lunes, 15 de noviembre de 2021

Cuento "El origen del mal" de León Tolstói con actividades de comprensión lectora

 

El origen del mal

León Tolstói


En medio de un bosque vivía un ermitaño, sin temer a las fieras que allí moraban. Es más, por concesión divina o por tratarlas continuamente, el santo varón entendía el lenguaje de las fieras y hasta podía conversar con ellas.

En una ocasión en que el ermitaño descansaba debajo de un árbol, se cobijaron allí, para pasar la noche, un cuervo, un palomo, un ciervo y una serpiente. A falta de otra cosa para hacer y con el fin de pasar el rato, empezaron a discutir sobre el origen del mal.

-El mal procede del hambre -declaró el cuervo, que fue el primero en abordar el tema-. Cuando uno come hasta hartarse, se posa en una rama, grazna todo lo que le viene en gana y las cosas se le antojan de color de rosa. Pero, amigos, si durante días no se prueba bocado, cambia la situación y ya no parece tan divertida ni tan hermosa la naturaleza. ¡Qué desasosiego! ¡Qué intranquilidad siente uno! Es imposible tener un momento de descanso. Y si vislumbro un buen pedazo de carne, me abalanzo sobre él, ciegamente. Ni palos ni piedras, ni lobos enfurecidos serían capaces de hacerme soltar la presa. ¡Cuántos perecemos como víctimas del hambre! No cabe duda de que el hambre es el origen del mal.

El palomo se creyó obligado a intervenir, apenas el cuervo hubo cerrado el pico.

-Opino que el mal no proviene del hambre, sino del amor. Si viviéramos solos, sin hembras, sobrellevaríamos las penas. Más ¡ay!, vivimos en pareja y amamos tanto a nuestra compañera que no hallamos un minuto de sosiego, siempre pensando en ella “¿Habrá comido?”, nos preguntamos. “¿Tendrá bastante abrigo?” Y cuando se aleja un poco de nuestro lado, nos sentimos como perdidos y nos tortura la idea de que un gavilán la haya despedazado o de que el hombre la haya hecho prisionera. Empezamos a buscarla por doquier, con loco afán; y, a veces, corremos hacia la muerte, pereciendo entre las garras de las aves de rapiña o en las mallas de una red. Y si la compañera desaparece, uno no come ni bebe; no hace más que buscarla y llorar. ¡Cuántos mueren así entre nosotros! Ya ven que todo el mal proviene del amor, y no del hambre.

-No; el mal no viene ni del hambre ni del amor -arguyó la serpiente-. El mal viene de la ira. Si viviésemos tranquilos, si no buscásemos pendencia, entonces todo iría bien. Pero, cuando algo se arregla de modo distinto a como quisiéramos, nos arrebatamos y todo nos ofusca. Sólo pensamos en una cosa: descargar nuestra ira en el primero que encontramos. Entonces, como locos, lanzamos silbidos y nos retorcemos, tratando de morder a alguien. En tales momentos, no se tiene piedad de nadie; mordería uno a su propio padre o a su propia madre; podríamos comernos a nosotros mismos; y el furor acaba por perdernos. Sin duda alguna, todo el mal viene de la ira.

El ciervo no fue de este parecer.

-No; no es de la ira ni del amor ni del hambre de donde procede el mal, sino del miedo. Si fuera posible no sentir miedo, todo marcharía bien. Nuestras patas son ligeras para la carrera y nuestro cuerpo vigoroso. Podemos defendernos de un animal pequeño, con nuestros cuernos, y la huida nos preserva de los grandes. Pero es imposible no sentir miedo. Apenas cruje una rama en el bosque o se mueve una hoja, temblamos de terror. El corazón palpita, como si fuera a salirse del pecho, y echamos a correr. Otras veces, una liebre que pasa, un pájaro que agita las alas o una ramita que cae, nos hace creer que nos persigue una fiera; y salimos disparados, tal vez hacia el lugar del peligro. A veces, para esquivar a un perro, vamos a dar con el cazador; otras, enloquecidos de pánico, corremos sin rumbo y caemos por un precipicio, donde nos espera la muerte. Dormimos preparados para echar a correr; siempre estamos alerta, siempre llenos de terror. No hay modo de disfrutar de un poco de tranquilidad. De ahí deduzco que el origen del mal está en el miedo.

Finalmente intervino el ermitaño y dijo lo siguiente:

-No es el hambre, el amor, la ira ni el miedo, la fuente de nuestros males, sino nuestra propia naturaleza. Ella es la que engendra el hambre, el amor, la ira y el miedo.

 

 

ACTIVIDADES DE COMPRENSIÓN LECTORA:

1. ¿Quién es el protagonista? ¿Qué habilidad inusual tenía?

2. ¿Por qué el cuervo dice que el mal procede del hambre? Explica.

3. ¿Por qué la paloma dice que el mal procede del amor? Explica.

4. ¿Por qué la serpiente dice que el mal viene de la ira? Explica.

5. ¿Por qué el ciervo dijo que el mal provenía del miedo? Explica.

6. Al final de la discusión el ermitaño dice que el mal viene de nuestra propia naturaleza. ¿Estás de acuerdo con él? ¿Por qué?

7. Para ti, ¿cuál es el origen del mal? Justifica tu respuesta.

8. ¿Crees que el mal en el mundo puede desaparecer? ¿Por qué?

9. Para ti, ¿qué es el mal?  Justifica tu respuesta.

10. ¿Cuál crees que haya sido la intención del autor al escribir este cuento? Explica tu respuesta.

11. ¿Saber cuál es el origen del mal nos puede ayudar a combatirlo? ¿Por qué?

 

ACTIVIDAD CREATIVA:

1. Crea un cuento breve donde abordes tu propia visión de lo que es el mal. No olvides ser creativo y original.

sábado, 13 de noviembre de 2021

Cuento "El hombre a quien maté" de Tim O´Brien con actividades de comprensión lectora

 

El hombre a quien maté

 Tim O´Brien


Tenía la mandíbula en la garganta, el labio y los dientes superiores habían desaparecido, un ojo estaba cerrado, el otro era un agujero en forma de estrella, sus cejas eran finas y arqueadas como las de una mujer, su nariz estaba intacta, había una gota leve en el lóbulo de una oreja, su limpio pelo negro caía hacia atrás hasta formar un remolino en la parte posterior del cráneo, su frente tenía algunas pecas, sus uñas estaban limpias, la piel de su mejilla izquierda estaba arrancada en tres tiras desiguales, su mejilla derecha era suave y lampiña, había una mariposa posada en su mentón, su cuello estaba abierto hasta la médula espinal, y allí la sangre era densa y brillante; ésa era la herida que le había matado. Estaba tendido boca arriba en medio del sendero, un joven delgado, muerto, casi delicado.

Tenía piernas huesudas, cintura estrecha, dedos largos y elegantes. Tenía el pecho hundido y poco musculoso; un estudiante, tal vez. Sus muñecas eran las muñecas de un niño. Llevaba camisa negra, amplios pantalones orientales negros, una canana gris, un anillo de oro en el dedo corazón de la mano derecha. Sus sandalias de goma habían volado. Una estaba junto a él, la otra unos metros más allá, en el sendero. Tal vez había nacido en 1946 en la aldea de My Khe, cerca de la costa central de la provincia de Quang Ngai, donde sus padres trabajaban la tierra, y donde su familia había vivido durante varios siglos, y donde, durante la época de los franceses, su padre y dos tíos y muchos vecinos se habían unido a la lucha por la independencia. No era comunista. Era ciudadano y soldado. En la aldea de My Khe, como en toda Quang Ngai, la resistencia patriótica tenía la fuerza de la tradición, que era en parte la fuerza de la leyenda, y desde la más tierna infancia el hombre a quien maté había oído historias sobre las heroicas hermanas Trung y la famosa derrota que Tran Hung Dao infligió a los mongoles y la victoria final de Le Loi contra los chinos en Tot Dong. Le habían enseñado que defender su tierra era el deber más alto y el mayor privilegio de un hombre. Lo aceptaba. Nunca fue amigo de discutir. Secretamente, sin embargo, también le daba miedo. No tenía madera de soldado. Tenía mala salud, su cuerpo era pequeño y frágil. Le gustaban los libros. Quería ser profesor de matemáticas algún día. Por la noche, tendido sobre la estera, no podía imaginarse llevando a cabo los actos va­lientes de su padre, o de sus tíos, o de los héroes de las historias. Esperaba de todo corazón que nunca le pusieran a prueba. Esperaba que los norteamericanos se fueran. Pronto, esperaba. Seguía esperando y esperando, siempre, incluso cuando dormía.

-¡Vaya, hombre, has jodido al que te quería joder! -dijo Azar-. ¡Lo has desparramado por completo, fíjate en lo que has hecho, lo has desparramado como si fuera un jodido huevo!

-Vete -dijo Kiowa.

-¡Sólo estoy diciendo la verdad! ¡Como un jodido huevo!

-Vete -repitió Kiowa.

-De acuerdo, entonces; me largo -dijo Azar. Empezó a apartarse, después se detuvo y dijo-: Como un jodido huevo, ¿sabes? ¡Si hay categorías de muertos, este tío es de primera!

Sonriendo de su propia agudeza, se encogió de hombros y enfiló el sendero hacia la aldea que estaba tras los árboles.

Kiowa se agachó.

-Olvídate de esa bestia -dijo. Abrió la cantimplora y me la tendió por un momento y después suspiró y la retiró-. ¡No le des más vueltas, hombre! ¿Qué otra cosa podías hacer?

Más tarde Kiowa dijo:

-Hablo en serio. Nadie podía hacer nada. Vamos, Tim, deja de mirar así.

El cruce de senderos estaba sombreado por una hilera de árboles y altos arbustos. El delgado muchacho estaba tendido con las piernas a la sombra. Su mandíbula estaba en la garganta. Un ojo estaba cerrado y el otro tenía un agujero en forma de estrella.

Kiowa le echó un vistazo al cuerpo.

-Está bien, déjame hacerte una pregunta -dijo-. ¿Te gustaría cambiarte con él? Ponte en su lugar: ¡te gustaría? Contéstame francamente.

El agujero en forma de estrella era rojo y amarillo. La parte amarilla parecía ir ampliándose, desplegándose hacia el centro de la estrella. El labio superior, la encía y los dientes habían desaparecido. La cabeza del hombre estaba acomodada en un ángulo insólito, como si el cuello se hubiera soltado, y su cuello estaba mojado de sangre.

-Piénsalo -dijo Kiowa.

Después, más tarde, dijo:

-Tim, es una guerra. El tío ese no era Heidi: tenía un arma, ¿correcto? Es duro, desde luego, pero tienes que dejar de mirar. Después dijo:

-Tal vez lo mejor sería que te tumbaras unos minutos.

Después de un largo rato de silencio dijo:

-Tómatelo con calma. Ve adonde el espíritu te lleve.

La mariposa se estaba abriendo camino a lo largo de la frente del muchacho, que estaba salpicada de pequeñas pecas oscuras. La nariz estaba intacta. La piel de la mejilla derecha era suave y tersa y lampiña. De aspecto frágil, huesos delicados, el joven nunca había querido ser soldado y en lo más hondo de su corazón había temido comportarse mal en la batalla. Incluso cuando era un muchacho que crecía en la aldea de My Khe se había preocupado a menudo por eso. Se imaginaba cubriéndose la cabeza y tendido en un agujero profundo y cerrando los ojos y quedándose inmóvil hasta que la guerra terminara. No tenía estómago para la violencia. Le encantaban las matemáticas. Sus cejas eran finas y arqueadas como las de una mujer, y en la escuela los muchachos a veces se burlaban de él por lo hermoso que era, con sus cejas arqueadas y sus dedos largos y elegantes, y en el patio de recreo imitaban el modo de caminar de una mujer y se mofaban de su piel tersa y su amor por las matemáticas. No era capaz de pelear con ellos. A menudo deseaba hacerlo, pero le daba miedo, y eso aumentaba su vergüenza. Si no se atrevía a pelear con chicos, pensaba, ¿cómo podría ser soldado y luchar contra los norteamericanos con sus aviones y sus helicópteros y sus bombas? No parecía posible. En presencia de su padre y sus tíos, fingía estar ansioso por cumplir con su deber patriótico, que era además un privilegio, pero por la noche rezaba con su madre para que la guerra terminara pronto. Por encima de todo, temía ser una deshonra para sí mismo, y por lo tanto para su familia y su aldea. Pero todo lo que podía hacer era esperar y rezar y tratar de no crecer demasiado deprisa.

-Escúchame -dijo Kiowa-. Te sientes muy mal, lo sé.

Después dijo:

-Está bien, tal vez no lo sé.

A lo largo del sendero había pequeñas flores azules, como campanillas. La cabeza del muchacho estaba torcida de costado, pero sin llegar a mirar de frente a las flores, y aunque se encontraba a la sombra, un rayo de luz solar refulgía contra la hebilla de su canana. Su mejilla izquierda estaba pelada hacia atrás en tres tiras desiguales. Las heridas del cuello aún no se habían coagulado, lo que le hacía parecer animado incluso en la muerte, pues la sangre se desparramaba por la camisa.

Kiowa sacudió la cabeza.

Hubo un largo silencio antes de que dijera:

-Deja de mirar.

Las uñas del muchacho estaban limpias. Había una gota leve en el lóbulo de una oreja, una salpicadura de sangre en el antebrazo. Llevaba un anillo de oro en el dedo corazón de la mano derecha. Tenía el pecho hundido y poco musculoso: un estudiante, tal vez. Durante años, a pesar de la pobreza de su familia, el hombre a quien maté había estado decidido a continuar sus estudios de matemáticas. Los medios para ello tal vez se habían arreglado mediante los cuadros del movimiento de liberación de la aldea, y en 1964 el joven empezó a asistir a clases en la Universidad de Saigón, en donde evitó la política y prestó atención a los problemas de cálculo. Se dedicó al estudio. Pasaba las noches solo, escribía poemas románticos en su diario íntimo, gozaba de la gracia y la belleza de las ecuaciones diferenciales. Sabía que la guerra, al fin, le llamaría, pero por el momento procuraba no pensar. Había dejado de rezar; en vez de eso, ahora esperaba. Y mientras esperaba, en el último año de universidad, se enamoró de una compañera de estudios, una muchacha de diecisiete años, que un día le dijo que sus muñecas eran como las muñecas de un niño, pequeñas y delicadas, y que admiraba su cintura estrecha y el remolino que se alzaba como la cola de un pájaro en la parte posterior de su cabeza. Le gustaba el modo sereno de ser del muchacho, se reía de sus pecas y de sus piernas huesudas. Una noche, tal vez, intercambiaron anillos de oro.

Ahora un ojo era una estrella.

-¿Estás bien? -dijo Kiowa.

El cuerpo estaba casi por entero en la sombra. Había jejenes en su boca, y partículas de polen vagaban encima de su nariz. Había dejado de sangrar, salvo las heridas del cuello. La mariposa se había ido.

Kiowa recogió las sandalias de goma y las limpió, después se agachó para registrar el cuerpo. Encontró una bolsita de arroz, un peine, un cortaúñas, unas pocas piastras sucias, una instantánea de una muchacha de pie ante una motocicleta. Kiowa colocó aquellos objetos en su mochila junto con la canana gris y las sandalias de goma.

Después se agachó.

-Te diré la pura verdad -dijo-. El tío este estaba muerto en cuanto pisó el sendero. ¿Me entiendes? Todos le teníamos en el punto de mira. Una buena presa: arma, munición, todo… -Minúsculas gotas de sudor brillaban en la frente de Kiowa. Sus ojos pasaron del cielo al cuerpo del hombre muerto y a los nudillos de su propia mano-. Así que, escucha, ¡tienes que recobrarte, diablos! No puedes quedarte sentado aquí todo el día.

Más tarde dijo:

-¿Entiendes?

Después dijo:

-Cinco minutos, Tim. Cinco minutos más y seguimos adelante.

En el ojo cerrado se operó una curiosa transformación: pasó del rojo al amarillo. La cabeza estaba torcida de costado, como si el cuello se hubiera soltado, y el muchacho muerto parecía estar mirando un objeto lejano más allá de las flores como campanillas del sendero. La sangre del cuello se había vuelto de un profundo negro purpúreo. Uñas limpias, cabello limpio: había sido soldado un solo día. Después de sus años en la universidad, el hombre a quien maté regresó con su esposa -se acababan de casar- a la al­dea de My Kbe, donde se alistó como soldado raso en el 48 batallón del Vietcong. Sabía que no tardaría en morir. Sabía que vería un relámpago de luz. Sabía que caería muerto y despertaría en las historias de su aldea y de su pueblo.

Kiowa cubrió el cuerpo con un poncho.

-¡Vaya, Tim, tienes mejor aspecto! -dijo-. No hay duda al respecto. Todo lo que necesitabas era tiempo: un poco de permiso mental.

Después dijo:

-Chico, lo siento.

Después, más tarde, dijo:

-¿Por qué no me hablas?

Después dijo:

-¡Venga, hombre, háblame!

Era un muchacho delgado, muerto, casi delicado, de unos veinte años. Estaba tendido con una pierna doblada debajo de él, la mandíbula en la garganta, la cara ni expresiva ni inexpresiva. Un ojo estaba cerrado. El otro era un agujero en forma de estrella.

-¡Háblame! -dijo Kiowa.

 

ACTIVIDADES DE COMPRENSIÓN LECTORA:

1. ¿Por qué el cuento inicia con una descripción? Explica tu respuesta.

2. ¿Cómo se siente el protagonista al matar al soldado enemigo? ¿Qué nos revela ese sentimiento? Explica tu respuesta.

3. ¿Por qué crees Kiowa se burla del muerto?

4. ¿Por qué la descripción del cadáver del soldado enemigo es tremendamente significativa en este cuento? Justifica tu respuesta.

5. Qué piensas de la pregunta de Kiowa que le hace al protagonista: "¿Te gustaría cambiarte con él?". ¿Crees que su punto de vista es razonable? ¿Por qué?

6. A qué hace referencia esta frase: "Sabía que caería muerto y despertaría en las historias de su aldea y de su pueblo". Explica tu respuesta.

7. ¿Qué podemos inferir del final del cuento? Explica tu respuesta.

8. Este cuento nos habla de la brutalidad de la guerra de Vietnam y de toda guerra en general. Según tu postura, ¿crees que las guerras son inevitables? ¿Por qué? Justifica tu punto de vista.

miércoles, 10 de noviembre de 2021

Cuento "El chico que amaba una tumba" de Fitz James O’Brien con actividades de comprensión lectora

 

El chico que amaba una tumba

Fitz James O’Brien


Muy lejos, allá en el corazón de un lejano país, había un viejo y solitario cementerio. Ya no se enterraba allí a los muertos, pues estaba abandonado desde hacía mucho tiempo. Su hierba crecida alimentaba ahora algunas cabras que trepaban por el muro ruinoso y vagaban por aquel triste desierto de tumbas. El camposanto estaba bordeado de sauces y cipreses sombríos y la puerta de hierro oxidado, rara vez abierta, crujía cuando el viento agitaba sus bisagras, como si algún alma perdida, condenada a vagar en ese lugar desolado, sacudiera los barrotes y se lamentara de su terrible encarcelamiento.

En este cementerio había una tumba distinta de las demás. La lápida no tenía nombre, pero en su lugar aparecía la tosca escultura de un sol saliendo del mar. La tumba, muy pequeña y cubierta de una espesa capa de retama y ortigas, podría ser, por su tamaño, la de un niño de pocos años.

No muy lejos del viejo cementerio, vivía con sus padres un chico en una mísera casa; era un muchacho soñador, de ojos negros, que nunca jugaba con los otros niños del barrio, pues le gustaba corretear por los campos, recostarse a la orilla del río para ver caer las hojas en el murmullo de las aguas y mecer los lirios sus blancas cabezas al compás de la corriente. No era de extrañar que su vida fuera triste y solitaria, ya que sus padres eran malas personas que bebían y discutían todo el día y toda la noche, y los ruidos de sus peleas llegaban en las tranquilas noches de verano hasta los vecinos que vivían en la aldea debajo de la colina.

El muchacho estaba aterrorizado con estas horribles disputas y su alma joven se encogía cada vez que oía los juramentos y los golpes en la pobre casa, así que solía correr por los campos en donde todo parecía tan tranquilo y tan puro, y hablar con los lirios en voz baja como si fueran sus amigos.

De este modo, llegó a frecuentar el viejo cementerio y empezó a caminar entre las lápidas semienterradas, deletreando los nombres de las personas que habían partido de la tierra años y años atrás.

Sin embargo, la pequeña tumba sin nombre y olvidada le atrajo más que todas las demás. La extraña y misteriosa imagen de la salida del sol sobre el mar le producía asombro, y así, fuera de día o de noche, cuando la furia de sus padres lo arrojaba de su casa, solía dirigirse allí, sentarse sobre la espesa hierba y pensar quién podría estar enterrado debajo de ella.

Con el tiempo su amor por la pequeña tumba creció tanto que la adornó según su gusto infantil. Arrancó las retamas, las ortigas y la maleza que crecían sombrías sobre ella, y recortó la hierba hasta que empezó a crecer espesa y suave como la alfombra de los cielos. Después trajo prímulas de los verdes campos, flores blancas de espino, rojas amapolas de los maizales, campanillas azules del corazón del bosque, y las plantó alrededor de la tumba. Con las ramas flexibles de mimbre plateado trenzó un simple cerco alrededor y raspó el musgo que cubría toda la tumba hasta dejarla como si fuera la de una hermosa hada.

Entonces quedó muy satisfecho. Durante los largos días de verano, se tendía sobre la tumba, abrazando el hinchado montículo, mientras que el suave viento jugaba a su alrededor y tímidamente acariciaba sus cabellos. Del otro lado de la colina le llegaban los gritos de los chicos de la aldea jugando; a veces alguno de ellos venía y le proponía participar en sus juegos, pero él lo miraba con sus tranquilos ojos negros y le respondía gentilmente que no; el muchacho, impresionado, se iba en silencio y susurraba con sus compañeros sobre el chico que amaba una tumba.

Era cierto, él amaba aquel cementerio más que cualquier juego. Se sentía muy a gusto con la quietud del lugar, el aroma de las flores silvestres y los rayos dorados cayendo entre los árboles y jugueteando sobre la hierba. Permanecía horas recostado boca arriba contemplando el cielo de verano, mirando navegar las nubes blancas y preguntándose si serían las almas de las buenas personas camino del hogar celestial. Pero cuando las nubes negras de la tormenta se acercaban llenas de lágrimas apasionadas y reventaban con ruido y fuego, pensaba en su casa y en sus malos padres y se dirigía a la tumba y recostaba su mejilla contra ella como si fuera su hermano mayor.

Así fue pasando el verano hasta convertirse en otoño. Los árboles estaban tristes y temblaban al acercarse el tiempo en que el viento feroz les arrebataría sus capas, y las lluvias y las tormentas golpearían sus miembros desnudos. Las prímulas se pusieron pálidas y se marchitaron, pero en sus últimos momentos parecieron mirar sonrientes al chico como diciendo: “No llores por nosotros, regresaremos de nuevo el año que viene”. Pero la tristeza de la temporada lo invadió mientras se acercaba el invierno, y a menudo mojaba la pequeña tumba con sus lágrimas y besaba la piedra gris como uno besaría a un amigo que está a punto de partir.

Una tarde, hacia el final del otoño, cuando el bosque estaba marrón y sombrío, y el viento sobre la colina parecía aullar amenazador, el chico, sentado junto a la tumba, oyó chirriar la vieja puerta al girar sobre sus oxidados goznes, y mirando por encima de la lápida vio acercarse una extraña procesión. Eran cinco hombres: dos llevaban lo que parecía ser una caja larga cubierta con un paño negro, otros dos llevaban picas en las manos y el quinto, un hombre alto de rostro consternado, envuelto en una capa larga, caminaba al frente. Cuando el chico vio andar a estos hombres de un lado a otro por el cementerio, tropezando con lápidas medio enterradas o parándose a examinar las inscripciones semiborradas, su corazón casi dejó de latir y se encogió, lleno de terror, detrás de la piedra gris.

Los hombres caminaban de un lado a otro, con el hombre alto en cabeza, buscando concienzudamente entre la hierba y de vez en cuando se detenían para consultar entre ellos. Finalmente el hombre que los dirigía encontró la pequeña tumba y, agachándose, se puso a mirar la lápida. La luna acababa de levantarse y su luz bañaba la peculiar escultura del sol saliendo del mar. Entonces hizo señas a sus compañeros. “La encontré -dijo-, es aquí”. Los demás se acercaron y los cinco hombres quedaron parados contemplando la tumba. El pequeño, detrás de la piedra, apenas respiraba.

Los dos hombres que llevaban la caja la apoyaron en la hierba, quitaron el paño negro y el chico vio entonces un pequeño ataúd de ébano brillante con adornos plateados y en la cubierta, labrada también en plata, la escultura familiar de un sol saliendo del mar.

“Ahora, ¡a trabajar!” dijo el hombre alto y, al momento, los dos que llevaban picas y palas se pusieron a cavar en la pequeña tumba. El chico pensó que se le rompería el corazón y ya no pudo contenerse, se arrojó sobre el montículo y exclamó sollozando:

“¡Oh, señor! ¡No toquen mi pequeña tumba! ¡Es lo único querido que tengo en el mundo! No la toquen, pues todo el día me recuesto aquí y la abrazo, y es como si fuera mi hermano. La cuido y mantengo la hierba cortita y gruesa, y le prometo que, si me la dejan, el año que viene plantaré aquí las más bellas flores de la colina.”

“¡Calla, hijo, no seas tonto!”, respondió el hombre de rostro serio. “Es una tarea sagrada la que debo realizar; el que yace aquí era un chico como tú, pero de sangre real, y sus antepasados vivían en palacios. No es apropiado que sus huesos reposen en un terreno común y abandonado. Del otro lado del mar los espera un lujoso mausoleo, y he venido a llevarlos conmigo para depositarlos en bóvedas de pórfido y mármol. Por favor -dijo a los hombres-, apártenlo y sigan con su trabajo.”

Los hombres separaron al chico, lo dejaron cerca sobre la hierba sollozando como si se le rompiera el corazón, y cavaron en la tumba. El chico, a través de sus lágrimas, vio cómo juntaban los blancos huesos y los ponían en el ataúd de ébano; oyó cerrarse la tapa de la caja y vio cómo las palas volvían a poner la tierra negra en la tumba vacía, y se sintió robado. Los hombres levantaron el ataúd y se fueron por donde habían venido. El portón chirrió una vez más sobre sus goznes y el chico quedó solo.

Regresó a su casa en silencio y sin lágrimas, pálido como un fantasma. Cuando se acostó en la cama llamó a su padre y le dijo que iba a morir. Le pidió que lo enterraran en la pequeña tumba que tenía una lápida gris con un sol naciendo del mar esculpido sobre ella. El padre se rió y le dijo que se durmiera; pero cuando llegó la mañana el niño estaba muerto.

Lo enterraron en donde él había deseado y cuando el césped estuvo alisado y el cortejo fúnebre se retiró, esa noche apareció una nueva estrella en el cielo, mirando la pequeña tumba.

 

ACTIVIDADES DE COMPRENSIÓN LECTORA

 

1. ¿Por qué el narrador inicia su relato presentándonos un viejo cementerio?

2. ¿A quién pertenecía la tumba que era distinta en el cementerio?

3. ¿Cómo era la personalidad del niño que vivía en una mísera casa?

4. ¿Por qué la vida del niño era triste y solitaria?

5. ¿Por qué el niño comenzó a frecuentar el antiguo cementerio?

6. ¿Por qué crees que el niño empezó a amar la pequeña tumba que tenía la imagen de la salida del sol sobre el mar?

7. ¿Qué pasó una tarde, hacia el final del otoño?

8. ¿Por qué el niño no quería que los hombres tocasen la tumba?

9. ¿Qué significa este fragmento final del cuento: "esa noche apareció una nueva estrella en el cielo, mirando la pequeña tumba? Explica tu respuesta.

10. ¿Qué opinas del final de este cuento?

11. ¿Qué opinas del protagonista de este cuento? ¿Estás de acuerdo con la manera en cómo terminó? ¿Por qué?

12. Infiere: En una palabra o frase ¿cuál es el tema que aborda este cuento? Explica tu respuesta.

13. Infiere: ¿qué puede simbolizar la tumba a la que tanto amaba el niño? Justifica tu respuesta.

14. ¿Qué otro final le darías a esta historia? Explícala con tus propias palabras.

 

ACTIVIDAD CREATIVA

Crea un cuento cuyo protagonista sea un niño y que haga referencia al tema de este cuento.

martes, 9 de noviembre de 2021

Cuento "La botella de chicha" de Julio Ramón Ribeyro con actividades de comprensión lectora

 

La botella de chicha

Julio Ramón Ribeyro


En una ocasión tuve necesidad de una pequeña suma de dinero y como me era imposible procurármela por las vías ordinarias, decidí hacer una pesquisa por la despensa de mi casa, con la esperanza de encontrar algún objeto vendible o pignorable. Luego de remover una serie de trastos viejos, divisé, acostada en un almohadón, como una criatura en su cuna, una vieja botella de chicha. Se trataba de una chicha que hacía más de quince años recibiéramos de una hacienda del norte y que mis padres guardaban celosamente para utilizarla en un importante suceso familiar. Mi padre me había dicho que la abriría cuando yo «me recibiera de bachiller». Mi madre, por otra parte, había hecho la misma promesa a mi hermana, para el día «que se casara». Pero ni mi hermana se había casado ni yo había elegido aún qué profesión iba a estudiar, por lo cual la chicha continuaba durmiendo el sueño de los justos y cobrando aquel inapreciable valor que dan a este género de bebidas los descansos prolongados.

Sin vacilar, cogí la botella del pico y la conduje a mi habitación. Luego de un paciente trabajo logré cortar el alambre y extraer el corcho, que salió despedido como por el ánima de una escopeta. Bebí un dedito para probar su sabor y me hubiera acabado toda la botella si es que no la necesitara para un negocio mejor. Luego de verter su contenido en una pequeña pipa de barro, me dirigí a la calle con la pipa bajo el brazo. Pero a mitad del camino un escrúpulo me asaltó. Había dejado la botella vacía abandonada sobre la mesa y lo menos que podía hacer era restituirla a su antiguo lugar para disimular en parte las trazas de mi delito. Regresé a casa y para tranquilizar aún más mi conciencia, llené la botella vacía con una buena medida de vinagre, la alambré, la encorché y la acosté en su almohadón.

Con la pipa de barro, me dirigí a la chichería de don Eduardo.

—Fíjate lo que tengo —dije mostrándole el recipiente—. Una chicha de jora de veinte años. Sólo quiero por ella treinta soles. Está regalada.

Don Eduardo se echó a reír.

—¡A mí!, ¡a mí! —exclamó señalándose el pecho—. ¡A mí con ese cuento! Todos los días vienen a ofrecerme chicha y no sólo de veinte años atrás. ¡No me fío de esas historias! ¡Como si las fuera a creer!

—Pero yo no te voy a engañar. Pruébala y verás.

—¿Probarla? ¿Para qué? Si probara todo lo que traen a vender terminaría el día borracho, y lo que es peor, mal emborrachado. ¡Anda, vete de aquí! Puede ser que en otro lado tengas más suerte.

Durante media hora recorrí todas las chicherías y bares de la cuadra. En muchos de ellos ni siquiera me dejaron hablar. Mi última decisión fue ofrecer mi producto en las casas particulares pero mis ofertas, por lo general, no pasaron de la servidumbre. El único señor que se avino a recibirme me preguntó si yo era el mismo que el mes pasado le vendiera un viejo burdeos y como yo, cándidamente, le replicara que sí, fui cubierto de insultos y de amenazas e invitado a desaparecer en la forma menos cordial.

Humillado por este incidente, resolví regresar a mi casa. En el camino pensé que la única recompensa, luego de empresa tan vana, sería beberme la botella de chicha. Pero luego consideré que mi conducta sería egoísta, que no podía privar a mi familia de su pequeño tesoro solamente por satisfacer un capricho pasajero, y que lo más cuerdo sería verter la chicha en su botella y esperar, para beberla, a que mi hermana se casara o que a mí pudieran llamarme bachiller.

Cuando llegué a casa había oscurecido y me sorprendió ver algunos carros en la puerta y muchas luces en las ventanas. No bien había ingresado a la cocina cuando sentí una voz que me interpelaba en la penumbra. Apenas tuve tiempo de ocultar la pipa de barro tras una pila de periódicos.

—¿Eres tú el que anda por allí? —preguntó mi madre, encendiendo la luz—. ¡Esperándote como locos! ¡Ha llegado Raúl! ¿Te das cuenta? ¡Anda a saludarlo! ¡Tantos años que no ves a tu hermano! ¡Corre!, que ha preguntado por ti.
Cuando ingresé a la sala quedé horrorizado. Sobre la mesa central estaba la botella de chicha aún sin descorchar. Apenas pude abrazar a mi hermano y observar que le había brotado un ridículo mostacho. «Cuando tu hermano regrese», era otra de las circunstancias esperadas. Y mi hermano estaba allí y estaban también otras personas y la botella y minúsculas copas pues una bebida tan valiosa necesitaba administrarse como una medicina.

—Ahora que todos estamos reunidos —habló mi padre—, vamos al fin a poder brindar con la vieja chicha. —Y agració a los invitados con una larga historia acerca de la botella, exagerando, como era de esperar, su antigüedad. A mitad de su discurso, los circunstantes se relamían los labios.

La botella se descorchó, las copas se llenaron, se lanzó una que otra improvisación y llegado el momento del brindis observé que las copas se dirigían a los labios rectamente, inocentemente, y regresaban vacías a la mesa, entre grandes exclamaciones de placer.

—¡Excelente bebida!

—¡Nunca he tomado algo semejante!

—¿Cómo me dijo? ¿Treinta años guardada?

—¡Es digna de un cardenal!

—¡Yo que soy experto en bebidas, le aseguro, don Bonifacio, que como ésta ninguna!

Y mi hermano, conmovido por tan grande homenaje, añadió:

—Yo les agradezco, mis queridos padres, por haberme reservado esta sorpresa con ocasión de mi llegada.

El único que, naturalmente, no bebió una gota, fui yo. Luego de acercármela a las narices y aspirar su nauseabundo olor a vinagre, la arrojé con disimulo en un florero.

Pero los concurrentes estaban excitados. Muchos de ellos dijeron que se habían quedado con la miel en los labios y no faltó uno más osado que insinuara a mi padre si no tenía por allí otra botellita escondida.

—¡Oh, no! —replicó—. ¡De estas cosas sólo una! Es mucho pedir

Noté, entonces, una consternación tan sincera en los invitados, que me creí en la obligación de intervenir.

—Yo tengo por allí una pipa con chicha.

—¿Tú? —preguntó mi padre, sorprendido.

—Sí, una pipa pequeña. Un hombre vino a venderla… Dijo que era muy antigua.

—¡Bah! ¡Cuentos!

—Y yo se la compré por cinco soles.

—¿Por cinco soles? ¡No has debido pagar ni una peseta!

—A ver, la probaremos —dijo mi hermano—. Así veremos la diferencia.

—Sí, ¡que la traiga! —pidieron los invitados.

Mi padre, al ver tal expectativa, no tuvo más remedio que aceptar y yo me precipité hacia la cocina. Luego de extraer la pipa bajo el montón de periódicos, regresé a la sala con mi trofeo entre las manos.

—¡Aquí está! —exclamé, entregándosela a mi padre.

—¡Hum! —dijo él, observando la pipa con desconfianza—. Estas pipas son de última fabricación. Si no me equivoco, yo compré una parecida hace poco. —Y acercó la nariz al recipiente—. ¡Qué olor! ¡No! ¡Esto es una broma! ¿Dónde has comprado esto, muchacho? ¡Te han engañado! ¡Qué tontería! Debías haber consultado. —Y para justificar su actitud hizo circular la botija entre los concurrentes, quienes ordenadamente la olían y después de hacer una mueca de repugnancia, la pasaban a su vecino.

—¡Vinagre!

—¡Me descompone el estómago!

—Pero ¿es que esto se puede tomar?

—¡Es para morirse!

Y como las expresiones aumentaban de tono, mi padre sintió renacer en sí su función moralizadora de jefe de familia y, tomando la pipa con una mano y a mí de una oreja con la otra, se dirigió a la puerta de calle.

—Ya te lo decía. ¡Te has dejado engañar como un bellaco! ¡Verás lo que se hace con esto!

Abrió la puerta y, con gran impulso, arrojó la pipa a la calle, por encima del muro. Un ruido de botija rota estalló en un segundo. Recibiendo un coscorrón en la cabeza, fui enviado a dar una vuelta por el jardín y mientras mi padre se frotaba las manos, satisfecho de su proceder, observé que en la acera pública, nuestra chicha, nuestra magnífica chicha norteña, guardada con tanto esmero durante quince años, respetada en tantos pequeños y tentadores compromisos, yacía extendida en una roja y dolorosa mancha. Un automóvil la pisó alargándola en dos huellas; una hoja de otoño naufragó en su superficie; un perro se acercó, la olió y la meó.

 

ACTIVIDADES DE COMPRENSIÓN LECTORA:

1. El engaño es uno de los grandes temas del cuento. Explica cómo se manifiesta.

2. ¿Quién es el protagonista? ¿Cómo es?

3. ¿Por qué el protagonista coge la botella de chica de sus padres?

4. ¿Qué acontecimiento se podría considerar como nudo en el cuento? ¿Por qué?

5. ¿Por qué crees que el protagonista se refiere a la botella de chicha como un “pequeño tesoro”?

6. ¿Por qué el protagonista no tuvo éxito la venta de chicha?

7. ¿Qué hizo con la botella de chicha luego de no poder venderla?

8. ¿Crees que, en algún momento de la historia, el protagonista siente arrepentimiento? Explica tu respuesta.

9. ¿Qué representa simbólicamente la botella de chicha? Fundamenta tu respuesta.

10. ¿Por qué crees que los invitados cuando están frente a la verdadera chicha, reaccionan como si fuera vinagre? ¿Qué crees que influyó en ellos?

11. ¿Qué opinas del final de este cuento? ¿Por qué?

12. ¿Por qué crees que el autor escribió este cuento? Justifica tu respuesta

13. Escribe el significado de las siguientes expresiones:

a.  Ánima de una escopeta

b.  Durmiendo el sueño de los justos

c.  Un escrúpulo me asaltó

d.  Disimular en parte las trazas de mi delito

e.  Quedarse con la miel en los labios

 

ACTIVIDAD CREATIVA:

1. Escribe un cuento cuya trama gire en torno a un objeto (como en la botella de chicha) que sea simbólico para alguien o para un grupo de personas. No olvides que la extensión es una cara y debes ser muy original.

miércoles, 27 de octubre de 2021

EJEMPLO DE TEXTO ARGUMENTATIVO

 

EJEMPLO DE TEXTO ARGUMENTATIVO


LECTURA:
CIMIENTO PARA UNA CIUDADANÍA CONSCIENTE

 
En la sociedad actual, la enseñanza de la ética en los salones de clases es un pilar fundamental para el desarrollo ciudadano. La ética no solo se trata de un conjunto de reglas y principios morales, sino que va más allá, permitiendo a los individuos tomar conciencia de su papel en los asuntos sociales y enjuiciar los modos de convivencia y normas establecidas. Es esencial que desde temprana edad se promueva esta enseñanza, ya que un ciudadano ético es un agente de cambio positivo capaz de ampliar y mejorar el tejido social en el que se encuentra inmerso.
 
La enseñanza de la ética provee a los jóvenes de herramientas para comprender la importancia de sus acciones en la sociedad. Al conocer los valores fundamentales que rigen el comportamiento humano, los estudiantes se vuelven más conscientes de las consecuencias de sus decisiones y comportamientos en el entorno que los rodea. Esto les permite desarrollar una mayor responsabilidad hacia su comunidad, fomentando una convivencia armoniosa y un respeto mutuo entre sus pares.
 
Además, la ética impulsa a los jóvenes a cuestionar y evaluar las normas sociales establecidas. Al aprender a analizar y reflexionar sobre los principios éticos que fundamentan las reglas de convivencia, los estudiantes se vuelven críticos y capaces de discernir entre lo justo y lo injusto. Esta habilidad crítica los empodera para cuestionar estructuras y prácticas que puedan ser excluyentes o injustas, contribuyendo así a la construcción de una sociedad más equitativa y justa.
 
Asimismo, la enseñanza de la ética fomenta la empatía y la comprensión hacia los demás. Al conocer y respetar los valores y perspectivas de los demás, los estudiantes aprenden a valorar la diversidad y a convivir en un ambiente de tolerancia y aceptación. Esto es crucial para construir una ciudadanía comprometida con el bienestar común, capaz de trabajar en conjunto para enfrentar los desafíos sociales que se presenten.
 
Finalmente, la ética es esencial para formar ciudadanos íntegros y éticos que contribuyan positivamente a la sociedad en la que viven. Un ciudadano ético no solo se rige por normas y leyes, sino que interioriza valores como la honestidad, la responsabilidad y el respeto, los cuales guían sus acciones cotidianas. Estos individuos se convierten en modelos a seguir y agentes de cambio que inspiran a otros a seguir su ejemplo, creando así una cadena de influencia positiva que impacta en el desarrollo social de manera significativa.
 
En conclusión, la enseñanza de la ética en los salones de clases es crucial para el desarrollo ciudadano. Al tomar conciencia de su papel en los asuntos sociales y enjuiciar los modos de convivencia y normas establecidas, los jóvenes se convierten en ciudadanos conscientes y comprometidos. La ética promueve la responsabilidad, el pensamiento crítico, la empatía y la integridad, cualidades fundamentales para construir una sociedad más justa y equitativa. Es deber de los sistemas educativos fomentar esta enseñanza, garantizando así un futuro en el que la ciudadanía esté empoderada para ampliar y mejorar el entramado social en el que vivimos.


sábado, 23 de octubre de 2021

EJEMPLO DE ARGUMENTACIÓN SOBRE EL CAMBIO CLIMÁTICO

 

EJEMPLO DE ARGUMENTACIÓN SOBRE EL CAMBIO CLIMÁTICO


TEXTO DE EJEMPLO

El cambio climático se refiere a un cambio significativo y de largo plazo en el clima de la Tierra, que puede ser causado por factores naturales o por la actividad humana. Aunque es cierto que las personas tienen una responsabilidad individual en reducir su huella de carbono con el fin de disminuir el impacto del cambio climático, la culpa principal recae en las grandes industrias que generan la mayor cantidad de emisiones de gases de efecto invernadero.
 
Las industrias de combustibles fósiles, transporte y agricultura son las principales emisoras de gases que contribuyen al cambio climático, y aunque es cierto que los consumidores tienen cierto poder de elección en qué productos comprar, las grandes empresas tienen una influencia aún mayor en la forma en que se producen y distribuyen esos productos. Por ejemplo, la industria de la moda es responsable de un gran porcentaje de las emisiones de gases de efecto invernadero debido al uso de fibras sintéticas y a la rápida rotación de las tendencias de moda. Además, las grandes empresas tienen la capacidad de presionar a los gobiernos para que adopten políticas y regulaciones más favorables para sus intereses, lo que puede dificultar la implementación de cambios significativos en la lucha contra el cambio climático.
 
Por lo tanto, aunque las personas tienen un papel importante en reducir su huella de carbono, la culpa principal recae en las grandes industrias que han ignorado durante demasiado tiempo las consecuencias de sus acciones en el medio ambiente.
 
Es hora de que estas empresas asuman su responsabilidad y tomen medidas significativas para reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero y presionar a los gobiernos para que adopten políticas más ecológicas. Solo entonces podremos hacer frente al cambio climático y asegurar un futuro sostenible para nuestro planeta.

martes, 19 de octubre de 2021

Fragmento de "El signo de los cuatro" (Capítulo I: La ciencia de la deducción) de Arthur Conan Doyle con actividades de comprensión lectora

 

El signo de los cuatro

(fragmento)

Arthur Conan Doyle

La ciencia de la deducción

 

Mi clientela se ha extendido ya hasta el continente —me dijo Sherlock Holmes—. La semana pasada recibí una consulta de François Le Villard, quien, tal vez usted lo sepa, ha llegado en los últimos tiempos a ser el mejor agente de la policía secreta de Francia. Aquí tengo una carta suya que recibí esta mañana, y en la que me habla de la ayuda que le presté.

Me alargó la carta, toda arrugada. Eché una ojeada sobre el papel y al vuelo encontré una profusión de términos elogiosos que atestiguaban la ardiente admiración del detective francés.

—Habla como un discípulo a su maestro —observé.

—¡Oh! Le Villard exagera mi ayuda —contestó Sherlock Hol­mes—, cuando él mismo posee virtudes muy apreciables; tiene dos de las tres cualidades necesarias para ser un detective ideal: el poder de observación y el de deducción. Lo único que le falta es el conocimiento que, con el tiempo, puede llegar a adquirir. Pero, mi querido doctor Watson, estoy cansándolo con mi charla.

—De ninguna manera —le contesté con ardor—. Usted habla de observación y deducción. En cierta medida, una implica a la otra.

—¿Por qué? ¡Difícilmente! —replicó Holmes, recostándose con pereza en su sillón y despidiendo azules y espesas volutas de humo—. Por ejemplo, la observación me demuestra que usted ha estado esta mañana en la oficina de correos de la calle Wingmore; y la deducción me permite saber que usted fue a esa oficina a expedir un telegrama.

— ¡Justo! —exclamé—. ¡Justo en ambas cosas! Pero, confieso que no alcanzo a ver cómo ha llegado usted a adivinarlo. La idea de ir al correo se me ocurrió de súbito, y a nadie he hablado de eso.

— La cosa es sencillísima —me contestó sonriendo al ver mi sor­presa—, tan absurdamente sencilla que su explicación es superflua, pero voy a hacérsela a usted, porque va a servirme para definir los lí­mites entre la observación y la deducción. La observación me hace ver que usted tiene un poco de barro de color rojizo adherido a su zapato, y precisamente delante de la oficina de correos de la calle Wingmore ha sido removido el pavimento y extraída la tierra de tal manera que es difícil entrar en la oficina sin pisarla. Esa tierra tiene un peculiar co­lor rojizo que, a mi parecer, no existe en ningún otro lugar de nuestro barrio. He aquí la observación; el resto es deducción.

— ¿Y cómo deduce usted lo del telegrama?

—Desde luego sé que usted no ha escrito carta alguna, pues toda la mañana hemos estado sentados frente a frente. Después he visto que en su escritorio, que está abierto, tiene usted una hoja entera de estampillas y un grueso paquete de tarjetas postales. ¿A qué iría usted, pues, a la oficina de correos, si no fuese a enviar un telegrama? Eliminan­do factores, el que queda tiene que ser verdadero.

—En este caso así es —contesté, después de reflexionar un instante—. Y además estoy de acuerdo en que la cuestión es de las más sencillas. ¿Me calificaría usted de im­pertinente si quisiera someter sus teorías a una prueba más severa?

—Al contrario —me contestó—. Tendré muchísimo gusto en estudiar cualquier pro­blema que usted someta a mi consideración.

—Le he oído decir que es difícil que un hombre use diariamente un objeto sin dejarle impresa su individualidad, hasta el punto de que un observador ejercitado puede leerla en el objeto. Pues bien; aquí tengo un reloj que llegó a mi poder hace poco. ¿Tendría us­ted la amabilidad de darme su opinión respecto al carácter y costumbres de su anterior dueño?

Le entregué el reloj, ocultando un ligero sentimiento de burla, pues, en mi opinión, la prueba era imposible y la había propuesto como una lección contra el tono, en cierto modo dogmático, que Holmes asumía a veces. Mi amigo volvió el reloj de un lado a otro, miró fijamente la esfera, abrió las tapas de atrás, y examinó la máquina, primero a simple vista y luego con un poderoso lente convexo. Trabajo me costó no reírme al ver la expre­sión de su rostro, cuando por fin cerró las tapas y me devolvió el reloj.

—Apenas si he encontrado algo —observó—. Ese reloj ha sido limpiado reciente­mente y sustrae de mi vista los hechos más sugerentes.

—Tiene usted razón —le contesté—. Antes de enviármelo lo limpiaron.

En el fondo de mi corazón yo acusaba a mi compañero de invocar una cómoda excu­sa para ocultar su fracaso. ¿Qué datos habría podido proporcionarle el reloj aun cuando no hubiera sido limpiado?

—Si bien insatisfactoria, mi investi­gación no ha sido completamente inútil — agregó Holmes, fijando en el techo sus ojos soñadores y apagados—. Salvo recti­ficaciones que usted pueda hacer, me pa­rece que ese reloj ha pertenecido a su her­mano mayor, quien lo heredó de su padre.

—Eso lo calcula usted sin duda por las iniciales H. W. grabadas atrás.

—Así es; la W es el apellido de us­ted. El reloj ha sido fabricado hace unos cincuenta años y las iniciales son tan antiguas como el reloj mismo, lo que quiere decir que este fue he­cho para la generación anterior a la nuestra. Las joyas pasan general mente a poder del hijo mayor, y este tiene casi siempre el mismo nombre de su padre. Si mal no recuerdo, el padre de usted murió hace años, y por consiguiente, el reloj ha estado en manos de su hermano mayor.

—Hasta ahí, todo es exacto —contesté.

—El hermano de usted era de costumbres desordenadas; sí, muy descuidado y ne­gligente. Cuando murió su padre, quedó en buenas condiciones, pero desperdició todas las oportunidades de progresar, y por algún tiempo vivió en la pobreza, con raros inter­valos de prosperidad, hasta que se dio a beber y, por fin, murió. Eso es todo cuanto he podido saber.

—Por vida de cuanto puede ser maravilloso, ¿de qué manera ha podido usted cono­cer los hechos que acaba de citar? Todos ellos son absolutamente correctos hasta en sus más mínimos detalles.

— ¡Ah!, veo que he tenido suerte, pues tenía un cincuenta por ciento de probabilida­des de acertar y no creí ser tan exacto.

— ¿Pero cómo ha procedido usted? ¿Por simple adivinación?

—No, no; yo nunca trato de adivinar. Esa costumbre es perniciosa, destructiva de la facultad lógica. La extrañeza de usted proviene de que no sigue el curso de mis pensamientos ni observa los pequeños hechos de que pueden derivarse ambas consecuencias. Yo comencé, por ejemplo, por asegurar que su hermano era descuidado; si usted observa con detenimiento el reloj, verá que no solo está abollado en dos partes, sino también todo rayado y marcado, porque lo han tenido en el mismo bolsillo con otros objetos duros, como llaves o monedas; y no es seguramente una hazaña suponer que el hombre que trata con tanto desenfado un reloj que cuesta cincuenta guineas, es muy descuidado.

Con un movimiento de cabeza le hice ver que seguía su razonamiento.

—Es costumbre general entre los prestamistas ingleses, cada vez que reciben un reloj en empeño, trazar el número de la pa­peleta con un alfiler en la parte inferior de la tapa; esto es más cómodo que ponerle un letrero, pues así no hay riesgo de que el número se pierda o extravíe. Pues bien, en el interior de la tapa de ese reloj hay no menos de cuatro de esos números, visi­bles con la ayuda de mi lente. Primera conclusión: su hermano se veía frecuentemente en aguas muy bajas. Segunda conclusión: tenía a veces sus ráfagas de prosperidad, sin lo cual no hubiera podido reunir recursos con que rescatar la prenda. Por último, le ruego que mire usted la tapa interior, en la que está el agujero de la llave. ¿Qué manos de un hombre que no hubiera bebido po­drían haber hecho todas esas marcas con la llave? En cambio, nunca verá usted un reloj de borracho que no las tenga; el borracho da cuer­da por la noche a su reloj y deja en él los rastros de la inseguridad de su mano. ¿Dónde está el misterio de esto?

—Es tan claro como la luz del día —contesté.

 

ACTIVIDADADES DE COMPRENSIÓN LECTORA:

1.     ¿Cuáles son las diferencias entre la observación y la deducción? Escriba un ejemplo que puede inferir a partir del texto

2.     ¿Qué es lo que le hace falta a François Le Villard para ser un buen agente? ¿Por qué?

3.     ¿Crees que es importante la deducción en nuestra vida? ¿Por qué?

4. Se puede deducir que el proceso deductivo sigue la siguiente línea: Observación - conocimiento - deducción. Ejemplifique un caso deductivo siguiendo los pasos para ello.

5.     ¿Por qué dice Sherlock Holmes que adivinar es una "costumbre perniciosa, destructiva de la facultad lógica

6.     ¿Qué dedujo Sherlock Holmes respecto al reloj que le dio Watson?

 

ACTIVIDAD CREATIVA:

1.  Crea un cuento de una cara de extensión en donde se use la deducción. No olvides ser muy original y creativo.