miércoles, 3 de agosto de 2016

"Gradus" de Roy Dávatoc - Paolo Astorga

Gradus

Gradus
Roy Dávatoc
(Editorial Amarti, 2015)


Escrito por: Paolo Astorga


Gradus (Editorial Amarti, 2015) del poeta peruano Roy Dávatoc (Jaén 1981) es un libro transparente donde la única certeza es la muerte. La muerte es un signo único que se diluye en la infinidad de símbolos que convidan sus versos. El poeta reconoce en la vida su dolor y su ausencia como un inevitable proceso de desmoronamiento. Sin embargo es en esa frustración de finitud, en esa agonía melancólica donde la libertad se presenta como una posibilidad para la belleza. El mar, como un signo patente de inmensidad e incertidumbre será el motivo poético por excelencia; esa ventana para contemplar las heridas del tiempo y su necedad:

EN LA PLAYA, las aves crecen en la altura
y se arrancan las alas para aliviar el vuelo

Muy cerca de las barcas
hay un tiempo brusco en que me abandono
y me preocupa qué demonio me contamina entero

Pero dentro del agua
parece todo un mineral encendido
sobre órganos increpantes de roca

¿Acaso
no estamos solos?

La muerte tiene a los hombres
y el cielo a los pájaros.

Otro de los símbolos patentes son los pájaros, los pájaros y su lejanía, su imposibilidad, su fragilidad. Es aquí donde la poética de Gradus adquiere un matiz más sensual, más nostálgico, más amoroso. La ausencia de lo amado no es sólo dolor equidistante, no es sólo lejanía. Lo vivido se agolpa como veneno para el amante que contempla el mar y los pájaros. El poeta sabe bien que su canto es tan inútil como la metáfora exacta, sin embargo, en ese reconocimiento de nimiedad, de vacío existencial, puede extraer la verdad de la vida en un chispazo, en una imagen que reconcilia o asesina; el olvido que es otra vez una gran extensión de agua salada.

Durante la tarde un UMBRAL
crece dentro de mi cabeza

Posada entre los maizales
los pájaros se hacinan
en tu frente y tu voz se vuelve
una voz clara de laguna

La carne frente a los cañones
estalla en el corazón

inconsecuente

me dijiste:
hay dolores que sólo
son tragados por el mar,

sal del alma.

Quizás el poema donde el símbolo de volar como un deseo y frustración esté más presente es el siguiente:

ÍCARO
¡Mi primer complejo de pájaro
reventó cual una revelación!

Un dios sin cabeza proyectándome el crepúsculo.

Y el mar también es ilusión de una edad impoluta. Todos hemos visto por primera vez el mar y hemos sentido su inmensidad como un golpe en el alma, como un gran remezón. El poeta que canta al mar, no es sólo el que arroja sus frustraciones, sino aquel que añora, con imposible resultado, al ser rebelde que dejó para volverse un simple ser adaptado a la violenta vida que “me disparó a matar”.

Yo que estuve muchas veces CERCA DEL MAR,
me pude pensar con él en todas sus variaciones

Hasta imaginé en una ocasión
que todo su contenido era caos antinatural
y se volvía torrente en los esteros

Ahora estoy en algún sitio lejano y
parece que la vida me disparó a matar.

En este viaje existencial de los remordimientos y las lejanías, el poeta nos muestra una de sus imágenes más impactantes. Va presentando sus imágenes que poco a poco se centran en intensidad con ese otro deseado, con ese otro ausente y perdido. No recurre sólo al recuerdo, a la añoranza amatoria y directa, sino que más bien usa el universo mismo para poetizar sus desmoronamientos, la sordidez de un vivir sin mayor sentido que el vacío y la derrota. El huir es patente, la reducción de lo humano en puñados de mar, en pájaros suicidas, en rostros deformes y ausentes, en muros que se erigen sólo para mancillar la carne que no puede escapar del amor. El poeta sabe que es un eterno observador, un paciente veedor de la destrucción del alma que el tiempo devasta hasta convertir cualquier misterio, cualquier posibilidad en naturaleza muerta.

Todas las añoranzas del campo
en el camino
dejarán algo de ti que nace
muere
reverdece nunca

Pero desde lejos
cuando mañana, triste
yo nunca llegue a ti

me patearás el pecho y la cabeza
mientras un pájaro
se clave de pico CONTRA LOS MUROS

y las venas de la frente me deformen
el rostro

¡Ah, contra los muros!

Mi iré
lejos
cuando mañana, triste,
yo nunca llegue.

No obstante ante la destrucción va el amor sin más palabras que el pasado, que lo ya dicho. El poeta entiende entonces, que el amor no es sólo un momento, no es sólo una imagen que se debe convertir en metáfora ante el abandono o ser un motivo para el arte del suicida, sino que amar es antes que cualquier cosa, antes que cualquier residuo de dolor, un deseo inmanente de resistir el lenguaje imposible como una piel que toca y deja huella, de detener el universo mientras el tiempo no perdona.

Tu rostro PERPETUO en mi memoria,
tu sabor a infinito
en mis manos,
tus genitales de ángel,
tus ovarios iridiscentes

contra mi cuerpo,
tus restos y tus rastros
palpitando...

Tu aliento y tu boca
en mi lengua,
tu cuerpo de pan y de fruta

Quiero decir que tengo
la luz velada del deseo
y la huella del amor
como una capa
sobre mis hombros,

amaneciendo.

Ahora bien, la sección más melancólica del libro es, sin duda, Volitar. Lo existencial como pesar de un cuerpo que se cansa de ser; la inmensidad que empequeñece y castra; la tristeza nuevamente de la ausencia y un deseo por querer cantar lo lejano que se está de inventar la felicidad. No obstante el poeta reconoce en esa oscura tristeza de seguir vivo, de seguir cantando, que el dolor es lo más hondo y más humano que tenemos. Sólo se canta el dolor cuando la cuota de amor ha terminado y entonces sólo queda el tiempo, soberbio e indiferente avanzando su comparsa devastadora mientras sólo queda la guía de lo lejano, la pérdida y el dolor de que todo se puebla de desolación.

LA TARDE se posa sobre Lima
como una sábana de mariposas negras:
la gente, los animales, las cosas;

cae silenciosa, tímida en esencia;
cae con nostalgias y crepúsculos,
nos reviste la sombra
y en sustancia es muy triste

Nos cae a las manos nacidas en sangre,
al alma crecida en ausencia,
doliéndonos los huesos

Y en suma resolución
la tarde es muy triste

y casi todo, ¡Dios!, por completo es triste.

Y sin embargo el poeta en este gran transitar, en este viaje trasatlántico al dolor, nos deja un ápice de esperanza. Herido como “un toro blanco”, se enfrasca nuevamente en ese deseo por soñar, por restaurarse ante la destrucción del “mundo” de su mundo. El poeta reconoce entonces que la única victoria es la vida misma, vivir, contemplando lo humano en su conjunto, sorteando el dolor y la fragilidad de las metáforas. Este constata en última instancia que la única certeza se encuentra en la posibilidad de seguir a pesar de cualquier desmán.

UN DÍA te despiertas con la cabeza
llena de bramidos,
sin vísceras ni órganos bucales,
sin esa tristeza de fuerza en reposo

Entonces te imaginas un toro blanco
galopando la mar con los cuernos mutilados
cargando en su lomo el resplandor de un nuevo día.

En suma, Gradus de Roiser Dávila Atoche, nos muestra sin ambages un libro transparente y estremecedor. Sus poemas cortos y precisos influenciados por una poética vallejiana y simbolista nos invitan a un viaje interior, a un reconocimiento de las eternas heridas después del amor y el placer de la unidad. Su discurso no se basa en la trascendencia del lenguaje, sino en la comprensión del tiempo y del dolor. El dolor que aunque castra, desmorona y destruye, permite a fin de cuentas, humanizar el universo entre las lejanías y la pasión por vivir, vivir, existir más allá de cualquier realidad.

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