, que
departían entre sí con gran jarana. Como jamás había oído la voz humana, apenas
sí podía adivinar vagamente lo que decían. Algunas caras tenían expresiones que
despertaban en mí remotísimos recuerdos; otras me eran absolutamente ajenas.
Salté por la ventana y me introduje en la
habitación, brillantemente iluminada, a la vez que mi mente saltaba del único
instante de esperanza al más negro de los desalientos. La pesadilla no tardó en
venir, ya que, no bien entré, se produjo una de las más aterradoras reacciones
que hubiera podido concebir. No había terminado de cruzar el umbral cuando cundió
entre todos los presentes un inesperado y súbito pavor, de horrible intensidad,
que distorsionaba los rostros y arrancaba de todas las gargantas los chillidos
más espantosos. El desbande fue general, y en medio del griterío y del pánico
varios sufrieron desmayos, siendo arrastrados por los que huían enloquecidos.
Muchos se taparon los ojos con las manos y corrían a ciegas llevándose todo por
delante, derribando los muebles y dándose contra las paredes en su desesperado
intento de ganar alguna de las numerosas puertas.
Solo y aturdido en el brillante recinto,
escuchando los ecos cada vez más apagados de aquellos espeluznantes gritos,
comencé a temblar pensando qué podía ser aquello que me acechaba sin que yo lo
viera. A primera vista el lugar parecía vacío, pero cuando me dirigí a una de
las alcobas creí detectar una presencia… un amago de movimiento del otro lado
del arco dorado que conducía a otra habitación, similar a la primera. A medida
que me aproximaba a la arcada comencé a percibir la presencia con más nitidez;
y luego, con el primero y último sonido que jamás emití -un aullido horrendo
que me repugnó casi tanto como su morbosa causa-, contemplé en toda su horrible
intensidad el inconcebible, indescriptible, inenarrable monstruo que, por obra
de su mera aparición, había convertido una alegre reunión en una horda de
delirantes fugitivos.
No puedo siquiera decir aproximadamente a qué
se parecía, pues era un compuesto de todo lo que es impuro, pavoroso,
indeseado, anormal y detestable. Era una fantasmagórica sombra de podredumbre,
decrepitud y desolación; la pútrida y viscosa imagen de lo dañino; la atroz
desnudez de algo que la tierra misericordiosa debería ocultar por siempre
jamás. Dios sabe que no era de este mundo -o al menos había dejado de serlo-,
y, sin embargo, con enorme horror de mi parte, pude ver en sus rasgos
carcomidos, con huesos que se entreveían, una repulsiva y lejana reminiscencia
de formas humanas; y en sus enmohecidas y destrozadas ropas, una indecible
cualidad que me estremecía más aún.
Estaba casi paralizado, pero no tanto como
para no hacer un débil esfuerzo hacia la salvación: un tropezón hacia atrás que
no pudo romper el hechizo en que me tenía apresado el monstruo sin voz y sin
nombre. Mis ojos, embrujados por aquellos asqueantes ojos vítreos que los
miraba fijamente, se negaban a cerrarse, si bien el terrible objeto, tras el
primer impacto, se veía ahora más confuso. Traté de levantar la mano y disipar
la visión, pero estaba tan anonadado que el brazo no respondió por entero a mi
voluntad. Sin embargo, el intento fue suficiente como para alterar mi
equilibrio y, bamboleándome, di unos pasos hacia adelante para no caer. Al
hacerlo adquirí de pronto la angustiosa noción de la proximidad de la cosa,
cuya inmunda respiración tenía casi la impresión de oír. Poco menos que
enloquecido, pude no obstante adelantar una mano para detener a la fétida
imagen, que se acercaba más y más, cuando de pronto mis dedos tocaron la
extremidad putrefacta que el monstruo extendía por debajo del arco dorado.
No chillé, pero todos los satánicos vampiros
que cabalgan en el viento de la noche lo hicieron por mí, a la vez que dejaron
caer en mi mente una avalancha de anonadantes recuerdos.
Supe en ese mismo instante todo lo ocurrido;
recordé hasta más allá del terrorífico castillo y sus árboles; reconocí el
edificio en el cual me hallaba; reconocí, lo más terrible, la impía abominación
que se erguía ante mí, mirándome de soslayo mientras apartaba de los suyos mis
dedos manchados.
Pero en el cosmos existe el bálsamo además de
la amargura, y ese bálsamo es el olvido. En el supremo horror de ese instante
olvidé lo que me había espantado y el estallido del recuerdo se desvaneció en
un caos de reiteradas imágenes. Como entre sueños, salí de aquel edificio fantasmal
y execrado y eché a correr rauda y silenciosamente a la luz de la luna. Cuando
retorné al mausoleo de mármol y descendí los peldaños, encontré que no podía
mover la trampa de piedra; pero no lo lamenté, ya que había llegado a odiar el
viejo castillo y sus árboles. Ahora cabalgo junto a los fantasmas, burlones y
cordiales, al viento de la noche, y durante el día juego entre las catacumbas
de Nefre-Ka, en el recóndito y desconocido valle de Hadoth, a orillas del Nilo.
Sé que la luz no es para mí, salvo la luz de la luna sobre las tumbas de roca
de Neb, como tampoco es para mí la alegría, salvo las innominadas fiestas de
Nitokris bajo la Gran Pirámide; y, sin embargo, en mi nueva y salvaje libertad
agradezco casi la amargura de la alienación.
Pues aunque el olvido me ha dado la calma, no
por eso ignoro que soy un extranjero; un extraño a este siglo y a todos los que
aún son hombres. Esto es lo que supe desde que extendí mis dedos hacia esa cosa
abominable surgida en aquel gran marco dorado; desde que extendí mis dedos y
toqué la fría e inexorable superficie del pulido espejo.
ACTIVIDADES DE
COMPRENSIÓN LECTORA:
1. ¿En dónde vivía el protagonista?
2. ¿Qué habilidad tienen los ojos de este
personaje?
3. ¿De qué habla el primer párrafo de este
cuento?
4. Infiere: ¿por qué el cuento está escrito en
primera persona? Explica tu respuesta.
5. ¿Qué es lo que añoraba cuando se pasaba
largo tiempo soñando? ¿Por qué lo hacía?
6. ¿Por qué el protagonista quiere subir a lo
alto de la torre del castillo?
7. ¿Qué significado puede tener la luz y la
oscuridad para el protagonista? Justifica tu respuesta.
8. Tras llegar a la parte más alta del
castillo, el protagonista se encuentra con unas personas que huyen de él. Luego
ingresa a otra habitación y de repente ve una figura horrible y deforme que es
el reflejo del mismo protagonista en un espejo. ¿Qué significa ello según tu
interpretación? Justifica tu respuesta.
10. ¿Por qué el protagonista dice que es un
"extranjero"?
11. ¿Con qué palabra podemos caracterizar la
personalidad del protagonista? Explica tu respuesta.
ACTIVIDAD CREATIVA:
1. Crea un cuento breve en primera persona
cuyo protagonista sea un monstruo o engendro. No olvides desplegar toda tu
creatividad.
-¡Que lo maten! ¡Que lo fusilen! ¡Que fusilen
inmediatamente a ese canalla…! ¡Que lo maten! ¡Que corten el cuello a ese
criminal! ¡Que lo maten, que lo maten…! -gritaba una multitud de hombres y
mujeres, que conducía, maniatado, a un hombre alto y erguido. Éste avanzaba con
paso firme y con la cabeza alta. Su hermoso rostro viril expresaba desprecio e
ira hacia la gente que lo rodeaba.
Era uno de los que, durante la guerra civil,
luchaban del lado de las autoridades. Acababan de prenderlo y lo iban a ejecutar.
“¡Qué le hemos de hacer! El poder no ha de
estar siempre en nuestras manos. Ahora lo tienen ellos. Si ha llegado la hora
de morir, moriremos. Por lo visto, tiene que ser así”, pensaba el hombre; y,
encogiéndose de hombros, sonreía, fríamente, en respuesta a los gritos de la
multitud.
-Es un guardia. Esta misma mañana ha tirado
contra nosotros -exclamó alguien.
Pero la muchedumbre no se detenía. Al llegar a
una calle en que estaban aún los cadáveres de los que el ejército había matado
la víspera, la gente fue invadida por una furia salvaje.
-¿Qué esperamos? Hay que matar a ese infame
aquí mismo. ¿Para qué llevarlo más lejos?
El cautivo se limitó a fruncir el ceño y a
levantar aún más la cabeza. Parecía odiar a la muchedumbre más de lo que ésta
lo odiaba a él.
-¡Hay que matarlos a todos! ¡A los espías, a
los reyes, a los sacerdotes y a esos canallas! Hay que acabar con ellos, en
seguida, en seguida… -gritaban las mujeres.
Pero los cabecillas decidieron llevar al reo a
la plaza.
Ya estaban cerca, cuando de pronto, en un
momento de calma, se oyó una vocecita infantil, entre las últimas filas de la
multitud.
-¡Papá! ¡Papá! -gritaba un chiquillo de seis
años, llorando a lágrima viva, mientras se abría paso, para llegar hasta el
cautivo-. Papá ¿qué te hacen? ¡Espera, espera! Llévame contigo, llévame…
Los clamores de la multitud se apaciguaron por
el lado en que venía el chiquillo. Todos se apartaron de él, como ante una
fuerza, dejándolo acercarse a su padre.
-¡Qué simpático es! -comentó una mujer.
-¿A quién buscas? -preguntó otra, inclinándose
hacia el chiquillo.
-¡Papá! ¡Déjenme que vaya con papá! -lloriqueó
el pequeño.
-¿Cuántos años tienes, niño?
-¿Qué van a hacer con papá?
-Vuelve a tu casa, niño, vuelve con tu madre
-dijo un hombre.
El reo oía ya la voz del niño, así como las
respuestas de la gente. Su cara se tornó aún más taciturna.
-¡No tiene madre! -exclamó, al oír las
palabras del hombre.
El niño se fue abriendo paso hasta que logró
llegar junto a su padre; y se abrazó a él.
La gente seguía gritando lo mismo que antes:
“¡Que lo maten! ¡Que lo ahorquen! ¡Que fusilen a ese canalla!”
-¿Por qué has salido de casa? -preguntó el
padre.
-¿Dónde te llevan?
-¿Sabes lo que vas a hacer?
-¿Qué?
-¿Sabes quién es Catalina?
-¿La vecina? ¡Claro!
-Bueno, pues…, ve a su casa y quédate ahí…
hasta que yo… hasta que yo vuelva.
-¡No; no iré sin ti! -exclamó el niño,
echándose a llorar.
-¿Por qué?
-Te van a matar.
-No. ¡Nada de eso! No me van a hacer nada
malo.
Despidiéndose del niño, el reo se acercó al
hombre que dirigía a la multitud.
-Escuche; máteme como quiera y donde le
plazca; pero no lo haga delante de él -exclamó, indicando al niño-. Desáteme
por un momento y cójame del brazo para que pueda decirle que estamos paseando,
que es usted mi amigo. Así se marchará. Después…, después podrá matarme como se
le antoje.
El cabecilla accedió. Entonces, el reo cogió
al niño en brazos y le dijo:
-Sé bueno y ve a casa de Catalina.
-¿Y qué vas a hacer tú?
-Ya ves, estoy paseando con este amigo; vamos
a dar una vuelta; luego iré a casa. Anda, vete, sé bueno.
El chiquillo se quedó mirando fijamente a su
padre, inclinó la cabeza a un lado, luego al otro, y reflexionó.
-Vete; ahora mismo iré yo también.
-¿De veras?
El pequeño obedeció. Una mujer lo sacó fuera
de la multitud.
-Ahora estoy dispuesto; puede matarme -exclamó
el reo, en cuanto el niño hubo desaparecido.
Pero, en aquel momento, sucedió algo
incomprensible e inesperado. Un mismo sentimiento invadió a todos los que
momentos antes se mostraron crueles, despiadados y llenos de odio.
-¿Saben lo que les digo? Deberían soltarlo
-propuso una mujer.
-Es verdad. Es verdad -asintió alguien.
-¡Suéltenlo! ¡Suéltenlo! -rugió la multitud.
Entonces, el hombre orgulloso y despiadado que
aborreciera a la muchedumbre hacía un instante, se echó a llorar; y,
cubriéndose el rostro con las manos, pasó entre la gente, sin que nadie lo
detuviera.
ACTIVIDADES DE COMPRENSIÓN
LECTORA:
1. En el cuento «El poder de la infancia», un
guardia que ha disparado contra los pobladores durante la guerra civil va a ser
ejecutado. Cuando lo atrapan, ¿se arrepiente de lo que ha hecho?, ¿qué es lo
que piensa?
2. Infiere: ¿Por qué la gente fue invadida por
una furia salvaje? Explica
3. ¿Por qué van a llevar a la plaza al guardia?
4. ¿Por qué un hombre le dice al niño que
regrese a casa con su mamá?
5. ¿Qué piensas de esto que dice el guardia: “Escuche;
máteme como quiera y donde le plazca; pero no lo haga delante de él”? Explica
tu respuesta.
6. ¿Por qué engañan al hijo del guardia?
7. Infiere: ¿Por qué la palabra “papá” es
significativa en este cuento?
8. Explica por qué el cuento «El poder de la
infancia» se titula así.
9. ¿Qué opinas del final de este cuento? ¿Qué
mensaje nos quiere dejar? Explica tu respuesta.
ACTIVIDAD CREATIVA:
1. Crea un cuento breve que tenga un título que
empiece con “El poder de…” y luego, al escribirlo, relaciona tu cuento con el
título. No olvides ser creativo y original.
Había una vez una princesa que vivía en un
palacio muy grande. El día en que cumplía trece años hubo una gran fiesta, con
trapecistas, magos, payasos… Pero la princesa se aburría. Entonces, apareció un
enano, un enano muy feo que daba brincos y hacía piruetas en el aire. El enano
fue todo un acontecimiento.
“Bravo, Bravo”, decía la princesa aplaudiendo
y sin dejar de reír, y el enano, contagiado de su alegría, saltaba y saltaba,
hasta que cayó al suelo rendido. “Sigue saltando, por favor” dijo la princesa.
Pero el enano ya no podía más. La princesa se puso triste y se retiró a sus
aposentos…
Al rato, el enano, orgulloso de haber agradado
a la princesa, decidió ir a buscarla, convencido de que ella se iría a vivir
con él al bosque. “Ella no es feliz aquí” pensaba el enano. “Yo la cuidaré y la
haré reír siempre”. El enano recorrió el palacio, buscando la habitación de la
princesa, pero al llegar a uno de los salones vio algo horrible. Ante él había
un monstruo que lo miraba con ojos torcidos y sanguinolentos, con unas
manos peludas y unos pies enormes. El enano quiso morirse cuando se dio cuenta
de que aquel monstruo era él mismo, reflejado en un espejo. En ese momento
entró la princesa con su séquito.
“Ah estas aquí, qué bien, baila otra vez para
mí, por favor”. Pero el enano estaba tirado en el suelo y no se movía. El
médico de la corte se acercó a él y le tomó el pulso. “Ya no bailará más para
vos, princesa” le dijo. “¿Por qué?” preguntó la princesa. “Porque se le ha roto
el corazón”. Y la princesa contestó: “De ahora en adelante, que todos los que
vengan a palacio no tengan corazón”.
ACTIVIDADES
DE COMPRENSIÓN LECTORA:
1. ¿Qué era lo que tenía la princesa?
A.Estaba buscando a
alguien que la haga feliz
B.Tenía una mala actitud
frente a la vida y a sus súbditos
C.Estaba aburrida
D.No poseía el don de
reír ante un espectáculo
2. ¿Por qué el enano pensaba que la princesa
no era feliz en el palacio?
A.Porque ella se va a
sus aposentos muy triste
B.Porque él la podría
llevar al bosque a vivir una vida feliz
C.Porque solo con él
pudo reírse y eso demuestra que ella siempre está triste
D.Porque él fue un gran
acontecimiento
3. Se puede inferir que el espejo
A.Le mostró al enano a
un ser repulsivo con ojos torcidos y sanguinolentos, con unas manos peludas y
unos pies enormes
B.Le mostró al enano la
cruda realidad de su fealdad y esto lo petrificó
C.Le dio un escarmiento
para no seguir persiguiendo a la triste princesa
D.Le mostró que las
apariencias engañan
4. ¿Qué significa la frase: “se le ha roto el
corazón”?
A.Que el enano ha
sufrido un ataque cardiaco
B.Que el enano ya no
podrá bailar para la princesa
C.Que el médico de la
corte no pudo hacer nada para volverle a reconstruir el corazón al enano
D.Que el enano ha
quedado desilusionado
5. Del final del cuento se infiere que:
A.La princesa tiene
consciencia de que en su palacio las personas no deben tener corazón
B.La princesa solo
buscaba divertirse sin importarle los sentimientos de los demás
C.El enano no pudo
sobrevivir a la crueldad de la princesa
D.El médico de la corte
buscará a más personas sin corazón
EXPRESA TU OPINIÓN:
1. ¿Cuál crees que haya sido la intención de
Oscar Wilde al escribir el cuento “La princesa y el enano”? Justifica tu
respuesta.
2. ¿Qué opinión tienes sobre este cuento? ¿Por
qué?
ACTIVIDAD CREATIVA:
3. Crea un cuento breve que gire en torno a
vida medieval (castillos, príncipes, princesas, caballeros, dragones, reinos,
etc.). No olvides ser muy creativo y original.
VIDEO QUE RESUME Y ANALIZA EL CUENTO "EL GATO NEGRO"
No espero ni pido que alguien crea en el
extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo
esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco
y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar
hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple,
sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las
consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por
fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido
horribles, para otros resultarán menos espantosos que barrocos. Más adelante,
tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares
comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la
mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una
vulgar sucesión de causas y efectos naturales.
Desde la infancia me destaqué por la docilidad
y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que
llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban
especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad.
Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que
cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció
conmigo y, cuando llegué a la virilidad, se convirtió en una de mis principales
fuentes de placer. Aquellos que alguna vez han experimentado cariño hacia un
perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o
la intensidad de la retribución que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado
amor de un animal que llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia
ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre.
Me casé joven y tuve la alegría de que mi
esposa compartiera mis preferencias. Al observar mi gusto por los animales
domésticos, no perdía oportunidad de procurarme los más agradables de entre
ellos. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito
y un gato.
Este último era un animal de notable tamaño y
hermosura, completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su
inteligencia, mi mujer, que en el fondo era no poco supersticiosa, aludía con
frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros son
brujas metamorfoseadas. No quiero decir que lo creyera seriamente, y sólo
menciono la cosa porque acabo de recordarla.
Plutón -tal era el nombre del gato- se había
convertido en mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer y él me
seguía por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de
mí en la calle.
Nuestra amistad duró así varios años, en el
curso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mi temperamento y mi carácter se
alteraron radicalmente por culpa del demonio. Intemperancia. Día a día me fui
volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los sentimientos
ajenos. Llegué, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y terminé por
infligirle violencias personales. Mis favoritos, claro está, sintieron
igualmente el cambio de mi carácter. No sólo los descuidaba, sino que llegué a
hacerles daño. Hacia Plutón, sin embargo, conservé suficiente consideración
como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el mono y
hasta el perro cuando, por casualidad o movidos por el afecto, se cruzaban en
mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba -pues, ¿qué enfermedad es
comparable al alcohol?-, y finalmente el mismo Plutón, que ya estaba viejo y,
por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor.
Una noche en que volvía a casa completamente
embriagado, después de una de mis correrías por la ciudad, me pareció que el
gato evitaba mi presencia. Lo alcé en brazos, pero, asustado por mi violencia,
me mordió ligeramente en la mano. Al punto se apoderó de mí una furia demoníaca
y ya no supe lo que hacía. Fue como si la raíz de mi alma se separara de golpe
de mi cuerpo; una maldad más que diabólica, alimentada por la ginebra, estremeció
cada fibra de mi ser. Sacando del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí
mientras sujetaba al pobre animal por el pescuezo y, deliberadamente, le hice
saltar un ojo. Enrojezco, me abraso, tiemblo mientras escribo tan condenable
atrocidad.
Cuando la razón retornó con la mañana, cuando
hube disipado en el sueño los vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror
se mezclaba con el remordimiento ante el crimen cometido; pero mi sentimiento
era débil y ambiguo, no alcanzaba a interesar al alma. Una vez más me hundí en
los excesos y muy pronto ahogué en vino los recuerdos de lo sucedido.
El gato, entretanto, mejoraba poco a poco.
Cierto que la órbita donde faltaba el ojo presentaba un horrible aspecto, pero
el animal no parecía sufrir ya. Se paseaba, como de costumbre, por la casa,
aunque, como es de imaginar, huía aterrorizado al verme. Me quedaba aún
bastante de mi antigua manera de ser para sentirme agraviado por la evidente
antipatía de un animal que alguna vez me había querido tanto. Pero ese sentimiento
no tardó en ceder paso a la irritación. Y entonces, para mi caída final e
irrevocable, se presentó el espíritu de la perversidad. La
filosofía no tiene en cuenta a este espíritu; y, sin embargo, tan seguro estoy
de que mi alma existe como de que la perversidad es uno de los impulsos
primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles,
uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre. ¿Quién no se ha
sorprendido a sí mismo cien veces en momentos en que cometía una acción tonta o
malvada por la simple razón de que no debía cometerla? ¿No hay en nosotros una
tendencia permanente, que enfrenta descaradamente al buen sentido, una
tendencia a transgredir lo que constituye la Ley por el solo hecho de serlo?
Este espíritu de perversidad se presentó, como he dicho, en mi caída final. Y
el insondable anhelo que tenía mi alma de vejarse a sí misma, de violentar su
propia naturaleza, de hacer mal por el mal mismo, me incitó a continuar y,
finalmente, a consumar el suplicio que había infligido a la inocente bestia.
Una mañana, obrando a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué
en la rama de un árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas manaban de mis ojos y
el más amargo remordimiento me apretaba el corazón; lo ahorqué porque recordaba
que me había querido y porque estaba seguro de que no me había dado motivo para
matarlo; lo ahorqué porque sabía que, al hacerlo, cometía un pecado, un pecado
mortal que comprometería mi alma hasta llevarla -si ello fuera posible- más
allá del alcance de la infinita misericordia del Dios más misericordioso y más
terrible.
La noche de aquel mismo día en que cometí tan
cruel acción me despertaron gritos de: “¡Incendio!” Las cortinas de mi cama
eran una llama viva y toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad pudimos
escapar de la conflagración mi mujer, un sirviente y yo. Todo quedó destruido.
Mis bienes terrenales se perdieron y desde ese momento tuve que resignarme a la
desesperanza.
No incurriré en la debilidad de establecer una
relación de causa y efecto entre el desastre y mi criminal acción. Pero estoy
detallando una cadena de hechos y no quiero dejar ningún eslabón incompleto. Al
día siguiente del incendio acudí a visitar las ruinas. Salvo una, las paredes
se habían desplomado. La que quedaba en pie era un tabique divisorio de poco
espesor, situado en el centro de la casa, y contra el cual se apoyaba antes la
cabecera de mi lecho. El enlucido había quedado a salvo de la acción del fuego,
cosa que atribuí a su reciente aplicación. Una densa muchedumbre habíase
reunido frente a la pared y varias personas parecían examinar parte de la misma
con gran atención y detalle. Las palabras “¡extraño!, ¡curioso!” y otras
similares excitaron mi curiosidad. Al aproximarme vi que en la blanca
superficie, grabada como un bajorrelieve, aparecía la imagen de un gigantesco
gato. El contorno tenía una nitidez verdaderamente maravillosa. Había una soga
alrededor del pescuezo del animal.
Al descubrir esta aparición -ya que no podía
considerarla otra cosa- me sentí dominado por el asombro y el terror. Pero la
reflexión vino luego en mi ayuda. Recordé que había ahorcado al gato en un
jardín contiguo a la casa. Al producirse la alarma del incendio, la multitud
había invadido inmediatamente el jardín: alguien debió de cortar la soga y
tirar al gato en mi habitación por la ventana abierta. Sin duda, habían tratado
de despertarme en esa forma. Probablemente la caída de las paredes comprimió a
la víctima de mi crueldad contra el enlucido recién aplicado, cuya cal, junto
con la acción de las llamas y el amoniaco del cadáver, produjo la imagen que
acababa de ver.
Si bien en esta forma quedó satisfecha mi
razón, ya que no mi conciencia, sobre el extraño episodio, lo ocurrido
impresionó profundamente mi imaginación. Durante muchos meses no pude librarme
del fantasma del gato, y en todo ese tiempo dominó mi espíritu un sentimiento
informe que se parecía, sin serlo, al remordimiento. Llegué al punto de
lamentar la pérdida del animal y buscar, en los viles antros que habitualmente
frecuentaba, algún otro de la misma especie y apariencia que pudiera ocupar su
lugar.
Una noche en que, borracho a medias, me
hallaba en una taberna más que infame, reclamó mi atención algo negro posado
sobre uno de los enormes toneles de ginebra que constituían el principal
moblaje del lugar. Durante algunos minutos había estado mirando dicho tonel y
me sorprendió no haber advertido antes la presencia de la mancha negra en lo
alto. Me aproximé y la toqué con la mano. Era un gato negro muy grande, tan
grande como Plutón y absolutamente igual a éste, salvo un detalle. Plutón no
tenía el menor pelo blanco en el cuerpo, mientras este gato mostraba una vasta
aunque indefinida mancha blanca que le cubría casi todo el pecho.
Al sentirse acariciado se enderezó
prontamente, ronroneando con fuerza, se frotó contra mi mano y pareció
encantado de mis atenciones. Acababa, pues, de encontrar el animal que
precisamente andaba buscando. De inmediato, propuse su compra al tabernero,
pero me contestó que el animal no era suyo y que jamás lo había visto antes ni
sabía nada de él.
Continué acariciando al gato y, cuando me
disponía a volver a casa, el animal pareció dispuesto a acompañarme. Le permití
que lo hiciera, deteniéndome una y otra vez para inclinarme y acariciarlo.
Cuando estuvo en casa, se acostumbró a ella de inmediato y se convirtió en el
gran favorito de mi mujer.
Por mi parte, pronto sentí nacer en mí una
antipatía hacia aquel animal. Era exactamente lo contrario de lo que había anticipado,
pero -sin que pueda decir cómo ni por qué- su marcado cariño por mí me
disgustaba y me fatigaba. Gradualmente, el sentimiento de disgusto y fatiga
creció hasta alcanzar la amargura del odio. Evitaba encontrarme con el animal;
un resto de vergüenza y el recuerdo de mi crueldad de antaño me vedaban
maltratarlo. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de hacerlo víctima
de cualquier violencia; pero gradualmente -muy gradualmente- llegué a mirarlo
con inexpresable odio y a huir en silencio de su detestable presencia, como si
fuera una emanación de la peste.
Lo que, sin duda, contribuyó a aumentar mi
odio fue descubrir, a la mañana siguiente de haberlo traído a casa, que aquel
gato, igual que Plutón, era tuerto. Esta circunstancia fue precisamente la que
lo hizo más grato a mi mujer, quien, como ya dije, poseía en alto grado esos
sentimientos humanitarios que alguna vez habían sido mi rasgo distintivo y la
fuente de mis placeres más simples y más puros.
El cariño del gato por mí parecía aumentar en
el mismo grado que mi aversión. Seguía mis pasos con una pertinencia que me
costaría hacer entender al lector. Dondequiera que me sentara venía a ovillarse
bajo mi silla o saltaba a mis rodillas, prodigándome sus odiosas caricias. Si
echaba a caminar, se metía entre mis pies, amenazando con hacerme caer, o bien
clavaba sus largas y afiladas uñas en mis ropas, para poder trepar hasta mi
pecho. En esos momentos, aunque ansiaba aniquilarlo de un solo golpe, me sentía
paralizado por el recuerdo de mi primer crimen, pero sobre todo -quiero
confesarlo ahora mismo- por un espantoso temor al animal.
Aquel temor no era precisamente miedo de un
mal físico y, sin embargo, me sería imposible definirlo de otra manera. Me
siento casi avergonzado de reconocer, sí, aún en esta celda de criminales me
siento casi avergonzado de reconocer que el terror, el espanto que aquel animal
me inspiraba, era intensificado por una de las más insensatas quimeras que
sería dado concebir. Más de una vez mi mujer me había llamado la atención sobre
la forma de la mancha blanca de la cual ya he hablado, y que constituía la
única diferencia entre el extraño animal y el que yo había matado. El lector
recordará que esta mancha, aunque grande, me había parecido al principio de
forma indefinida; pero gradualmente, de manera tan imperceptible que mi razón
luchó durante largo tiempo por rechazarla como fantástica, la mancha fue
asumiendo un contorno de rigurosa precisión. Representaba ahora algo que me
estremezco al nombrar, y por ello odiaba, temía y hubiera querido librarme del
monstruo si hubiese sido capaz de atreverme; representaba, digo, la imagen de
una cosa atroz, siniestra…, ¡la imagen del patíbulo! ¡Oh lúgubre y
terrible máquina del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte!
Me sentí entonces más miserable que todas las
miserias humanas. ¡Pensar que una bestia, cuyo semejante había yo destruido
desdeñosamente, una bestia era capaz de producir tan insoportable angustia en
un hombre creado a imagen y semejanza de Dios! ¡Ay, ni de día ni de noche pude
ya gozar de la bendición del reposo! De día, aquella criatura no me dejaba un
instante solo; de noche, despertaba hora a hora de los más horrorosos sueños,
para sentir el ardiente aliento de la cosa en mi rostro y su terrible peso
-pesadilla encarnada de la que no me era posible desprenderme- apoyado
eternamente sobre mi corazón.
Bajo el agobio de tormentos semejantes,
sucumbió en mí lo poco que me quedaba de bueno. Sólo los malos pensamientos
disfrutaban ya de mi intimidad; los más tenebrosos, los más perversos
pensamientos. La melancolía habitual de mi humor creció hasta convertirse en
aborrecimiento de todo lo que me rodeaba y de la entera humanidad; y mi pobre
mujer, que de nada se quejaba, llegó a ser la habitual y paciente víctima de los
repentinos y frecuentes arrebatos de ciega cólera a que me abandonaba.
Cierto día, para cumplir una tarea doméstica,
me acompañó al sótano de la vieja casa donde nuestra pobreza nos obligaba a
vivir. El gato me siguió mientras bajaba la empinada escalera y estuvo a punto
de tirarme cabeza abajo, lo cual me exasperó hasta la locura. Alzando un hacha
y olvidando en mi rabia los pueriles temores que hasta entonces habían detenido
mi mano, descargué un golpe que hubiera matado instantáneamente al animal de haberlo
alcanzado. Pero la mano de mi mujer detuvo su trayectoria. Entonces, llevado
por su intervención a una rabia más que demoníaca, me zafé de su abrazo y le
hundí el hacha en la cabeza. Sin un solo quejido, cayó muerta a mis pies.
Cumplido este espantoso asesinato, me entregué
al punto y con toda sangre fría a la tarea de ocultar el cadáver. Sabía que era
imposible sacarlo de casa, tanto de día como de noche, sin correr el riesgo de
que algún vecino me observara. Diversos proyectos cruzaron mi mente. Por un
momento pensé en descuartizar el cuerpo y quemar los pedazos. Luego se me
ocurrió cavar una tumba en el piso del sótano. Pensé también si no convenía
arrojar el cuerpo al pozo del patio o meterlo en un cajón, como si se tratara
de una mercadería común, y llamar a un mozo de cordel para que lo retirara de
casa. Pero, al fin, di con lo que me pareció el mejor expediente y decidí
emparedar el cadáver en el sótano, tal como se dice que los monjes de la Edad
Media emparedaban a sus víctimas.
El sótano se adaptaba bien a este propósito.
Sus muros eran de material poco resistente y estaban recién revocados con un
mortero ordinario, que la humedad de la atmósfera no había dejado endurecer.
Además, en una de las paredes se veía la saliencia de una falsa chimenea, la
cual había sido rellenada y tratada de manera semejante al resto del sótano.
Sin lugar a dudas, sería muy fácil sacar los ladrillos en esa parte, introducir
el cadáver y tapar el agujero como antes, de manera que ninguna mirada pudiese
descubrir algo sospechoso.
No me equivocaba en mis cálculos. Fácilmente
saqué los ladrillos con ayuda de una palanca y, luego de colocar cuidadosamente
el cuerpo contra la pared interna, lo mantuve en esa posición mientras aplicaba
de nuevo la mampostería en su forma original. Después de procurarme argamasa,
arena y cerda, preparé un enlucido que no se distinguía del anterior y revoqué
cuidadosamente el nuevo enladrillado. Concluida la tarea, me sentí seguro de
que todo estaba bien. La pared no mostraba la menor señal de haber sido tocada.
Había barrido hasta el menor fragmento de material suelto. Miré en torno,
triunfante, y me dije: “Aquí, por lo menos, no he trabajado en vano”.
Mi paso siguiente consistió en buscar a la
bestia causante de tanta desgracia, pues al final me había decidido a matarla.
Si en aquel momento el gato hubiera surgido ante mí, su destino habría quedado
sellado, pero, por lo visto, el astuto animal, alarmado por la violencia de mi
primer acceso de cólera, se cuidaba de aparecer mientras no cambiara mi humor.
Imposible describir o imaginar el profundo, el maravilloso alivio que la
ausencia de la detestada criatura trajo a mi pecho. No se presentó aquella
noche, y así, por primera vez desde su llegada a la casa, pude dormir profunda
y tranquilamente; sí, pude dormir, aun con el peso del crimen sobre mi alma.
Pasaron el segundo y el tercer día y mi
atormentador no volvía. Una vez más respiré como un hombre libre. ¡Aterrado, el
monstruo había huido de casa para siempre! ¡Ya no volvería a contemplarlo!
Gozaba de una suprema felicidad, y la culpa de mi negra acción me preocupaba
muy poco. Se practicaron algunas averiguaciones, a las que no me costó mucho
responder. Incluso hubo una perquisición en la casa; pero, naturalmente, no se
descubrió nada. Mi tranquilidad futura me parecía asegurada.
Al cuarto día del asesinato, un grupo de
policías se presentó inesperadamente y procedió a una nueva y rigurosa
inspección. Convencido de que mi escondrijo era impenetrable, no sentí la más
leve inquietud. Los oficiales me pidieron que los acompañara en su examen. No
dejaron hueco ni rincón sin revisar. Al final, por tercera o cuarta vez,
bajaron al sótano. Los seguí sin que me temblara un solo músculo. Mi corazón
latía tranquilamente, como el de aquel que duerme en la inocencia. Me paseé de
un lado al otro del sótano. Había cruzado los brazos sobre el pecho y andaba
tranquilamente de aquí para allá. Los policías estaban completamente
satisfechos y se disponían a marcharse. La alegría de mi corazón era demasiado
grande para reprimirla. Ardía en deseos de decirles, por lo menos, una palabra
como prueba de triunfo y confirmar doblemente mi inocencia.
-Caballeros -dije, por fin, cuando el grupo
subía la escalera-, me alegro mucho de haber disipado sus sospechas. Les deseo
felicidad y un poco más de cortesía. Dicho sea de paso, caballeros, esta casa
está muy bien construida… (En mi frenético deseo de decir alguna cosa con
naturalidad, casi no me daba cuenta de mis palabras). Repito que es una casa de
excelente construcción. Estas paredes… ¿ya se marchan ustedes, caballeros?…
tienen una gran solidez.
Y entonces, arrastrado por mis propias
bravatas, golpeé fuertemente con el bastón que llevaba en la mano sobre la
pared del enladrillado tras de la cual se hallaba el cadáver de la esposa de mi
corazón.
¡Que Dios me proteja y me libre de las garras
del archidemonio! Apenas había cesado el eco de mis golpes cuando una voz
respondió desde dentro de la tumba. Un quejido, sordo y entrecortado al
comienzo, semejante al sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta
convertirse en un largo, agudo y continuo alarido, anormal, como inhumano, un
aullido, un clamor de lamentación, mitad de horror, mitad de triunfo, como sólo
puede haber brotado en el infierno de la garganta de los condenados en su
agonía y de los demonios exultantes en la condenación.
Hablar de lo que pensé en ese momento sería
locura. Presa de vértigo, fui tambaleándome hasta la pared opuesta. Por un
instante el grupo de hombres en la escalera quedó paralizado por el terror.
Luego, una docena de robustos brazos atacaron la pared, que cayó de una pieza.
El cadáver, ya muy corrompido y manchado de sangre coagulada, apareció de pie
ante los ojos de los espectadores. Sobre su cabeza, con la roja boca abierta y el
único ojo como de fuego, estaba agazapada la horrible bestia cuya astucia me
había inducido al asesinato y cuya voz delatadora me entregaba al verdugo.
¡Había emparedado al monstruo en la tumba!
ACTIVIDADES
DE COMPRENSIÓN LECTORA:
1.¿Quién narra este
cuento? ¿Cómo es su personalidad?
2.¿Cómo es la infancia
del narrador? ¿Crees que tiene algo que ver en los acontecimientos que relata?
3.¿Cuál es la terrible
enfermedad que atormenta al narrador-protagonista?
4.¿Qué le hizo el
protagonista al gato negro? ¿Por qué crees que lo hizo?
5.¿Qué superstición
tenía la esposa del protagonista?
6.¿Cuántos gatos
aparecen en el cuento? ¿Cómo era cada uno?
7.¿Por qué el narrador
llega a odiar al gato negro?
8.¿Qué hace el
protagonista a su esposa? ¿Por qué?
9.¿Qué infieres respecto
del final del cuento? Fundamenta tu respuesta.
10.¿Cómo
se presenta el remordimiento y la conciencia en el cuento?
11.¿En
algún momento del relato encuentra actos que muestren que existe la justicia,
que el mal se castiga, que “el que la hace la paga”?
12.Qué
opinión te merece la siguiente frase: “la perversidad es uno de los impulsos
primordiales del corazón humano, una de las facultades primarias indivisibles,
uno de esos sentimientos que dirigen el carácter del hombre”. Explica tu opinión.
13.¿En
una palabra, qué crees que simboliza el gato negro? ¿Por qué? Fundamenta tu
respuesta.
ACTIVIDAD
CREATIVA:
1. Escribe un cuento de terror en primera
persona donde se hable de manera obsesiva de un elemento simbólico (un gato,
por ejemplo).