martes, 10 de febrero de 2015

"Palabra de occiso" de Jonathan Estrada - Paolo Astorga

Palabra de occiso

Palabra de occiso
Jonathan Estrada
(Kovac Editores, 2013)


“El poeta denuncia esa soledad de lo virtual, la melancolía que nos ha transformado en pusilánimes que al escapar de su propia realidad han perdido el sentido de su propia humanidad”.


Escrito por: Paolo Astorga

Palabra de occiso (Kovac Editores, 2013) del poeta peruano Jonathan Estrada (Lima, 1984) es un libro donde el testimonio de lo decadente deja su huella desoladora. El poeta se enfrenta a una realidad desmitificada y diluida en la culpa y la estupidez irracional. La hipocresía es el símbolo de lo real donde la inmensidad y la necesidad de decir, de denunciar las apariencias y lo podrido de las heridas de este mundo que se ha vuelto feliz en medio de miasmas y el hiperconsumo, hacen del vate un visionario, un testigo en carne propia del desmoronamiento del ser.

Dios es una moneda,
Que abulta los templos y centavos
En la colina de las cantatas
Y los reflectores en abundante secuencia.
Para ser desde su ruma
monumento de envidia y monolito de penitencia.

A lo largo de este intenso poemario vemos cómo la angustia se presenta como la violencia de la melancolía. La nada, el vacío de la existencia es simplemente la debilidad de la carne ante los deseos de ser y tener lo que se desea. El temor se convierte en iniquidad, en indiferencia frente al sentir que el mundo se destruye así mismo. El poeta ha visionado un apocalipsis cuya catástrofe es la cotidianidad, la rutina, el hábito del hombre "súper" que ha aceptado que lo violen sin parar y ha dejado de lado la necesidad de ser sustancia para convertirse en apariencia, en objeto de consumo colgado como res para ser devorado:

Porque las leyes ya no vienen de las tablas
Sino de las actas selladas del anonimato,
Que se escurre, se zambulle y te percude,
Hasta el haber soñado con volar…
Porque el vuelo es metálico,
Y el nado un eco de lo que fue un espacio llamado sueño.
Porque el beso está en vitrina
Y el amor a un tris de vivirse en foto,
Sonriendo en pálido intento,
Pues todos tienen que verlo
Y no hay peor eco que el rumor cero.

Y entonces el poeta en la incertidumbre de su ser encuentra el enigma de la muerte. Nuevamente el pensamiento es nada porque la angustia ante la muerte es inminente. Lo peor es tener conciencia de que es inevitable, de que la depredación es una actividad común, de que estamos obligados a una cruenta batalla contra nosotros mismos y la violencia de la sinrazón que se construye para divertirnos, para hacernos partícipes de nuestra lucha insignificante contra el mundo y sus “cuervos” que nos miran esperando incesantemente engullir nuestra carne doblegada por la satisfacción fofa de la felicidad.

Ese retraso que te agobia hasta la giba del puerco
 sonriente,
Esa solución magna que respeto y que atollo al tirar de la
 cadena,
Ese pararme cada día, cada hermoso día
En el umbral de la cornisa;
Y mirar los cuervos, cara a cara… siempre al acecho.

Como vemos este libro intenta despertar en nosotros no una conciencia que nos haga responsables de nuestro propio suicidio, sino entender que hemos perdido el sentido de nuestras alas de Ícaro y la rebeldía de querer liberarnos en medio de lo agreste. Nos hemos acobardado ante la cruda realidad que nos nace al estar solos y sin escusas ante un mundo que ya no quiere mirarse a sí mismo y entender que no hay otros, sino que uno es lo que se ha hecho. El poeta denuncia esa soledad de lo virtual, la melancolía que nos ha transformado en pusilánimes que al escapar de su propia realidad han perdido el sentido de su propia humanidad:

Desaparezco
Y con nosotros el girar de los brazos en círculos
Y las sombras juguetonas; maquillaje de apagones.
Las soledades eternas, que crujían sin espanto
Con la oreja pegada a la estación
En la hora sucedánea que pulía el encanto
Y esfumaba en pedazos los delirios.

(…)

Y la certeza de la inocencia, ametrallada
Y la campana de la escuela, saboteada
Y la escritura en contratapa, dinosauria
Y las estrellas de albedrío, asesinadas…
En el firmamento de una céntrica y fluorescente plaza.

(…)

Has vencido universo.
Allá me voy a recostare
Con mis amados ceros
Y mis queridos unos
Mis ceros y unos
Ceros y unos…

Observamos pues, esa disolución inminente en lo repetitivo que destruye y desvirtúa toda necesidad de asirse a un ideal, a un sueño.  La palabra es de la muerte, la única palabra posible que se produce desde lo inmóvil, la nada que apasiona, que se presenta como una salida, como un lugar posible que al final solo es un paliativo del sufrimiento eterno. Es la muerte, entonces, un fetiche para seguir siendo.

Cómete la tierra de gusto,
Porque no hay sabor más fresco.
Tómate la sangre y envenena cada vínculo de tu seso
Pues no hay mayor cáliz que el saberse sólo dueño de un
 féretro
Inquilino de una caja, invasor de un hueco.

En suma, Palabra de occiso de Jonathan Estrada, busca denunciar de un  modo crudo y visceral la necesidad por reencontrarnos en la melancolía de lo humano. He allí este libro entre la falsedad y el narcótico de los que viven amando a sus fetiches, a sus paraísos artificiales sin saber que su carne se pudre y la muerte los traga lentamente. He allí el poeta, un visionario, que desde la muerte como signo construye un libro desgarrador y a la vez testimonio de una realidad que se disfraza de encanto y lucidez.



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