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lunes, 29 de noviembre de 2021

Fragmentos de "Fausto" de Johann Wolfgang von Goethe con actividades de comprensión lectora

 

Fausto

Johann Wolfgang von Goethe

(fragmentos)


PRIMERA PARTE:

DE NOCHE

(En una habitación gótica, estrecha y de altas bóvedas, FAUSTO está sentado en un sillón ante su pupitre.)

 

FAUSTO: Ay, he estudiado ya Filosofía, Jurisprudencia, Medicina y también, por desgracia, Teología, todo ello en profundidad extrema y con enconado esfuerzo. Y aquí me veo, pobre loco, sin saber más que al principio. Tengo los títulos de Licenciado y de Doctor y hará diez años que arrastro mis discípulos de arriba abajo, en dirección recta o curva, y veo que no sabemos nada. Esto consume mi corazón. Claro está que soy más sabio que todos esos necios doctores, licenciados, escribanos y frailes; no me atormentan ni los escrúpulos ni las dudas, ni temo al infierno ni al demonio. Pero me he visto privado de toda alegría; no creo saber nada con sentido ni me jacto de poder enseñar algo que mejore la vida de los hombres y cambie su rumbo. Tampoco tengo bienes ni dinero, ni honor, ni distinciones ante el mundo. Ni siquiera un perro querría seguir viviendo en estas circunstancias. Por eso me he entregado a la magia: para ver si por la fuerza y la palabra del espíritu me son revelados ciertos misterios; para no tener que decir con agrio sudor lo que no sé; para conseguir reconocerlo que el mundo contiene en su interior; para contemplar toda fuerza creativa y todo germen y no volver a crear confusión con las palabras. (…)

 

GABINETE DE ESTUDIO:

(Encuentro entre FAUSTO y MEFISTÓFELES)

 

FAUSTO: ¿Esto es lo que había dentro del perro de aguas? ¿Un estudiante viajero? Esto me hace reír.

MEFISTÓFELES: Saludo al erudito señor. Me ha hecho usted sudar la gota gorda.

FAUSTO: ¿Cuál es tu nombre?

MEFISTÓFELES: La pregunta me parece de poca categoría para alguien que desprecia la Palabra; para alguien que, desdeñando toda apariencia, busca la esencia ahondando en las profundidades.

FAUSTO: En vuestro caso, señor, se puede llegar a la esencia conociendo el nombre; esto ocurriría si supiera, con toda claridad, si os apellidáis «Dios de las moscas», «Corruptor» o «Mentiroso». Bueno, ¿quién eres?

MEFISTÓFELES: Una parte de esa fuerza que siempre quiere el mal y siempre hace el bien.

FAUSTO: ¿Qué significa ese acertijo?

MEFISTÓFELES: Soy el espíritu que siempre niega. Y lo hago con pleno derecho, pues todo lo que nace merece ser aniquilado, mejor sería entonces que no naciera. Por ello, mi auténtica naturaleza es eso que llamáis pecado y destrucción, en una palabra, el Mal. (…)

 

 

CALLE

(FAUSTO, MARGARITA se cruza con él.)

 

FAUSTO: Mi bella señorita, ¿podría atreverme a ofrecerle mi brazo y mi compañía?

MARGARITA: No soy señorita ni bella, y puedo volver a casa sin compañía de nadie. (Se zafa de él y sigue andando.)

FAUSTO: ¡Por el cielo, qué niña más hermosa! Nunca he visto nada igual. Llena de bondad y de virtud, al tiempo que muestra cierto desdén. Tiene rojos los labios y luminosas las mejillas. ¡No los podré olvidar en este mundo! Se ha grabado en mi pecho la forma en que bajó la mirada y el momento en que me replicó brevemente; qué entusiasmo sentí. (Entra MEFISTÓFELES.) Tienes que conseguirme a esa muchacha.

MEFISTÓFELES: ¿A cuál?

FAUSTO: A esa que acaba de pasar.

MEFISTÓFELES: ¿Aquella? Vuelve de hablar con su confesor, que le perdonó todos sus pecados. Me oculté en el confesionario y pude ver que es una inocente que confiesa faltas insignificantes. No tengo ningún poder sobre ella.

FAUSTO: Pero tiene al menos catorce años.

MEFISTÓFELES: Hablas como un auténtico calavera que deseara poseer todas las flores y se enorgulleciera de que para él no hay honor ni bien que no se puedan lograr. Pero esto no siempre ocurre.

FAUSTO: No, elogioso maese; no me vengas a hablar de la ley. Te lo digo claro y alto: si esta noche no siento el palpitar de su joven sangre al tenerla entre mis brazos, a medianoche nos separaremos.

MEFISTÓFELES: ¡Piensa en todo lo que hay que hacer y deshacer! Al menos necesito dos semanas para encontrar la ocasión.

FAUSTO: Si tuvieras siete horas disponibles, no necesitaría del demonio para la seducción de esa criaturita.

MEFISTÓFELES: Ya habláis casi como un francés, pero no os enojéis. ¿De qué sirve obtener el placer de inmediato? Nunca es tan grande el gozo, ni con mucho, como cuando poco a poco, con todo tipo de embustes, vas encadenando y poniendo en suerte a tu muñequita, tal como ocurre en algunos cuentos extranjeros.

FAUSTO: Aun sin eso, me apetece.

MEFISTÓFELES: Ya sin bromas ni chanzas. Te digo que con esa bella niña no se puede ir tan rápido. Con el empuje no podrás conseguir nada. Tendremos que servirnos de la astucia.

FAUSTO: ¡Tráeme algo de su tesoro angélico! ¡Llévame a su lugar de descanso! ¡Haz de su pecho mi pañuelo, hazle una liga con mi deseo amoroso!

MEFISTÓFELES: Para que veas que ante tu pena quiero ser diligente y servicial, no perderemos ni un instante y hoy te llevaré a su cuarto.

FAUSTO: ¿Y podré verla?; ¿y será mía?

MEFISTÓFELES: No. Ella estará en casa de una vecina. Mientras tanto podrás hacerte con esperanzas de futuras alegrías en el aire donde ella respira.

 

FAUSTO: ¿Podemos ir ya?

MEFISTÓFELES: Todavía es muy pronto.

FAUSTO: Consígueme un regalo para llevarle. (Se va.)

MEFISTÓFELES: ¡Regalos ya! ¡Muy bien! ¡Lo acabará consiguiendo! Conozco lugares adecuados donde están enterrados algunos viejos tesoros. Tengo que volver a echarles un vistazo. (Se va.)

(…)

 


PRISIÓN

MARGARITA es apresada por haber matado a su bebe y también por la muerte de su madre. Enloquecida está delirando en una celda.

 

FAUSTO: (Con un manojo de llaves y una lámpara, delante de una puertecita de hierro.)

Se ha apoderado de mí un terror fuera de lo común. Sufro en este instante toda la miseria de la humanidad. Aquí está ella, tras estos muros húmedos, y todo su crimen fue un dulce desvarío. Vacilas en llegar a su presencia; temes volver a verla. Pero, adelante. Tu vacilación hace avanzar a la muerte. (Toma el candado y dentro se oye cantar.)

MARGARITA:

La cortesana de mi madre

fue la que me mató

y mi padre, el pícaro,

luego me devoró.

Mi pequeña hermanita

mis huesos enterró

en húmedo lugar.

Me convertí en un pájaro.

Mírame cómo vuelo.

FAUSTO: (Abriendo.)

No presiente que su amado la está escuchando ni oye el chirriar de las cadenas y el crujir de la paja. (Entra.)

 MARGARITA: (Escondiéndose en el camastro.)

Ay, ya viene. ¡Amarga muerte!

FAUSTO: (En voz baja.)

Tranquila, tranquila, vengo a liberarte.

MARGARITA: (Retorciéndose ante él.)

Si eres hombre, siente mi desgracia.

FAUSTO: Vas a despertar al vigilante. (Toma las cadenas para quitárselas.)

MARGARITA: (De rodillas.): ¿Quién te ha dado ese poder sobre mí, verdugo? Ya a medianoche vienes a llevarme. Ten piedad de mí y déjame vivir. ¿No es mañana lo bastante pronto? (Se incorpora.) ¡Soy tan joven!, ¡tan joven! Y tengo que morir. Fui también bella y esa fue mi perdición. Mi amigo estuvo cerca y ahora está lejos. La guirnalda está destrozada y desperdigadas están las flores. ¡No me agarres con tanta fuerza! ¡Trátame con cuidado! ¡Qué te he hecho! No me hagas que te suplique inútilmente. No te he visto en mi vida.

FAUSTO: ¿Podré soportar tanto dolor?

MARGARITA: Ahora estoy en tu poder. Pero déjame darle el pecho al niño. Toda la noche he estado acariciándolo: me lo quitaron para hacerme daño y ahora dicen que lo he matado yo. Nunca volveré a estar alegre. Me cantan cancioncillas, ¡qué mala es la gente! Así es como acaba un viejo cuento... ¿Quién les manda contarlo?

FAUSTO: (Arrodillándose.)

A tus pies hay un hombre que te quiere, que viene a librarte del dolor.

MARGARITA: (Se arrodilla a su lado.) ¡De rodillas, recemos a los santos! Mira, debajo de esos escalones, pasado el umbral, brilla el fuego del infierno. El Maligno prorrumpe en estruendo con espantosa cólera.

FAUSTO: (En voz alta.) ¡Margarita!, ¡Margarita!

MARGARITA: (Con atención.) ¡Esa era la voz de aquel amigo! (Se pone en pie de un salto. Caen las cadenas sueltas.) ¿Dónde está? Lo he oído llamarme. Soy libre. Nadie habrá de sujetarme. Iré volando a abrazarlo y descansaré junto a su pecho. Me ha llamado. «¡Margarita!» Y estaba en el umbral. Entre los aullidos y el crepitar del infierno, a pesar de las burlas y las muecas de los diablos, reconozco el dulce y amoroso sonido.

FAUSTO: Soy yo.

MARGARITA: ¡Tú, eres tú! ¡Dilo otra vez! (Abrazándole.) ¡Es él! ¡Es él! ¿Adónde se han ido todas las penas? ¿Adónde el miedo de la cárcel y los hierros? ¡Eres tú y has venido a salvarme! ¡Estoy salvada! Otra vez vuelve a estar ante mí la calle donde te vi por primera vez y el jardín alegre donde Marta y yo te esperábamos.

FAUSTO: (Intentando llevársela.) ¡Ven conmigo!

MARGARITA: ¡Oh, espera!, pues mientras estoy contigo, me encuentro muy bien. (Acariciándolo.)

FAUSTO: ¡Date prisa! Si no, lo pagaremos caro.

MARGARITA: ¿Cómo? ¿No puedes ya besarme? Hace tan poco tiempo que te marchaste y ya no sabes besarme. ¿Por qué tengo tanto miedo abrazada a ti, cuando antes tus palabras me llevaban al cielo y me besabas como si quisieras ahogarme? Bésame o te besaré yo. (Lo abraza.) Pobre de mí, tus labios están fríos, están mudos. ¿Dónde quedó tu amor? ¿Quién me lo ha quitado? (Le vuelve la espalda.)

FAUSTO: ¡Venga! Sígueme, amor mío. Ten valor. Te querré con un fuego mil veces más ardiente, pero ahora sígueme, te lo suplico.

MARGARITA: (Dándole otra vez la cara.)

¿Y entonces eres tú? ¿Eres tú de veras?

FAUSTO: Sí soy yo. Ven conmigo.

MARGARITA: Has roto las cadenas y me estrechas de nuevo contra tu pecho. ¿Cómo es que no tienes miedo de mí? ¿Sabes, amigo, a quién estás liberando?

FAUSTO: ¡Ven! Que ya la oscuridad de la noche empieza a disiparse.

MARGARITA: He matado a mi madre. He ahogado a mi hijo. ¿No era un don tuyo y mío? ¡También tuyo! ¡Eres tú! Apenas puedo creerlo. Dame tu mano. Esto no es un sueño. ¡Tu mano querida! Pero... está húmeda. ¡Sécatela! Me parece que hay sangre en ella. Ah, Dios mío, qué has hecho. Guarda ya tu daga, te lo suplico.

FAUSTO: Lo pasado, pasado está. No me mates.

MARGARITA: No, debes seguir vivo. Te diré cómo serán las sepulturas que deberás cuidar a partir de mañana. Para mi madre debe ser la mejor y a su lado mi hermano. Yo debo estar un poco aparte y junto a mi seno derecho, el pequeño. ¡Nadie más yacerá junto a mí! Unirme a ti fue una tierna alegría. Pero ya no lo consigo, parece como si tuviera que forzarme para ir hacia ti y tú me rechazaras, aunque sigues siendo tú tan bueno y tan noble.

FAUSTO: Si me ves así, ven conmigo.

MARGARITA: ¿Fuera?

FAUSTO: Sí, a la libertad.

MARGARITA: Fuera está la tumba y la muerte nos aguarda, vamos. Vayamos de aquí al lecho eterno y no demos ni un paso más. ¿Vas entonces? Oh, Enrique, voy contigo.

FAUSTO: ¿Puedes? Pues ven, la puerta está abierta.

MARGARITA: No puedo, para mí ya no hay esperanza. ¿Para qué huir? Me acecharán. Es tan horrible tener que mendigar, y además con remordimiento de conciencia. Es terrible vagar por tierra extraña, y me apresarán de todos modos.

FAUSTO: Entonces me quedaré contigo.

MARGARITA: ¡Huye!, ¡huye! Salva a tu pobre hijo. Sigue el camino que lleva arriba al arroyo. Atraviesa el puente, adéntrate en el bosque y ve a la izquierda, donde está el entablado, en el remanso. Sácalo, quiere salir y aún está pataleando. ¡Sálvalo!, ¡sálvalo!

FAUSTO: Pero vuelve en ti. Un paso y serás libre.

MARGARITA: Si hubiera pasado ya el trance... Ahí, sobre una piedra, está sentada mi madre... Siento que se me congela la sangre. Ahí está mi madre, sentada sobre una piedra, y no mueve la cabeza, ni asiente ni deniega con ella. Hace tiempo que duerme, nunca despertará. Ella durmió para que nosotros gozáramos. ¡Qué tiempos más felices!

FAUSTO: Si las palabras y las súplicas no sirven, te llevaré a la fuerza.

MARGARITA: ¡Déjame! No soporto la violencia. No me agarres como si fuera un criminal. Yo lo habría hecho todo por amor.

FAUSTO: ¡El día está despuntando, amor mío!

MARGARITA: ¡De día! ¡Ya es de día! ¡Ya está llegando mi último día! ¡Tendría que haber sido el día de mi boda! No le digas a nadie que estuviste con Margarita. Ay de mi guirnalda, todo acabó. Nos volveremos a ver, pero no bailando. La multitud se agolpa y no se oye nada. La plaza y las callejuelas no pueden contenerla. La campana repica y ya se ha quebrado la varilla. ¡Cómo me atan y me agarran! Ya soy llevada al asiento de la muerte. Todas las nucas se estremecen ante el filo que va a cortar la mía. El mundo está mudo como una tumba.

FAUSTO: Ojalá no hubiera nacido.

MEFISTÓFELES: (Apareciendo desde fuera.)

Vamos, o estáis perdidos. ¡Qué inútiles vacilaciones! ¡Qué irresolución! ¡Cuánta palabra! Mis caballos empiezan a estremecerse. Ya clarea la mañana.

MARGARITA: ¿Qué es lo que está saliendo por el suelo? Es ese; échalo. ¿Qué hace en lugar sagrado? ¡Ha venido a buscarme!

FAUSTO: Has de vivir.

MARGARITA: ¡Juicio de Dios, a ti me he encomendado!

MEFISTÓFELES: (A FAUSTO.): ¡Ven, o te dejo con ella en la estacada!

MARGARITA: ¡Soy tuya, padre! ¡Sálvame! Vosotros, ángeles, ejército sacro, rodeadme para protegerme. ¡Enrique, siento horror por ti!

MEFISTÓFELES: ¡Está condenada!

VOZ: (Desde arriba.) ¡Está salvada!

MEFISTÓFELES (A FAUSTO.): Ven conmigo. (Desaparece con FAUSTO.)

VOZ DE MARGARITA (Desde dentro resonando):

¡Enrique!, ¡Enrique!

 

 

ACTIVIDADES DE COMPRENSIÓN LECTORA:

 

1.     ¿Qué características del Romanticismo encuentras en estos fragmentos? Explica cada uno de ellos.

2.     Qué quiere decir la frase de Fausto: “he estudiado ya Filosofía, Jurisprudencia, Medicina y también, por desgracia, Teología, todo ello en profundidad extrema y con enconado esfuerzo. Y aquí me veo, pobre loco, sin saber más que al principio”. Fundamenta tu respuesta.

3.  ¿Por qué Mefistófeles le dice a Fausto “No tengo ningún poder sobre ella” al hacer referencia a Margarita?

4.     ¿Según fragmento cómo se da el amor y la tragedia en el fragmento?

5.     Según el fragmento ¿qué podría significar la juventud de Margarita? ¿Por qué?

6.     ¿Por qué Mefistófeles es astuto? Explica

7.     Infiere: ¿Por qué Margarita enloquece? Explica

8.   Qué nos dice Margarita en este fragmento: “¡De día! ¡Ya es de día! ¡Ya está llegando mi último día! ¡Tendría que haber sido el día de mi boda! No le digas a nadie que estuviste con Margarita. Ay de mi guirnalda, todo acabó. Nos volveremos a ver, pero no bailando. La multitud se agolpa y no se oye nada. La plaza y las callejuelas no pueden contenerla. La campana repica y ya se ha quebrado la varilla. ¡Cómo me atan y me agarran! Ya soy llevada al asiento de la muerte. Todas las nucas se estremecen ante el filo que va a cortar la mía. El mundo está mudo como una tumba”. Explica.

9.     Margarita ¿Se arrepiente? ¿Cómo lo hace? ¿Qué le pasa al final? ¿Se va al infierno?

10.  ¿Crees que Margarita es una heroína romántica? ¿Por qué?

martes, 19 de octubre de 2021

Fragmento de "El signo de los cuatro" (Capítulo I: La ciencia de la deducción) de Arthur Conan Doyle con actividades de comprensión lectora

 

El signo de los cuatro

(fragmento)

Arthur Conan Doyle

La ciencia de la deducción

 

Mi clientela se ha extendido ya hasta el continente —me dijo Sherlock Holmes—. La semana pasada recibí una consulta de François Le Villard, quien, tal vez usted lo sepa, ha llegado en los últimos tiempos a ser el mejor agente de la policía secreta de Francia. Aquí tengo una carta suya que recibí esta mañana, y en la que me habla de la ayuda que le presté.

Me alargó la carta, toda arrugada. Eché una ojeada sobre el papel y al vuelo encontré una profusión de términos elogiosos que atestiguaban la ardiente admiración del detective francés.

—Habla como un discípulo a su maestro —observé.

—¡Oh! Le Villard exagera mi ayuda —contestó Sherlock Hol­mes—, cuando él mismo posee virtudes muy apreciables; tiene dos de las tres cualidades necesarias para ser un detective ideal: el poder de observación y el de deducción. Lo único que le falta es el conocimiento que, con el tiempo, puede llegar a adquirir. Pero, mi querido doctor Watson, estoy cansándolo con mi charla.

—De ninguna manera —le contesté con ardor—. Usted habla de observación y deducción. En cierta medida, una implica a la otra.

—¿Por qué? ¡Difícilmente! —replicó Holmes, recostándose con pereza en su sillón y despidiendo azules y espesas volutas de humo—. Por ejemplo, la observación me demuestra que usted ha estado esta mañana en la oficina de correos de la calle Wingmore; y la deducción me permite saber que usted fue a esa oficina a expedir un telegrama.

— ¡Justo! —exclamé—. ¡Justo en ambas cosas! Pero, confieso que no alcanzo a ver cómo ha llegado usted a adivinarlo. La idea de ir al correo se me ocurrió de súbito, y a nadie he hablado de eso.

— La cosa es sencillísima —me contestó sonriendo al ver mi sor­presa—, tan absurdamente sencilla que su explicación es superflua, pero voy a hacérsela a usted, porque va a servirme para definir los lí­mites entre la observación y la deducción. La observación me hace ver que usted tiene un poco de barro de color rojizo adherido a su zapato, y precisamente delante de la oficina de correos de la calle Wingmore ha sido removido el pavimento y extraída la tierra de tal manera que es difícil entrar en la oficina sin pisarla. Esa tierra tiene un peculiar co­lor rojizo que, a mi parecer, no existe en ningún otro lugar de nuestro barrio. He aquí la observación; el resto es deducción.

— ¿Y cómo deduce usted lo del telegrama?

—Desde luego sé que usted no ha escrito carta alguna, pues toda la mañana hemos estado sentados frente a frente. Después he visto que en su escritorio, que está abierto, tiene usted una hoja entera de estampillas y un grueso paquete de tarjetas postales. ¿A qué iría usted, pues, a la oficina de correos, si no fuese a enviar un telegrama? Eliminan­do factores, el que queda tiene que ser verdadero.

—En este caso así es —contesté, después de reflexionar un instante—. Y además estoy de acuerdo en que la cuestión es de las más sencillas. ¿Me calificaría usted de im­pertinente si quisiera someter sus teorías a una prueba más severa?

—Al contrario —me contestó—. Tendré muchísimo gusto en estudiar cualquier pro­blema que usted someta a mi consideración.

—Le he oído decir que es difícil que un hombre use diariamente un objeto sin dejarle impresa su individualidad, hasta el punto de que un observador ejercitado puede leerla en el objeto. Pues bien; aquí tengo un reloj que llegó a mi poder hace poco. ¿Tendría us­ted la amabilidad de darme su opinión respecto al carácter y costumbres de su anterior dueño?

Le entregué el reloj, ocultando un ligero sentimiento de burla, pues, en mi opinión, la prueba era imposible y la había propuesto como una lección contra el tono, en cierto modo dogmático, que Holmes asumía a veces. Mi amigo volvió el reloj de un lado a otro, miró fijamente la esfera, abrió las tapas de atrás, y examinó la máquina, primero a simple vista y luego con un poderoso lente convexo. Trabajo me costó no reírme al ver la expre­sión de su rostro, cuando por fin cerró las tapas y me devolvió el reloj.

—Apenas si he encontrado algo —observó—. Ese reloj ha sido limpiado reciente­mente y sustrae de mi vista los hechos más sugerentes.

—Tiene usted razón —le contesté—. Antes de enviármelo lo limpiaron.

En el fondo de mi corazón yo acusaba a mi compañero de invocar una cómoda excu­sa para ocultar su fracaso. ¿Qué datos habría podido proporcionarle el reloj aun cuando no hubiera sido limpiado?

—Si bien insatisfactoria, mi investi­gación no ha sido completamente inútil — agregó Holmes, fijando en el techo sus ojos soñadores y apagados—. Salvo recti­ficaciones que usted pueda hacer, me pa­rece que ese reloj ha pertenecido a su her­mano mayor, quien lo heredó de su padre.

—Eso lo calcula usted sin duda por las iniciales H. W. grabadas atrás.

—Así es; la W es el apellido de us­ted. El reloj ha sido fabricado hace unos cincuenta años y las iniciales son tan antiguas como el reloj mismo, lo que quiere decir que este fue he­cho para la generación anterior a la nuestra. Las joyas pasan general mente a poder del hijo mayor, y este tiene casi siempre el mismo nombre de su padre. Si mal no recuerdo, el padre de usted murió hace años, y por consiguiente, el reloj ha estado en manos de su hermano mayor.

—Hasta ahí, todo es exacto —contesté.

—El hermano de usted era de costumbres desordenadas; sí, muy descuidado y ne­gligente. Cuando murió su padre, quedó en buenas condiciones, pero desperdició todas las oportunidades de progresar, y por algún tiempo vivió en la pobreza, con raros inter­valos de prosperidad, hasta que se dio a beber y, por fin, murió. Eso es todo cuanto he podido saber.

—Por vida de cuanto puede ser maravilloso, ¿de qué manera ha podido usted cono­cer los hechos que acaba de citar? Todos ellos son absolutamente correctos hasta en sus más mínimos detalles.

— ¡Ah!, veo que he tenido suerte, pues tenía un cincuenta por ciento de probabilida­des de acertar y no creí ser tan exacto.

— ¿Pero cómo ha procedido usted? ¿Por simple adivinación?

—No, no; yo nunca trato de adivinar. Esa costumbre es perniciosa, destructiva de la facultad lógica. La extrañeza de usted proviene de que no sigue el curso de mis pensamientos ni observa los pequeños hechos de que pueden derivarse ambas consecuencias. Yo comencé, por ejemplo, por asegurar que su hermano era descuidado; si usted observa con detenimiento el reloj, verá que no solo está abollado en dos partes, sino también todo rayado y marcado, porque lo han tenido en el mismo bolsillo con otros objetos duros, como llaves o monedas; y no es seguramente una hazaña suponer que el hombre que trata con tanto desenfado un reloj que cuesta cincuenta guineas, es muy descuidado.

Con un movimiento de cabeza le hice ver que seguía su razonamiento.

—Es costumbre general entre los prestamistas ingleses, cada vez que reciben un reloj en empeño, trazar el número de la pa­peleta con un alfiler en la parte inferior de la tapa; esto es más cómodo que ponerle un letrero, pues así no hay riesgo de que el número se pierda o extravíe. Pues bien, en el interior de la tapa de ese reloj hay no menos de cuatro de esos números, visi­bles con la ayuda de mi lente. Primera conclusión: su hermano se veía frecuentemente en aguas muy bajas. Segunda conclusión: tenía a veces sus ráfagas de prosperidad, sin lo cual no hubiera podido reunir recursos con que rescatar la prenda. Por último, le ruego que mire usted la tapa interior, en la que está el agujero de la llave. ¿Qué manos de un hombre que no hubiera bebido po­drían haber hecho todas esas marcas con la llave? En cambio, nunca verá usted un reloj de borracho que no las tenga; el borracho da cuer­da por la noche a su reloj y deja en él los rastros de la inseguridad de su mano. ¿Dónde está el misterio de esto?

—Es tan claro como la luz del día —contesté.

 

ACTIVIDADADES DE COMPRENSIÓN LECTORA:

1.     ¿Cuáles son las diferencias entre la observación y la deducción? Escriba un ejemplo que puede inferir a partir del texto

2.     ¿Qué es lo que le hace falta a François Le Villard para ser un buen agente? ¿Por qué?

3.     ¿Crees que es importante la deducción en nuestra vida? ¿Por qué?

4. Se puede deducir que el proceso deductivo sigue la siguiente línea: Observación - conocimiento - deducción. Ejemplifique un caso deductivo siguiendo los pasos para ello.

5.     ¿Por qué dice Sherlock Holmes que adivinar es una "costumbre perniciosa, destructiva de la facultad lógica

6.     ¿Qué dedujo Sherlock Holmes respecto al reloj que le dio Watson?

 

ACTIVIDAD CREATIVA:

1.  Crea un cuento de una cara de extensión en donde se use la deducción. No olvides ser muy original y creativo.

miércoles, 13 de octubre de 2021

Fragmento de "Fuenteovejuna" de Lope de Vega con actividades de comprensión lectora

 

Fragmento de la obra Fuenteovejuna de Lope de Vega

(Monólogo de Laurencia)

La siguiente escena corresponde al tercer acto. El Comendador Fernán Gómez ha tomado preso a Frondoso, el novio de Laurencia, y la ha deshonrado a ella. Laurencia logra escapar de las garras del Comendador y corre a la asamblea del pueblo para incitar a todos los hombres a la rebelión. En un discurso enfurecido y apasionado, la muchacha recrimina a todos los que consienten los abusos del tirano.

 

ESCENA IV:

PERSONAJES

LAURENCIA, joven agraviada

MENGO, hombre del pueblo

ESTEBAN, alcalde, padre de Laurencia

REGIDOR del pueblo

JUAN ROJO, hombre del pueblo

Hombres del consejo

 

Entra LAURENCIA, desmelenada.

 

LAURENCIA.  Dejadme entrar, que bien puedo,

en consejos de los hombres;

que bien puede una mujer,

si no a dar voto, a dar voces.

¿Conocéisme?

ESTEBAN. ¡Santo cielo!

¿No es mi hija?

JUAN ROJO.       ¿No conoces

a Laurencia?

LAURENCIA. Vengo tal,

que mi diferencia os pone

en contingencia quién soy.

ESTEBAN. ¡Hija mía!

LAURENCIA. No me nombres

tu hija.

ESTEBAN. ¿Por qué, mis ojos?

¿Por qué?

LAURENCIA. Por muchas razones,

y sean las principales,

porque dejas que me roben

tiranos sin que me vengues,

traidores sin que me cobres.

Aún no era yo de Frondoso,

para que digas que tome,

como marido, venganza:

que aquí, por tu cuenta corre;

que en tanto que de las bodas

no haya llegado la noche,

del padre, y no del marido,

la obligación presupone;

que en tanto que no me entregan

una joya, aunque la compren,

no ha de correr por mi cuenta

las guardas ni los ladrones.

Llevóme de vuestros ojos

a su casa Fernán Gómez:

la oveja al lobo dejáis

como cobardes pastores.

¿Qué dagas1 no vi en mi pecho,

qué desatinos enormes,

qué palabras, qué amenazas,

y qué delitos atroces,

por rendir mi castidad

a sus apetitos torpes?

Mis cabellos, ¿no lo dicen?

¿No se ven aquí los golpes

de la sangre y las señales?

¿Vosotros sois hombres nobles?

¿Vosotros, que no se os rompen

las entrañas de dolor,

al verme en tantos dolores?

Ovejas sois, bien lo dice

de Fuenteovejuna el nombre.

Dadme unas armas a mí,

pues sois piedras, pues sois bronces,

pues sois jaspes2, pues sois tigres...

Tigres no, porque feroces

siguen quien roba sus hijos,

matando los cazadores

antes que entren por el mar,

y por sus ondas se arrojen.

Liebres cobardes nacisteis;

bárbaros sois, no españoles.

Gallinas, ¿vuestras mujeres

sufrís3 que otros hombres gocen?

Poneos ruecas en la cinta.

¿Para qué os ceñís estoques4?

¡Vive Dios, que he de trazar

 que solas mujeres cobren

la honra de estos tiranos,

la sangre de estos traidores,

y que os han de tirar piedras,

hilanderas, maricones,

amujerados, cobardes,

y que mañana os adornen

nuestras tocas y basquinas5,

solimanes6 y colores!

A Frondoso quiere ya,

sin sentencias, sin pregones,

colgar el comendador

del almena de una torre;

de todos hará lo mismo;

y yo me huelgo, medio-hombres,

porque quede sin mujeres

esta villa honrada, y torne

aquel siglo de amazonas 7,

eterno espanto del orbe.

ESTEBAN. Yo, hija, no soy de aquellos

que permiten que los nombres

con esos títulos viles.

Iré solo, si se pone

todo el mundo contra mí.

JUAN ROJO.  Y yo, por más que me asombre

la grandeza del contrario.

REGIDOR.   Muramos todos.

BARRILDO.Descoge8 un lienzo al viento en un palo,

y mueran estos inormes 9.

JUAN ROJO.   ¿Qué orden pensáis tener?

MENGO.  Ir a matarle sin orden.

Juntad el pueblo a una voz;

que todos están conformes

en que los tiranos mueran.

ESTEBAN.   Tomad espadas, lanzones, ballestas10, chuzos y palos.

MENGO. ¡Los reyes nuestros señores vivan!

TODOS.   ¡Vivan muchos años!

MENGO.  ¡Mueran tiranos traidores!

TODOS.  ¡Traidores tiranos mueran! (Vanse todos.)

LAURENCIA. Caminad, que el cielo os oye...

¡Ay, mujeres de la villa!

¡Acudid, porque se cobre

vuestro honor, acudid todas!

 

Vocabulario:

1. arma parecida a la espada.

2. mármol veteado.

3. soportáis.

4. espada angosta.

5. faldas largas.

6. lentejuelas.

7. mujeres varoniles y belicosas.

8. despliega, extiende.

9. enormes, malvados.

10. armas para disparar flechas.

 

 

PREGUNTAS DE COMPRENSIÓN LECTORA:

1. ¿En qué estado llegó Laurencia al consejo de los hombres?

2.  ¿Qué le había hecho el Comendador?

3.  ¿Qué pretende hacer el Comendador con Frondoso?

4.  ¿Qué impulsa a Laurencia a pedir venganza contra Fernán Gómez?

5. Laurencia dice en el fragmento: “Ovejas sois, bien lo dice/ de Fuenteovejuna el nombre”. ¿Por qué dice eso? Justifica tu respuesta.

6. Qué quieren decir los siguientes versos: "la oveja al lobo dejáis/ como cobardes pastores". Explica tu respuesta.

7. ¿Cuál fue el argumento central de Laurencia para convencer a los hombres de tomar venganza contra el comendador? ¿Cuál es el desenlace de la escena?

8.  En una palabra o frase, ¿cuál es el tema central de este monólogo? Explica tu respuesta.

9.   Después de lo leído, ¿se la puede considerar a Laurencia como una mujer heroica? ¿Por qué?

10.  ¿Crees que el crimen cometido por el pueblo de Fuenteovejuna es justificable? ¿Por qué?

 

ACTIVIDAD CREATIVA:

1. Crea un monólogo donde el personaje reflexione sobre algún tema de la realidad. Puede hablar de un problema, una injusticia, un deseo, etc.