domingo, 19 de julio de 2015

"El prodigio" de Orlando V. Bedoya Pineda - Paolo Astorga

El prodigio


El prodigio
Orlando V. Bedoya Pineda
(AMBEDUE, 2015)



El arriesgar es el símbolo patente de este intenso libro. La voluntad de la que no se puede escapar es la amplitud de los anhelos. Sin embargo, la incertidumbre atestigua a favor de la condena de viajar, de ser siempre movimiento, constante parpadeo.


Escrito por: Paolo Astorga

El prodigio (AMBEDUE, 2015) del poeta arequipeño Orlando V. Bedoya Pineda (Arequipa, 1978), nos enfrenta ante el movimiento creador de la poesía en un mundo inestable y lleno de símbolos inaprensibles. La voz del poeta es una voz solitaria que se busca entre los escombros del universo así mismo. El poemario está construido desde la multiplicidad, desde el cuerpo desposeído y liberado. El canto prodigioso es el grito o susurro que construye o destruye, que es en el dolor y en lo humano, lenguaje-vida que se agolpa en el tiempo. El poeta sabe que solo siendo se es. El proyecto es siempre el otro, un espejo, un síntoma de desmoronamiento y sordidez, sin embargo, Bedoya aspira nuevamente a constituirse como un testigo del abandono, intenta desde un profundo reconocimiento de su nada amada sacar virtud del caos.


La chatarra oxida las esencias / nos hace desmonte
(el cuerpo, fruta mordida que toma impureza)
en el aire la infección se hace ramera dulce
comunicación de actos engullendo a los otros
así la soberbia del mundo se alza energúmena
(retoza entre moscas y cerdos, en el fango negro).

Como observamos, el poeta es nuevamente el señalador, el guía de su propia destrucción que, paradójicamente, constituye una estrategia discursiva que apela a los desdoblamientos, al reconocimiento vital de su materia existente. Porque “la ausencia hace llorar/ y sin retorno ser agujero…” Esa incompletud, esa vacuidad es levadura para intentar el proyecto. El concepto central de todo el libro es sin duda el viaje, la observación intensa de la multiplicidad de la diversidad de “Yos” que configuran el signo del poeta encerrado en su propio laberinto que es el lenguaje. Por momentos contemplamos un lenguaje puro donde las intenciones son las del ser salvo, y por grandes momentos, es el lenguaje un estorbo, una imposibilidad, una constante frustración que acuchilla y avergüenza:

¿Crees que es muy joven el término “literatura”? Tanto he conversado contigo, Orlando, que junto a nuestro entorno hay bloques y bloques de palabras que sabes que son estériles, pero igual les das fuego, ánimo, vida y tratas que ellas anden (…)

Crear para el poeta es absolutamente frustrante, pero, extrañamente en esa frustración, en ese movimiento catártico donde los elementos se distinguen y significan, es allí donde la belleza nos deja su mensaje, pero también, su veneno:

Inestable gen que compacta el planeta
movimiento de hacer o no-hacer
sublime conspirar de vacío, como el sueño
que se resbala y en el suelo serpentea
como frágil flor o larva repulsiva
Así las sombras son remotas en el alma
como horizonte de universo
como pájaro que desequilibrado rompe las cosas
(lo humano en juego que reclama ser “dedo de dios”)
Ah!, inconformidad de poema.

No obstante siempre hay motivos para erigir el amor. En un mundo donde la emocionalidad es la máquina, el poeta se enfrenta dialécticamente ante el pensar, ante el crear. La imaginación es el medio para constituirse, para forjar la coraza, sin embargo, es la identidad un estado relativo, líquido que es inaprensible y que rara vez nos deja observar su verdadera cara, por eso el poeta nos dice:

La piel de papel / urgencias de documentos
identidad
imaginario sobre materia
el pérfido teclado que dicta los sentimientos.

Sentimientos totales como la muerte pueblan todo el poemario como esquirlas de una gran explosión. La frustración, el desencanto ante lo ya vivido, ante lo ya consumado, forjan al sediento, al enloquecido. Estar al borde de la muerte ¿o de la vida? es ser vivo, es un reconocerse. El prodigio no es morir, sino seguir estrangulando al lenguaje y hacerlo yo:

Yo-suicida

Sediento

El gran espejo roto en muchos otros
mientras el niño amasija sólo vidrios
y nada se compone, mientras todas las muecas respiran
aire
olvido

El descalzo apedreado en la opulenta calle
y los precipicios abriéndose paso en la vegetación del espíritu
es penitente
alucinación

Sin vida no se podría proteger lo que más se ama.


El arriesgar es el símbolo patente de este intenso libro. La voluntad de la que no se puede escapar es la amplitud de los anhelos. Sin embargo, la incertidumbre atestigua a favor de la condena de viajar, de ser siempre movimiento, constante parpadeo. “Horror y camino nos esperan” es lo que atestigua el poeta entre rumas de libertad, en el encuentro astronómicamente cuántico de un beso, de un decir y esa terrible posesión que nos castra, que no nos permite (afortunadamente) cerrar la herida metafísica de nuestro costado. Así por eso, nuevamente, la voluntad es inmiscuirse en el prodigio universal de dar pasos, de dejar huellas:

─La voluntad es un juego que arrastra. ¿Siempre nace un escozor que
empuja a la desesperación de aliviarlo? Sabes, hay un fuego escondido
dentro de las semillas, cuyo apetito es insaciable, un tesoro proscrito para
ser portado. Es como un beso que absorbe el aliento del otro hasta hacerlo
propio. Luego posesos.
A pesar de que el poeta intenta desligarse de su yo para intentar la multiplicidad del otro, la manifestación de un estado experimental que luego se llamará “experiencia vital”, su fragilidad, su despiadada memoria no logrará que escape de los residuos de soledad:

Yo-memoria

¿Fracasos?
nacer inconclusos, y recibir bofetadas en lugar de alegrías
piernas de rota escoba
mirada de carrusel
cabellos de aromas edificándose en el respirar
sexos de habla dormido
niebla sobre las manos
atoro de sudor sobre el vientre
asfixia de locura
inevitables mentiras
cosmovisión de felicidad
zoología de anhelos como maqueta de obsesión
gruta donde se depuso los placeres para ser alguien más
sortilegio de patria que se hizo cartón
marioneta sucia como recuerdo que infecta el hoy.

La necesidad de una purificación, de una catarsis son trascendentales en este libro, el cuestionamiento resulta ser la llave para la necesaria introspección del ser que se consume en la vibración telúrica de la angustia:

Yo-filosófico

Preguntas,
y detrás de estas, otras
inmensos mamíferos devorándose entre sí
templo y credo de las jitanjáforas de los sistemas
plenilunio de éxtasis
oráculos de la vida
hábitad que va lejos de los pensamientos
caricias divinas…

El fin de la búsqueda es siempre un significado lejano, esquivo, nuevamente el martirio es dual, es siempre binario. Nos ha movido el dolor, pero también el placer de ser siendo. El verdadero sufrimiento son las palabras y sus dardos incendiarios. La vida es lenguaje en constante desdoblamiento, una máscara pulida y brillante de lodo y procreación. El rito para nuestro poeta siempre será lo multidimensional, soy yo y mis manifestaciones; soy yo y la proyección apasionada de mis metáforas. No puedo decir sin decir otra cosa, por eso no puedo ser puro, no puedo sentir el absoluto. Por eso viene una inmensa soledad, tan yo, tan de todos:

Yo-desolado

¿Alguien más?
¿mito fabricado por el símbolo salvaje?
conciencia de ciénaga que devasta toda creencia

¿quién eres tú?

¿falso caminante? / ¿falso testimonio?
Lamen rincones y orinas de viajeros

espuma sedentaria por la siembra de la felicidad
¿a dónde te entregas Orlando?

el lugar es un acantilado que fracasa

¿qué eres tú?

si la desolación es puente donde no se debe descansar
y que no protege del caos ni de la hoja de cerezo del cosmos.

Entonces, el prodigio aquí es la elección. No hay nada inevitable, sino solo elegible. La condición humana en probabilidad, es, en suma, la piedra o el ensueño. El poeta sabe que es inminente la destrucción-construcción. El dolor y el placer son solo significados de un lenguaje que no conmueve, sino que alarga aún más el mito de la salvación. Por eso el poeta vive de sus metáforas en un mundo desposeído: “el pastor de cerdos y poemas// luz que traspasa las manos/ fragilidad/ amanecer.”

En suma, El prodigio es la reivindicación de un estado puro de libertad. Es la sinceridad del lenguaje que conlleva a darse a las infinitas bifurcaciones. El poeta es prodigio, porque puede elegir el sentido y multiplicarlo. El simple decir es ya universo. Otra vez estamos ante un poeta que ha bebido del vino ardiente de la rebeldía, el vidente que se ha estigmatizado, no para salvarnos, sino para condenarnos a conocer nuestros fragmentos de existencia, nuestra multiplicidad. El vendedor de máscaras es Orlando, el abandonado, el que ha aprendido el arte del incendio y la tortura de la contemplación. Por eso el prodigio es levantarse y sumar, reescritura y lenguaje caliente y disconforme día, tras día, tras día:

Erígete Poeta, y aunque caigas, incorpórate. Sigue Prodigio. Basta ya del
gran pez. Evita las redes. Luego búscanos, y bautízanos con el aceite santo
de la humanidad, que hace mucho, hombres y mujeres están perdidos.

He aquí la poesía.

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