lunes, 23 de agosto de 2021

Fragmento de "El principito" con actividades de comprensión lectora

 

EL PRINCIPITO

(fragmento)

Antoine de Saint-Exupéry


 

El séptimo planeta fue, pues, la Tierra. [...] Pero sucedió que el Principito, habiendo caminado largo tiempo a tra­vés de arenas, de rocas y de nieves, descubrió al fin una ruta. Y todas las rutas van hacia la morada de los hom­bres.

-Buenos días -dijo.

Era un jardín florido de rosas.

-Buenos días -dijeron las rosas.

El Principito las miró. Todas se parecían a su flor.

-¿Quiénes sois? -les preguntó, estupefacto.

-Somos rosas -dijeron las rosas.

-¡Ah! -dijo el Principito.

Y se sintió muy desdichado. Su flor le había dicho que ella era la única de su especie en todo el universo. Y he aquí que había cinco mil, todas semejantes, en un solo jardín. [...]

Luego, se dijo aún: "Me creía rico con una flor única y no poseo más que una rosa ordinaria. La rosa y mis tres volcanes que me llegan a la rodilla, uno de los cuales qui­zá está apagado para siempre. Realmente no soy un gran príncipe...". Y, tendido sobre la hierba, lloró.

Entonces apareció el zorro:

-Buenos días -dijo el zorro.

—¿Quién eres? -dijo el Principito. Eres muy lindo...

-Soy un zorro -dijo el zorro.

-Ven a jugar conmigo -le propuso el Principito-. ¡Estoy tan triste!

-No puedo jugar contigo -dijo el zorro-. No estoy do­mesticado.

-¡Ah, perdón! -dijo el Principito.

Pero después de reflexionar, agregó:

-¿Qué significa "domesticar"?

—No eres de aquí -dijo el zorro-. ¿Qué buscas?

-Busco a los hombres -dijo el Principito-. ¿Qué signifi­ca "domesticar"?

—Los hombres -dijo el zorro— tienen fusiles y cazan. Es muy molesto. También crían gallinas. Es su único interés. ¿Buscas gallinas?

-No -dijo el Principito-. Busco amigos. ¿Qué significa "domesticar"?

-Es una cosa demasiado olvidada -dijo el zorro. Signifi­ca "crear lazos".

-¿Crear lazos?

-Sí -dijo el zorro-. Para mí no eres todavía más que un muchachito semejante a cien mil muchachos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro semejante a cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad el uno del otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo...

-Empiezo a comprender -dijo el Principito-. Hay una flor... creo que ella me ha domesticado.

-Es posible -dijo el zorro-. ¡En la tierra se ve toda clase de cosas...!

-¡Oh! No es en la Tierra -dijo el Principito. [...]

-Mi vida es muy monótona. Cazo gallinas, los hombres me cazan. Todas las gallinas se parecen y todos los hom­bres se parecen. Me aburro, pues, un poco. Pero si me domesticas, mi vida se llenará de sol. Conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los otros. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra. El tuyo me llama­rá fuera de la madriguera, como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves, allá, los campos de trigo? Yo no como pan. Para mí el trigo es inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada. ¡Es bien triste! Pero tú tienes cabellos color de oro. Cuando me hayas domesticado, ¡será mara­villoso! El trigo dorado será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo... -dijo el zorro.

El zorro calló y miró largo tiempo al Principito.

-¡Por favor...,  domestícame! -dijo.

-¿Qué hay que hacer? -dijo el Principito.

-Hay que ser paciente -respondió el zorro-. Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en la hierba. Te miraré de reojo y no dirás nada. La palabra es fuente de malentendidos. Pero, cada día, podrás sentarte un poco más cerca...

Al día siguiente volvió el Princi­pito.

-Hubiese sido mejor venir a la misma hora -dijo el zorro-. Si vienes por ejemplo a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres. Cuando más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sen­tiré agitado e inquieto; ¡descubriré el precio de la felici­dad! Pero si vienes a cualquier hora, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón... Los ritos son necesarios.

-¿Qué es un rito? -preguntó el Principito.

-Es también algo demasiado olvidado -dijo el zorro—. Es lo que hace que un día sea diferente de los otros días; una hora, de las otras horas.

Así el Principito domesticó al zorro. Y cuando se acercó la hora de la partida:

-¡Ah!... -dijo el zorro-. Voy a llorar.

-¡Pero vas a llorar! -dijo el Principito.

-Sí -dijo el zorro.

-Entonces, no ganas nada.

-Gano -dijo el zorro-, por el color del trigo.

Luego, agregó:

-Ve y mira nuevamente las rosas. Comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás para decirme adiós y te regalaré un secreto.

El Principito se fue a ver nuevamente a las rosas:

-No sois en absoluto parecidas a mi rosa; no sois nada aún -les dijo-. Nadie os ha domesticado y no habéis domesticado a nadie. Sois como mi zorro. No era más que un zorro semejante a cien mil otros. Pero yo lo hice mi amigo y ahora es único en el mundo.

Y las rosas se sintieron bien molestas.

-Sois bellas, pero estáis va­cías -les dijo todavía-. No se puede morir por vosotras. Sin duda que un transeúnte común creerá que mi rosa se os parece. Pero ella sola es más importante que todas vo­sotras, puesto que es ella la rosa a quien he regado. Pues­to que ella es mi rosa.

Y volvió hacia el zorro:

-Adiós -dijo.

-Adiós -dijo el zorro—. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.

-Lo esencial es invisible a los ojos -repitió el Principito, a fin de acordarse.

-El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea importante.

-El tiempo que perdí por mi rosa... -dijo el Principito, a fin de acordarse.

—Los hombres han olvidado esta verdad —dijo el zorro. Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siem­pre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa.

-Soy responsable de mi rosa... -repitió el Principito, a fin de acordarse.

 

 

ACTIVIDADES DE COMPRENSIÓN LECTORA:

 

1.     ¿De qué tema trata este fragmento? Explica con tus propias palabras.

2.     ¿Qué significan las siguientes frases?:

a.     No estoy domesticado.

b.     Pero si me domesticas, mi vida se llenará de sol.

c.      Sois bellas, pero estáis vacías.

d.     El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante.

e.      La palabra es fuente de malentendidos.

f.       Lo esencial es invisible a los ojos.

3.     ¿Qué crees que nos quiere enseñar el autor al ofrecernos esta historia? Explica tu respuesta.

 

 

ACTIVIDAD CREATIVA:

 

1.Crea un cuento cuyo personaje principal sea un animal salvaje. No olvides ser creativo y original.

domingo, 22 de agosto de 2021

Tradiciones peruanas: "Los siete pelos del diablo" de Ricardo Palma con actividades de comprensión lectora

 

TRADICIONES PERUANAS:

LOS SIETE PELOS DEL DIABLO

RICARDO PALMA


 

 

I

 

—¡Teniente Mandujano! —Presente, mi coronel.

—Vaya usted por veinticuatro horas arrestado al cuarto de banderas.

—Con su permiso, mi coronel contestó el oficial; saludó militarmente y se fue, sin rezongar poco ni mu­cho, a cumplimentar la orden.

El coronel acababa de tener noticia de no sé qué pe­queño escándalo dado por el subalterno en la calle del Chivato. Asunto de faldas, de esas benditas faldas que fueron, que son y serán, perdición de Adanes.

Cuando al día siguiente pusieron en libertad al oficial, que al entrar en Melilla no es maravilla, y al salir de ella es ella, se encaminó aquél a la mayoría del cuerpo, donde a la sazón se encontraba el primer jefe, y le dijo:

—Mi coronel, el que habla está expedito para el ser­vicio.

—Quedo enterado— contestó lacónicamente el superior.

—Ahora ruego a usía que se digne decirme el motivo del arresto, para no reincidir en la falta.

—El motivo, ¿eh? El motivo es que ha echado usted a lucir varios de los siete pelos del diablo, en la calle del Chivato, y no le digo a usted más. Puede retirarse.

Y el teniente Mandujano se alejó architurulato y se echó a averiguar qué alcance tenía aquello de los siete pe­los del diablo, frase que ya había oído en boca de viejas.

Compulsando me hallaba yo unas papeletas bibliotecarias, cuando se me presentó el teniente, y después de referirme su percance del cuartel, me pidió la explicación de lo que, en vano, llevaba ya una semana de averiguar.

Como no soy, y huélgome en declararlo, un egoistón de marca, a pesar de que

 

en este mundo enemigo

no hay nadie de quien fiar;

cada cual, cuide de sigo,

yo de migo, y tú de tigo...

y procúrese salvar.

 

como diz que dijo un jesuita que ha dos siglos comía pan en mi tierra, tuve que sacar de curiosidad al pobre militrondo, que fue como sacar ánima del purgatorio, narrán­dole el cuento que dio vida a la frase.

 

 

II

 

Cuando Luzbel, que era un ángel muy guapote y en­greído, armó en el cielo la primera trifulca revolu­cionaria de que hace mención la Historia, el Señor, sin andarse con proclamas ni decretos suspendiendo garan­tías individuales o declarando a la corte celestial y sus alrededores en estado de sitio, le aplicó tan soberano puntapié en salva sea la parte, que, rodando de estrella en estrella y de astro en astro, vino el muy faccioso, in­surgente y montonero, a caer en este planeta que as­trónomos y geógrafos bautizaron con el nombre de Tierra.

Sabida cosa es que los ángeles son unos seres mofle­tudos, de cabellera riza y rubia, de carita alegre, de aire travieso, con piel más suave que el raso de Filipinas, y sin pizca de vello. Y cata que al ángel caído lo que más le llamó la atención en la fisonomía de los hombres fue el bigote; y suspiró por tenerlo y se echó a comprar men­jurjes y cosméticos de esos que venden los charlatanes, jurando y rejurando que hacen nacer el pelo hasta en la palma de la mano.

 

El diablo renegaba del afeminado aspecto de su rostro sin bigote, y habría ofrecido el oro y el moro por unos mostachos a lo Víctor Manuel, rey de Italia. Y aunque sabía que para satisfacer el antojo bastaríale dirigir un memorialito bien parlado, pidiendo esa merced a Dios, que es todo generosidad para con sus criaturas, por pica­ras que ellas le hayan salido, se obstinó en no arriar bandera, diciéndose in pecto:

— ¡Pues no faltaba más sino que yo me rebajase hasta pedirle favor a mi enemigo!

No hay odio superior al del presidiario por el grillete.

—¡Hola! —exclamó el Señor, que, como es notorio, tiene oído tan fino que percibe hasta el vuelo del pen­samiento—. ¿Esas tenemos, envidiosillo y soberbio? Pues tendrás lo que mereces, grandísimo bellaco.

 

 

Arrogante, moro, estáis,

y eso que en un mal caballo

como don Quijote vais;

ya os bajaremos el gallo,

si antes vos no lo bajáis.

 

Y amaneció, y se levantó el ángel protervo luciendo bajo las narices dos gruesas hebras de pelo, a manera de dos viboreznos. Eran la soberbia y la envidia.

Aquí fue el crujir de dientes y el encabritarse. Apeló a tijeras y a navaja de buen filo, y allí estaban, resistentes a dejarse cortar, el par de pelos.

—Para esta mezquindad, mejor me estaba con mi ca­rita de hembra— decía el muy zamarro; y reconco­miéndose de rabia fue a consultarse con el más sabio de las alfajemes, que era nada menos que el que afeita e ins­pira en la confección de leyes a un mi amigo, diputado a Congreso. Pero el socarrón barbero, después de alam­bicarlo mucho, le contestó:

Paciencia y non gurruñate, que a lo que vuestra merced desea no alcanza mi saber.

Al día siguiente despertó el rebelde con un pelito o viborilla más. Era la ira.

—A ahogar penas se ha dicho— pensó el desventurado.

Y sin más encaminóse a una parranda de lujo, de esas que hacen temblar el mundo, en la que hay abundancia de viandas y de vinos y superabundancia de buenas mozas, de aquellas que con una mirada le dicen a un prójimo:

—¡Dése usted preso!

¡Dios de Dios y la mona que se arrimó el maldito! Al despertar miróse al espejo y se halló con dos huéspedes más en el proyecto de bigote: la gula y la lujuria.

Abotagado por los licores y comistrajos de la víspera, y extenuado por las ofrendas en aras de la Venus pacotillera, se pasó Luzbel ocho días sin mo­verse de la cama, fumando cigarrillos de la fábrica de Cuba libre y contando las vigas del techo. Feliz semana para la humanidad, porque sin diablo enredador y perverso, estuvo el mundo tranquilo como balsa de aceite.

Cuando Luzbel volvió a darse a luz le había brotado otra cerda: la pereza.

Y durante años y años anduvo el diablo por la tierra luciendo sólo seis pelos en el bigote, hasta que un día por males de sus pecados, se le ocurrió aposentarse dentro del cuerpo de un usurero, y cuando hastiado de picardías le convino cambiar de domicilio, lo hizo luciendo un pelo más: la avaricia.

De fijo que el muy bellaco murmuró lo de:

 

Dios, que es la suma bondad,

hace lo que nos conviene.

(Pues bien fregado me tiene

Su Divina Majestad.)

Hágase su voluntad.

 

Tal es la historia tradicional de los siete pelos que for­man el bigote del diablo, historia que he leído en un palimpsesto contemporáneo del estornudo y de las cosquillas.

 

ACTIVIDADES DE COMPRENSIÓN LECTORA

 

1.     ¿Cuál es la diferencia entre el diablo y Dios en esta tradición?

2.     ¿Qué castigo le envía Dios al diablo?

3.     ¿Por qué quería Luzbel poseer un gran bigote?

4.     ¿Por qué le salieron a Luzbel cada uno de los pelos de su bigote?

5.     Cada bigote de Luzbel está relacionado con una acción que él realiza y que está también relacionada con uno de los 7 pecados capitales. Enumera cada pecado con cada acción.

Ejemplo:

a.      Al enterarse de que no podía quitarse el bigote le salió un nuevo que era la Ira.

6.     ¿Por qué cuando Luzbel tuvo unos cuantos bigotes ya no quería tenerlos?

7.     Según tú ¿cómo se mezclan la ficción y la leyenda en esta tradición?

8.     ¿Cuál crees que es el mensaje de esta tradición? ¿Por qué?

9.     ¿Qué crees que había hecho el teniente Mandujano para merecer el arresto?

10.            ¿Qué tradición popular intenta explicar este relato?

11.            ¿Cuál es tu opinión sobre este relato? ¿Por qué?

 

 

ACTIVIDAD CREATIVA:

 

1. Crea un cuento en donde se hable de uno de los 7 pecados capitales. No olvides ser creativo y original.

jueves, 19 de agosto de 2021

Cuento "Declaración" de Guy de Maupassant con actividades de comprensión lectora

 Declaración

Guy de Maupassant / Cuentos completos

Dos mujeres, madre e hija, avanzan, balanceándose, la una delante de la otra, por un angosto sendero abierto entre los sembrados, hacia aquel regimiento de animales. Cada una lleva dos cubos de cinc, que mantienen a distancia de su cuerpo con ayuda de un aro de cuba; y el metal, a cada uno de sus pasos, despide una llama deslumbrante y blanca, bajo el sol que lo hiere. No hablan. Van a ordeñar las vacas. Llegan, depositan el cubo en el suelo y se acercan a los dos primeros animales, que se levantan al sentir en sus costillas el golpe de los zuecos de las mujeres. La bestia se yergue con lentitud: primero sobre sus patas delanteras y alzando luego, con más trabajo, su ancha grupa, que parece entorpecida por la enorme ubre de carne rubia y colgante.

          Y las dos Malivoire, madre e hija, de rodillas bajo el vientre de la vaca, estiran con un vivo movimiento de sus manos la hinchada carne, que hace caer, a cada opresión, un delgado chorro de leche en el cubo. La espuma, algo amarilla, sube a los bordes; y las mujeres pasan de un animal a otro hasta la conclusión de la larga hilera.

          En cuanto han acabado de ordeñar una la pasan a otro sitio, dándole para comer un montón de pastura verde. Luego echan a andar otra vez más lentamente ya, entorpecidas por el peso de la leche; delante, la madre; la hija, detrás.Pero ésta se detiene bruscamente, deja en el suelo su carga, se sienta y se echa a llorar con amargura.

          La abuela Malivoire, no oyendo sus pasos, se vuelve y queda estupefacta.

          —¿Qué tienes? —dice.

          Y la hija, Celeste, una moza alta, rubia, de cabellos tostados, de mejillas quemadas y manchadas de pecas, como si en el rostro le hubiesen caído gotas de fuego mientras se peinaba un día al sol, murmuró, gimoteando nuevamente, cual gime el niño a quien se pega:

          —¡No puedo llevar la leche!

          La madre la miraba con aire inquieto. Repitió:

          —¿Qué tienes?

          Celeste agregó sentada en el suelo entre sus dos cubos y tapándose el rostro con el delantal:

          —Esto me duele demasiado. No puedo.

          La madre repitió por segunda vez:

          —¿Qué tienes?

          Y gimió la muchacha:

          —Creo que estoy encinta.

          Y sollozó.

          La vieja soltó a su vez los cubos de leche, tan asombrada, que no sabía qué decir. Por último, balbució:

          —¿Que..., que estás encinta, haragana? ¿Es posible?

          Los Malivoires eran ricos labriegos, gente apañadita, ordenada, respetada, maliciosa y pudiente.

          La chica tartajeó:

          —Me parece que no me engaño.

          Asombrada, la madre miraba a su hija, que lloriqueaba a sus pies. Al cabo de unos segundos, exclamó:

          —¡Conque estás encinta! ¡Encinta! ¿Y dónde has cogido eso, mala pécora?

          Y Celeste, sacudida por la emoción, murmuró:

          —Me parece que fue en el coche de Pólito.

          La vieja trataba de comprender, trataba de adivinar, trataba de saber quién habría podido hacer a su hija aquel mal servicio. Si era un mozo riquejo y bien mirado, se trataría de arreglar la cosa: el mal no existiría entonces más que a medias; no era Celeste la única a quien le había ocurrido aquello; pero le contrariaba el hecho de todos modos, en vista del giro que tomaba el asunto.

          Agregó:

          —¿Y quién te hizo eso, estúpida?

          Celeste, resuelta a decirlo todo, se atrevió a murmurar:

          —Creo que fue Pólito.

          Entonces la tía Malivoire, enloquecida por la cólera, se arrojó sobre su hija y se puso a pegarle con tanta furia que se le cayó el gorro.

          Descargaba recios puñetazos sobre la cabeza, sobre la espalda, sobre todo el cuerpo, y Celeste, tumbada por completo entre los dos cubos, que la protegían algo, se limitaba a ocultar el rostro entre las manos bien abiertas. Todas las vacas, sorprendidas, habían cesado de comer y, habiéndose vuelto, miraban con sus grandes ojos. La última bramó, alargando el hocico hacia las mujeres.

          Después de golpear hasta cansarse, la tía Malivoire, sofocada, se detuvo; y, recobrando algo el uso de sus facultades, quiso darse la más exacta cuenta de la situación.

          —¡Pólito! —dijo—. ¿Es posible? ¿Cómo te dejaste coger por un cochero de diligencia? ¿Habías perdido el seso? ¡Menester será que te haya dado un filtro aquel holgazán!

          Y Celeste, tumbada siempre en el suelo, murmuró de cara al polvo:

          —¡No le pagaba el asiento!

          La vieja normanda comprendió entonces.

          Todas las semanas, el miércoles y el sábado, Celeste iba al pueblo con los productos de la granja, la volatería, la crema y los huevos.

          Salía a las siete con sus dos cestos del brazo, los quesos y demás en el uno, las gallinas en el otro, e iba a esperar en la carretera la diligencia de Yvetot.

          Dejaba en tierra sus mercancías y se sentaba en la zanja, mientras las gallinas de corto y agudo pico y los patos de pico largo y ancho, sacando la cabeza por entre los mimbres, miraban con su ojo redondo, estúpido y lleno de asombro.

          Pronto el carruaje, especie de cofre amarillo protegido por un toldo de cuero negro, llegaba allí sacudiendo su trasera, movida por el trote aparatoso de una blanca yegua.

          Y Pólito, el cochero, un robusto y alegre muchacho, barrigudo, aunque joven, y tostado por el sol, curtido por el viento, mojado por las lluvias y teñido por el aguardiente, que tenía el rostro y el cuello de color de ladrillo, gritaba a lo lejos, haciendo sonar su látigo:

          —¡Buenos días, señorita Celeste! ¿Cómo va de salud?

          Ella le tendía, uno tras otro, sus cestos, que él colocaba sobre la imperial; luego subía la moza, levantando la pierna para alcanzar el estribo, y enseñando la pantorrilla, cubierta por una media azul.

          Y cada vez tenía Pólito la misma broma: “¡Caramba, no ha enflaquecido!”

          Y ella se echaba a reír, encontrando graciosa la frase. Luego él lanzaba un: “¡Arre, Capitana!”, que hacía arrancar al flaco animal. Entonces Celeste sacaba el portamonedas del fondo del bolsillo y de él diez sueldos, seis por ella y cuatro por los cestos de mercancías, y se los daba a Pólito por encima del hombro.

          Él los cogía, diciendo al alargar la mano:

          —¿Tampoco es hoy la fiesta?

          Y se reía de la mejor gana, volviéndose hacia la joven para mirarla con más comodidad.

          Mucho le costaba a ella el dar cada vez aquel medio franco por tres kilómetros de camino. Y cuando no tenía sueldo sufría más aún, no pudiendo decidirse a alargar una moneda de plata.

          Un día, en el momento de ir a pagar, no pudo contenerse.

          —Tratándose —dijo— de una buena parroquiana como yo, no debiera cobrarme usted más que seis sueldos.

          Él se echó a reír.

          —¿Seis sueldos, hermosa mía? Vale usted más que eso, seguramente que vale usted más.

          Ella insistió:

          —Vienen a resultarle a usted más de dos francos mensuales.

          Y él gritó, arreando al animal:

          —Para que vea usted que soy amable, no le cobraré nada si consiente en la fiesta.

          Ella preguntó con sencillez:

          —¿Qué quiere decir eso?

          Él se divertía tanto, que tosía a fuerza de reír.

          —Una fiesta es una fiesta. ¡Caramba! Una fiesta entre moza y mozo, un dúo sin música.

          Ella comprendió, se ruborizó y dijo:

          —No me conviene el trato, señor Pólito.

          Pero él no se intimidó, y repetía riendo más y más:

          —Ya le convendrá a usted ¡una fiesta entre moza y mozo!

          Y a partir de entonces, todos los días, cuando ella le iba a pagar, el cochero le preguntaba:

          —¿Tampoco es hoy la fiesta?

          Ella bromeaba también, y respondía:

          —Tampoco, señor Pólito; pero será el sábado, se lo aseguro.

          Y él gritaba, riendo:

          —Muy bien; ¡vaya por el sábado!

          Y ella calculaba interiormente que, en los dos años que duraba la cosa, había pagado cuarenta y ocho francos a Pólito, y cuarenta y ocho francos son una cantidad en el campo; y calculaba también que dentro de dos años más, le habría dado cerca de cien francos de plata.

          Y tanto calculó que un día, un día de primavera que estaban solos, cuando él le preguntó, según costumbre:

          —¿Tampoco es hoy la fiesta?

          Ella le respondió:

          —Como usted guste, señor Pólito.

          A él no le sorprendió la cosa y saltó dentro del coche, murmurando con satisfacción:

          —Sea hoy, pues. ¡Ya sabía yo que acabaríamos por entendernos!

          Y la vieja yegua blanca se puso a trotar tan suavemente que parecía bailar sin dar un paso, indiferente a la voz que te gritaba desde el fondo del coche:

          —¡Arre, Capitana, arre!

                                                                         ***

          Tres meses después, Celeste se dio cuenta de que estaba encinta.

          Había dicho todo esto con voz lacrimosa. Y su madre, pálida de ira, le preguntó:

          —¿Cuánto ha valido eso, según tu cuenta?

          Celeste dijo:

          —Cuatro meses, a diez sueldos viaje... Pues ocho francos.

          Al oír esto, la rabia de la campesina se desencadenó espantosamente, y, cayendo otra vez sobre la muchacha, la golpeó hasta perder el resuello. En seguida, levantándose:

          —¿Y le has dicho —exclamó— que estás encinta?

          —¿Qué le he de decir?

          —¿Por qué no?

          —¿Para qué me hubiese hecho pagar? ¡No soy tan tonta!

          La vieja meditó luego, tomando otra vez los cubos:

          —¡Vamos! —dijo—, levántate y trata de seguirme.

          Pasado un instante agregó:

          —Por otra parte, no le digas nada mientras él no lo note; ¡así podrás ir de balde seis u ocho meses!

          Y habiéndose puesto en pie, la moza, llorando aún, despeinada y cubierta de polvo, echó a andar con tardo paso tras de su madre, murmurando:

          —¡Es claro que no se lo diré!

 

ACTIVIDAD DE COMPRENSIÓN LECTURA

1.      ¿Quiénes son los personajes que intervienen en la obra? Describe a cada uno brevemente.

2.      En una palabra, ¿cuál es el tema del cuento? ¿Por qué?

3.      ¿Qué lección ejemplar podemos sacar de este cuento?

4.      ¿Justificas la actitud de la tía Malivoire de castigar a su hija al enterarse que está embarazada? ¿Por qué?

5.      ¿Los personajes de la obra actúan con ingenuidad, ignorancia o viveza? ¿Por qué?

6.      ¿Qué diferencias encuentras entre la idea de ingenuidad e ignorancia?

7.      ¿Qué opinión te merece este cuento? Fundamenta en 5 líneas

 

ACTIVIDAD CREATIVA:

1.      Redacta un cuento de una cara, con un título original sobre el tema del ENGAÑO, EL ABUSO O LA HIPOCRESÍA. No olvides hacerlo muy interesante.

 

miércoles, 4 de agosto de 2021

EJEMPLO DE TEXTO ARGUMENTATIVO CON TONO CRÍTICO

 

EJEMPLO DE TEXTO ARGUMENTATIVO CON TONO CRÍTICO:



LECTURA:

LA LECTURA CRÍTICA: UN COMPONENTE FUNDAMENTAL EN LA ESCUELA

 

La lectura crítica es una habilidad esencial que se desarrolla en la escuela y que es fundamental para el éxito académico y profesional. La lectura crítica permite a los estudiantes analizar, evaluar y reflexionar sobre los textos que leen, lo que les ayuda a comprender significativamente la información a la que acceden y a tomar decisiones más conscientes y consecuentes. Además, esta habilidad les brinda la capacidad de formular sus propios puntos de vista y opiniones con respecto al contenido abordado en los textos.
 
En la actualidad, con la cantidad de información a la que tenemos acceso en Internet, es más importante que nunca que los estudiantes sepan cómo leer críticamente. En una sociedad saturada de información, es fundamental aprender a filtrar que a acumular. La lectura crítica les permite a los estudiantes hacer precisamente eso: filtrar la información y determinar su relevancia y veracidad.
 
Además, la lectura crítica es una habilidad transferible que se puede aplicar a muchos aspectos de la vida. Por ejemplo, los estudiantes que han desarrollado esta habilidad pueden utilizarla en su vida profesional para analizar informes, evaluar estudios y tomar decisiones basadas en la evidencia. También pueden aplicarla a su vida personal al evaluar, valorar y verificar la información en las noticias y en las redes sociales.
 
En conclusión, la lectura crítica es una habilidad valiosa que debe ser enseñada y fomentada en la escuela. Al proporcionar a los estudiantes las herramientas para leer críticamente, se les brinda la capacidad de tomar decisiones conscientes y consecuentes, así como establecer sus propios puntos de vista, pues, finalmente, la verdadera función de la educación es enseñar a pensar críticamente y no solo llenarnos de contenido.